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FARO REVOLUCIONARIO

Más allá del mármol en el que pretendió encerrarlo la historiografía liberal, Belgrano construyó una profunda mirada independentista y social que alcanzó una gran influencia en las gestas del 25 de Mayo y el 9 de Julio.

El pensamiento y acción de Manuel Belgrano fueron fundamentales en los sucesos del 25 de Mayo de 1810. Establecida la Primera Junta en Buenos Aires, con Belgrano como vocal, se decidió enviar expediciones militares al Litoral y al Alto Perú para afianzar la posición patriota frente a los realistas.

Paraguay, inicialmente, reconoció a la Junta de Regencia de Fernando VII, desconociendo el proceso del “juntismo” peninsular y, especialmente, a la Junta de Buenos Aires. Ante avances armados paraguayos contra Misiones y Corrientes, la Junta envió una expedición “para auxiliar con fuerza armada a los pueblos de la Banda Oriental, Santa Fe, Corrientes y Paraguay” al mando de Manuel Belgrano, el 22 de septiembre de dicho año.

A pesar de que no estaba familiarizado con el terreno y de que sus “conocimientos militares eran muy cortos”, afrontó el desafío. El prócer siempre tuvo como norte la libre determinación de los pueblos, teniendo en claro que “el partido de la revolución sería grande, muy en ello, de que los americanos, al sólo oír libertad, aspirarían a conseguirla”.

Con pocos hombres y mal armados, la expedición contó con las severas instrucciones de Mariano Moreno, las que Belgrano intentó morigerar para ganarse el favor de los paraguayos, planteando libertades civiles y ventajas comerciales, aunque poco le sirvieron ante los posteriores fracasos militares.

Al tiempo el militar cedía ante el estadista. Ante el pleito entre Corrientes y Yapeyú por la jurisdicción de Curuzú Cuatiá, a favor del primero, expidió –siguiendo el texto de Mario Belgrano– el 16 de noviembre un Reglamento de delineación

de los pueblos de Curuzú Cuatiá y Mandisoví, que dispuso la venta de solares para un fondo de construcción de escuelas, buscó la centralización de la población, instó a “los pudientes” a que solventaran el salario del maestro y a que los estancieros instalaran sus casas en la planta urbana, ya que “no podía ver sin dolor que las gentes de la campaña viviesen tan distantes unas de otras lo más de su vida (…) sin lograr un recurso para lograr alguna educación”.

Aquí se plasma no sólo su pensamiento como secretario del Consulado, donde planteó un proyecto político de desarrollo para el Río de la Plata, sino que bosqueja un sentido social de lucha, a favor de los más desprotegidos, sean, en este caso, los indígenas, como las mujeres y sectores rurales. Belgrano tuvo una dimensión social escondida por el mármol del procerato liberal, pero que tuvo verdadera entrega cristiana y un profundo sentido revolucionario.

Los fracasos militares y la independencia paraguaya generaron malestar desde Buenos Aires contra Belgrano. Pero, tras los fracasos de Juan José Castelli, será Belgrano quien reemplace a Pueyrredón y comande el Ejército Auxiliar del Norte el 3 de abril de 1812.

SÍMBOLOS DE LUCHA

La Guerra de Partidarios y las guerrillas altoperuanas operaban a la par de las órdenes belgranianas. Asencio Padilla y Juana Azurduy son símbolos de lucha y entrega, junto con centenares de aborígenes norteños.

Refirió A. J. Pérez Amuchástegui en el tomo II de Crónica histórica argentina (1968): “Fue inmensa la popularidad que Belgrano adquirió entre los indígenas del Alto Perú y de algunas otras regiones donde llegó su fama. En general, los indios (…) se mantuvieron fieles a su recuerdo. En las proximidades del Chaco paraguayo existía un célebre cacique llamado Cumbay que usaba título de general (…) Era ardiente partidario de la Revolución, por la que combatió en Santa Cruz de la Sierra, siendo herido de un balazo (…) Cuando oyó hablar de Belgrano deseó conocerlo (…) Pasado algún tiempo llegó Cumbay a Potosí (…) al enfrentar a Belgrano (…) le dijo, por medio de su intérprete: ‘Que no lo habían engañado, que era muy lindo, y que según su rostro así debía ser su corazón’”. Lo cierto es que ambos se intercambiaron presentes y atenciones, disponiendo Cumbay en ofrecerle dos mil indios para pelear contra los realistas.

Tras reorganizar sus tropas, recibió la orden de Buenos Aires de replegarse a Córdoba. Ello lo ejecutó en el bíblico Éxodo Jujeño del 23 de agosto (siendo más de un “éxodo” y abarcando el actual sur de Bolivia), donde el pueblo “arribeño” acompañó de buena gana a los sectores humildes, coyas y aymaras, y obligó, a punta de bayoneta, a los ricos.

Juan Perón, en conversaciones con Eugenio Rom en 1967, refirió: “Belgrano oficia al Triunvirato pidiendo bandera. Ya había logrado tiempo antes que se le autorizara el uso de una escarapela azul y blanca para la tropa. Al cabo de algunos tironeos’, consigue su bandera con los mismos colores. Con ella enarbolada, marcha rumbo al Alto Perú. Es una campaña dura y con muchos altibajos, pero con un final glorioso. En Salta y Tucumán, lleva su estandarte a la victoria, y con ello asegura la supervivencia de la revolución. El peligro de una invasión desde el Perú se aleja por un tiempo”.

Efectivamente, Belgrano tuvo la orden de seguir a Córdoba, pero entendió que sería mejor enfrentar a los realistas en los campos de Tucumán, el 24 de septiembre, justo en la festividad de la Virgen, lo que determinó su entronización como generala del Ejército patrio.

Salta, el 20 de febrero de 1813, cimentó su gloria militar, aunque los reveses de Vilcapugio y Ayohuma mellan su prestigio. Serían San Martín y Güemes los que auxiliarían la situación, reconociendo la valía del gran patriota.

Pasado el tiempo, su propuesta –en reunión secreta del Congreso en Tucumán en 1816– de una monarquía incaica constitucional no hace más que reafirmar la estima de Belgrano hacia la heredad de los pueblos originarios, y potencia a profundizar sobre este y otros aspectos de la vida del hombre al que se honra en este 2020 con los 250 años de su nacimiento junto al bicentenario de su paso a la inmortalidad.

Escrito por
Pablo Adrián Vázquez
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