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“LA LECTURA ES UN PLACER ACCESIBLE E ILIMITADO”

La prestigiosa escritora y docente Liliana Heker reflexiona sobre el impacto de los libros en la vida de las personas, las falencias del sistema educativo y los condicionamientos que impone la crisis económica.

“Tengo registrado que me transformé en lectora a los siete años, cuando saqué de la biblioteca de mi hermana el libro Las niñitas modelo, de la Condesa de Ségur. Tenía letras chiquitas y ninguna ilustración. Recuerdo estar leyéndolo y sentir que era una de las experiencias más maravillosas de mi vida. Me metí de cabeza en ese mundo y no salí nunca de la lectura”. La pasión por leer la llevó a escribir, y con apenas 16 años, Liliana Heker se sumó a la redacción de la legendaria revista El Grillo de Papel, de Abelardo Castillo.

Considerada por sus colegas una de las mejores narradoras argentinas, Heker coordina desde 1978 un taller literario donde se han formado escritores como Samanta Schweblin, Guillermo Martínez, Inés Garland y Pablo Ramos, entre muchos otros, y donde, por supuesto, la lectura tiene un papel central.

–A lo largo de más de 40 años coordinando talleres, ¿siempre recomendaste los mismos libros?

–Hay textos que me parecen iluminadores en cuanto a la utilización de ciertos recursos. Por ejemplo, el primer cuento que analizamos en los talleres es “La madre de Ernesto”, de Abelardo Castillo, porque es de un rigor enorme y al mismo tiempo muy nítido, accesible a cualquiera y maravillosamente resuelto en lo formal. Por otro lado, hay libros clásicos que me fascinan y recomiendo, y otros que leí recién y recomiendo por alguna razón, y a su vez los alumnos traen lecturas nuevas. Hay un intercambio. No es que asisten porque tienen que aprobar la materia, se trata de escritores a los que les faltará experiencia, oficio, como ocurre en todos los comienzos, y cada uno trae sus lecturas, por lo tanto yo misma descubro o releo autores que me siguen maravillando. No hay nada estático en el taller.

–¿Cómo fue mutando la recepción de ciertas lecturas a través de las generaciones, con sus diferentes puntos de vista y vivencias?

–La gente viene con distintas predilecciones. Hay muchos apasionados que buscan lecturas clásicas porque saben que abrieron un camino. Alguno dice: “Trato de leer a Borges, entiendo que es bueno, pero no me engancho”. Yo defiendo el placer de la lectura. No es una obligación sino placer muy complejo, y a medida que uno avanza es capaz de disfrutar más. Pasa con la música, con la pintura, con los deportes. Cuando un libro no te provoca nada por más que lo intentes, es mejor dejarlo para otro momento. La literatura es un placer riquísimo y múltiple: te hace crecer, te cambia la cabeza, te permite identificarte con personajes o mundos que de otra manera serían desconocidos. Quien tiene la suerte de haber adquirido el hábito y el gusto por la lectura, encuentra un placer muy accesible e ilimitado.

–¿Cómo se fomenta el hábito de la lectura?

–En principio hay que tener resueltas ciertas cosas básicas. Alguien que ni siquiera puede ir a la escuela o no tiene acceso a una buena alimentación, difícilmente tenga la suerte de encontrarse alguna vez con un libro y descubrir que a lo mejor lo apasiona la lectura. De cualquier modo, no siempre con eso resuelto se adquiere el hábito. Hay que crearlo, en los chicos y en los adolescentes. Es todo un trabajo y requiere una reflexión.

–La escuela puede ser el ámbito del desarrollo de la lectura. Sin embargo, a veces un libro que resultaría maravilloso afuera se vuelve, dentro de la currícula, una obligación.

–Es cierto. Yo amaba la lectura, salvo en la escuela. En cuarto año, por ejemplo, nos dieron a leer Silva a la agricultura de la zona tórrida, de Andrés Bello. ¡La odiás para siempre! Pero no sólo eso: nos dieron Don Quijote de la Mancha y teníamos que subrayar los epítetos. ¡Mirá que dar el Quijote para subrayar epítetos! Imagino que ahora no será así. Por eso es tan importante la formación de los maestros. Tienen que amar la lectura para saber comunicarla y estar abiertos a las lecturas de los chicos, porque a lo mejor entran por las historietas o por los libros de aventura. En segundo grado, la maestra nos leyó “El sastrecillo valiente”. Ese fue uno de mis cuentos fundantes, no me lo olvidé nunca, me pareció maravilloso que siendo chiquito consiguiera vencer a los grandotes a fuerza de astucia. Hay que saber despertar el gusto por la lectura. Pero eso no tiene un camino único. Por eso es tan importante un plan de lecturas como el que se está armando. Nos están convocando a los escritores y con toda la alegría del mundo estoy dispuesta a colaborar, porque creo que es fundamental crear un plan en serio, con amor a la lectura y amor a los chicos y adolescentes. Si no nace de ese doble amor, no se va a ninguna parte. Ver qué les gusta, hablar con ellos, porque una vez que uno descubre la lectura, no la abandona nunca. Que no me vengan que la televisión, que el cine, nada. La lectura convive con la tele, la computadora, con todo.

–¿Qué caminos abre el hábito de la lectura?

–Leer quiere decir saber desentrañar códigos, ver más allá de lo aparente. El que sabe leer, también sabe leer en internet qué tiene sentido y qué no, va al cine y sabe qué leer. A mí me encanta el papel, esa textura, y creo que el libro tiene un formato inmejorable, pero si a alguien le gusta leer online, me parece perfecto. No está ahí el problema, es absurdo discutir los soportes, cada uno lee como puede o como le resulta más cómodo. La cuestión es adquirir ese gusto por la lectura, que además es algo que se puede hacer en soledad y que se elige: la lectura te permite vivir ese saber disfrutar de la libertad.

–La Argentina es uno de los países de habla hispana con mayor cantidad de lectores. Sin embargo, siempre se dice que la gente no lee.

–Eso no es demasiado ponderable con respecto a la Argentina sino extraño a otros países latinoamericanos, que tienen escritores notables y pocos lectores. En Cuba es donde hay mayor cantidad de lectores por habitante, y después, nosotros. Acá hay escritores notables de literatura infantil y de adolescentes y hay muchos que leen, pero creo que se puede expandir mucho más. Es fundamental hacer planes muy a fondo de lectura, además de ocuparnos en serio de la escuela pública. Yo fui a una escuela pública excepcional. En aquella época estaba instalado que a las privadas iban los burros, los que tenían que pagar para pasar de grado, que los chicos estudiosos iban a la pública. Ni hablar de la formación universitaria. Eso hay que defenderlo, recuperar el valor enorme que ha tenido la enseñanza pública.

–A pesar de las prohibiciones de las dictaduras y los ajustes neoliberales, la pasión argentina por leer y escribir nunca cedió terreno.

–Es sorprendente, acá se va deteriorando todo pero cada vez hay más gente con talento. A veces digo que esas realidades tan tremendas y complejas que hemos vivido te dan temas. Tal vez sea una defensa. De la misma manera que, por ejemplo, en la crisis de 2001 surgió el teatro comunitario, que fue una respuesta creadora a una situación catastrófica, lo mismo pasa con la escritura. A veces, la situación económica influye en la cantidad de lectores, la crisis de las editoriales es terrible. En un país en el que mucha gente no tiene para comer, el libro se transforma en un artículo suntuario. Pero, en todo caso, influye más en las ventas, no tanto en la lectura. Los verdaderos lectores consiguen los libros de cualquier manera. El Escarabajo de Oro llegó a vender cinco mil ejemplares y nosotros calculábamos que eran 20 mil lectores, porque si la compraba un estudiante, la leían cuatro. Una cosa es lo que se vende y otra lo que se lee.

–También hay títulos o autores que tuvieron su auge y después cayeron en el olvido.

–Hay algo muy cruel que pasa a veces en la literatura: morirse a destiempo. Hay autores notables que ya no se leen. ¿Quién lee ahora a Beatriz Guido? ¿Y a Mujica Lainez? Germán Rozenmacher era un gran escritor –Cabecita negra es un libro excelente– que murió muy joven en un accidente muy estúpido, y casi desapareció. Ni siquiera se está leyendo a Isidoro Blaisten, un escritor excepcional. A veces es porque los editores no los editan o porque hay problemas con los herederos. ¡Marechal! Uno de los grandes escritores argentinos. El Adán Buenosayres es una novela absolutamente precursora y única. Leopoldo Marechal siempre estuvo a contramano, fue peronista en una época en que todos los intelectuales eran antiperonistas, pero además tenía una estética que el peronismo no aceptaba en ese momento, entonces, cuando salió el Adán, casi no se vendió. Y cuando murió también hubo problemas de sucesiones y demás. A veces ciertos autores desaparecen por cuestiones mundanas. Si se crean planes de lectura muy fuertes, todo eso va a resurgir.

–¿Cómo ve el mercado editorial?

–Yo, de mercado, nada, es una palabra que me revuelve las tripas. Sí creo en las editoriales chicas, hay que favorecerlas porque son las que sacan escritores nuevos o aquellos que no lo son pero que, sin tener una gran venta garantizada, son excelentes. En los 60 todos empezamos a publicar en editoriales chicas: Jorge Álvarez, De la Flor, Galerna, todas permitieron que nuevas generaciones de escritores existieran. Ahora hay muchas que publican cosas excelentes, que son heroicas, porque es muy difícil sacar un libro. Las editoriales chicas y los movimientos teatrales son una respuesta saludable a las crisis económicas. Mantienen viva la creación.

–Como los talleres literarios, que son un fenómeno muy singular de nuestro país.

–Mi teoría es que los talleres surgen con fuerza durante la dictadura por una doble necesidad: la de los jóvenes escritores de reunirse con sus pares, de estar en un medio literario –en los 60 nos reuníamos en cafés, sacábamos revistas, y en la dictadura nada de eso era posible–, y también como una necesidad de sobrevivir de los que ya éramos un poco más conocidos y nos habían echado de nuestros trabajos. Lo increíble es que la dictadura militar terminó, pero los talleres siguen. Yo puedo decir cuál es el origen. Ahora, por qué tienen tanta vigencia, no sé.

Escrito por
Virginia Poblet
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