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DE LAS CANILLAS A LAS ARMAS

Uno de los momentos más dramáticos vividos durante el gobierno de Raúl Alfonsín tuvo que ver con el copamiento del cuartel de La Tablada por parte del grupo de izquierda Movimiento Todos por la Patria.

Por Fernando Amato. En la madrugada del 23 de enero de 1989, en el Regimiento de La Tablada, nada hacía presagiar lo que estaba por ocurrir. El conscripto Juan Manuel Morales y los cabos primero Daniel Cejas y Juan Pío Garnica observaban cómo se acercaba un camión de gaseosas. De pronto, el vehículo aceleró destruyendo el portón de ingreso y detrás de él avanzaron otros cinco automóviles. Todos sus ocupantes, al grito de “¡Viva Rico! ¡Viva Seineldín!”. Comenzaba la toma al cuartel, la última aventura guerrillera en la Argentina hasta nuestros días.

Hacía cinco años que Raúl Alfonsín era presidente y ya había soportado tres asonadas carapintadas. Quizás por eso, y por aquellos gritos al entrar, las primeras horas fueron de confusión. El copamiento, según los atacantes del Movimiento Todos por la Patria (MTP), fue preparado para terminar a media mañana y, aprovechando aquella confusión, armar una pueblada en defensa de la democracia. Pero al conocerse la identidad y antecedentes de uno de los atacantes, las miradas se posaron sobre esa agrupación política. Unos días antes, en conferencia de prensa, el MTP había denunciado una intentona golpista conjunta entre sectores carapintadas y el candidato justicialista, Carlos Menem. Por esos días, crecían las sospechas de una vinculación del grupo comandado por Enrique Gorriarán Merlo con sectores de la Junta Coordinadora Nacional del radicalismo. La historia entre la guerrilla trotskista del ERP y la UCR venía desde los 70. Y en esos tiempos resultaba sospechosa la cercanía del dirigente del MTP, Francisco “Pancho” Provenzano, con el ministro alfonsinista Enrique Nosiglia.

Dentro del cuartel, la resistencia en la Compañía de Comando y Servicios y el cerco sobre el predio por parte de la Policía impidió a los atacantes lograr su objetivo y quedaron atrapados dentro. La información oficial dirá que la batalla duró 33 horas. Los sobrevivientes aseguran que fueron apenas unas pocas horas y que después de rendidos hubo torturas y fusilamientos. El intento de asalto dejó 29 militantes, siete miembros del Ejército y dos policías muertos. Pero lo más grave es que, en plena vigencia del estado de derecho, cuatro guerrilleros están desaparecidos. Hay pruebas, incluso fotográficas, de que Carlos Samojedny, Francisco Provenzano, Iván Ruiz Sánchez y José Díaz se entregaron con vida. Pero nunca aparecieron. Por la toma hubo tres juicios en los que fueron condenados 23 guerrilleros a penas de once años y prisión perpetua. Pero nadie investigó entonces las denuncias de violaciones a los derechos humanos dentro del Regimiento. La aplicación de la Ley de Defensa de la Democracia prohibió el derecho de apelación a los condenados. Las teorías sobre el intento de copamiento fueron varias. La versión oficial de Gorriarán Merlo era que intentaron evitar un golpe de Estado. También se decía que fueron víctimas de una operación de inteligencia de Enrique “Coti” Nosiglia.

Por estos días, por exigencia de Comisión Interamericana de Derechos Humanos y un fallo de la Corte Suprema, se investiga la muerte de José Díaz. La versión que dieron tanto el gobierno radical como el Ejército es que, junto a Iván Ruiz, habían intentado escapar cuando lo subieron a la ambulancia de César Quiroga. El testimonio de Quiroga decía que se lo había entregado al suboficial Raúl Esquivel y que lo habían matado para escapar. En el juicio, Quiroga rectificó su declaración y dijo que fue obligado por sus camaradas. Su antigua declaración llevaba la firma del secretario del juzgado: Alberto Nisman. Ahora, además, asegura que vio ejecuciones con sus propios ojos. Además, el ex sargento José Almada ratificó una denuncia que ya había hecho en 2004, sobre cómo fue asesinado Díaz y también Claudia Deleis, mientras se rendían con las manos en alto.

EN PRIMERA PERSONA

El MTP surge en 1986 como un espacio amplio, reformista, con un programa de democracia participativa y reforma social. De revolucionario, casi nada. Liderado en la formalidad por el fray Antonio Puigjané, su militancia se parecía más a la de la Acción Católica que a un grupo guerrillero. Las mayores preocupaciones consistían en conseguir la instalación de canillas o pavimento en las barriadas pobres. La convocatoria a su formación había nacido de la revista Entre Todos y llamaba a radicales, peronistas, intransigentes y demócratas cristianos a formar un gran frente nacional en defensa de la democracia. Por esos tiempos, quien escribe militaba en el Partido Intransigente de Lanús y formaba parte de quienes no veían con buenos ojos la alianza que se proponía con la renovación peronista que comandaba Antonio Cafiero. Así, un grupo importante nos acercamos al MTP criticando por izquierda el aburguesamiento de “Don Oscar”. Pero al poco tiempo sentí un descontento importante. Tanto crucifijo y tanta Acción Católica no se condecía con ningún ideal revolucionario. A mediados de 1986, en un plenario de la zona, la conducción del MTP bajó la orden de votar al radical Juan Manuel Casella para las elecciones de 1987. “Lo más importante es sostener la democracia. Si gana Cafiero se viene el golpe”, decían. Con la espontaneidad de mis 19 años, pedí la palabra para decir: “Me fui del PI para no votar a Cafiero y ustedes pretenden que vote a Casella. Ni loco”. Fue mi última reunión formal en el MTP. Mis referentes intentaron explicarme que tenían buena información desde “dentro del Gobierno” y que además un servicio de inteligencia nicaragüense les había aportado el dato de una conspiración encabezada por Estados Unidos para derrocar a Alfonsín. A las semanas, un documento blanqueaba a Gorriarán Merlo dentro de la conducción y el grupo daba un fuerte giro ideológico. En diciembre, mis compañeros de Lanús junto a la mitad de los cuadros y militantes de todo el país abandonaban el Movimiento.

Como muchos, me enteré del copamiento por los diarios, estando de vacaciones en Mar del Plata. Algunos de mis compañeros, a pesar de haber abandonado el movimiento un tiempo antes, sufrieron las consecuencias de la investigación judicial e incluso algunos se fueron a vivir a la Patagonia.

En las imágenes de la TV, cuando el Ejército dio por terminado el combate, se veía al presidente Alfonsín recorriendo el predio acompañado por miembros de las Fuerzas Armadas. En el camino se veían los cuerpos de varios miembros del MTP. Incluidos aquellos que habían sido torturados y ejecutados.

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