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DE LA VIRUELA A LA COVID-19

Las pandemias son fenómenos biológicos, sociales, culturales, económicos, medioambientales y políticos de alcance global. Fueron y seguirán siendo parte del recorrido de la humanidad y expresan cuán inestables y cambiantes son las relaciones entre la naturaleza y el hombre.

¿Cuándo una enfermedad se transforma en epidémica o pandémica? No es una pregunta ingenua. Una epidemia refiere a un incremento muy rápido y elevado del número de afectados –enfermos y muertos– respecto a la cantidad de casos esperados. Una pandemia es una epidemia que ha afectado a distintas zonas del planeta más o menos al mismo tiempo. Ambas tienen una fase de auge explosivo seguida de una abrupta caída. Luego se acomodan en una suerte de plateau, pero pueden suceder nuevos ciclos de auge y caída.

Las epidemias y pandemias tienen una larguísima historia. A veces –pocas, y en el último siglo y medio– terminaron como resultado de acciones humanas específicas que contribuyeron a desarrollar las inmunidades colectivas necesarias para controlar o, en el mejor de los casos, erradicar agentes patógenos conocidos. Otras veces, las más, irrumpieron sin anunciarse y terminaron luego de dejar su estela de muerte. También están las endemias, enfermedades muy afincadas en una zona y con dilatada presencia en el tiempo.

Una epidemia puede convertirse en pandemia. También puede ocurrir que una epidemia se transforme en endemia, una vez que estabiliza el número de víctimas y esa estabilidad –aun cuando la morbilidad y mortalidad siguen siendo altas– no inquieta a las elites y el poder establecido. Y no faltan casos de endemias que devienen en epidemias o pandemias. De algún modo, hablar de una cierta enfermedad como epidemia es una decisión política.

Las relaciones entre sociedad y naturaleza han sido siempre inestables. Las enfermedades y las epidemias resultan de un desequilibrio donde factores no humanos –como las mutaciones genéticas– o intervenciones humanas –como las alteraciones en el medioambiente– liberan vectores patógenos que alteran la morbilidad y la mortalidad de la población. Estos desequilibrios se enhebran con contextos sociales particulares y en un tiempo y lugar bien definidos. Por eso, una epidemia es un fenómeno biológico, social, cultural, económico, medioambiental y político.

Cada epidemia es única. Suelen ocurrir cuando el mundo intensifica sus tendencias globalizadoras, un proceso que se aceleró hace un par de décadas pero comenzó mucho tiempo atrás. Coincidentes con grandes movimientos de población y concentración urbana, las epidemias fueron muy evidentes durante gran parte de los siglos XVI y XVII, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX y en la actualidad.

MALES EUROPEOS

La viruela, el sarampión, la fiebre amarilla, la varicela, el tifus y la disentería, todas traídas por los europeos, diezmaron a las poblaciones autóctonas y facilitaron la conquista. No fue una estrategia premeditada, sino una consecuencia del brutal encuentro de civilizaciones que no habían estado en contacto y que tenían distintos niveles de inmunidad frente a esos males. En tiempos de la colonia, toda Latinoamérica debió lidiar con esas enfermedades que la gente llamaba fiebres y pestes, que llegaban como azotes, luego se calmaban y poco o nada realmente efectivo podía hacerse para gobernarlas.

En el siglo XIX se tratan de controlar los miasmas, efluvios emanados de aguas estancadas y de cuerpos y materias en descomposición que, se creía, daban origen a las pestes. Fue en el último tercio del siglo, con la bacteriología moderna, que la historia de las epidemias ingresó en una nueva etapa. Se identificaron invisibles microorganismos que por bastante tiempo invitaron a explicar las enfermedades de modo monocausal: un germen, virus o bacteria equivalía a una enfermedad. Identificar esos microorganismos fue un primer paso que, sin embargo, no implicaba entender cómo y a qué velocidad se propagaba, a quienes afectaba, por cuánto tiempo, cuánto enfermaba y cuánto mataba y cómo se lo combatía. Así, se seguía navegando en un mar de explicaciones, acciones y creencias muy dispares –tradicionales, religiosas, científicas– que competían entre sí. Con el tiempo, el saber y poder de médicos y sanitaristas se fue legitimando en la naciente salud pública, que buscaba gobernar las crisis traídas por las epidemias. Sus recursos fueron nuevas tecnologías, viejos y nuevos prejuicios sociales y la vigilancia médica.

Al despuntar la década del veinte, el ciclo de las pestes empieza a cerrarse, especialmente en las grandes ciudades. No fue la medicina de los médicos en sus consultorios la que finalmente permitió controlar el cólera, la fiebre amarilla y la fiebre tifoidea, sino las obras de salubridad –agua potable y cloacas– y la higiene urbana.

En el caso de la influenza de 1918 y 1919, que en la Argentina fue menos brutal que en otros lugares, el brote epidémico enfermó y mató, y también pasó. Fue poco lo que se logró hacer con el contagio de este virus, más allá de intentar medidas de distanciamiento social cuya efectiva aceptación por parte de la población de la época es difícil de evaluar. De la influenza nadie se acordaría apenas pasados unos pocos años.

NUEVAS PESTES

La viruela, el sarampión, la fiebre amarilla, la varicela, el tifus

Hacia fines de la década del veinte, las viejas pestes son parte del pasado. En las ciudades su lugar lo ocuparon la tuberculosis y las enfermedades venéreas, ambas contagiosas. En el mundo rural fue el paludismo. Sin embargo, ninguna de estas enfermedades terminó asociada a un brote epidémico. De algún modo ya estaban instaladas y aceptadas en la sociedad, como enfermedades crónicas o como endemias. Se hablaba más de la tuberculosis y las enfermedades venéreas, reconocidas como problemas no sólo médicos sino también sociales. No tanto del paludismo, alejado de los centros urbanos y del poder. Algo similar ha estado ocurriendo durante casi un siglo, y hasta el presente, con el mal de Chagas, una enfermedad transmisible distintiva de la pobreza rural y semirrural del interior argentino, a la que sólo los especialistas califican de epidemia o pandemia pero que la sociedad, la cultura y la política han enfocado con notable persistencia como endemia. Se la ha naturalizado, es parte del paisaje, ha perdido la capacidad de sorprender a los que deciden.

A mediados de la década del cincuenta, la poliomielitis fue abordada como una epidemia para la que la biomedicina logró una vacuna específica. Los años de la polio fueron, comparativamente, pocos. Desde la década del ochenta el VIH- sida también fue etiquetado como epidemia, incluso pandemia. Pero cuatro décadas más tarde no son pocos los que se refieren a este mal como una enfermedad crónica.

Y llegamos a la Covid-19, marcada por estrictas políticas de cuarentena sanitaria, un recurso que no faltó en los intentos de gobernar los brotes epidémicos a todo lo largo de los últimos seis siglos, un recurso que nunca dejó de poner al descubierto las tensiones entre la salud de la población, la economía y la política. Luego de unas cortas semanas en que se ignoró a la Covid-19 con el argumento de que no se trataba de una prioridad sino de una gripe estacional que afectaba a otras latitudes, esta pandemia logró hacerse un lugar en una agenda pública centrada en las epidemias de dengue y sarampión. Para la Covid-19 dominan las incertidumbres biomédicas y de salud pública. La neblina, por ahora, lo cubre todo. Para el sarampión, que por décadas estuvo bien gobernado pero que ha regresado, se dispone de una vacuna pero es necesario efectivizar el acceso a sus beneficios. Y el dengue dista de estar controlado, en la Argentina y en vastas zonas con climas tropicales y subtropicales, sobre todo en áreas urbanas y semiurbanas.

Las enfermedades –epidémicas, pandémicas, endémicas, crónicas– han sido y seguirán siendo parte de la historia. Todas reconocen cuán inestables y cambiantes son las relaciones entre naturaleza y cultura. Algunas de esas enfermedades son evitables, y su presencia es motivo de justificado repudio frente a la desidia que nos obliga a convivir con ellas. Otras todavía esperan respuestas que permitan controlarlas, una tarea donde deben converger la ciencia, la salud pública y la sociedad. Son parte de los imponderables que advierten sobre el peso de las incertidumbres que han modelado, y seguirán modelando, la experiencia humana, individual y colectiva.

Escrito por
Diego Armus
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