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LA PALABRA Y SUS CIRCUNSTANCIAS

Su obra está marcada por una noción medular del ritmo y sus versos eluden las certezas de las estéticas constituidas. “En el poema, la cadencia y el ambiente de una palabra pueden pesar más que el sentido”, advierte el autor de La biblioteca de Babel.

No debemos reducir la poesía a un formato específico, gráficamente identificable. “Un soneto no es un poema, sino una forma literaria –alerta Octavio Paz–, excepto cuando ese mecanismo retórico –estrofas, metros y rimas– ha sido tocado por la poesía. Hay poesía sin poema”. Sin embargo, es en el poema donde la poesía se revela plenamente y donde la palabra está puesta al servicio de la embriaguez, como dice la filósofa malagueña María Zambrano.

Es en el poema donde el lenguaje batalla contra sí mismo para transformarse, para ser tambores, clavecín, océano revuelto, temblor de cielo. “Lo que caracteriza al poema –acierta Paz– es su necesaria dependencia de la palabra tanto como su lucha por trascenderla.” En el poema, el lenguaje alcanza su paroxismo poético, su desborde, incluso su sinrazón.

“En el poema, la cadencia y el ambiente de una palabra pueden pesar más que el sentido”, advierte Jorge Luis Borges. Y es cierto. Pero qué sucede cuando el propio Borges desliza, en el devenir de alguno de sus relatos, una frase que ruge como un verso: “Ocho días pasaron, como ocho siglos”. O: “A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios”. Vemos en un párrafo entero de pura prosa narrativa la música propia del poema: “Perfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música”. A lo largo de toda la obra de Borges, en los tres géneros que formalmente asumió (poema, cuento, ensayo), encontraremos potentes versos donde no hay poema.

La alucinante singularidad de Borges, hay que admitirlo, radica en que nos somete siempre a dos tipos de discursos supuestamente incompatibles (al menos desde la perspectiva platónica): el del logos (el pensamiento) y el poético, que implica dejarse llevar por un zumbido de “balas en la tarde última”. “¿Qué raíz tienen en nosotros pensamiento y poesía? No queremos de momento definirlas, sino hallar la necesidad, la extrema necesidad que vienen a colmar las dos formas de la palabra”, se interpela Zambrano. “¿Cuál de las dos es la más imprescindible?”, insiste. Y Borges viene a decirnos que ambas: ambas ensambladas. Borges desafía y las reúne (como antes lo hicieron Heráclito, Lucrecio, Séneca, Dante). Si aislamos algunas de sus frases, no sabremos –salvo que conozcamos de memoria– si pertenece a un poema, a un ensayo o a un cuento. Pero se da en la escritura borgeana algo que mortifica al pensamiento y engrandece a la poesía: el ritmo.

El ritmo asume su preferencia por la poesía y Borges asume su preferencia por el ritmo, siempre. “El ritmo en un discurso puede tener más sentido que el sentido de las palabras”, exacerba Henri Meschonnic, y nos convence. Leamos una vez más un fragmento de Borges: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del sur…”. Marquemos el ritmo de las frases, cerremos los ojos y escuchemos cómo en cada compás el lenguaje arma su estrategia sonora.

ADIÓS AL ULTRAÍSMO

Antes de Fervor de Buenos Aires, el primero de sus trece libros de poemas y el primero de todos sus libros, Borges había simpatizado con el ultraísmo, movimiento hispanoamericano de vanguardia surgido en 1918 y que destaca, en contraposición al modernismo en América y a la generación del 98 en España, la ausencia de rima, la impronta de la metáfora alejándose del lirismo, la admisión del neologismo, cierto hermetismo y condensación. Borges, que vivió esos años junto a su familia primero en Suiza y luego en España, había estado cerca de Rafael Cansinos Assens, uno de los fundadores de este movimiento. Cuando Borges regresó a la Argentina, su filiación al ultraísmo implicaba un alejamiento contundente de Leopoldo Lugones, nuestro principal modernista. Finalmente, Borges renegó del movimiento y, como ya puede apreciarse en su primer libro, empezó a alzarse en un estilo propio. Sin duda, su obra fue complejizándose, y de la remembranza urbana y cotidiana (“y divisé en la hondura/ los naipes de colores del poniente/ y sentí Buenos Aires”) se fue arrimando hacia una tensión metafísica en la que jamás ignora el mito (“¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso. Ha soñado y labrado la sentencia, que puede simular la sabiduría. Ha soñado la fe, las atroces Cruzadas. Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo y la duda. Ha soñado la aniquilación de Cartago por el fuego y la sal. Ha soñado la palabra, ese torpe y rígido símbolo”). No cuenta, a esta altura, a qué escuela pertenece su obra poética. “No profeso ninguna estética. Cada obra confía a su escritor la forma que busca: el verso, la prosa, el estilo barroco o el llano.” Así, Borges deja caer la responsabilidad sobre la escritura misma como si fuera esta la que verdaderamente toma las decisiones sobre un autor.

EROS AGAZAPADO

Amor sin cuerpo. O, más precisamente, el amor se sublima en la palabra mientras la intensidad de la pasión se resuelve en pura épica, guerra en el lenguaje. Borges, a pesar de esa ausencia de materia corpórea (a pesar de “me duele una mujer en todo el cuerpo”) y de un eros agazapado y tímido, ha inscripto algunos de los poemas amorosos más bellos. Y su secreto –y la magia– es que alienta el goce del fracaso: “La dicha que me diste/ Y me quitaste debe ser borrada;/ Lo que era todo tiene que ser nada./ Sólo me queda el goce de estar triste”. En todo verso borgeano parecería merodear la victimizada soledad de una Ariadna engañada por un Teseo: “Ya no es mágico el mundo. Te han dejado”. Un tono compungido azota el hilo estridente de la conquista: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa./ Hay tantas otras cosas en el mundo;/ Un instante cualquiera es más profundo/ Y diverso que el mar”. Los dos últimos versos enmudecen: son epifanía.

Así, la totalidad de la obra de Borges: una música imponente, un carrillón, un poema del pensamiento.

Escrito por
María Malusardi
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