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EL GRITO DE LOS VENCIDOS

En la coyuntura presente, de neoliberalismo feroz y crisis, el teatro político tiene una misión, que no es ya modificar la realidad desde el escenario, sino darles voz a quienes no la tienen.

Por Héctor Levy Daniel. Reflexionar en la Argentina acerca de un sentido profundo en el teatro puede constituir la base fundamental para pensar en un nuevo sentido político. La Argentina sufrió en el último cuarto del siglo pasado una dictadura devastadora que aniquiló a decenas de miles de personas y, pocos años después, doce años de neoliberalismo (que significaron la continuidad del mismo proyecto económico de la dictadura militar). Y ya en este siglo, luego de un sostenido proceso democrático de reparación, volvió a caer en la emboscada neoliberal. El gobierno de Macri, que llegó al poder a través de las urnas, se consideró legitimado para cumplir al pie de la letra el plan de la dictadura, no solamente en el terreno económico (a través del endeudamiento brutal, la destrucción del aparato productivo, la resignación de toda soberanía) sino también en el terreno cultural (tratando de deslegitimar cualquier referencia a la solidaridad y propugnando el egoísmo como valioso y deseable, intentando anular la historia y la tradición como referencias imprescindibles).

LAS MARCAS DE LA HISTORIA
La dictadura militar y su continuidad ideológica en el menemismo, la Alianza y el macrismo tienen relación directa con nuestra existencia de hoy, nuestro modo de vincularnos con los demás, nuestra escala de valores, nuestros sueños, nuestras condiciones de vida. Y con el neoliberalismo en el poder, pugnando por consumar definitiva e irreversiblemente el proyecto que recicla las ideas más retrógradas, se puede decir que la dictadura sigue sucediendo. Por todo lo cual no hay modo de pensar en nuestra realidad sin remitirse al período histórico que va de 1976 a 1983 y los diversos modos en que sus valores han logrado atravesar la última década del siglo pasado y proyectarse hasta el presente devastador que estamos viviendo. La dictadura del 76 no fue un episodio más de nuestra historia sino una bisagra fundamental, la coronación de un largo proceso de restauración expresado en numerosas masacres y sucesivos golpes militares a lo largo del siglo XX, que a su vez significaban respuestas a las demandas de cambio social que se impusieron desde fines del siglo XIX. Las víctimas de la dictadura fueron, por supuesto, los asesinados, desaparecidos, torturados, encarcelados. Pero esas primeras y principales víctimas no fueron las únicas. La dictadura afectó a todos sin excepción, hombres y mujeres de todas las edades, niños. Sus efectos se mantuvieron por décadas: destruyó los lazos sociales, volvió natural el individualismo y la desconfianza entre las personas; la vocación autoritaria contaminó los vínculos. En nuestro país, los efectos de la dictadura se sostuvieron a pesar del retorno de la democracia en 1983 y se convirtieron en una cultura asentada en valores que se pueden detectar a simple vista: de hecho, constituyó la base necesaria para que la derecha conservadora lograra llegar al poder a través del voto en el siglo XXI. Esta cultura autoritaria se sostuvo hasta el presente y sus herederos son fácilmente identificables. Aunque disimulen con el lenguaje de la democracia, la nueva política y las ideas renovadoras, tienen un proyecto de un clasismo desembozado, de un racismo difícilmente soslayable, que trata de sofocar cualquier manifestación con tintes populares por medio de políticas violentas. En este sentido, reflexionar sobre la dictadura del 76 equivale a pensar sus efectos sobre el presente que vivimos ahora mismo. Y, a la inversa, reflexionar sobre el presente nos conduce en muchos casos a remitirnos inexorablemente a la dictadura.

EL TEATRO POLÍTICO
Por todo esto, la reivindicación de sentido y profundidad en el teatro actual, la reivindicación de la densidad de significado, como actitud general, constituye la condición de posibilidad de un teatro político con características bien diferentes de lo que hasta ahora se ha venido entendiendo como tal. En otras palabras, la rehabilitación de lo político para el teatro no significa retornar a un teatro de denuncia y agitación. El teatro no debe tener necesariamente como objetivo producir una respuesta determinada en el espectador, y por lo tanto no tiene por qué asumir una actitud didáctica. Ya no se trata de intentar desde el teatro influir sobre el presente de manera inmediata, sino de incentivar en el público la reflexión sobre la historia, de la cual el propio presente forma parte. Si desde el poder se niega el valor de la historia, entonces la reivindicación de lo histórico se convierte en una tarea política. Ahora bien, siguiendo a Walter Benjamin, que sostiene que hay un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y la nuestra, podemos señalar que esta reflexión sobre la historia no consiste sino en redimir a quienes nos antecedieron: “La obra de liberación en nombre de las generaciones de los derrotados”. Y esto tiene importancia fundamental porque quienes dominan actualmente son los herederos de los vencedores de antes. Y si esto es así, quien empatiza con el vencedor de épocas pasadas favorece al mismo tiempo al dominador del momento presente. Por esta razón, la tarea que se impone en todos los ámbitos, y también en el teatro, es la de oponer a la mirada de los vencedores que ejercen su dominio la propia mirada de los vencidos. La imagen de los antepasados que han padecido injusticias, vejámenes, torturas, muerte y todo tipo de sufrimientos debería ser la materia prima del teatro político del siglo XXI. Esta tarea emprendida respecto del pasado tiene consecuencias inmediatas en el presente, porque se hace evidente la ligazón profunda entre los dominados de las generaciones pasadas y quienes sufren aquí y ahora. La labor del teatro político actual ya no consiste en intentar modificar la realidad desde el escenario (tarea imposible) sino en darles a las víctimas el lugar preponderante, otorgarles incesantemente la voz a los vencidos. Para quienes afrontan la tarea de generar un teatro con sentido político no deja de ser una labor ardua ya que implica el ejercicio de la imaginación creadora en un sentido bien definido. Pero esta tarea será el primer paso imprescindible para una verdadera transformación.

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