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Caras y Caretas

           

Una aventura extrema entre la guerra y la esperanza

El periodista Santiago Carrillo habla sobre La guerra que los parió, crónica de un roto en Ucrania, el documental sobre el conflicto en Europa del Este que lo ayudó en su sanación personal.

Los treinta chicos ucranianos oyen la alarma antiaérea, bajan al sótano de la escuela, esperan que pase el peligro y luego, simplemente, sonríen. ¿Cuántas tardes escucharon el mismo sonido? ¿Cuántos miedos cauterizaron a través de la vivencia entre todos? El periodista Santiago Carrillo, de 33 años, estuvo allí con su cámara, lidiando con sus propios dolores, y de las crudas experiencias de los ucranianos surgió La guerra que los parió, crónica de un roto en Ucrania, un documental empático y veloz sobre cómo sobrevivir en el peor contexto: la invasión. ¿Cuán cerca se sintió del sufrimiento ajeno al lidiar con el propio?

Carrillo había llegado desde España, contando los magros euros y los días de su infierno emocional –una separación, los trabajos fallidos, las sustancias– e irse a Ucrania en 2024 fue una decisión urgente antes de volver a Buenos Aires. El lugar común diría que Carrillo buscó un peor infierno al suyo. ¿Cómo se ve un conflicto de guerra cuando se arrastra el personal? La respuesta está en La guerra que los parió, crónica de un roto en Ucrania, que se estrenó el 26 de julio en Yunta Bar (Lavalle 3491, Almagro) ante setenta espectadores, a sala llena.

El 10 de agosto, el documental se va a presentar en la escuela de periodismo TEA y Carrillo contará qué personajes e historias conoció en Ucrania, cámara en mano: “Yo quería ir a la gente común: a los que padecen una guerra. Porque estoy muy convencido de que esto no es una historia de buenos ni de malos. En todo caso, de malos y más malos. Y en el medio está la gente común que paga los platos rotos de una guerra. Yo quería conocer a esa gente. Y, por ese estado de rotura emocional en el que me encontraba, pude acceder a lugares rarísimos que me dieron un retrato muy genuino y muy trash de lo que significa Ucrania”.

Un argentino en Ucrania

¿Qué hizo Carrillo? “Me infiltré en un grupo nazi que me contó todas sus cosas, me la pegué en fiestas en Kiev, vi a niños de Chernóbil entrenarse para dar sus primeros auxilios, y la única forma que me lo permitió fue haber tenido una emoción de derrota total. De alguna manera, estaba buscando que cayera un misilazo del cielo que resolviera todos los problemas. Por suerte no pasó.” Pero desde el primer momento buscaba “no hacer algo al estilo clásico bélico –las trincheras, la cuestión armamentística–, sino escuchar a la gente con sus problemas”.

En Kiev, la capital de Ucrania, sonaban las alarmas antiaéreas todos los días, “casi como un ruido de ambiente, y estuve a unas diez cuadras de donde había caído un misil en un hospital de niños –dice Carrillo–. Estuve en Chernóbil y en esa escuela con los chicos en el sótano mientras se escuchaba la alarma antiaérea: se veía que estaban acostumbrados, porque se reían como si estuvieran en una excursión. También fui a Bucha, donde hubo una masacre de 450 civiles al principio de la guerra. Quería hablar con sobrevivientes. Me puse a caminar por las calles y toqué timbre en las casas a ver si alguien quería hablar”.

Así se armaba el documental: “Iba encontrando cosas y me mandaba –prosigue Carrillo–. También hablé con una persona que fue prisionera de guerra, con un soldado, con una mujer que rescata perros y con unos españoles que daban cursos de primeros auxilios para niños y adolescentes en escuelas. A los nazis los conocí cuando fui a cubrir la final de la Copa de Fútbol de Ucrania. Los vi y me mandé. Aunque parezca mentira, el documental tiene momentos de risa y otros más emotivos. Pero no es para lagrimear todo el tiempo”.

Y en plaza Maidán, en el corazón de Kiev, “hay una banderita por cada muerto que hubo en la guerra, no solo de Ucrania sino de todos los países. Es un memorial colectivo. Y pude registrar a una mujer que lloraba frente al retrato de su marido. Estaba con su hijito, que debería tener unos 8 o 9 años. Y ahí estaba ella, penando a su muerto”. El final del documental lo halló entre la postproducción y el montaje, que trabajó junto a Nahuel Silvestro, de 32 años. Se habían conocido en Perfil (Carrillo estuvo también en C5N y en la Revista THC, entre otros medios) y entre los dos le dieron un cierre al relato.

Dos pueblos sufridos

“El final era mi propia historia –dice Carrillo–. Les pregunté a los entrevistados qué esperaban para su futuro. Y todos me contaron cosas distintas: que termine la guerra, viajar por el mundo, tener una fiesta. Pero todo estaba atado al fin de la guerra. Y nosotros nos dimos cuenta, armando el guion del documental, de que para mí la guerra había terminado cuando volví a Buenos Aires: cuando me saqué el pasaje. Y me pregunté: ‘Qué espero para mi futuro? ¿Qué sigue después de esto?’. No voy a spoilear la respuesta.” Pero algo descubrió sobre los ucranianos: “Es una sociedad bastante parecida a la nuestra”.

¿En qué sentido? “Hay muchos ucranianos que hablan español porque cuando son chiquitos tienen programas de intercambio con España y se quedan dos años haciendo la escuela”, cuenta Carrillo. Y elige otra vivencia: “En un momento pegué onda con Max, el dueño de uno de los bares que yo visitaba. Él me dijo: ‘En el 86 tuvimos Chernóbil, en el 91 cayó la Unión Soviética y en 2008 tuvimos una crisis económica. Y bueno, la vida hay que seguir viviéndola. Nosotros le ponemos la mejor onda que podamos”.

Santiago Carrillo se quedó pensando: “En la Argentina tuvimos la dictadura, sufrimos Malvinas, pasamos por la inflación y atravesamos el Argentinazo de 2001. Cada cinco o diez años tenemos una crisis que nos pone patas para arriba y, sin embargo, seguimos tirando para adelante”. Entonces “sentí muchas similitudes con el pueblo ucraniano. El aguantar y el resurgir de las cenizas termina siendo parte de nuestra propia identidad. En eso nos parecemos. Somos dos pueblos sufridos”.

¿Por qué eligió Ucrania para el documental? “Porque estaba cerca –dice Carrillo–. Me hubiese gustado ir a Medio Oriente, porque hacía poco había ocurrido el ataque terrorista de Hamás en Israel en el que murieron, al menos, 260 personas. Pero sentía que era un nivel de complejidad mayor. Y me dije: ‘Voy a Ucrania porque me parece una guerra un poco más sencilla’, por decirlo de una manera. Y cuando regresé a Buenos Aires sentí una carga de autoestima muy fuerte. Me di cuenta de que podía hacer cosas buenas en el periodismo. Me dije: ‘A pesar de que estoy en la lona, puedo hacer algo con eso’.”

Lo visibiliza claramente al pensar en Ucrania: “Ahí vi gente que realmente estaba teniendo problemas muy serios. Que la estaba pasando mal de verdad. Entonces pensé: ‘Si esa persona, que realmente está viviendo un infierno, le está poniendo toda la onda, ¿por qué yo no voy a poder?’. Ver esa gente fue una motivación para decirme a mí mismo ‘vos también podés estar mejor'”.

Escrito por
Patricio Féminis
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