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Caras y Caretas

           

El mar secreto y la ausencia de palabras

William Kotzwinkle.

El escritor estadounidense William Kotzwinkle publicó en 1975 su novela El nadador en el mar secreto, basada en una experiencia propia: la muerte de su hijo.

A juzgar por su versatilidad y desparpajo, William Kotzwinkle parecía haberse colado en la literatura de contrabando. Nacido en Pensilvania en 1943, escribió cuentos, libros para niños, guiones, novelas fantásticas y de ciencia ficción y, entre unas cosas y otras, algunas piezas inclasificables que siguen buscando abolengo. Los géneros no eran para él más que una provisión de disfraces. Había en Kotzwinkle algo de la elasticidad satírica de Kurt Vonnegut, del gusto de Donald Barthelme por la incongruencia y de ese maridaje de candor y disparate que Brautigan hacía pasar por ligereza. La risa y la melancolía suelen hacer buenas migas en sus libros, poblados por una progenie improbable de vagabundos, osos novelistas, ratas racionalistas o extraterrestres domésticos. Nada de eso, sin embargo, asoma en su novela más conocida. Una muestra más, en definitiva, de su espíritu voluble.

Publicada en 1975, El nadador en el mar secreto noveliza una experiencia propia, la muerte de su hijo. Hacedor de seres de toda índole, Kotzwinkle tropieza aquí con la criatura menos fantástica y más inconcebible: un recién nacido. No hubo de inventarle nada, la criatura trae consigo el misterio, el cuerpo todavía cubierto de ese otro mundo. El argumento, por supuesto, tiene de antemano asegurada, si no la lágrima, al menos la congoja. Un hombre y una mujer esperan un hijo; el hijo nace; el hijo muere. En la sobriedad y contención para sortear eso que parece una mala noticia enviada por telegrama estriba la fuerza de este pequeño y fulgurante libro.

Acaso El nadador en el mar secreto hable menos de la muerte que de la imaginación, es decir, de ese porvenir que se urde un pelín antes de que la realidad se entrometa para deshacerlo. El duelo, en este sentido, no sería solo de la pérdida de alguien, sino también la de todas las vidas que ese ser no alcanzó a vivir.

Lo que no tiene nombre

Implacable en su negativa a decantar en una epifanía redentora, Kotzwinkle logra hacer del nadador un símbolo lo bastante resbaladizo para que no se agote pronto en un solo cauce. Porque es tanto el bebé que chapotea en un elemento anterior al aire y al lenguaje, como su madre en el parto, “alumbrando con gran esfuerzo el principio del mundo”, y también el padre, braceando por llegar a una orilla tan anhelada como desconocida. Incluso puede ser la propia escritura, que intenta avanzar en un territorio donde las palabras no tienen todavía un punto firme de apoyo. Y es la lengua, braceando, por nombrarlo.

La escritura austera, lacónica, admite algún asomo de lirismo para describir la labor de la mujer, “sudando como el caballo de un leñador después de acarrear troncos una mañana de verano”. O cuando el hombre levanta el párpado de la criatura sin vida y descubre “una joya ennegrecida, perdida en la hondura de la noche”. Y cuando, antes de enterrar las cenizas, también él se siente “como si él fuera el cuervo, el perro y el cielo, como si fuera transparente y el día lo estuviera atravesando”.

Kotzwinkle escribió este libro en un rapto, después de enterrar a su hijo, “con lágrimas en los ojos desde la primera hasta la última página”. Por una vez, conviene creerle al autor.

Escrito por
Juan F. Comperatore
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