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UNA GUERRA POPULAR POR LA INDEPENDENCIA

Belgrano condujo a los habitantes de Jujuy a lo que llamó “la retirada”: dejarle al enemigo tierra arrasada para que no pudiera contar con recursos a su paso. Luego, por pedido del pueblo, enfrentó a los realistas en la batalla de Tucumán, una de las victorias clave de la revolución.

El mérito del general Belgrano, durante toda la retirada, es eminente. Por más críticas que fuesen nuestras circunstancias, jamás se dejó sobrecoger de ese terror que suele dominar las almas vulgares, y por grande que fuese su responsabilidad la arrostró con una constancia heroica. En las situaciones más peligrosas se manifestó digno del puesto que ocupaba, alentando a los débiles e imponiendo a los que suponía pusilánimes, aunque usando a veces una causticidad ofensiva. Jamás desesperó de la salud de la patria, mirando con la más marcada aversión a los que opinaban tristemente. Dije antes que estaba dotado de un gran valor moral porque efectivamente no poseía el valor brioso de un granadero, que lo hace muchas veces a un jefe ponerse al frente de una columna y precipitarse sobre el enemigo.

En lo crítico del combate su actitud era concentrada, silenciosa, y parecían suspensas sus facultades; escuchaba lo que le decían, y seguía con facilidad las insinuaciones racionales que se le hacían; pero cuando hablaba era siempre en el sentido de avanzar sobre el enemigo, de perseguirlo o, si él era el que avanzaba, de hacer algo y rechazarlo. Su valor era más bien (permítaseme la expresión) cívico que guerrero. Era como el de aquellos senadores romanos que perecían impávidos sentados en sus sillas curules. En los contrastes que sufrieron nuestras armas bajo las órdenes del general Belgrano, fue siempre de los últimos que se retiró del campo de batalla, dando ejemplo y haciendo menos graves nuestras pérdidas. En las retiradas que fueron la consecuencia de esos contrastes, desplegó siempre una energía y un espíritu de orden admirable; de modo que, a pesar de nuestros reveses, no se relajó la disciplina ni se cometieron desórdenes… Después de lo que acabo de exponer será fácil explicarse como el ejército, después de una retirada de ciento treinta leguas, nada había sufrido en su moral; por el contrario, recibió con gusto el anuncio de que hacíamos alto en Tucumán, y que esperábamos al enemigo.” Nadie describió mejor a Manuel Belgrano en vida que José María Paz con las elogiosas palabras de sus estupendas Memorias. Es la opinión de un subordinado que admira a su jefe, a su superior, y que le reconoce las mayores virtudes en el momento más difícil de la carrera política y militar del creador de la bandera, pero también de toda la revolución sudamericana: el llamado Éxodo Jujeño.

LA RETIRADA

El domingo 23 de agosto de 1812, a las cinco y media de la tarde, Manuel Belgrano, envuelto en su poncho de vicuña, da la orden de que el pueblo comience el vaciamiento de la ciudad de Jujuy e inicie la retirada hacia Córdoba. La orden del Triunvirato era concreta: retroceder con el Ejército patriota hasta Córdoba y no presentar batalla a los realistas en ningún punto de la huida.

Y allí estaba él, un general improvisado preguntándose cómo hubiera hecho para dejar a esos pueblos a merced de los enemigos, a su sed de venganza, de saqueo, de muerte, como habían hecho en las provincias altoperuanas. Estaba allí preguntándose cómo hubiera hecho para abandonar a esos hombres, mujeres y niños humildes que, en carretas, a pie, a caballos, sobre mulas, emprendían con silencioso heroísmo el abandono de lo poco que tenían: los ranchos y la tierra que habían visto nacer, crecer y morir a sus antepasados desde los tiempos de los tiempos. Recorría las calles de San Salvador, apenas un caserío de miles de personas, enmarcadas entre los ríos Grande y Chico y rodeadas por los cerros, y miraba esos rostros humildes que con estoicismo vaciaban sus casas, quemaban sus campos, arreaban su ganado rumbo a un destino desconocido y sin fecha de regreso posible. Por la ancestral Quebrada de Humahuaca descendían los realistas con ganas de escarmentar a los insurgentes que habían osado desafiar al rey; formaban un ejército profesional, entrenado en el hábito de la estrategia y la crueldad. En cambio, Belgrano tenía bajo sus órdenes a un pueblo indefenso y una tropa que todavía no había decidido convertirse en una milicia.

Terminado el día, pocos minutos después de la medianoche, Belgrano montó en su caballo. Tuvo la heroica delicadeza de ser el último en abandonar Jujuy. Él, que no era el más brillante estratega ni el más inteligente político; él, que no tenía los conocimientos suficientes para ser general ni la astucia del zorro para gobernar y mandar a los hombres; que era ingenuo, a veces, y otras un tanto inocente; el jefe del que muchos se burlaban; el abogado que a fuerza de coraje cívico se había convertido en militar y aceptaba con humilde convicción el mandato de luchar por la patria; él, Manuel Belgrano, sabía que a un pueblo no se lo abandona y que si una misión tiene el Ejército no es dejar a su gente a la buena de Dios sino acompañarlo, protegerlo, defenderlo. Por eso, Manuel iba allí detrás, último, cubriendo la retirada de los jujeños, como un valeroso guardián del pueblo. La Argentina habría sido otra, sin duda, si a lo largo de la historia las fuerzas armadas hubieran tenido más Belgranos y menos Mitres.

Todo había comenzado en julio cuando, tras la represión de Cochabamba, Goyeneche había decidido enviar a Tristán al mando de tres mil hombres para destrozar definitivamente al ejército patriota. Alertado Belgrano de esos movimientos, decidió poner en marcha el operativo de retirada ordenado por el Triunvirato en el mes de febrero. La situación lo ameritaba: para ser efectiva, la táctica militar conocida como “tierra quemada” o “tierra arrasada” depende, justamente, de que el éxodo sea masivo y que a espaldas de quienes se retiren de sus lugares sólo quede un desierto que en nada pueda ser de utilidad al enemigo. El nombre de “Éxodo Jujeño” no es el que los protagonistas le dieron al movimiento cívico militar, sino que fue bautizado así un siglo después, cuando el escritor Ricardo Rojas, autor de El santo de la espada, La restauración nacionalista y Blasón de plata, se dedicó a organizar el Archivo Capitular de Jujuy durante el Centenario de Mayo, en 1910. El nombre que tanto Belgrano como el Triunvirato le pusieron fue “la retirada”.

SACRIFICIO Y VICTORIA

La acción de la retirada es el último recurso de un pueblo en situación de debilidad porque no requiere de grandes adelantos técnicos ni recursos económicos: al retirarse, los combatientes tienen como objetivo retrasar o detener el avance enemigo al dejarlo sin alimento, sin agua, sin recursos que le permitan moverse con facilidad. Se trata de una acción de último recurso, pero ha sido muy eficaz a lo largo de la historia y permitió a aquellos grupos reducidos vencer a ejércitos más nutridos y mejor preparados.

Después de los primeros días de motivación y entusiasmo por el torrente de actividades que debía realizarse, la marcha comienza a ser anodina e insoportable. Niños, mujeres, ancianos, campesinos, soportan caminatas de 50 kilómetros diarios para escapar del temible ejército realista. Las deserciones comienzan a ser una salida tentadora para muchos soldados sin convicciones. Y allí está Belgrano mandando a fusilar de inmediato a un par de desertores para ejemplificar a la tropa y a los parroquianos. Pero, al mismo tiempo, comprendía lo difícil de la situación y tomaba conciencia de que la retirada era insostenible y que, si seguía huyendo, la revolución iba a caer por peso propio.

Al llegar a la ciudad de Tucumán, Belgrano se reúne el 12 de septiembre con el gobernador Bernabé Aráoz. El general se salía de sí. Se frotaba las manos. Se encontraba en una disyuntiva complicada. O hacía caso al gobierno y seguía hasta Córdoba o respondía a su propia conciencia y a las exigencias de los pueblos norteños y se plantaba frente al invasor. Si elegía lo primero, se enemistaba con el pueblo; si optaba por lo segundo y le salía mal, lo pagaría con su vida. Belgrano optó por enfrentar al enemigo.

El 24 de septiembre por la mañana, ambos ejércitos se encuentran frente a frente por primera vez desde Huaqui en el Campo de las Carretas, en las afueras de la ciudad de Tucumán. Belgrano contaba con 1.800 hombres y cuatro piezas de artillería. Tristán, con una fuerza superior de 3.200 soldados y trece piezas de artillería. Faltaban apenas unos minutos para que comenzara la batalla más importante de todas las que se libraron en el actual territorio argentino. Y fue ese combate el que determinó la suerte y el destino de una nación que comenzaba definitivamente a despertarse. Fueron siete meses de dolor y sacrificio. El Éxodo Jujeño fue la primera manifestación de guerra popular que tuvo la Independencia por estas tierras. Miles y miles de personas protagonizaron el sacrificio más brutal que un pueblo puede realizar: abandonar todo –casa, hacienda, ciudad– en busca de la causa de la emancipación y siguiendo la voluntad de un líder con la convicción histórica de Manuel Belgrano.

Escrito por
Hernán Brienza
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