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“LA CIDH DEMOSTRÓ QUE LAS VIOLACIONES DE DERECHOS HUMANOS ERAN MASIVAS Y SISTEMÁTICAS”

Jorge Enrique Taiana fue preso político en la última dictadura cívico-militar y denunció su situación y la de sus pares ante la comisión interamericana durante su visita al país. Más tarde fue secretario ejecutivo de ese organismo y tuvo una destacada actuación en Perú.

Entre el 6 y el 20 de septiembre de 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó la Argentina y entrevistó a familiares de desaparecidos y presos políticos e inspeccionó centros clandestinos de detención del país denunciados por familiares y exiliados. Esta visita, crucial para correr el telón que escondía el horror orquestado por la dictadura cívico-militar, fue pacientemente impulsada, aquí y en el exterior, durante los años previos, por militantes de derechos humanos. Una de esas personas fue Matilde Puebla, madre del ex canciller y actual diputado por el Parlasur Jorge Enrique Taiana y esposa del médico de Juan Domingo Perón y ministro de Educación de Héctor Cámpora, Jorge Alberto Taiana, ambos presos políticos durante los años del terrorismo de Estado.

“La visita de la CIDH había estado precedida por muchas gestiones realizadas por abogados y familiares de presos y desaparecidos –recuerda hoy Taiana, que pasó siete años privado de su libertad en Devoto, en La Plata, en Sierra Chica y en Rawson–. En ese marco, mi madre había tenido bastante actividad internacional, con mi padre y yo presos y nuestros bienes expropiados. Lo hizo básicamente en Francia, porque tenía mucha relación con el director general de la Unesco, el senegalés Amadou-Mahtar M’Bow. También estuvo en Londres con Amnesty International y en Estados Unidos, donde tuvo contacto con la administración Carter. O sea que mi situación era relativamente conocida”.

–¿Cómo se prepararon en la cárcel para recibir a la CIDH?

–Nuestras gestiones comenzaron a mediados de 1976, en Devoto, desde nuestros teléfonos celulares, que eran los desagües de los sistemas cloacales: vaciábamos los sifones y charlábamos por las columnas. En cada celda había cuatro personas. Eran cinco pisos, cada caño estaba en medio de dos celdas, por lo tanto éramos 40 presos que nos comunicábamos todas las noches en secreto. Entendíamos que el objetivo de la dictadura era matar a todos los presos políticos que fuera posible o al menos destruirlos psicológicamente, amén del deterioro físico por la mala alimentación y el maltrato. Además, atacaban y desaparecían a nuestros familiares. A pesar de que no teníamos información, en 1976 evaluábamos que la difusión de nuestra situación no era posible en el país, entre otras cosas porque los habeas corpus de las desapariciones eran rechazados. Podría decirse que los presos tienen una ventaja: casi no pueden hacer otra cosa que pensar. Y una persona presa piensa en salir como pueda o, en su defecto, en cómo mejorar su situación o acortar su pena, sobre todo cuando se trata de una cuestión política. En la cárcel debatíamos, hacíamos documentos.

–¿Dónde escribían?

–En papel de cigarrillos, podíamos comprar tabaco para armar. En una época estaba prohibido todo tipo de papel, sobre todo en Rawson. En un momento nos daban una hoja tamaño carta, los lunes, media hora a la tarde, para escribir una carta que se entregaba abierta al guardiacárcel. Ahí sólo escribíamos cosas como “estoy bien, tráiganme unas zapatillas”. Después se pudo comprar tabaco y papel para armar, que pegábamos y transformábamos en una especie de pergaminito largo. Nos contábamos noticias. La información la traían los familiares que leían los diarios. En algunos penales, por ejemplo en Sierra Chica, la transmisión era por sistema Morse. Así nos contábamos editoriales enteros que escribía [José Claudio] Escribano en La Nación: un familiar lo contaba, el preso lo memorizaba y después lo pasaba en Morse. La cárcel, sobre todo en esos regímenes especiales, consiste en la destrucción psicológica del detenido. Por eso leían las cartas, te castigaban, pero la respuesta a eso es el ejercicio de la libertad. Esa fue la gran fortaleza que tuvo la enorme mayoría de los presos políticos, que resistieron con dignidad e integridad los malos tratos y torturas que sufrieron.

–¿Recibían visitas?

–Sí, aunque muchos familiares no podían ir por razones de seguridad y otros estaban presos. Las visitas se hacían a través de un vidrio y con micrófono. Yo hice un amparo para pedir visita de contacto porque mi hijo mayor es sordo y la visita con micrófono y vidrio de por medio con un nene de cuatro años no tenía sentido. Gané el amparo un año y medio después. A mi hijo le sacaron los audífonos y nos llevaron a un patio. Hubo épocas, después del golpe, por ejemplo, en que estuvimos varios días incomunicados. Nos dimos cuenta de que nuestros familiares tenían que escribirles a personas del exterior y contarles nuestra situación para que rebotara adentro. E hicimos un listado. En general, intelectuales: Heinrich Böll, Günter Grass, Bertrand Russell, los Mitterrand, y otras figuras, como Jane Fonda. En la línea de caño cloacal estaba Dardo Cabo, quien de repente dijo “a Brigitte Bardot”, y se produjo un silencio. “Dardo –le dije–, ella se ocupa de las focas, de los derechos de los animales”. “Sí, pero a mí me gusta”. Lo importante de esa anécdota es que a mediados del 76 los presos sabíamos que nuestra situación era muy precaria y que necesitábamos impulsar la denuncia. Hubo todo un proceso de solidaridad internacional además del que desarrollaban los argentinos exiliados. Y al asumir Carter, en 1977, se modificó la política de Estados Unidos hacia la región.

–¿Por qué sus compañeros lo eligieron a usted como delegado?

–Porque había figurado en una denuncia cuan- do fueron los fusilamientos del Pabellón 1, en la cárcel de La Plata. Además de fusilarlos, anunciaban quiénes iban a ser los próximos, y yo estaba en el listado. Eso salió en The New York Times y armó revuelo, incluso intervino la Cruz Roja. Así que yo tenía cierta notoriedad.

–¿Cómo fue su encuentro con la CIDH?

–Fue a la tarde, en el patio que ya estaba en sombras. Los militares querían que la cita fuera amedrentadora para el preso que iba a hablar, y la Comisión quería hacerla en un lugar donde se garantizara que no estaban pinchando todo. Había tres personas en esa mesa: Andrés Aguilar, Edmundo Vargas Carreño y Edgardo Paz Barnica. Yo tenía todo en mi cabeza: debía denunciar mi situación, los casos de tortura que había visto, los fusilamientos en La Plata, lo que pasaba en el pabellón, la detención de familiares, las muertes en la cárcel. Hubo varios suicidios, algunos muy dudosos que nunca se supo si se colgaron o los colgaron, y otros como resultado de un maltrato muy severo. Tenía que contar todo. Era un borbotón que tenía más o menos estructurado en mi cabeza.

–En ese momento usted estaba preso en Rawson, su padre en Magdalena y su madre haciendo la cola en la Avenida de Mayo para hacer la denuncia en la oficina de la OEA.

–Sí, todo eso produjo un impacto extraordinario. Y fue el resultado de un gran trabajo y la voluntad y la convicción sobre el miedo, porque los amenazaban, pasaban por ahí y les decían cosas. Al cabo, la visita de la CIDH demostró que un organismo de derechos humanos, compuesto por expertos independientes designados por los Estados, había tenido la capacidad de ver un problema y reaccionar diciendo lo que había que decir: que las violaciones eran masivas y sistemáticas. Y el informe tuvo un impacto enorme. Por eso la palabra “desaparecido” se dice en español en todo el mundo, es un concepto. Años después tuve, como ministro, la satisfacción de impulsar y lograr la aprobación en la ONU de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, que es una iniciativa que auspiciamos junto con Francia en 2006.

–¿Cómo fue designado secretario ejecutivo de la CIDH?

–Al salir de la cárcel me vinculé al movimiento de derechos humanos. En 1996, cuando volvía de ser embajador en Guatemala, me llamaron de la Comisión Interamericana para que me postulara. Me presenté por un sentido de retribución y me designaron.

–¿Cuáles intervenciones le causaron mayor impacto?

–La visita al Perú, con Alberto Fujimori como presidente, que fue dura porque me llamaban a Washington diciendo “vas a salir con los pies para adelante”. Ese informe de la CIDH derivó, en 2000, en una reunión en Canadá que fue el comienzo del fin de Fujimori. Yo estuve cuando estaba Clinton, un período muy interesante porque fue un avance de las transiciones a la democracia. El rol de la Comisión era doble: por un lado, ayudaba a juzgar el pasado, con un compromiso grande en contra de las amnistías y a favor de la Memoria, la Verdad y la Justicia, y, al mismo tiempo, nos planteamos cómo abrir espacios para el ejercicio de mayores derechos, con los que algunas democracias nuevas tenían dificultades para avanzar. Y eso se dio en todas las áreas. En los temas de género, por ejemplo. Aún hacia 1999, en Guatemala, la mujer, para trabajar, debía tener autorización del marido. También hicimos intervenciones muy importantes en Brasil. Ahí tuve uno de los encuentros más emotivos: una maestra del sur de Pará, amenazada por haber hecho denuncias de trabajo esclavo, me dijo: “Usted me salvó la vida”. Gracias a una cautelar, logramos que zafara de la prisión y de la posibilidad de que la mataran.

Escrito por
Virginia Poblet
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