De pocas personas, como Héctor Olivera (1931), se puede afirmar que es una leyenda viva de la historia de la cinematografía argentina. En 1956, junto a Fernando Ayala, creó la productora Aries, que desde su primera película, El jefe (Ayala, 1958), tuvo una tradición de cine comprometido con la historia y la política locales. Ejemplo de ello fueron la icónica La Patagonia rebelde (1974), sobre los fusilamientos de peones en la Patagonia en 1922, y No habrá más penas ni olvido (1983), ambas dirigidas por el propio Olivera. En 1986, en pleno auge de la transición democrática, Olivera emprendió junto al guionista Daniel Kon el proyecto de llevar a imágenes La Noche de los Lápices. Luego vendrían otros hitos tales como El caso María Soledad (1993), Una sombra ya pronto serás (1994) y Ay Juancito (2004), entre tantas otras. A sus noventa y cinco años, Olivera conserva su espíritu amable y hospitalario y me recibe como “querido, nuevo amigo”. Y aunque se disculpa porque su “memoria es inmediata y está averiada”, nada de esa afirmación se desprende de la charla mantenida con el prestigioso y popular director.
–¿Cuándo y por qué surge el proyecto de la película La Noche de los Lápices?
–En 1986 había un clima cultural de fuerte revisión del pasado reciente, del terrorismo de Estado. Entre 1983 y 1985, se me consultaba frecuentemente sobre qué película iba a hacer sobre la dictadura y los desaparecidos. Yo no estaba decidido. Un día leí las declaraciones de Pablo Díaz en el marco del Juicio a las Juntas y fue esa declaración, la conmoción que me produjo, la que me decidió a que esa era la historia que quería contar, que no podía pasar desapercibida y que el cine debía inmortalizar en imágenes para que nunca se olvide. Había un sobreviviente, un testigo vivo de lo que había ocurrido con sus compañeros.
–¿Cuáles fueron las primeras decisiones que tomaste a la hora de pensar la película?
–Leí una nota de Daniel Kon, el guionista de Los chicos de la guerra, en el suplemento cultural de La Nación. En ese momento yo tenía cincuenta y cuatro años y Daniel tenía la edad de los muchachos para darle el tono y el lenguaje que corresponde a esa generación. Ya lo había hecho con los pibes de Malvinas. Con Daniel fuimos a La Plata a investigar exhaustivamente los hechos, a sumergirnos en los escenarios, a visitar familiares de desaparecidos en esa noche siniestra y, sobre todo, encontramos a Pablo Díaz, el único sobreviviente de los siete secuestrados.
–¿Cómo fue el proceso de selección del elenco?
–Fue muy simple. Eran chicos que habían trabajado en algunas de mis películas o cercanos a nosotros. Debíamos estar en estado de gracia al seleccionarlos porque todos hicieron una carrera extraordinaria: Alejo García Pintos, Vita Escardó, Adriana Salonia, Leonardo Sbaraglia, Pepe Monje. Un elenco que todavía me enorgullece haber reunido para una película tan importante.
–¿Cuál te parecía la importancia de esa decisión ética y estética de poner en imágenes situaciones de tortura?
–Fueron situaciones con una pistola 45 a dos centímetros de la frente, no hubo torturados con picana eléctrica o “submarino” en la película. Sí hubo hincapié en la situación de cautiverio. Era importante mostrar la crueldad absoluta de la dictadura con adolescentes y jóvenes, casi niños menores de edad.
–¿Por qué creés que perdura el impacto de la película sobre los jóvenes?
–Se trata de ellos mismos representados por sus abuelos. Funciona como espejo, les toca directamente. Es lo extraordinario del cine. Hay un anhelo de los jóvenes por un mundo mejor que el que les dejamos los adultos, que perdura más allá de toda desesperanza y de cualquier época o momento histórico. Ideales de justicia, de que las cosas tienen que ser mejores. Los jóvenes siempre piensan en un mundo mejor. Y los jóvenes siempre se enamoran, aun en las situaciones más terribles y extremas. Como Pablo y María Claudia. Como Ana Frank y Peter.
–¿Cómo fue el proceso de filmación?
–Sumamente emotivo. Me dolía a veces cuando tenía que filmar. A veces era entrar en la casa de un joven que desapareció, que fue fusilado. Recuerdo a una madre diciéndome: “Ese era el rincón de mi hija. No se ha tocado nada”. Fueron cosas terribles. No había ficción. Era una película ficcional basada en horrorosos hechos reales. En otra ocasión, estábamos filmando el momento en que se llevan detenidos a tres muchachos a centros clandestinos. Una persona mayor estaba cerca de mí como parte del público. Y me increpa: “¿Por qué viene en este momento a recrear lo que les hicieron a nuestros hijos?”. Entonces me levanté de mi silla de director, la tomé de los brazos, le pedí que se sentara y le dije: “Señora, cálmese, es un hecho que ahora nos conmueve. En la película, cuando se exhiba dentro de uno, de diez, cien años, será un testimonio de lo que pasó con su hijo”. Y la mujer me dijo sencillamente “gracias”. Ahí cobra verdadero sentido el cine.
–¿Cuál es ese sentido?
–Cuando me preguntan: “¿Para qué hacés cine?”, yo contestó: se puede hacer cine para entretener, que lo he hecho y está muy bien. Pero, sobre todo, el cine es para plantar postura, para discutir, para contribuir a que los hechos se recuerden y se mantengan en la historia y en la memoria colectiva. Es como un monumento no de bronce, sino de celuloide, que siempre recuerda que fusilaron peones en la Patagonia. Que, con la complicidad del poder político, en Catamarca abusaron y asesinaron brutalmente a una adolescente. Que hubo jóvenes que lucharon por el boleto estudiantil y fueron desaparecidos. Eso también es, fue y será Argentina, ayuda a comprender lo que es el país. La Noche de los Lápices es parte de la identidad argentina.
–¿Cómo fue la recepción de la película en 1986 y qué importancia cobra en estos tiempos de negacionismo histórico?
–La película anduvo muy bien, acá y en otros países. En Colombia era de exhibición obligatoria un día del año. No recuerdo si el 16 de septiembre. Creo que sería interesante volver a presentar esta película en los cines en estos tiempos. Cuando se creó Aries en 1956, Ayala, director, y yo, jefe de producción devenido productor ejecutivo, tomamos la decisión de hacer algo que no pudiera hacer ni el mejor de los directores hollywoodenses ni el mejor de los europeos: un cine nuestro, con nuestras temáticas. Creo que con La Noche de los Lápices hicimos honor a nuestras convicciones.
