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“LA OEA ABRIÓ LAS POSIBILIDADES AL GOLPE”

El ex titular de la Unasur plantea una visión crítica sobre el organismo y habla de la coyuntura regional y la injerencia de Estados Unidos en el subcontinente.

En el contexto de una América latina convulsionada por accionares diversas que van desde masivas convocatorias sociales reclamando la amplitud de derechos, hasta golpes de Estado apoyados en intervenciones de organismos internacionales, pasando por relevantes y cambiantes resultados electorales en procesos democráticos, el abogado, economista y ex presidente de Colombia Ernesto Samper Pizano dialogó con Caras y Caretas y analizó el papel de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en la región.

–¿Qué lectura hace del rol de la OEA en los conflictos latinoamericanos a lo largo de sus 70 años?

La OEA nació como resultado de la Guerra Fría, para reorganizar la región en función de los intereses que se compartieron en la Segunda Guerra dentro de la alianza pactada con los EE.UU. Poco a poco, el Sistema Interamericano conformado se fue deteriorando hasta convertirse prácticamente en un instrumento de intervención estadounidense en la región, no sólo políticamente, sino económica y judicialmente. El sistema de defensa que constituyeron con la Escuela de las Américas era sencillamente un mecanismo para cooptar los ejércitos regionales en función de las prioridades de seguridad de EE.UU., llevando a los altos mandos para compartir hipótesis de conflictos. La OEA siempre fue funcional a los intereses de EE.UU. y nos han paseado por toda su agenda: la lucha contra el terrorismo, contra el comunismo, contra el narcotráfico. Todas prioridades de ellos, no de la región.

–Sobre los hechos ocurridos en los últimos meses en Colombia, Ecuador y Chile, la secretaría de Luis Almagro señaló que fueron impulsados por “las brisas del régimen bolivariano y cubano”.

Almagro construyó un cuadro delirante sobre Venezuela. Cualquier persona sensata sabe que en Venezuela hay dos caminos: el de la intervención militar o el de la salida dialogada como están buscando la ONU, la Unión Europea y el papa Francisco. Almagro es dueño de la hipótesis de la salida por la fuerza y ha sido desautorizado por propios funcionarios de la Casa Blanca. No es de extrañar que presente elucubraciones paranoicas como que estos movimientos sociales latinoamericanos estén inspirados por fuerzas castro-chavistas, eso sólo cabe en una mente distorsionada como la de él. Si analizamos también el papel en Bolivia, las intervenciones de Almagro no pueden ser más desafortunadas.

–¿Cómo describe ese accionar en el golpe de Estado en Bolivia?

La OEA abrió las posibilidades al golpe con un informe que nunca terminaba en una afirmación concluyente. Los sectores de derecha que no eran afines a la causa de Evo Morales, en lugar de haber aceptado una salida lógica que era el llamado a una nueva elección, terminaron, apoyados por este informe, en una salida de facto que llevó a esta señora a convertirse en dictadora.

–¿Fue simplemente una irresponsabilidad de la OEA o formó parte de una estrategia con la derecha boliviana?

No tengo elementos de juicio para poder afirmar que el informe formaba parte de un libreto golpista, pero sí tengo absoluta certidumbre de que la OEA era el organismo que podía cortar cualquier posibilidad de golpe y no lo hizo. Primero dijo que había ciertas irregularidades que quería chequear y después que había que ir a una segunda vuelta; ahí pasó de una posición técnica a una posición política. Si las elecciones estaban viciadas, debían convocar a una nueva.

–¿Cómo ve el futuro de la relación OEA-Latinoamérica?

Ya hemos pasado la época en la cual se justificaba, por razones estratégicas internacionales, que hubiera una unión en materia de defensa frente a un posible enemigo externo, pensar eso hoy es anacrónico. No podemos seguir jugando con EE.UU. en una alianza en la cual los únicos ganadores son ellos. Es como la alianza que le proponía una gallina a un cerdo para vender huevos con tocino, nosotros siempre seríamos el cerdo en esa alianza. La única manera de tener relaciones que puedan representarnos un beneficio es que trabajemos en una política de convergencia como la que propuso Alberto Fernández y el Grupo de Puebla en su última reunión: ocuparse de acercar los diez organismos de integración subregional que hoy existen. Así, podremos llegar a un solo mecanismo que sería una OEA sin los EE.UU., con un secretario que tenga empoderamiento político y en la cual no existan normas como la del “consenso”, que prácticamente les da el derecho de veto a las minorías.

–Una OEA sin EE.UU. podría comenzarse desde la Celac…

Ocurre que la Celac fue diseñada como un sitio de encuentro, celebrando cumbres de presidentes latinoamericanos con presidentes europeos y asiáticos, pero no como un organismo de integración regional. Además, la arquitectura inicial de la Celac no le daba empoderamiento al secretario general, no había un mandato claro en materia de la relación con otros bloques del mundo, no tenía equipos con- formados para conversar agendas sectoriales. Todo esto sí fue pensando en la Unasur.

–En este contexto, ¿ve lejano el completo funcionamiento de la Unasur como ocurrió hasta 2015?

Debe haber un entendimiento claro entre los países de cuál es el proyecto de integración que necesita la región. Creo que más temprano que tarde Unasur revivirá, pero con esta realidad tiene que estar en claro si será un proyecto para hacer acuerdos de librecomercio o si será un proyecto mucho más complejo de construir ciudadanía, que trabaje en desarrollos conjuntos de infraestructura, de conectividad y de innovación. Debemos acordar que es para la integración regional y no sólo comercial. De todas formas, soy optimista con lo que está ocurriendo en la región. Veo un sentimiento colectivo que está pidiendo a gritos un cambio del statu quo; y la chispa de ese cambio se está produciendo de distintas maneras: en Chile a través de un proceso constituyente, en Colombia con la sostenibilidad de los acuerdos de paz incluyendo una reactivación de las conversaciones con el ELN y en la Argentina con el relevo del macrismo que representaba, precisamente, ese statu quo hoy cuestionado.

Escrito por
Damian Fresolone
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