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EL VALOR DE DECIR

Miles de personas declararon ante la Comisión Interamericana, entre ellas, familiares, ex detenidos desaparecidos, presos políticos e integrantes de organismos de derechos humanos. Cuatro denunciantes recuerdan su historia y el contexto en que rompieron el cerco del silencio

La fila daba toda la vuelta a la manzana. Cientos de pies cansados esperaban firmes su turno para presentar la misma denuncia que venían gritando desde hacía años frente a puertas y oídos cerrados. La tozudez del amor comenzaba a correr el velo de la macabra mentira de uniforme. “Fue muy movilizante, era la primera vez que alguien nos escuchaba, que alguien nos creía. Y, paradójicamente, era alguien de afuera”. La que recuerda aquel 7 de septiembre de 1979 es Cristina Muro. Cuarenta años después, no puede olvidar esa mañana nublada en la que sola, sin comer bocado, llegó a Avenida de Mayo 760 con una bolsita repleta de habeas corpus, cartas, tarjetas, recortes periodísticos y más cartas que venía acumulando desde que el 26 de febrero de 1977 secuestraron a su marido, Carlos Alberto Chiappolini, y jamás volvió a verlo. Lo que tampoco logra olvidar es que mientras sostenía sus papeles y su ansiedad en la vereda, miles de personas salían a la calle, tras la arenga del locutor José María Muñoz, a festejar que la Selección de fútbol juvenil acababa de ganar la Copa del Mundo en Japón. “Muñoz les decía por la radio ‘vayan a mostrarles a esos señores de la OEA que los argentinos somos derechos y humanos’, y la gente salió. Pasaban y nos insultaban, nos escupían, era un mundo paralelo”, rememora Muro, aún con sorpresa.

Para Delia Giovanola la visita de la CIDH también quedó marcada con rojo en su memoria. La abuela de Plaza de Mayo estaba en la fila para denunciar la desaparición de su único hijo, Jorge Oscar Ogando, y su nuera Estela Maris Montesano, embarazada de ocho meses. Allí, en medio de tantas mujeres, se encontró con una señora que conocía de La Plata. Ese día, en esa fila, supo por primera vez que su nuera había parido en cautiverio. Y que el nietito que ella buscaba era un varón. “Esa fecha me marcó profundamente. Fue uno de los días más importantes de mi vida. Una señora, que era directora de una escuela de La Plata me cuenta que una ex alumna la fue a ver cuando la liberaron y que le contó que había estado en cautiverio con mi nuera en el Pozo de Banfield y que estuvo en el momento en que había tenido familia, que fue un bebé rubio de ojos celestes”, se emociona a los 93 años desde su casa de Villa Ballester. Hace cuatro, Delia –una de las doce luchadoras que fundó Abuelas– pudo conocer a Martín, su nieto, el 118. Rubio y de ojos celestes.

EL PAPEL DE LOS ORGANISMOS

Además de familiares de personas desaparecidas o presas políticas, en la cola para ingresar al edificio sede de la OEA había hombres y mujeres que llevaban las huellas del terrorismo de Estado en sus propios cuerpos. Uno de esos jóvenes era José Schulman, militante de la Juventud Comunista de Santa Fe. José vivía por entonces en Rosario, luego de ser liberado de su segundo secuestro. “Lograr romper ese silencio absoluto fue maravilloso”, cuenta mientras repasa sus recuerdos de ese día. “Veníamos preparando todo desde la Liga [Argentina por los Derechos del Hombre] para que viajáramos varios, pero me pasó algo increíble: por primera vez en la vida me quedé dormido y perdí el micro que me llevaba a Buenos Aires, así que viajé solo”, se ríe. Al igual que Cristina, José carga con otro recuerdo imborrable de aquella visita: el “encuentro” con los hinchas de fútbol que “pasaban por la Avenida de Mayo y nos puteaban”.

Ante los representantes de la Comisión que venían a confirmar in situ las violaciones a los derechos humanos, José pudo relatar su calvario que incluyó un primer secuestro seguido de detención a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, entre octubre de 1976 y abril de 1977, y un segundo secuestro con torturas y simulacros de fusilamiento en la seccional Cuarta de la Policía de Santa Fe, en noviembre de 1977.

La Liga, de la que formaba parte Schulman, fue uno de los organismos de derechos humanos que presentaron ante la CIDH toda la información recolectada hasta aquel momento, sistematizada por zonas y hasta con croquis de centros clandestinos. Otra de las organizaciones que tuvo un rol fundamental fue Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, desde donde se trabajó activamente por la concurrencia y la denuncia ante la Comisión. Graciela Lois fue parte clave de ese engranaje. Su marido, Ricardo Omar Lois, había sido secuestrado el 7 de noviembre de 1976, cuando tenía 24 años. Más allá de la denuncia por la desaparición de su propio compañero, Graciela trabajó arduamente en la presentación institucional de más de mil casos. Sabía que se exponía al riesgo. En abril de ese año, mientras preparaban la visita de la CIDH, había sido secuestrada Thelma Jara de Cabezas, miembro de la conducción de Familiares. Y el 10 de septiembre, en plena visita del organismo de la OEA, la revista Para Ti, de Editorial Atlántida, publicó un reportaje falso a Thelma mientras estaba desaparecida en la ESMA. El objetivo era encubrir los crímenes de la dictadura y difundir la idea de que la práctica de detenciones ilegales y desapariciones forzadas, incluida la de la propia Thelma, era una mentira sembrada por las organizaciones de derechos humanos.

“La gente tenía mucho miedo pero igual fue a hacer la cola para denunciar ante la CIDH. Estaban totalmente expuestos. La zona estaba vallada y llena de policías de uniforme y de civil. Incluso, algunos corresponsales extranjeros nos avisaron que muchos de los fotógrafos que recorrían la fila tomando imágenes eran policías”, relata Graciela, quien, durante esos días, supo que también la habían estado siguiendo a ella para secuestrarla.

La visita de la CIDH fue un acontecimiento clave. Y a pesar de las maniobras del gobierno de facto, la persistencia de los familiares y el trabajo de los organismos de derechos humanos lograron que la Comisión pudiera ver con sus propios ojos las violaciones sistemáticas que desplegaba la dictadura argentina desde 1976. El informe final provocó un impacto enorme en la comunidad internacional. La CIDH reunió seis mil denuncias, seis mil testimonios como los de Cristina, Graciela, José y Delia. El silencio empezaba a resquebrajarse.

Escrito por
Martina Noailles
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