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TODO PARECÍA POSIBLE

En los años 60 los poderes hegemónicos se vieron cuestionados: desde América latina con la Revolución Cubana, desde África con los procesos de descolonización, desde el Tercer Mundo con la emergencia de los Países No Alineados, desde las rebeliones estudiantiles y obreras. Pero nada es para siempre.

Evocar la década del 60 es pensar en la revolución; en los pueblos que dijeron basta a las cadenas colonizadoras; en la juventud que repudiaba la herencia de un mundo estructurado sobre la base de guerras, hambre y desigualdad  y que sentía que el cambio era posible. Que había futuro.

La Revolución Cubana fue uno de los hitos. Fidel Castro y los jóvenes revolucionarios que habían cruzado el mar desde México, habían combatido en la selva de la Sierra Maestra, habían sabido sumar a la población y construir un ejército rebelde y, finalmente, habían tomado el poder el 1º de enero de 1959, al derrotar a la dictadura de Fulgencio Batista, eran el prototipo heroico de la época.

Treintañeros, universitarios, idealistas, sacrificados y valientes, los “barbudos” fueron admirados por gran parte del mundo, desde los intelectuales hasta los combatientes. Fueron los hacedores de una revolución que fue inspiradora para muchos partidos y movimientos en todo el planeta y continuó siéndolo a lo largo de las décadas.

En plena Guerra Fría, para Estados Unidos tener  un  gobierno  marxista-leninista  a   pocos kilómetros de sus costas era inaceptable. Washington intentó todo tipo de acción violenta para destruirlo: introdujo pestes, fumigó con virus las zonas rurales, realizó sabotajes y convirtió el asesinato de Fidel Castro en un objetivo de su política de Estado. De Dwight Eisenhower a Bill Clinton (durante ocho presidencias), hubo 638 tentativas fracasadas de matar al líder. Según el libro Guinness de récords mundiales, los más fanáticos fueron Ronald Reagan (197 intentos) y Richard Nixon (184).

Una de las máximas humillaciones que la pequeña isla revolucionaria le propinó al imperio fue en Bahía de los Cochinos, en abril de 1961. En enero había asumido John F. Kennedy, pero el plan venía de antes. La CIA había entrenado a 1.400 anticastristas que, con el apoyo de naves y aviones, invadirían la isla en playa Girón y dividiría el país en dos para iniciar una suerte de guerra civil. Pero, como alguna vez escribió Gabriel García Márquez, “Rodolfo Walsh se adelantó a la CIA”. Cuenta el escritor colombiano que un día llegó a las oficinas de Prensa Latina (agencia de noticias que acaba de cumplir 60 años) un rollo de teletipo de la Tropical Cable de Guatemala con un texto incomprensible. Walsh, que trabajaba en la agencia, se empeñó en decodificarlo y resultó ser un mensaje cifrado con datos sobre una operación secreta. El texto indicaba el lugar –Bahía de los Cochinos– donde EE.UU. pensaba invadir la isla. Cuando llegaron los marines, el ejército revolucionario con Fidel a la cabeza ya los esperaba para derrotarlos.

VIETNAM Y EL MURO

En otros puntos del planeta la tensión política no era menor. En Asia, el salvajismo desatado en la guerra en Vietnam estaba en pleno desarrollo. Como se sabe, allí entre 1961 y 1973, el Pentágono arrojó cerca de siete millones de toneladas de bombas; cientos de miles de sustancias tóxicas y gases que afectaban gravemente el sistema nervioso. El éxito de las tácticas guerrilleras vietnamitas impidió al ejército más poderoso de la Tierra entablar una guerra convencional y finalmente el 30 de abril de 1975 las tropas norvietnamitas y estadounidenses se rindieron.

En Europa, el 13 de agosto de 1961, las autoridades de la República Democrática de Alemania (RDA) –una de las dos partes en las que se había dividido el país al terminar la Segunda Guerra Mundial– habían ordenado levantar un muro en Berlín para separar el sector comunista prosoviético del capitalista, ocupado por EE.UU., Reino Unido y Francia. La RDA acusaba a los Aliados y a la República Federal de Alemania de incitar a los alemanes orientales a la fuga y dispuso el cierre de fronteras. Hasta 1961 tres millones de personas se habían ido a vivir a la zona capitalista. Desde la construcción del muro hasta su caída, el 9 de noviembre de 1989, burlaron el impedimento 41 mil personas y 136 perdieron la vida.

EL DESEO DE AUTONOMÍA

Paralelamente, mientras África atravesaba el más vasto proceso descolonizador de la historia contemporánea, el llamado Tercer Mundo se organizaba y convocaba, en 1961, a la primera Cumbre del Movimiento de Países No Alineados, motorizada por los líderes de varias naciones que buscaban su desarrollo sin encolumnarse ni con el modelo soviético ni con el estadounidense.

Habían pasado apenas  quince  años  desde  el fin de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto en el que la humanidad había mostrado su ilimitada capacidad de barbarie y cuyo punto final habían sido dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero en esa década y media, el mundo había hecho una reconversión pasmosa. Una de las grandes novedades era que la guerra había arrasado con monarquías e imperios centenarios y ahora dos países nuevos –la Unión Soviética y Estados Unidos–, con modelos ideológicos antagónicos –comunismo y capitalismo–, se disputaban la hegemonía global en la  escena internacional.

A DESCOLONIZAR

En África y Asia, el ciclo de rapiña y colonización europea que se había iniciado en el siglo XV llegó a su fin en la segunda mitad del siglo XX. El continente africano fue el que experimentó la mayor transformación. En 1939 había en África apenas una sola república, Liberia. Cincuenta años después había 50 naciones independientes. Hoy son 55.

Vale la pena repasar la historia. En el siglo XIX, franceses, británicos, alemanes, belgas, italianos, holandeses, portugueses y españoles establecieron el principio de la ocupación efectiva y legal de las riquísimas tierras africanas. Para facilitarse el trabajo de saquear, los usurpadores europeos destruyeron culturas, trazaron nuevas fronteras totalmente arbitrarias y modificaron las estructuras sociales, económicas, políticas y religiosas de gran parte de las sociedades que habitaban ese continente. La consecuencia de la división de las etnias o de la agrupación caprichosa de tribus disímiles hoy sigue afectando a las naciones africanas y beneficiando a las multinacionales de aquellas potencias coloniales que siguen lucrando con los ingentes recursos naturales de África.

Con la declinación de los imperios europeos que provocó la guerra mundial, la independencia se convirtió en un objetivo posible, aunque ciertamente la descolonización costó mucha sangre y largos períodos de luchas. El año récord fue 1960, cuando se independizaron, entre otros, Madagascar, Somalia, Dahomey (hoy Benín), República de Níger, Alto Volta (hoy Burkina Faso), Costa de Marfil, República del Chad, República Centroafricana (entonces denominada Ubangui-Chari, colonia que integraba a su vez la entidad mayor del Congo Francés), Gabón y la República Democrática del Congo.

Esta última nación conocida como “Congo belga” es un caso testigo de lo que sufrieron y sufren las naciones de África. En 1960, cuando no tuvo más remedio, Bélgica le concedió la independencia, pero obligó a los congoleños a  firmar  una  cláusula  delincuencial: la nueva nación ¡tenía que heredar la deuda externa de Bélgica!, dinero que, obviamente, los africanos jamás habían recibido. Con ese lastre, el nuevo Estado nació prácticamente quebrado económicamente. Además, el joven líder anticolonialista de ese país, Patrice Lumumba, de excepcional inteligencia y popularidad, fue asesinado por Bruselas con ayuda de la CIA en enero de 1961, poco tiempo después de asumir como primer ministro. En 2002 Bélgica pidió disculpas por su responsabilidad en el homicidio y en 2014 el Departamento de Estado de EE.UU. admitió su participación. Hoy la República Democrática del Congo sigue siendo expoliada por una elite nacional corrupta en connivencia con poderosas empresas multinacionales.

NO ALINEADOS

Simultáneamente, muchos de los líderes de esas naciones descolonizadas de Asia y África buscaban encarar una nueva etapa que se orientara hacia un desarrollo independiente. En 1955, el presidente de Indonesia, Sukarno, organizó en Bandung una conferencia que fue el preludio del Movimiento de Países No Alineados, fundado en 1961. Asistieron 29 jefes de Estado de países africanos y asiáticos que hacía poco tiempo habían concluido sus procesos de independencia. Entre otros estaban el líder del nacionalismo en Egipto, Gamal Abdel Nasser, impulsor del panarabismo y el socialismo árabe; el primer ministro de la India, Jawaharlal Nehru, que inauguró ese cargo ya que la India acababa de independizarse de la Corona británica (1947), y el primer ministro de la República Popular China, Zhou Enlai. Se trataba de naciones no desarrolladas, dependientes, que no apostaban por el capitalismo o la libre iniciativa de la empresa privada y, en general –aunque con reservas–, eran afines a probar un modelo socialista.

A fines de la década del 50, la URSS había ido perdiendo el monopolio de la orientación ideológica revolucionaria y aparecieron distintas lecturas del marxismo-leninismo. El quiebre entre el Partido Comunista chino y el soviético fue, sin duda, determinante, pero también influyó el hecho evidente de que los valiosísimos aportes del filósofo alemán Karl Marx y el revolucionario ruso Vladímir Lenin no eran aplicables en forma ortodoxa o automática a realidades tan diversas como la africana o la latinoamericana. Las naciones del Tercer Mundo buscaban alternativas al margen del eje articulador de la época: la disputa bipolar entre Washington y Moscú.

EL OPTIMISMO DE LA VOLUNTAD

En la década del 60, la percepción de que el mundo podía cambiar para mejor y que había leyes históricas que se cumplirían indefectiblemente era parte del pensamiento dominante tanto en el capitalismo como en el socialismo. Las ideas de Marx de que el capitalismo (y su etapa superior, el imperialismo) era estructuralmente inestable y que el comunismo, por su propia superioridad, lo vencería eran aceptadas por una parte nada despreciable de la humanidad.

Esto explica por qué desde las décadas del 50 y 60, los estrategas estadounidenses dejaron temporalmente de lado la ortodoxia capitalista, toleraron la intervención estatal y permitieron leyes a favor de los trabajadores que, en otro contexto, hubieran sido consideradas contra natura. La existencia del modelo comunista soviético operó como contrapeso no sólo para motorizar los procesos descolonizadores en África y Asia o fortalecer la socialdemocracia en la Europa occidental sino incluso para que, en los propios EE.UU., se alentara el Estado de Bienestar.

Fue así como los sectores medios y bajos se vieron beneficiados de muchas maneras. Para evitar la propagación del comunismo, se extendió la protección social, se promovieron los créditos bancarios y se incentivó el consumo. Como consecuencia del derecho a tener vacaciones pagas, creció el turismo masivo (un placer que hasta entonces sólo disfrutaban los ricos). Con una industria que tendía al pleno empleo, los padres no necesitan del salario de sus hijos y estos pudieron ingresar a la universidad (ante un reducto de las elites), lo que produjo un efecto altamente nivelador de las clases sociales.

Los jóvenes fueron incorporando privilegios y derechos inimaginables para sus padres: educación, diversión, un futuro promisorio e incluso cierto confort. Los grandes movimientos estudiantiles de los años 60 –en París, Roma, Tokio, Berlín, en la Primavera de Praga, en México (con la terrible Noche de Tlatelolco) y en el Cordobazo de la Argentina– así como las multitudinarias marchas pacifistas contra la guerra de Vietnam y las demandas por los derechos civiles de los negros se volvieron protagónicos.

EL VERDADERO ROSTRO

Este pico democratizador y de voluntad transformadora coincidió con el momento de máxima expansión económica a fines de los 60. No obstante, la respuesta conservadora para frenar ese aluvión participativo, cuestionador y horizontalmente igualitario que amenazaba la distribución estratificada y desigual de la riqueza, el saber y el poder, no se hizo esperar.

Las elites estadounidenses y las corporaciones hacía rato que estaban irritadas por la merma en la rentabilidad, los salarios altos y el clima social de efervescencia. Aunque no se decía abiertamente, estaban decididas a poner un punto final y adoptar soluciones de fondo a favor de sus intereses. El economista estadounidense Paul Volcker, figura clave del neoliberalismo, cuenta en sus memorias cómo en la década del 70 (a partir del momento en que EE.UU. abandona la paridad dólar/oro) se impulsó una campaña de descalificación al keynesianismo en las universidades estadounidenses e invitaban a las más altas autoridades de los países centrales a debatir políticas alternativas de estabilidad en foros estratégicos. Se estaban gestando las condiciones para que el triunfo del neoliberalismo fuera posible.

Con las caídas del Muro de Berlín en 1989 y de la Unión Soviética en 1991, el escenario global cambió drásticamente: el capitalismo empezó a mostrar su verdadero rostro.

 

Escrito por
Telma Luzzani
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