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Caras y Caretas

           

El mundial de Diego

Ilustración: Mauro Maccio

Dirigida por Carlos Salvador Bilardo, la Selección llegó al campeonato del mundo con lo justo, tras una campaña sufrida. Pero la estrella estaba del lado argentino y se fue a casa gracias a la actuación extraordinaria de Diego Armando Maradona, que se convirtió en D10s.

Tengo una cajita negra de 30 centímetros por 6 de alto, con luz interior, que simula un cartel electrónico del estadio Azteca. ARG 2 ENG 0 10:34. Eso que parece una contraseña segura sugerida es la referencia al minuto 55 de un partido. A las 4 y 10 de la tarde del invierno más feliz de nuestras vidas. A los 57 minutos y 20 segundos de Héroes, la película oficial de la Copa del Mundo México 86. Ahí se ve ese cartel, el real. Diego acaba de convertir el segundo gol a los ingleses.

Arriba de esa cajita, colgado a modo de altar, un cuadro exagerado de 1 metro por 70 que solo tiene palabras. Las más maravillosas que se han pronunciado durante un mundial alguna vez. Son las que conforman el relato de Víctor Hugo Morales de ese mismo gol. Un cuadro innecesario, porque me lo sé de memoria de tanto repetirlo como una plegaria. Un cuadro irracional. Como el amor.

Es el partido que cambió la historia del fútbol. Al menos para nosotros, que es lo importante. Estamos acá, hablemos de nosotros. De ese Argentina-Inglaterra que es tan nosotros. De ese mundial del despertar democrático. De Bilardo y del Plan Austral. De genocidas recién juzgados y condenados. Del 3-5-2, de Maradona sentenciado a ser D10s por obra y gracia de sus zurdas (pie y mano). De Malvinas. De los héroes vengados de algún modo, sin querer pero con toda la intención. El de esa herida que se alivia un instante.

Hablemos del Mundial de un equipo que se fue del país de apuro, criticado y lleno de dudas, y en un mes construyó “el milagro de transformación deportiva más grande que viví en mi carrera”, según palabras de Jorge Valdano. ¿Construcción o milagro? Contradicciones, cuándo no, bienvenidas a casa.

“QUE TE PUTEEN A VOS”

Lo primero que hizo Carlos Bilardo después de asumir como técnico de la Selección el 24 de febrero de 1983 fue pagar de su bolsillo un viaje a Europa para sacarle la cinta de capitán a Daniel Passarella y ungir a Maradona. Una decisión arriesgada que dejó claro cuál iba a ser su camino. Pero Diego tardó más de dos años en ponerse esa cinta por primera vez: debutó el 5 de mayo de 1985 en un empate amistoso contra Paraguay en el que marcó el único gol argentino, de penal, y en el que Bilardo fue insultado, también por primera vez, por todo el Monumental.

En ese derrotero de dos años el equipo casi nunca hizo pie y jugó entre regular y mal. Pero esos meses de inanición futbolera incluyen un mojón histórico para esta selección. Fue casi una treintena de partidos sin Diego con una Copa América en la que no pasó de la fase inicial, derrotas ante rivales menores como China o Valladolid, un exiguo 1 a 0 ante India y un oasis. La gira europea del 84 incluía sendos 2 a 0 a Suiza y Bélgica, y un 3 a 1 a Alemania en Düsseldorf que hizo llorar al Doctor. No solo por el resultado: en ese partido probó por primera vez el 3-5-2, un sistema de juego del que se dijo creador. Una dinámica que deslumbró a Franz Beckenbauer, que debutó ese día como DT de Alemania y que, según la prensa, auguró: “Si Bilardo logra acoplar a Maradona a este equipo, Argentina será finalista en México”. Así de esperanzador, igual de efímero.

Fue volver de Europa y retomar las dudas, con una clasificación al Mundial agónica producto de una derrota ante Perú en Lima, en medio de un ambiente enrarecido: no solo por una insólita marca de Luis Reyna sobre un Maradona con poca rebeldía, también porque la agrupación armada Sendero Luminoso amenazaba con secuestrar a Diego. Argentina, que necesitaba solo un punto para sacar pasaje a México, llegó al minuto 81 1-2, y solo alcanzó la igualdad gracias a una patriada ofensiva de Daniel Passarella. Hugo Santilli, entonces presidente de River y vice de la AFA, describió la tensión de aquel 30 de junio de 1985: “En el minuto 25, Grondona empezó a sangrar de la nariz. Había tenido un golpe de presión”.

La clasificación no le trajo paz al equipo. Oscar Garré recuerda un diálogo con su esposa, en el momento en que Bilardo decidió adelantar la partida a la gira previa a México porque era insoportable estar en el país: “Le dije a mi esposa ‘¿no vas a ir a Ezeiza a despedirme?’ y ella me respondió ‘no, dejá, ¿para qué voy a ir?; que te puteen a vos solo’”.

¿PLAN SECRETO O CHARLA DE ASADO?

Es verdad que hubo un asado en San Isidro. Es verdad que estaban el secretario de Deportes Michingo O’Reilly, Marcelo Stubrin, Federico Storani y el Coti Nosiglia. Es verdad que Raúl Alfonsín en un momento lo encaró al exrugbier: “Michingo, ¿cuándo lo vas a echar a Bilardo?”.

En la serie documental 1986. La historia detrás de la Copa O’Reilly le quita peso a la versión del intento de golpe de Estado a la Selección: “Lo más divertido era que Alfonsín alegaba que Bilardo era malo, no porque el equipo jugaba mal sino porque decía que lo había pinchado con un alfiler a Raúl Bernao en un Estudiantes-Independiente, algo que había pasado en la década del 60”. A pesar de que todo le parecía un disparate, O’Reilly hizo un intento para complacer a su jefe y llamó a Grondona, que cortó la locura de raíz: “Michingo, dedicate al rugby, que de esto no sabés un carajo”.

La intervención de Alfonsín para sacar a Bilardo no parece responder a un plan. El presidente tenía otras preocupaciones. Todavía estaba tibia la sentencia de diciembre de 1985 del histórico Juicio a las Juntas Militares por la implementación de un plan sistemático de delitos y violaciones a los derechos humanos, y en los cuarteles aún se miraba la democracia con recelo. Además, intentaba tomar aire económico con el Plan Austral y, para cerrar el panorama de asuntos extrafutbolísticos, el 19 de mayo de 1986, en una visita protocolar al comando del Tercer Cuerpo de Ejército, en Córdoba, sufrió un intento de magnicidio. Un oficial encontró semienterrada una bala de mortero con 2,5 kilos de TNT, adosada a dos panes de trotyl de 450 gramos cada uno. Cuando una semana después se hizo detonar el artefacto, las esquirlas de la bomba sacudieron un radio de 70 metros. Podrían haber matado al presidente.

CHERNOBYL, DOS REUNIONES Y UN BAILE

La Selección Argentina llegó a Oslo el 26 abril, un día más tarde de lo previsto. Tampoco estaba previsto para ese día un acontecimiento mucho más dramático. Esa mañana explotaba uno de los cuatro reactores de la Central Nuclear de Chernobyl, Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética. Noruega fue la séptima nación europea más afectada por la contaminación y, cuando se echó a rodar la pelota en el Ullevaal Stadion para el primer Noruega-Argentina de la historia, el nivel de contaminación en el ambiente era cincuenta veces más alto de lo habitual. Nadie dijo nada. Se jugó igual. Argentina volvió a decepcionar. Y a perder. O empatar, como con Junior de Barranquilla a quince días del debut mundialista.

“En Colombia se habló en mi habitación –dice Garré–. Nos reunimos para aclarar ciertos comentarios que había afuera y todo el mundo dijo lo que pensaba. Cara a cara.” Ya en México, llegaron otros dos encuentros, durísimos, sin el técnico, que también fue señalado. Habla Valdano: “Ahí había menottistas y bilardistas, gente que venía de Europa y gente que se había tragado en la Argentina el proceso de preparación con críticas muy fuertes. Estaban Maradona y Passarella con un desencuentro difícil de resolver. Fueron reuniones que empezaron siendo agresivas y en algunos casos hasta violentas, pero que terminaron purificando la relación”. Trece años antes del estreno de Un domingo cualquiera, el plantel argentino parece haberle dado letra a Al Pacino para su arenga a los que afrontarán una final de fútbol americano: “O sanamos como equipo o morimos como individuos”. La Selección optó por lo primero.

La unión terminó de concretarse en un cumpleaños organizado por Jimmy Goldsmith, hijo de un multimillonario que trabajaba en Relaciones Públicas del Mundial, que se hizo amigo del plantel. La fiesta fue una locura, disfraces, regalos de relojes Cartier para los jugadores, champán y Bilardo, broche de oro, bailando arrodillado en el piso, como poseído. Después de esa fiesta, el equipo volvió a la concentración cantando, por primera vez: “Borombombón, borombombón, es el equipo del Narigón”.

DE COREA A URUGUAY

El primer partido del Mundial era el más accesible. Por eso llama la atención el festejo desmesurado del primer gol contra Corea del Sur, al que Argentina le ganará 3 a 1. Esa desmesura era un síntoma del alivio. Luego, sentó bien el empate ante Italia, último campeón del mundo, con una joya maradoniana para sellar el 1 a 1. Contra Bulgaria el equipo ya caminó solo. Y avanzó hasta octavos de final donde esperaba Uruguay. El 1-0 de Pedro Pasculli sirvió para destrabar el que resultó, para varios integrantes del plantel, el encuentro más difícil del Mundial.

MALVINAS JUGÓ

¿Por qué el Argentina-Inglaterra de cuartos de final de México 86 es una leyenda, un libro, ahora una película, el partido entre partidos en la historia? Porque nunca se dieron ni parece que se volverán a dar las mismas circunstancias que ese 22 de junio.

El Maradona de México 86 fue un Maradona pleno, preparado físicamente desde hacía un año, con viajes semanales de Nápoles a Roma para adaptarse a la altura del DF y sacar más ventaja que la que ya tenía por talento. Era un Diego con ganas de ser el mejor del mundo.

Nadie quería que se hablara de Malvinas pero Malvinas jugó desde que se supo que habría cruce. Los medios no la dejaron pasar: “El fantasma de las Malvinas tortura a los Che” (diario Esto de México), “Inglaterra-Argentina: la guerra de Malvinas en versión futbolística” (El País de España). “Sobre las alas de Lineker, Inglaterra vuela hacia la fortaleza de Maradona” (Corriere dello Sport, Italia).

En el plantel argentino había seis jugadores clase 62, la que fue a Malvinas durante el conflicto en el que murieron 649 compatriotas y sigue contando una cantidad de suicidios comparable a las bajas sufridas en combate. Burruchaga estaba haciendo el servicio militar en el Regimiento Patricios cuando fue el desembarco en las islas: “Yo ya jugaba en Independiente en el 82. El fútbol me salvó porque iba, firmaba y estaba a disposición si llegado el caso faltase gente para ir al sur”. También eran 62 el Checho Batista y Héctor Enrique, que no hicieron la colimba por número bajo, y el Chino Tapia (River), Néstor Clausen (Independiente) y Oscar Ruggeri (Boca).

La barra brava de Boca, presente en el Azteca, tenía una bandera bastante directa: “Muera la Tatcher (sic). El jugador número 12”. Los hooligans ingleses se pavoneaban en televisión: “Que traigan a los argies, ya perdieron una guerra y ahora van a perder otra”.

A Raúl “Pistola” Gámez, el barrabrava de Vélez que abandonó el paraavalanchas y terminó siendo presidente del Fortín, no le gusta hablar mucho del tema. Pero no se puede hacer el distraído: cerca del Amalfitani hay un mural que lo recuerda en postura desafante y puño cerrado, a punto de avanzar sobre un hincha inglés: “Todo se inició por una discusión muy simple, por una banderita. Comenzaron los forcejeos, hasta que me perdí mentalmente, pero logramos conseguir el espacio para nuestra gente. Nosotros estamos confundidos, y más en ese momento, con el tema de Malvinas. Nos agarramos varias veces”.

El Tata Brown lo explica mejor que nadie: “La verdad, nosotros nunca metimos la guerra dentro del partido, pero sí individualmente todos queríamos jugarlo porque sabíamos lo que había pasado. Como que nos teníamos que vengar. Jamás hablamos de que al problema de Malvinas lo íbamos a llevar a la cancha, porque te estaría mintiendo. Pero de un mediodía a otro mediodía nos transformamos todos”.

Héctor Rebasti, exarquero de San Lorenzo y combatiente en las islas, sintetizó el sentimiento general: “Esperaba ese partido, era una revancha. Los días previos era revivir permanentemente la derrota en Malvinas. Yo sabía que esos jugadores iban a pelear con el corazón”.

DE ESO NO SE HABLA

Bilardo prohibió a los jugadores hablar de la guerra. Maradona se enojó cuando un periodista quiso relacionar el partido con el conflicto bélico: “Yo de política no hablo, yo juego al fútbol”. Valdano, analítico y a su estilo, realizó una declaración que arrancaba con un tajante “este es un partido para que se confundan los imbéciles”.

Años después, el mismo delantero lo ve distinto: “En ese momento no le vi la relevancia, no política sino estomacal. Pero desde que se jugó hasta hoy esa relevancia no ha hecho más que crecer. Señal de que en aquel momento existía esa demanda por parte de la sociedad argentina y, de hecho, Maradona pasó a tener la consideración que tiene por la fuerza de aquel partido”.

Y Bilardo, que necesita todo bajo control, tuvo que cambiar por un imponderable. La suspensión por acumulación de amarillas de Garré ante Uruguay desarmó a los cuatro del fondo y el Narigón desempolvó su amado 3-5-2, con el Vasco Olarticoechea ingresando al equipo para no volver a salir jamás. Nunca se supo por qué el 3-5-2 que lo había hecho emocionar en Düsseldorf dos años atrás solo volvió por un accidente y en un partido donde una derrota te dejaba afuera. ¿Malvinas?

LA MANO DE DIOS Y EL BARRILETE CÓSMICO

“Los dos goles se parecen tanto a la Argentina que no nos podemos sentir culpables. Nosotros somos así. El potrero no aplaude al honesto, aplaude al atrevido y aplaude al pícaro y aplaude a aquel que se sabe aprovechar de todo, incluido del reglamento. Y luego aplaude el virtuosismo. Diego fue capaz de abarcarlo todo en dos jugadas. Difícilmente encontremos más argentinidad en otro partido que en ese.”

No podemos separarnos mucho de Valdano para explicar ese 22 de junio. Hay que dejar hablar al filósofo porque sus palabras en 1986. La historia detrás de la Copa son la síntesis perfecta. “Era una especie de venganza, sí. Sin bombarderos, ganamos nosotros. Mejor dicho, ganó Maradona. Porque esa obra fue muy personal. Ese partido lo convirtió en un prócer inmediatamente. Diego podría haber regresado a la Argentina en un caballo blanco como San Martín y la gente lo habría aclamado. No como un futbolista, sino como un referente político, militar, social, como queramos llamarlo. Pero desde luego que trascendía a lo estrictamente futbolístico”.

SEMIFINAL

Cuando volvió de ver la victoria de Bélgica ante España por penales en cuartos de final, Carlos Bilardo entró eufórico al predio del América donde concentraba la Selección: “Prepárense, muchachos. Estamos en la final”. El Narigón veía a su equipo como siempre había querido: compacto, seguro, con conceptos claros en la cancha. Como lo definió Ezequiel Fernández Moores: “Ese equipo del 86 no era vistoso, pero sí era un equipo granítico al que Maradona le aportaba la magia”.

Bélgica no fue oposición en la semi. Se encontró con una Argentina sólida y al Diego artista, con dos goles que lo habrían catapultado al cielo si no hubiera venido de otros dos que lo convirtieron en Dios.

CONFIANZA X 3

Circulan hace tiempo imágenes de la concentración de la Selección Argentina en México. Son de una cámara VHS que compró el Negro Clausen en el DF. En esas imágenes, Olarticoechea deambula por el predio, micrófono en una mano y papel higiénico en la otra, entrevistando a todos los integrantes del plantel. Se los ve relajados en todo momento, tranquilos. En la pantalla se ve la fecha: 28 de junio de 1986. El día previo al que iban a jugar la final de la Copa del Mundo.

TATA, JORGE Y BURRU

“No salgo ni muerto”, dijo el Tata Brown cuando se dislocó el hombro minutos después de haber convertido en esa final su único gol en la Selección. Hoy, cualquier remera agujereada adelante, aunque sea por las polillas, es “la del Tata”. Uno mete el dedo pulgar y actúa “a lo Tata Brown en la final”. En agosto de 2019, días después de la muerte de José Luis Brown, los capitanes de los 24 equipos de la Superliga Argentina entraron a la cancha con una camiseta con un agujero en el frente. A lo Tata.

Valdano, que tardó años en reconocer el contenido estomacal del tema Malvinas, no necesitó analizar demasiado cuando enfrentó a Harald Schumacher para darse cuenta de qué pasaría con esa jugada si terminaba en el segundo gol argentino. “Era acertarle al segundo palo. Se dice fácil, pero cuando iba corriendo, yo siempre dije que iba recitando la oración a la pelota: ‘Entrá, por favor, porque esto me va a hacer más feliz el resto de mi vida’”.

La confianza construida no se perdió. Ni con los dos goles de pelota parada para el empate de Alemania a diez minutos del final. Burruchaga fue al mediocampo, les preguntó a Diego y a Valdano si estaban bien, y su fe se llevó todo puesto: “Ahora lo ganamos”. La convicción de Burru venía de las entrañas. Para esa corrida memorable después de haber trajinado en la altura del DF mexicano durante 83 minutos, para punteársela al arquero. Agónico y definitivo: “Yo siempre estuve convencido de que era gol”.

CAMPEONES OTRA VEZ

Ahora sí, la foto de Maradona en andas por el Azteca bajo un sol abrasador y la Copa del Mundo. El milagro de transformación está casi concluido. Casi. Hay alguien a quien la victoria y el proceso no lo transformó del todo: Carlos Bilardo no festejó y regaló la medalla de campeón del mundo. “No puedo entender cómo a mi equipo le hacen dos goles con pelota parada, no me la merezco.” A cuarenta años nadie sabe dónde está esa medalla.

Escrito por
Gustavo Dejtiar
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