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EL CARTÓGRAFO DE BUENOS AIRES

Las famosas columnas que Roberto Arlt escribió para el diario El Mundo configuraron una nueva narrativa periodística, a la vez popular y revolucionaria para la época, que supo revelar las maravillas de la vida cotidiana.

Es algo nuestro lo que perdemos con él. Pero este duelo pertenece también, de alguna manera, a la calle. Durante mucho tiempo la calle esperó, día tras día, los artículos de Arlt, que nosotros no podremos ya leer sin oír su voz”, dice la necrológica que le dedica el diario El Mundo a uno de sus redactores más notables. No es difícil imaginarlo en su escritorio de la redacción de Bogotá y Río de Janeiro: la luz fluorescente reflejándose en el pelo hacia atrás, la mirada colándose por los párpados apenas entornados, la boca en ese rictus de concentración, las letras que se estampan al ritmo de la máquina que aporrea con dos dedos. Es el 15 de agosto de 1928 pasada la medianoche, la primera vez que Roberto Arlt graba su firma en la página 6 del diario El Mundo, al pie de la nota titulada “El hombre que ocupa la vidriera del café”, en la columna Aguafuertes porteñas.

Unos días antes, el diario había cambiado de director. Carlos Muzio Sáenz-Peña fue el elegido para reemplazar a Alberto Gerchunoff. La primera medida tomada fue bajar el precio del diario a cinco centavos pensando en las “masas populares” que leían el tabloide en trenes y subtes. Además decidió afianzar un estilo que distinguiera al diario por ser un producto para toda la familia. Así, a partir del 5 de agosto introdujo, entre otras cosas, la historieta del Gato Félix y las Aguafuertes porteñas. Los cambios se vieron reflejados en la tirada y en la venta del diario: entre octubre de 1928 y el mismo mes de 1929 pasó de un tiraje de 40 mil ejemplares a 127 mil.

LA IDENTIDAD DEL ESCRITOR

Hasta las Aguafuertes, Arlt, que ya había publicado El juguete rabioso (1925), escribía una nota diaria sin firmar sobre la coyuntura. Había logrado convertirse en un periodista profesional, cobraba un salario por sus textos, pero la vida de redacción no era lo que un escritor necesitaba para poder escribir su obra. Las Aguafuertes, en algún punto, lo ayudaron a conciliar esa situación, sobre todo porque encontró en esa columna un modelo de escritura que, si bien anclaba en lo real, sólo era posible con sus dotes de escritor. A partir de que las Aguafuertes llevan su firma, Arlt introduce en los textos un cambio de estilo que pone para siempre un sello en el periodismo argentino. Ese cronista que según los manuales de estilo debía desdibujarse para que los acontecimientos fueran “objetivos” pasaba a ser parte del texto a partir de una narración en primera persona que configura un punto de vista claro en una nota que no pertenece al género de opinión. Arlt irrumpe en sus textos no sólo como observador sino, también, como personaje.

Con el tiempo, las entregas se hicieron más esporádicas. La explicación está en la publicada el 14 de octubre de 1931, titulada “Cómo se escribe una novela”. El texto comienza con una escena en la que el secretario de redacción se acerca al escritorio de Arlt y lo encuentra haciendo un collage con una pila de hojas escritas a máquina.

Entonces lo interrumpe y le dice:

“–¿Se puede saber qué diablos hacés? Escribís todo el día y no entregás nota sino cada muerte de obispo”.

He tenido que contestarle:

“–Querido jefe: estoy terminando mi novela Los lanzallamas que sale el treinta de este mes a la calle”.

“–Bueno, escribite una nota sobre cómo se hace una novela”.

La nota, que como la mayoría de ellas lleva una ilustración de Bello, es una clara parodia de la escritura.

Algo similar hace en “Una excusa: El hombre del trombón”. Arlt se desnuda y les cuenta a los lectores que no tiene nada para contar, o mejor dicho, que las condiciones de producción no le permiten hacer su texto perfecto, entonces lo que debería ser la historia de un supuesto vecino melancólico que toca el trombón es su historia como ganapán, como “escritor fracasado”, como el novelista que sufre estar pegado a la máquina para escribir periodismo.

Las cartas de lectores fueron base de muchas aguafuertes. Arlt rompió así la cuarta pared del periodismo. El lector dejaba de ser un pasivo receptor de historias y tomaba la posta para acercarle historias a su cronista. También de esas cartas surgieron algunas investigaciones periodísticas que iban a fondo, como la que hizo y publicó por entregas sobre el estado de los hospitales.

CARTO-AUTOBIOGRAFÍA

Quizá la mejor manera de definir las aguafuertes sea pensando qué nos muestran hoy, casi un siglo después de su publicación. En principio son una cartografía de Buenos Aires que después se expande a otros territorios. También son una gran autobiografía.

Arlt mapea la ciudad, crea su imagen y la de su gente atravesada por los problemas cotidianos, hace de un detalle particular una generalidad que retrata no sólo un escenario, sino también una época. Y lo hace con una mirada mordaz sobre la clase media porteña y el mundo burgués. Sus personajes son el hombre y la mujer comunes. En ese “anonimato” hay una intención narrativa. Esos hombres, esas mujeres no son nadie para la noticia, pero son todo para un cronista que decidió mirarlos. Son los lectores que quieren verse reflejados en esas historias mínimas. Los mismos que empezarán a mandarle cartas para comentar algo, sumar algún dato, insultar al irreverente ese que, creen, se oculta detrás del seudónimo “Roberto Arlt”.

“Yo siempre que me ocupo de las cartas de los lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una carta en la que no se me elogia. Su autora, que debe ser una respetable anciana, me dice: ‘Usted era muy pibe cuando yo conocía a sus padres, y ya sé quién es usted a través de su Arlt’”, escribe en “Yo no tengo la culpa”, una de sus más notables aguafuertes. El nombre, sus datos biográficos, siempre fueron para Arlt material narrativo o por lo menos ficciones de las que él formaba parte. Según cuenta Sylvia Saítta en su libro El escritor en el bosque de ladrillos, la partida de nacimiento del autor de Los siete locos dice que nació el 26 de abril de 1900 y que su nombre es Roberto Arlt (lo mismo asegura Raúl Larra, autor de Roberto Arlt, el torturado). No hay rastros del Christophersen que él mismo decía tener como segundo o tercer nombre. En la aguafuerte publicada el 8 de enero de 1930 bajo el título “¿Qué nombre le pondremos al pibe?”, dice: “Mi madre, que leía novelas romanticonas, me agregó al de Roberto el de Godofredo, que no uso ni en broma, y todo por leer Jerusalén libertada de Torquato Tasso”. En la tapa de su libro Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, aparece la firma Roberto Godofredo Arlt. Para completar el enigma, en el acta de bautismo se lee Emilio como segundo nombre y Godofredo el tercero. También él será el que ponga en duda la fecha de nacimiento en una autobiografía en la que afirma que nació ya no el 2, tampoco el 26 sino el 7 de abril.

“Mi padre daba otras fechas en las autobiografías. Y yo siempre creí que el cumpleaños era el 26 de abril, porque esa era la tradición. Pero cuando iba a escribir Para leer a Roberto Arlt, Omar Borré, que trabajó conmigo, encontró el acta de nacimiento. Y ahí surgió que la fecha era el 2 de abril”, contó Mirta Arlt, hija del escritor, al diario La Nación, en una nota que habla sobre el tema a raíz del centenario del aniversario. Nadie sabe realmente por qué fueron los cambios, si se trata de un error que se fue arrastrando o algo adrede; algunos se animaron a decir que el amor de Arlt por la astrología era la base de todo. “Según se convenga, Arlt pudo ser ariano o taurino”, escribe Larra. Sea o no cierto, vale pensar que esta manipulación de los datos biográficos no es más que una muestra de cómo Arlt se vinculaba con lo fáctico. Y ese rasgo no es menor para pensar el pacto de verdad que proponen sus aguafuertes. En su libro Las tres vanguardias, Ricardo Piglia dice: “Se concibe a Arlt como alguien que ha tomado del periodismo un modelo, y se ve una alianza allí donde hay una tensión entre el mundo del periodismo y el de la construcción ficcional”. Y más adelante suma: “En varias de las aguafuertes hace ver, con ironía y sarcasmo, el modo en que el verosímil periodístico es opuesto a su escritura; por ejemplo, cuenta más de una vez cómo el secretario de redacción le censura y le tacha parte de lo que ha escrito, argumentando que Arlt es un genio en el momento en el que le muestra el límite de legibilidad de su obra ante la retórica normalizada del periodismo”.

GRABADO A FUEGO

Las Aguafuertes porteñas se publicaron entre 1928 y 1935. Después llegó su año recorriendo España y Marruecos y, a la vuelta, en 1936, las Aguafuertes españolas. Entre el 37 y el 42 aparecieron las notas sobre el cinematógrafo y las crónicas Al margen del cable, entre otros trabajos periodísticos.

El aguafuerte es una de las técnicas del grabado en la que la matriz que servirá para reproducir la imagen se hace sobre chapa atacada por ácido. El resultado: líneas claras y precisas. Si hay algo que caracteriza a las Aguafuertes de Arlt es la precisión y la claridad con la que estampa la Buenos Aires preperonista. Una cartografía urbana entendiendo la ciudad desde la composición de las relaciones sociales. Arlt es el gran cronista porteño. El hombre que supo poner la mirada ahí donde nadie podía ver nada más que cotidianidad, y a través de su pluma supo llevar ese hallazgo a textos en los que podemos leer mucho más que un anecdotario.

El lunes 27 de julio de 1942, un día después de su muerte, aparece “El paisaje en las nubes”, su última nota en la mítica página 6 de El Mundo. El encabezado lleva una aclaración a modo de despedida: “Roberto Arlt contribuyó con su pluma a ennoblecer esta página, y su prestigio irradiaba sobre todas las firmas que aparecen en ella. Esta es su última nota, y en este momento de tremendo dolor no podríamos decir si es o no mejor que otras suyas. Pero repite una de las más preclaras modalidades de su conducta de escritor propenso a destacar el lado paradójico de la vida”.

Escrito por
Juan Carrá
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