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AGUAFUERTES CAMPESTRES

En 1930, Roberto Arlt se tomó unos días en Sierra de la Ventana para desestresarse. Pero no pudo con su genio y escribió una serie de notas sobre la vida en el campo.

Como cuenta Sylvia Saítta en la biografía El escritor en el bosque de ladrillos, durante 1929 la frenética dedicación a la escritura de Los siete locos, en medio de su no menos agitado trabajo en el diario El Mundo, le provocaron a Roberto Arlt afecciones psicosomáticas, de tipos psíquico y físico. Después de la publicación de la novela por editorial Latina, la espera del dictamen del Premio Municipal de Literatura le generó una crisis de nervios. Entonces, por recomendación de los editores ingleses del periódico, se une a la Asociación Cristiana de Jóvenes, más conocida por sus siglas en inglés, YMCA, y comienza a utilizar sus modernas instalaciones en el centro de la ciudad de Buenos Aires, sobre la calle Reconquista, que incluían un gimnasio, en el que Arlt comenzó a ejercitarse. Aunque inicialmente le costó acostumbrarse a la gimnasia, pronto la actividad física le reportó beneficios. Por otra parte, recientemente separado, no sin escándalo, de Carmen Antinucci, la madre de su hija Mirta, se mudó a una pensión en Flores, barrio en el que había transcurrido su infancia.

En ese contexto de búsqueda de un mejor estado psicofísico, fue invitado por la “Yumen”, tal como la llamaba el escritor, a pasar quince días en el campamento que todavía hoy se conserva en la localidad bonaerense de Sierra de la Ventana, a 550 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Como hipotetizó su biógrafa, quizás “para alejarse de todo y de todos”, Arlt aceptó la gentileza. Debido a que anteriormente se había tomado licencia para terminar su segunda novela, consiguió el permiso laboral para viajar tras comprometerse a enviar notas desde la comarca serrana. Así, en febrero de 1930, se tomó un tren desde Constitución con destino a Sierra de la Ventana, donde escribió las Aguafuertes silvestres.

LO OTRO DE BUENOS AIRES

Primeras aguafuertes no porteñas, con esta serie se dio inicio a la, digamos, desporteñización de las notas que publicaba diariamente Arlt. Si hasta entonces el escritor parecía girar en círculos por la ciudad de Buenos Aires, el territorio serrano, como afirma Mario Ortiz en la contratapa de la edición de las Aguafuertes silvestres (HD Ediciones, 2019), “se constituye en un punto de fuga de la metrópolis moderna”. En Respiración artificial, por medio de un juego de palabras, Emilio Renzi llama a Arlt “cronista del mundo”; podríamos afirmar que ese mundo, que en sus sucesivos viajes configurará lo otro de Buenos Aires, comienza en Sierra de la Ventana.

Cuando Arlt salió de la ciudad, de acuerdo con su biógrafa Saítta, no cambió su tecnología perceptiva, sino que conservó la misma técnica de observación que empleaba cuando recorría Buenos Aires. La “mirada urbana” lo forzó a describir el paisaje poniendo en funcionamiento un procedimiento mediante el cual expresa lo diferencial de Sierra de la Ventana usando un conjunto de metáforas presentes en su narrativa porteña. De esta forma, los lectores de El Mundo, en su mayoría residentes urbanos, podían visualizar más acabadamente la descripción del paisaje silvestre. Entonces, las ramas de los árboles se entrecruzaban “como en la City los trolleys de los tranvías” o las montañas eran más altas que el “pasaje Barolo o Güemes”. La combinación entre desprestigiados saberes técnicos y la fabulación, ha dicho Beatriz Sarlo, es propia de la construcción literaria arltiana. Esto se advertía, por ejemplo, cuando describía el color de los álamos haciendo referencia al elemento químico plata (“las hojas parecen plata verde”) o cuando para dar cuenta del color del agua del arroyo hablaba del elemento químico mercurio.

En el proyecto narrativo de Arlt se podía percibir una determinada ambivalencia en su relación con el espacio urbano. La valoración arltiana varía al punto de que la crítica ha hecho lecturas no sólo disímiles, sino incluso contradictorias. Mientras que Sarlo señalaba la ausencia de sentimiento nostálgico en la mirada que se fijó con deslumbramiento futurista en la urbe moderna, Jaime Rest resaltaba la nostalgia borgeana con que el escritor observaba la desigual modernización de la ciudad de Buenos Aires. Porque si, por un lado, Arlt se fascinó ante los adelantos técnicos que modificaban la ciudad del presente, por otro, recordaba la vieja ciudad, cuando las transformaciones demográficas y edilicias aún no habían cambiado para siempre su fisonomía. Ambos modos de leer la relación entre literatura y ciudad en la obra arltiana convergieron en las Aguafuertes silvestres, donde quedaban expresadas las dos valencias. De hecho, la estructura lo reflejó con simétrica perfección: si las primeras cuatro aguafuertes se quejaban de la ciudad, las segundas cuatro añoran hasta las más viles posibilidades gozosas que ofrecía.

TRABAJO Y OCIO

En un primer momento, salir de la ciudad era una fantasía cumplida (“lo que ansía el que se ha roto el alma yugándola durante todo el año”). Sin embargo, recordemos, Arlt no gozaba de licencia, ya que estaba comprometido a enviar notas desde su lugar de descanso. En ese sentido, la empatía arltiana con el mundo de los empleados tenía la forma de una paradoja: al no poder dejar de trabajar de la escritura, escribe sobre no trabajar. De la galería de personajes de las Aguafuertes silvestres, sobresalía Marcial García, alias el Pibe Laburo. Con “pasta para ‘linghera’”, el Pibe Laburo ha renunciado a su explotador empleo en un molino de arroz de la ciudad para pasar quince días entre las sierras. Contra la opinión general de que es “un fiacún”, Arlt afirmaba que su aburrimiento no es el del individuo que no sabe en qué emplear el tiempo, sino el de quien “se encuentra en un mundo lleno de deberes estúpidos y sin atractivo alguno”. En el ideario del Pibe Laburo, que llamó la atención del cronista, está la convicción del ocio como resistencia al tiempo de la producción.

Pero en el campo también uno puede aburrirse. En lunfardo, jerga de ciudad, “esgunfiarse”. Después de cuatro días de ocio en la pampa, el cronista afirmaba: “Está bien la paz, y la salud del alma, y el sol y el aire, pero yo estoy ya soberanamente aburrido de tanta calma”. El desaburrimiento se produciría, le habían dicho, durante el campfire organizado por las familias del campamento. Sin embargo, la fogata resultó ser menos una celebración de regocijos bulliciosos que una misa al aire libre, lo cual motivó a Arlt a criticar con tono burlón el “campamento cristiano y avinagrado”. La aguafuerte del día siguiente era una irónica hagiografía (biografía bíblica o de santos) de Edmundo Bogetti, cuyo heroísmo consistía en haber introducido una “vitrola ortofónica” con la que pretendía reproducir tangos. Así, estar lejos de la ciudad se convirtió en una experiencia pesadillesca (“un mal sueño”, escribe Arlt). La serie de Aguafuertes silvestres termina con un poderoso y feliz canto al camino que lo lleva de vuelta a Buenos Aires.

Escrito por
Lucas Ruppel
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