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NUESTROS AÑOS 60

La década bisagra del siglo X X encontró en la Argentina un país que a lternaba entre democracias débiles e ilegítimas y dictaduras de distinta intensidad. Mientras, el espíritu de rebeldía a somaba en la s revueltas populares, obreras, estudiantiles. Los jóvenes fueron protagonistas y la guerrilla preanunció el derrotero de la lucha política.

Cuando la Revolución Libertadora convocó a elecciones en febrero de 1958 con el peronismo proscripto, el radical Arturo Frondizi sorprendió dió con una estrategia impensada que complicaba los planes de desperonizar el país: negoció secretamente con Perón un apoyo en las elecciones a cambio de la promesa de acabar con la proscripción apenas llegara a la presidencia. El acuerdo prosperó y Frondizi se convirtió en presidente de la Nación con votos prestados. Claro que  los antiperonistas más duros no iban a permitir que cumpliera con su parte del trato. Lo que siguió entonces fue una serie de gobiernos civiles débiles, surgidos del voto pero con exclusión del peronismo, sucesivamente derrocados por nuevas dictaduras.

Frondizi intentó sumar apoyos de todo pelaje y cedió a las presiones de diversos intereses. A cada grupo otorgó algo, incluyendo a instituciones privadas la posibilidad de emitir títulos universitarios, algo reclamado por la Iglesia, que generó una activa oposición estudiantil. La orientación de las políticas económicas generó descontento y, en 1959, un pico huelguístico, al que Frondizi respondió con más violencias. Mediante el Plan Conintes puso en manos de las Fuerzas Armadas la coordinación de las tareas de represión.

En las elecciones legislativas de marzo de 1962 se permitió la participación del peronismo, que triunfó en la mayoría de los distritos. El resultado precipitó un nuevo golpe de Estado, que transfirió el poder al presidente del Senado, José María Guido. Durante su interinato, dos facciones militares, los Azules y los Colorados, llegaron a enfrentarse entre sí en plena calle, con tanques y todo, ante la mirada atónita de la población porteña. Ambos grupos eran igualmente antiperonistas, pero disentían en el mejor modo de avanzar en la desperonización. En julio de 1963 llegó el turno de las elecciones generales. Perón llamó a votar en blanco, lo que dio la victoria al radical “del Pueblo” Arturo Illia, que se convirtió en presidente con apenas el 25,8 por ciento de los sufragios. En ese contexto, el movimiento obrero continuó su camino de radicalización. Entre 1963 y 1964 se generalizó la toma de fábricas como forma de lucha, ahora reteniendo a los gerentes como “rehenes”. A fines de este año, Perón intentó regresar al país, pero su avión fue retenido en Brasil: la “operación retorno” había fracasado.

EL GIRO A LA IZQUIERDA

En junio de 1966, el general Juan Carlos Onganía derrocó a Illia  y declaró que se proponía gobernar todo el tiempo que hiciera falta hasta reorganizar a fondo la república y sanear la economía. Disolvió el Congreso, y todas las expresiones de la vida política fueron prohibidas. La autonomía universitaria quedó suprimida y se aplicó una dura represión en los claustros; su pico fue la Noche de los Bastones Largos, así recordada por los palazos que recibieron alumnos y académicos cuando la policía irrumpió en la UBA. El episodio marcó el inicio de un período de declive en la investigación y en la vida universitaria. Toda una generación de científicos debió marchar a la emigración.

El malestar de los trabajadores se agravó con la designación al frente de la cartera económica de Adalbert Krieger Vasena, un liberal que decretó el congelamiento de haberes, una fuerte devaluación, recortes en el gasto público y aumentos de tarifas, junto con facilidades para la instalación de empresas transnacionales. La CGT reaccionó con un plan de lucha que fracasó rápidamente bajo la represión estatal. Pero a partir de 1969 entró en escena una novedosa forma de acción colectiva: las “puebladas”, movilizaciones masivas que pusieron en jaque a ciudades enteras. Entre 1969 y 1973 hubo al menos quince, todas en el interior. La mayor fue, por lejos, el Cordobazo del 29 y 30 de mayo de 1969, que derivó en una verdadera insurrección popular liderada por obreros y estudiantes. El gobierno debió enviar al Ejército para retomar el control de la ciudad, pero Onganía perdió autoridad y tiempo después fue forzado a abandonar la presidencia.

El Cordobazo funcionó como una bisagra entre el período de la Resistencia y los tiempos de mayor radicalidad que se abrieron con la nueva década. Poco antes se habían formado las primeras organizaciones guerrilleras: en 1959, los Uturuncos, un pequeño grupo de peronistas que actuaron en el monte tucumano y en Santiago del Estero, y cuatro años más tarde la primera guerrilla marxista, el Ejército Guerrillero del Pueblo, que intentó instalarse en una zona rural de Salta. Ambas experiencias fueron mínimas y fracasaron pronto. Las cosas, sin embargo, cambiaron rápidamente luego de la ola de entusiasmo que generó el Cordobazo. Las fuerzas de la izquierda –tanto las peronistas como algunas de las marxistas– comenzaron a engrosarse por el ingreso de miles de jóvenes, especialmente de sectores medios. Para fines de la década se habían formado ya más de quince organizaciones guerrilleras, cuyas primeras acciones gozaron de una amplia simpatía. Sólo cinco lograron cierta importancia, pero pronto fueron convergiendo en dos agrupamientos principales, uno peronista y otro marxista: Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que actuarían en los años 70. En los primeros había tenido una poderosa influencia el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que sostenía que la opción por los pobres que indicaba el evangelio debía traducirse en una firme condena al capitalismo.

LOS JÓVENES AL PODER

El “giro a la izquierda” estuvo relacionado con una profunda ruptura generacional. Los jóvenes irrumpieron desarrollando una cultura propia que, por primera vez, rechazaba muchos de los valores y costumbres de los mayores. La revuelta juvenil se combinó con las luchas sociales de formas complejas y variadas. En algunos aspectos evolucionaron por carriles independientes o incluso en conflicto. Pero más habitual fue que se potenciaran mutuamente. Para muchos de los jóvenes que en estos años se lanzaron a participar en la vida política, el futuro anhelado aparecía no sólo como un mundo sin capitalistas, imperialismo y represión, sino también como la promesa de una vida más auténtica, libre, desprejuiciada y creativa que la que les esperaba si seguían el camino de sus padres.

La inquietud de los jóvenes fue un fenómeno internacional. El protagonismo estudiantil en las puebladas de 1969 evocaba asociaciones con movimientos similares acontecidos poco antes en París, México, Berkeley o Praga. Fenómenos internacionales como el hippismo, tanto como otros más peculiarmente locales, como la extraordinaria popularización del psicoanálisis, contribuyeron a sacudir las prácticas tradicionales. Luego de 1960 las relaciones entre varones y mujeres jóvenes fueron asumiendo un estilo más relajado y en alguna medida más igualitario. La virginidad fue dejando de ser una “virtud” indispensable para las mujeres casaderas y las uniones de hecho se hicieron más frecuentes. La introducción de la píldora anticonceptiva dio al placer de ellas mayor autonomía. Aunque el desprecio a las minorías sexuales siguió siendo la norma, los tiempos dieron lugar a la aparición de Nuestro Mundo, una organización de homosexuales contra la discriminación, la primera de América latina. Creada en 1968 por un pequeño grupo de trabajadores, confluyó luego con intelectuales en el Frente de Liberación Homosexual, fundado en 1971, que propuso la libre opción sexual como uno de los objetivos de la revolución por venir.

Los hábitos en el vestir fueron un terreno en el que se notó la irrupción de la cultura juvenil. Las prendas coloridas fueron reemplazando los tonos más apagados de la indumentaria varonil de décadas anteriores. La moda “unisex” que pronto se impuso fue índice del mayor igualitarismo entre varones y mujeres. Pero fue el jean la prenda que, como ninguna, identificó a los jóvenes. Introducidos en 1958, los “vaqueros” se expandieron rápidamente entre los varones y más tarde también entre las mujeres, hasta transformarse en una especie de “uniforme” de los jóvenes. Junto con la ropa, la música también se transformó en emblema de la cultura juvenil. La vocación antiimperialista condujo a un aprecio por el folklore y por la música latinoamericana. Pero la novedad más importante fue la aparición del rock, que marcó una línea divisoria entre los gustos de jóvenes y “viejos”. Ingresó al país a fines de 1956 y para 1960 ya existían bandas locales que cantaban en castellano y vendían discos por millares. Contra la tendencia más comercial y pasatista surgió luego un “rock nacional” que desafió la moral tradicional y convocó a los “pibes” a no seguir los mandatos sociales. Era una verdadera contracultura: sus devotos se identificaban por el modo de vestir y también por el largo del cabello. En la calle, los pelilargos debieron soportar frecuentes insultos y violencia policial. Es que la nueva apariencia de los varones jóvenes indicaba que se estaba redefiniendo la masculinidad, algo que disgustaba a muchos. Desde esos años comenzó a notarse el consumo de marihuana, un hábito todavía muy poco arraigado que de todos modos motivó leyes prohibitivas a partir de 1971. También floreció el arte rupturista y experimental como el que promovió el Instituto Di Tella.

Con todo, conviene no exagerar los alcances de la revuelta juvenil, cuyos efectos fueron más limitados en la parte más modesta de las clases populares y fuera de las grandes ciudades.

Una gran porción de la población, acaso mayoritaria, tampoco participó del giro a la izquierda y mantuvo, en cambio, un fuerte rechazo por todo lo que se apartara de los principios liberales o conservadores y un poderoso antiperonismo. Por otro lado, la aparición de la televisión –la primera transmisión se realizó en 1951, pero sólo alcanzó un público relevante desde mediados de esa década– ofreció un nuevo y poderosísimo canal para la difusión de mensajes que en general fueron conformistas. Abundaron allí las telenovelas y las historias de familias modelo –como la exitosa La familia Falcón, iniciada en 1962– que reforzaban los valores morales tradicionales y transmitían la idea de que la felicidad pasaba por el espacio privado, antes que por las gestas políticas colectivas. La sociedad siguió estando en estos años muy dividida.

 

Escrito por
Ezequiel Adamovsky
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