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MERCEDES SOSA, LA NEGRA, LA MARTA

A diez años de su muerte, el autor recuerda a la querida artista que renovó el folklore y fue representante de la Argentina en el mundo, con su voz inconfundible y honda, y sus convicciones siempre delante.

Los dos a la vez ya era el colmo del exceso. El morocho y la Negra. Carlos Gardel tuvo la cortesía de entrar a las llamas el 24 de junio de 1935; quince días después nació Mercedes Sosa. Ella respiró explícitamente durante 74 años, hasta el 4 de octubre del 2009. Qué casualidad, en otro 4 de octubre nació la Violeta Parra. Gracias a la vida. La baraja del azar es un dios que se las trae.

El caso es que Gladys Osorio Marta Haydée Mercedes Sosa Girón lo primero que hizo fue nacer. Que la parió: nació para siempre. Aparentemente se nos murió hace diez años; pero no diremos “diez años sin la Negra”. Fueron diez años “con”.

BIOGRAFÍA EN VOZ ALTA

Inevitable la autorreferencia. Esta crónica viene de lo que escuché y viví junto a la Negra. Con hechos y palabras de primera mano, zurciré un retrato, a partir de la materia menuda que quedó palpitando entre los pliegues de mi biografía Mercedes Sosa. La Negra (Sudamericana, 2003 y 2010). El texto se nos fue tejiendo durante cuatro décadas; lo encaucé en 2003. La vida nos escribió el libro. Ahora dejaré a un costado los mayores hitos de su carrera: priorizaré a la Negra de entrecasa. Compartí con ella momentos que sólo posibilita la amistad: juntadas para cambiar el mundo, muertes cercanas, nacimientos, lágrimas y risas, comidas entrañables en nuestras casas, la extrañadura del exilio, infinitos vinos. Mientras tanto, nos sucedía la Argentina. Con la oralidad de la Negra, se irá perfilando su retrato íntimo, al compás de preguntas recurrentes. ¿Cómo es posible que esta mujer cante desde y hacia tan lejos, y con tan hondo eco? ¿Con las levaduras de qué sufrimientos y goces se fue amasando esa voz de semblante único que atraviesa generaciones e idiomas? En fin, intentaremos revelar lo que no se ve, rescatando sus palabras en carne viva y en estado de confesión. Más que la cronología historiadora importarán aquí los ramalazos del almanaque del corazón.

La Negra, ¿cómo era? De los cinco sentidos el que tenía más desarrollado era el sexto. Lo usaba para el afecto de cuajo, o para mandarlo a uno a la madrequeloparió. Era impredecible. Un ejemplo: año 1983, asoma entusiasmada la democracia. Me llama por teléfono y me dice: “Nene, estoy yendo para tu casa, llevo empanadas que hicieron mi mamá y mi cuñada”. Un detalle: son las dos y media de la mañana. Mercedes llega, busca la cocina, se sienta, da vuelta un plato y con un cuchillo y un tenedor empieza a marcar los compases de cada una de las once canciones del long play que está grabando. Sin levantar la vista del plato, sin soltar los cubiertos de percusión, dice con voz tenue: “¿Verdad que será hermoso este disco? Hermanito, decime que te gustó mucho… Ay, cómo sufro. Tiene razón mi mamá: yo no tengo que andar cantando”.

Mediados de 2003. Por esos días escribo su biografía. A las cuatro de la madrugada suena el teléfono. Es ella: “Ya pensé mi epitafio. ¿Tenés para anotar, Rodolfo?”. “Dale, Negra, te escucho.” Suelta la carcajada, me dice “hasta mañana” y cuelga. Le gustaba jugar. Era muy llorona y divertidísima.

¿Dónde se origina su hondísima voz con eco? Ella se cuenta: “Una parte de mi sangre viene de Santiago del Estero, tierra de gente nacida para ser buena. Ni 15 años tenía mi abuela paterna, y ya había parido a su primer hijo. Los hijos venían sin miramientos y nacían en las casas. El hombre le decía a su mujer casi niña: ‘Deje de jugar y ponga a hervir agua en la olla. Voy por la comadrona’. Así vino al mundo mi papá”.

AMOR PARA SIEMPRE

A veces a la Negra le aparecen hoyuelos en el rostro. Como ahora, cuando cuenta: “La de mi papá y mi mamá es una historia de amor para siempre. ¿Soy una pavota? Me dicen, ¡eso es imposible! Será imposible, pero mi papá y mi mamá nunca se aburrieron de quererse, nunca… ¿cómo se conocieron? Me lo contó mi mamá, mateando después de una siesta. Ellos estaban en un velorio de angelito; en esos velorios en el norte se juega y se canta. En el juego están todos con los puños apretados y alguien tiene el botón en la mano. Hay que adivinar quién y ser sabio para semblantear. Mi papá fue ojeando las caras y al llegar a mi mamá, respetuoso dijo: ‘La señorita tiene el botón’. Ella lo tenía. Ahí empecé a nacer yo. Lo confieso orgullosa: mi mamá era ‘señorita’, pero ya tenía una hija de soltera, Clara Rosa Girón. Siete años me llevaba Clarita. Para tener esa hija mi mamá debió ser brava y con agallas, estamos hablando de una madre soltera ¡en 1928! Ella sin duda era una feminista adelantada, como Alfonsina Storni. Tener un hijo soltera entonces era una cruz, un estigma. Pero mi mamá salió adelante porque se encontró con mi papá, él hasta quiso darle su apellido a Clarita… En la vida yo no quería ser cantante, siempre quise ser como mi mamá. Ojo, eh, mi mamá no era la mujer que sólo sirve para preñarse y ser sirvienta. En todo estaba a la par con mi papá. Del amor de mis padres nacieron cuatro hijos, el primero se murió al año. ¿Miguelito se llamaba? Por suerte, mi hermano Cacho está cerca… ¡Cachoooo! Vení. Contá cómo se llamaba nuestro hermanito. Presentante antes”.

Cacho Sosa: –Me llamo Fernando del Valle Sosa, me dicen Cacho, nací el 24 del 3 del 40, cinco años después que la Marta. Soy el menor. El hermanito que se murió no sé cómo se llamaba, le decían Coquito. Vivió sólo siete meses. Coquito ha muerto por los calores; se ha deshidratado por una diarrea, hasta secarse.

–Negra, nombrás a tus padres y el sol sale en tu semblante.

–Me gusta tanto nombrarlos; sin ellos, ¿quién sería yo? Mi papá tenía su carácter, pero hacía lo que quería mi mamá, y sin fastidio; pero no era un mandado.

–Tu semblante ahora se nubló.

–Es que me quedé pensando en él, pobrecito… Mi padre fue estibador, hombreó troncos, se consumió en un aserradero. Allí no había vaso de leche, ni máscaras. Un día mi mamá le dijo: “Ahí no trabajás más”. Para entonces él era un cadáver caminando. Ay, cómo esperábamos los sábados: ese día él traía su sueldito. Entonces mi madre sólo tenía agua con sal para hervir. Hacía milagros en la cocina ella. De un kilo de harina y un huevo salía pan, tortitas, fideos… Hubo un tiempo en el que mi papá se quedó sin trabajo, hasta que entró en el infierno de las calderas del ingenio. Lo ayudaron los buenos de siempre, los santiagueños. Ellos traían su comidita y entre varios le convidaban un plato. Mi papá no llevaba su comida porque en mi casa no alcanzaba para los hijos. Pobrecito él.

LA RIQUEZA Y EL NOMBRE

Mercedes Sosa cantaba con fundamento; conseguía semejante hondura más allá de la casualidad de su voz. Esa voz estuvo abonada por una niñez riquísima en sus carencias. Ella se busca:

–Nunca tuve muñecas, los Reyes Magos pasaban de largo. Éramos grandecitos y seguíamos creyendo que existían. Un día mi papá nos dijo que ese año no iban a llegar a Tucumán. Estaba tan triste… Ahí nos dimos cuenta de que los Reyes eran los padres. Él estaba sin trabajo. Pero esa noche cayó un terrible aguacero, nos subíamos encima de la mesa, nos inundábamos. Todos muy asustados, menos mi papá. Esa vez nos explicó que los Reyes no vendrían, por la tormenta. No hay tormenta que por bien no venga.

El nombre es un enigma. Finalmente, ¿cómo se llama? Mejor lo explica ella:

–Mi mamá dice que mi papá se olvidó mi nombre adrede cuando me fue a anotar. Y me puso Haydeé Mercedes en vez de Marta Mercedes, como pidió mi mamá. Como es lógico, en mi casa mandaba mi papá, pero se terminaba haciendo lo que quería mi mamá. Soy la Marta y me gusta mucho más ser la Marta que Mercedes Sosa. Ayayito, con el nombre de buena me libré: mi mamá pensó en ponerme Julia Argentina, porque nací un 9 de julio. ¿Se imaginan a los presentadores del mundo diciendo: “Y aquí… ¡Julia Argentina Sosa, de Argentina!”? Al final, puertas adentro soy la Marta. Y puertas afuera soy la Negra.

–Negra, ¿por qué ahora fruncís el ceño?

–Porque me acuerdo de lo que mi abuelo le hizo sufrir a mi mamá. Este tipo a mi abuela Genoveva la abandonó cuando estaba gruesa de mi mamá. Qué crueldad. Flor de abuelo: se llamaba Miguel Girón; era un grandísimo hijo de puta. Ay, los hombres… con los años yo y mi hijo Fabián padecimos un dolor parecido. No había pensión que nos aceptara.

La Negra salta del dolor al humor, sin aviso. De pronto pregunta:

–¿Te dije que ya tengo pensado mi epitafio?

–Estuviste a punto de…

–Calma, te lo diré, te lo diré… Ahora aprovechemos que ahí llegó mi hermano Cacho: él tiene buena memoria. Contá, Cacho, lo de la morera.

Y Cacho Sosa cuenta:

–Cuando la Marta tenía 16 años han venido esos vientos que les llaman tornados. Han arrancado la morera de cuajo y esta ha caído sobre una parte de la casa. En la oscuridad nos buscábamos a los gritos. Al ver que el Chichí nos faltaba, mi mamá y la Marta se han puesto a llorar desconsoladas. Apartamos ramas, llegamos a la pieza que estaba semiderrumbada y aparece el Chichí. ¡Se había salvado! Gracias a la desgracia de la morera, la Marta ha empezado a diligenciar una casita. Ella ya cantaba y era apreciada por eso en el Partido Peronista. Pensar que la Marta pudo morir aplastada por la morera. Y ya no hubiera cantado más y no hubiera sido famosa y no hubiéramos tenido la casa.

 

EL DOLOR DEL HAMBRE

Mercedes se sigue cantando en la cronología del almanaque; sólo obedece a la memoria de su corazón.

–En nuestra niñez el hambre merodeaba. Si hablo de la pobreza es en homenaje a mis padres. Muchas noches nos acostábamos con el dolor de estómago del hambre. Mi mamá nos daba un bollito de pan y mate cocido y nos sacaba a jugar al Parque 9 de Julio. Comíamos inocencia. Ella cocinaba bromeando con las carencias. Resucitando ropa vieja que otros tiraban, relucíamos como hijos de familia acomodada.

–¿Podrías definir tu niñez en tres palabras?

–Me sobra con una: felicidad. Ni sombra de resentimiento. Fuimos muy pobres pero ¡tan millonarios! Mi papá y mi mamá fueron sabios: jamás nos hicieron sufrir su sufrimiento. Adentro de la alegría anidaba la felicidad.

–¿Tu debut fue realmente en la radio LV12?

–No, fue antes, a los catorce. Mi papá y mi mamá, muy peronistas, aprovecharon un tren gratis a Buenos Aires para celebrar el 17 de Octubre. Quedé con mis hermanos. En la escuela faltó la profesora de canto y la directora me dijo que cantaríamos el Himno y que yo, adelante, tenía que cantar bien fuerte. Qué vergüenza; ahí debuté. Otro día faltó otra profesora y fuimos a LV12. Había un concurso, me empujaron y canté. No debía enterarse mi papá, me llamé Gladys Osorio. Tras cantar “Triste estoy”, de Margarita Palacios, el dueño de la radio me dijo: “Terminó el concurso. Lo ganaste vos”. Seguí en la radio, hasta que mi papá me llama: “¿Le parece bonito andar en la radio? ¿Así se comporta una señorita enseñada para ser decente? Gladys Osorio, acérquese. ¿Debo felicitarla? No baje la vista. Que me mire a los ojos, le digo”. No pude. Hubiera preferido que me pegara.

La Negra come poco. Al escucharla decimos: “La Negra, ¡qué la parió!”. La madre que parió a semejante voz se llamaba Ema del Carmen Sosa. Prodigiosa mujer sin escuela. Insistía en que su hija no debía cantar:

–La Marta no era estudiosa. Andaba mejor en gimnasia y canto. A los seis años se envolvía con el mosquitero y hacía de bailarina española. La Marta, si no hubiera sido cantora, hubiera sido pintora. A mí, que cantara, no me gustaba nada, nada.

–Doña Ema, su Marta triunfó y es venerada.

–Pero sufre.

–Pasó el tiempo. ¿Usted sigue sin querer que Mercedes cante?

–Sí. Es mucho el sufrimiento de mi hija. Más que el dinero vale lo moral. Le repito: la Marta es buena hija y hermana, pero veo que sufre. Muchos la quieren, pero yo la quiero más que todos. No me gusta la fantasía. Como madre sólo quiero que la Marta no sufra. Y ella sufre cuando está lejos.

–Y cuando la escucha cantar, ¿qué pasa con usted?

–Lloro. El remedio para mi sufrimiento y el de ella es hacerle de comer. A una madre no le importan las vanidades. Hablamos suficiente, ¿no? Vayamos a comer el locro con la Marta. Ella me tiene preocupada, ha enflaquecido tanto.

–Doña Ema, ¿aún hoy sigue sin querer que su Marta cante?

–Lo que le dije: si ella no anduviera cantando no sufriría. No importa que cante lindo y que la gente la aplauda. Los aplausos duran menos que la vida. La Marta sufre. Y más le digo: está comiendo muy poco.

La Negra de entrecasa necesitaba volver al siguiente relato:

–El calor inhumano de los hornos del ingenio lo consumió; mi papá murió a los 62, pasado de ancianidad. Una vez, con el Chichí fuimos por un túnel; en una zorrita llegamos a veinte metros de la boca del horno, el calor era insoportable. Y allí estaba el papá trabajando solo, sin camisa, con su espalda doblada; no sabía que lo mirábamos. Con el Chichí nos volvimos mudos, llorando. ¿Por qué, por qué hay seres que no conocen en la vida otra cosa que la pobreza?

–Negra, recordá algo que te devuelva la sonrisa.

–Ajá, ya sé: me gustaba el atletismo y participé en carreras en el club Old Boys de Tucumán. Un día volví muy orgullosa: “¡Papá, salí segunda!”. “¿Y cuántos corrieron?” Tuve que decirle: “Dos, papá”.

CIERTAS COSAS

Ay, la virginidad… Para algunos temas, Mercedes Sosa guardaba el hábito del rubor. Había pasado ella sus 60 años y me animé a repreguntarle:

–Ya somos grandes, Negra, contá. ¿Te casaste virgen?

–Mil veces te dije que a Matus le avisé que sin casamiento no había cama.

–Pero estaban los zaguanes.

–Nooo, nada de zaguanes. Yo era virgen en la cama y en el zaguán. Me casé en julio del 57 y recién en marzo de 58 quedé embarazada de mi Fabián. Aunque parezca zonzo, yo era una jovencita decente. Cuando Tejada Gómez me conoció yo tenía un vestidito rosado, muy ceñido. Me dijo: “Martita, la veo un poquito hinchadita de acá. ¿Embarazada?”. “Nooo”, le dije. A los ocho meses nació mi Fabián. Ay, madre mía… entonces estábamos todos, éramos felices y no lo sabíamos.

¿Comunista o peronista? Ella siente que la pregunta a veces viene con mala leche. Pero la responde:

–Me importa la democracia. Fui peronista un rato, porque mi papá y mi mamá y mis hermanos lo eran. Puro sentimiento, sin ideología. A los 18 empecé a leer libros que me dio un novio, Enrique, hombre buenísimo con el que casi me casé. Por esos libros me hice comunista para siempre. Aunque con los años renuncié al carné. Respeto a la gente que cree. Crecí con el retrato de Perón y Evita en la cocina.

Aborto en carne propia. Mercedes Sosa, ¿qué opinaría hoy sobre el aborto? Recupero su palabra viva de hace 16 años:

–Sí, estoy llorando, ¡y qué! Tardé ¡nueve años! en aceptar la muerte de Pocho Mazzitelli, mi segundo marido. Soy lo que soy por él. Trece años de amor y compañerismo… ¡y la asquerosa muerte! En el 67 me embaracé, hice un aborto. Dije: ¿otro hijo para que lo críe mi mamá? Noooo. Mi médico me terminó de convencer. Ay, el dolor ahí abajo es terrible, es como parir, con la diferencia de que después del parto del aborto una se va sin el hijo. Me sentí una perra despreciada.

La Negra continúa, su frente busca un hombro.

–No es fácil vivir y mucho menos siendo mujer. Imaginemos las mujeres que empujadas por la miseria tienen que abortar. Las flagelan en sitios clandestinos. Cuando empecé a colaborar con la Unicef les dije: “Estoy a favor de la despenalización del aborto y en contra de la clandestinidad a la que son empujadas las mujeres pobres. Una cosa es abortar con calefacción y música funcional, y otra cosa es ser mordida en cualquier camilla inmunda con unos fierros terribles que te meten ahí, adentro, para arrancar un cuajo de vida que, si se la dejara vivir, se la condenaría al analfabetismo y al hambre”.

La Negra vadea el llanto, razonando con furia:

–¿Así que la vida es “sagrada”? Les pregunto a los farsantes que impiden despenalizar: ¿acaso ellos no provocan miles de abortos cada día? Abortos por cerrar fábricas; abortos por condenar a los chicos al hambre que los descerebra. Hay que e-du-car. Que se dejen de joder las madres que quieren tener la nena virgen hasta el casamiento. ¡Hipócritas de mierda! Quienes generan las siniestras condiciones para el aborto son los que impiden su legalización. La Iglesia manipula. Y no dejan que los curas puedan amar y casarse, y entonces se mandan macanas espantosas. Lo confieso con dolor: yo aborté más de una vez… dos, tres. El último aborto fue poco tiempo antes de que muriera Pocho. Me recuerdo diciendo “doctor, ¿por qué habré perdido a mi hijo?”. Me respondió: “Usted perdió un hijo pero si seguía iba a perder la vida. Fabián, el hijo que ya tiene, se iba a quedar sin madre”. Un poeta dijo que aquí la hipocresía funciona como ideología. Eso es: estamos manejados por hipócritas, ¡por asesinos! A ver, ¿quién tiene derecho a impedirle a una mujer de La Matanza o de donde sea que decida abortar sabiendo que el hijo que trae al mundo estará condenado a morirse de hambre? Hipócritas, ¡pero que se vayan a la puta que los parió!

El gris ataca. Entre 1997 y 1998 Mercedes se hunde en una aguda depresión, dicta testamento. Después se recupera lentamente, graba discos de Oro y de Platino y el Gardel. En otra de sus inesperadas llamadas en el medio de la noche, me dice:

–Hermanito, mi cama es como un océano. Me doy vuelta a mi izquierda y no hay nadie. Me doy vuelta a mi derecha y tampoco… El color gris casi me gana, debo vencer al gris. Si me quedo sumida en el pasado ofendo al presente y al futuro. Y eso no se hace. Pero como soy precavida, dejo este epitafio para mi tumba: “Nunca fui feliz. Y menos ahora”. Aunque, ¿sabés?, el epitafio no hará falta, porque ya lo expresé ante escribana: ordeno que mi cuerpo sea cremado. Y después que mis cenizas vayan al amado Aconquija, sobre la Buenos Aires querida y sobre aquella Mendoza donde tuve mis únicos días dichosos. Pero qué joder, me gusta la vida. Me va a dar mucha bronca morirme. Sé que va a nacer un filósofo que hará un libro con una sola frase: “Verdaderamente la muerte es una mierda. Una mierda para los que se van. Y una mierda para los que se quedan sin los que se van”.

EL NUEVO CANCIONERO

Cuando asoma el tema de su exilio, Mercedes entra en náuseas y hasta vomita. Un modo de arrancarla de ese agujero negro es hablando de Mendoza, lugar donde se “puso gruesa” de Fabián y donde se semilló el Nuevo Cancionero. Dice, entusiasmada:

–En Tucumán están mis raíces, en Mendoza mi felicidad, en Montevideo mi primer reconocimiento como artista. Quiero volver a 1958. Llegamos con Matus a Mendoza, recién casados. Un par de pensiones y Tejada Gómez nos prestó una pieza. Deslumbrada entré al mundo de escritores, plásticos, intelectuales; conocí a Carlos Alonso, Luis Quesada, Alberto Rodríguez, Antonio Di Benedetto; a políticos que eran poetas, como Benito Marianetti y Ángel Bustelo. Se soñaba haciendo, brotaba el Nuevo Cancionero, que se proyectaría por muchos países. En los comienzos de 1960 estábamos con Matus abriéndonos camino en Buenos Aires. Matus fue el primero que dijo: “A esto del Nuevo Cancionero hay que darle forma”. Él era muy bestia, me hizo escribirle una carta a Tejada Gómez; le decía que, sin soltarnos de las raíces, debíamos superar el folklore insolado. Armando sí estaba preparado para desarrollar eso. Recuerdo nítido un día en su casita de Luzuriaga. Entrando a la izquierda, empezaba el patio, había un duraznero: allí, bajo su sombra, en patas, con su maquinita, Tejada empezó a teclear los fundamentos del Nuevo Cancionero. ¡Con qué alegría escribía!

–Mercedes, recordarás el día 10 de febrero de 1963.

–Era domingo. Por la tarde caímos al diario Los Andes y vos nos hiciste la primera nota. Al otro día, presentábamos el Nuevo Cancionero. Guardo el recorte. Era el lanzamiento, en el Círculo de Periodistas. En el diario nos hicieron una foto. Salí muy seria. Todos los varones sonreían. Única mujer del grupo, a mi alrededor estaban Matus, Tejada Gómez, Juan Carlos Sedero, Tito Francia, Horacio Tusoli y Víctor Nieto. Faltó el “mamadera” Aragón; se le había ido la mano en la mamadera y alargó la siesta.

–¿Qué planteaba el Nuevo Cancionero?

–Con palabras educadas, el Cancionero decía que teníamos que dejarnos de joder, romper el cascarón, terminar con los tabúes tradicionalistas y los disfraces.

Aquel lunes 11 de febrero reventó de gente el Círculo de Periodistas. No faltaron un par de alcahuetes de los servicios; nos acusaban de lo que éramos, “comunistas”. A uno de esos monos le cayó encima una bandeja con vasos de vino. Fue “sin querer”. Yo canté, me puse un vestidito rojo que me regaló la señora de un amigo, Natalio Faingold. Nunca imaginamos la trascendencia del Nuevo Cancionero; hasta a Joan Báez llegamos. Nos expresábamos sin sacrificar un gramo de la dignidad estética. Adiós a las canciones fáciles para que le gusten ya mismo a la gente. Yo siempre entro a las canciones por la música. Y busco la poesía. El Nuevo Cancionero fue, antes que nada, un hecho estético. Debo decirlo: todo empezó para mí en una juntada mendocina en la casona de Iverna Codina, novelista chilena casada con Mario Giannoni. Esas reuniones concluían conmigo cantando. En los comienzos de 1960, ya zumbaba eso de la “nueva canción”. Iverna me apartó del grupo y me dijo que ya era hora.

–¿Hora de qué, Iverna?

–De volar. Vos, aparte de cantar las hermosas canciones de Tejada y de Matus, tenés que desatarte y cantar también las de otros. Vos ya podés volar. Aprendé a usar la respiración, ponete el diente ese que te falta y rajate de aquí.

–Iverna, ¿irme?

–Negra, ya es hora. Ponete el diente. Vos podés volar sola y muy alto.

Posdata. Vamos a suponer que Dios existe. Él, ahora, ensimismado va y viene por su cuantiosa nube. Se ha enterado Dios de que Mercedes Sosa, ya sanita y sin el agobio de insoportables tristezas, vuelve a cantar. De inmediato reúne a su gabinete de ángeles asesores y les ordena: “Vayan a ver si llueve. ¡Todos, eh!”. Por fin solo, busca el taladro que heredó de su abuelo, le hace un orificio al piso de la nube, se tiende y apoya la oreja. Desde abajo, desde el reino de la Tierra se eleva, divina, la voz de la Negra. El Supremo se relame, saca pecho, y pensando en voz alta argumenta: “Algunos humanos me salieron trisados, de lesa inhumanidad, pero esta prodigiosa mujer compensa mis chambonadas”. Y haciendo bocina con las manos, Dios le grita a través del orificio de la nube: “¡No se muera nunca, Negra, por Dios!”.

Escrito por
Rodolfo Braceli
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