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OCTUBRE ELECTORAL

En las presidenciales de la Argentina, Bolivia y Uruguay se juega la posibilidad de revertir la ola neoliberal que azota a la región.

Por Emiliano Guido. Tres elecciones presidenciales sudamericanas coinciden en un mismo mes, octubre, para su convocatoria a las urnas en el presente año. Al parecer, vaticinan los sondeos, habrá que tener nervios de acero para seguir unos comicios que se presumen reñidos y cuya resolución tendrá importantes ecos regionales. Una derrota de la alianza Cambiemos impactaría, claro, en las proyecciones de mercado hechas por los organismos internacionales de crédito y grupos financieros que desean una Argentina “libre de populismo”. A su vez, un triunfo de la oposición en Bolivia y Uruguay clausuraría dos ciclos progresistas iniciados a principios de siglo y, en consecuencia, ensancharía el mapa de gobiernos neoliberales hasta casi coincidir con la cartografía de América del Sur.

El gobierno bolivariano de Evo Morales y la administración frenteamplista de Tabaré Vázquez tienen temperaturas ideológicas disímiles y dialogan con la superpotencia estadounidense con intensidades muy diferentes, pero administran, eso sí, sus políticas, que contienen algo de la música que sonó durante el boom progresista latinoamericano: apego a una arquitectura política común, respeto a las autodeterminaciones políticas de Cuba y Venezuela, presencia del Estado en el diseño económico. Veamos, entonces, las claves principales de los escenarios electorales en La Paz y Montevideo.

BOLIVIA. Parte del llamado “eje bolivariano” es la plaza donde las elites zonales tienen más expectativas por sumar una nueva ronda de champagne a sus alegrías electorales conseguidas en la Argentina 2015 y Brasil 2018, por citar dos casos significativos. Las encuestas marcan cierta paridad de fuerzas entre el presidente Evo Morales y Carlos Mesa, un catedrático que tuvo una breve experiencia en el Ejecutivo, cuando ocupó el vacío dejado por la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada tras la pueblada por la denominada “guerra del gas”. Mesa se presenta como líder de una oleada civil boliviana, pospartidaria y de centro en valores políticos. Por lo pronto, su carencia de estructura política produjo un hecho llamativo: Carlos Mesa tuvo que recurrir a un sello maoísta –el Frente Revolucionario de Izquierda– para presentarse en las cercanas primarias del 27 de enero, donde ocho fórmulas presidenciales medirán, al no tener rivales en la interna, su caudal electoral. Evidentemente, una encuesta a cielo abierto.

Morales, en binomio con su fiel vicepresidente, Álvaro García Linera, promete centralmente continuidad a un modelo que se ha presentado disruptivo y pragmático ya que conjuga en sus contornos económicos nacionalización energética, un tejido comunitario indígena y una prudencia fiscal que ha sido elogiada incluso por el FMI. Mesa, por el contrario, promulga una agenda difusa y pasteurizada: defensa de la ecología, de la igualdad de género y poca definición en los asuntos de gestión más sensibles. De fondo, las llamadas “juntas ciudadanas” desarrollan, sobre todo en los estados más ricos y opositores al actual gobierno, protestas virulentas contra la reelección de Evo Morales, a la que consideran fraudulenta por anticonstitucional.

URUGUAY. El proceso electoral tiene, por el momento, menos definiciones en la cartelería de actores principales pero una misma amenaza: la posibilidad, más cierta que en los tres últimos turnos electorales, de una derrota por parte de la coalición oficialista del Frente Amplio. El retador opositor, aunque se jacta de ser joven en comparación con una escena política local con un promedio de edad alto y de portar una agenda fresca, proviene de un partido tradicional y porta un apellido con mucho abolengo: se trata de Luis Alberto Lacalle Pou, candidato a presidente por el Partido Nacional, o Blanco. Mientras tanto, el candidato frenteamplista es aún hoy una incógnita, un hecho que no sólo delata la indefinición del gobierno popular uruguayo para ceñir su frontman electoral, sino también dudas al interior de la coalición para redefinir su modelo 2019.

Por el momento, el dirigente con más chances de liderar la boleta del Frente Amplio es el intendente de Montevideo y referente del Partido Socialista, Daniel Martínez. El ingeniero, portavoz de un discurso sosegado, emerge como una figura de consenso entre los polos del Frente: la cabecera mujiquista, identificada con la verba más mercosureana y menos aperturista de José “Pepe” Mujica, y la tribuna de Danilo Astori, actual ministro de Economía y tradicional defensor de que la marca Uruguay se expanda en el mundo a marcha y redoble de tratados de libre comercio. Por último, y vale como dato del nuevo clima de época regional marcado por el triunfo de Jair Bolsonaro, un empresario uruguayo anunció que dará batalla en octubre defendiendo el programa de ultraliberalismo económico y conservadurismo social que triunfó en Brasil. Edgardo Novick, del Partido de la Gente, dejó en claro que piensa jugar fuerte cuando publicó, a fines del año pasado, un aviso publicitario que ocupaba una página entera en los matutinos más influyentes con un mensaje picante, extraño para el parsimonioso paisaje político local: “Primero se terminaron las mentiras de los Kirchner, hoy le toca al PT en Brasil y el año que viene al Frente Amplio en Uruguay”.

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