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TODO PUPITRE ES POLÍTICO

Las campañas de alfabetización de los siglos XIX y XX en la Argentina tuvieron su mejor estrategia en la escuela pública. Pero también sufrieron las retracciones que impusieron las dictaduras y los gobiernos neoliberales.

La promesa alfabetizadora de incorporar a las mayorías en el camino del progreso y del bienestar, que por entonces se imaginaban siempre crecientes, fue el sueño que en gran medida sostuvo la constitución de los sistemas escolares latinoamericanos desde por lo menos el siglo XIX. Gracias a la expansión de la escuela pública es que en la Argentina se avanzó en la reducción de la cantidad de analfabetos: desde el 77,4 por ciento, según el censo de 1869, hasta un 13,6 por ciento, de acuerdo con el de 1947.

Pero la expectativa inicial, que calculaba que atendiendo de modo adecuado la alfabetización infantil provocaría que con el paso del tiempo se eliminaría el analfabetismo adulto, comenzó a ponerse en duda desde las primeras décadas del siglo XX, a la par de que se evidenciaban las dificultades del modelo normalista civilizador para atraer y retener a una población culturalmente heterogénea, económicamente desigual y territorialmente dispersa. El analfabetismo comenzó a tornarse un problema persistente, y un congreso dedicado al tema se reunió en Buenos Aires en 1934. Aun cuando la principal preocupación continuó siendo la población infantil, comenzaron también a tematizarse cuestiones como el abandono escolar –llamado “deserción”– así como también las causas económicas, financieras o sociales que ponían un límite a las políticas de consolidación de un sistema escolar que se propuso homogéneo para un país vasto y diverso. Un capítulo del mencionado evento trató la problemática del adulto, y es en el marco de esa preocupación naciente que se realizó lo que podemos ubicar como una primera campaña de alfabetización en nuestro país, sostenida por el tradicional diario La Prensa, quizás también motivada en el esfuerzo de sumar lectores. Con cierto espíritu “salvacionista”, calculaba que si cada lector enseñaba a leer y escribir a una persona se solucionaría el problema, y publicaba para ello una clase semanal con orientaciones para el alfabetizador voluntario.

Es aún con ese espíritu de características redentoras que se realizó, treinta años más tarde, la primera campaña sostenida por el Estado nacional, todavía fundada en una concepción que reducía la alfabetización a la adquisición de un conjunto de destrezas y habilidades.

CAMPAÑA UNIVERSAL

En 1964, durante la democracia restringida del presidente Arturo Illia y en el marco de la Campaña Universal aprobada por Naciones Unidas en 1963, se puso en marcha el Programa Nacional Intensivo de Alfabetización y Educación de Adultos, que proyectaba una primera etapa de alfabetización seguida de otra de conclusión de los estudios de educación primaria. De inspiración desarrollista, con componentes cristianos y normalistas, el analfabetismo se consideraba un mal a erradicar para lograr el progreso y estimular la participación democrática, evitando –a pocos años de la Revolución Cubana– el peligro del avance del pensamiento crítico. Como ha sucedido generalmente con este tipo de esfuerzos, no hubo una evaluación clara que permitiera conocer el cumplimiento de los objetivos, aunque no parece haber tenido un impacto significativo. Según los datos de los censos nacionales, la disminución del analfabetismo continuó en una tendencia que fue constante a lo largo del siglo: de 8,5 por ciento en 1960 se llegó al 7,4 en la década siguiente.

La concepción respecto de la alfabetización del adulto comenzó a modificarse radicalmente desde la década de 1970. Paulo Freire contribuyó de modo significativo a ello, al ligarla al plano de lo político; también Emilia Ferreiro, al plantear la escritura como un sistema de representación que no se reduce a una transcripción de la oralidad a la escritura.

En esos años se llevó a cabo la segunda experiencia alfabetizadora en nuestro país sostenida por el Estado nacional, iniciada en mayo de 1973 por el ministro Jorge Alberto Taiana, durante la presidencia de Héctor José Cámpora. La Campaña de Reactivación Educativa de Adultos para la Reconstrucción abrió centros de alfabetización y educación básica en todo el territorio nacional, con el objetivo de alfabetizar pero también de ser una base para la transformación total del subsistema, promoviendo la participación popular y enfatizando la dimensión política del plano pedagógico. Con la intervención del doctor Oscar Ivanissevich durante el gobierno de Isabel Perón, en 1974, comenzó la persecución de la experiencia, acusada de “subversiva”, por lo que sería fuertemente reprimida a partir del golpe de 1976.

RETORNO DE LA DEMOCRACIA

Con el triunfo electoral de Raúl Alfonsín, cuyo ministro de Educación fue Carlos Alconada Aramburu –había detentado el mismo cargo en el gobierno de Illia–, los analfabetos llegaban al 6,1% por ciento, y la alfabetización volvió a ser un eje del gobierno. La Argentina recuperaba un espacio en el plano internacional y el Plan Nacional de Alfabetización se inscribió en el Proyecto Principal de Educación de América Latina y el Caribe, aprobado por la Unesco en 1980. Tampoco en este caso contamos con una evaluación clara de los resultados. No parece haber tenido tampoco un impacto significativo, ya que en el censo de 1990 el porcentaje se había reducido a un 3,7 por ciento, sosteniendo la tendencia de disminución creciente.

A partir de 1990, al asumir Antonio Salonia como ministro de Educación del presidente Carlos Menem, el plan se continuó con el Programa Federal de Alfabetización y Educación Básica para Adultos, también en el marco del Proyecto Principal mencionado. Como su nombre lo indica, no se trataba en sentido estricto de una campaña, sino, nuevamente, de un programa de transformación paulatina del subsistema, esta vez enfatizando una dinámica federal. Terminó de modo abrupto en 1992, debido a la transferencia de las ofertas educativas nacionales a las jurisdicciones, en el marco de la profunda Reforma Educativa de esos años.

Apenas iniciado el gobierno de Néstor Kirchner, siendo la tasa de analfabetismo de 2,6 por ciento a nivel nacional, se lanzó el Programa de Alfabetización y Educación Básica para Jóvenes y Adultos, que a partir de 2008 se llamaría Encuentro. El mismo se enmarcó en la Década de la Alfabetización 2003-2012 declarada por las Naciones Unidas, y se llevó a cabo por convenio con la Oficina Regional Buenos Aires de la Organización de Estados Iberoamericanos. Según las nuevas concepciones, se planteó la importancia de articular acciones de alfabetización con la escolaridad básica.

Según el último censo, el porcentaje de analfabetismo adulto en la Argentina es de 1,9 por ciento, aunque persisten profundas diferencias regionales: de 0,5% en la ciudad de Buenos Aires a un cinco por ciento en la provincia del Chaco. Por otra parte, el escenario cultural del nuevo milenio obliga a ampliar el concepto de analfabetismo y, entre otros componentes, considerarlo como un proceso gradual y continuo de límites amplios.

El sistema educativo público parece seguir siendo la única herramienta con posibilidades de alcanzar al conjunto de la población de modo sostenido y sistemático. Atraer y retener la matrícula potencial requiere profundas transformaciones que permitan tener en cuenta el marco cultural, la situación socioeconómica y, en fin, las condiciones en que los grupos considerados destinatarios desenvuelven su cotidianeidad.

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Lidia Mercedes Rodríguez
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