Explicar cómo una fiesta en homenaje a la abundancia, a las cosechas y al agua, que se celebra anualmente en un río de Indonesia, derivó hacia el mundo digital, primero, y a las plazas argentinas, después, en un fenómeno donde no hay otra cosecha que la de imponerse a otres, sosteniendo una postura corporal, resulta extraño. Y mientras el país transita un proceso de colonización cultural y económica sin precedentes, y gran parte de las narrativas periodísticas apuntan a la inestabilidad psicológica del presidente Javier Milei, en las plazas, en lugar de protestas o diálogos abiertos sobre la realidad, los jóvenes se reúnen a farmear aura. Un aura azul que indirectamente afecta la abundancia, el agua y las cosechas en los espacios donde el fenómeno tuvo su origen.
Los ríos de la historia suelen conectarse: fue en julio de 2025 cuando Rayyan Arkan Dikha, un nene indonesio de 11 años, conversaba con la BBC. Se había convertido en una celebridad. La web, las redes, canales de televisión, todos hablaban de él. Incluso gran parte del mundo reconocía algo diferente en su postura sobre la proa de una canoa durante una competencia anual de embarcaciones llamada Pacu Jalur.
El Pacu Jalur es parte de la tradición que comparten las aldeas de la etnia Riau en las zonas rurales de la isla de Sumatra, Indonesia. Cuando llega agosto, cada poblado prepara su canoa fina, decorada con colores llamativos, que puede medir hasta cuarenta metros de largo. Entonces los remeros, que se cuentan por decenas, deben articular sus fuerzas en el agua, guiados por un niño que, parado y haciendo equilibrio, va al frente de la embarcación y los alienta. Ese había sido el lugar de Rayyan Dikha. Su imagen, con anteojos negros, en la punta de la ínfima canoa se hizo viral.

Agradecer el agua
La competencia tradicionalmente estaba asociada con tradiciones agrícolas y las comunidades solían despedir la temporada de cosecha con ese colorido evento acuático llamado Pacu Jalur. Era una forma de “alabar las fuentes de agua y la fertilidad agrícola”, cuenta Solahuddin Nasution, investigador de la Universidad de Sumatra del Norte. Con el tiempo, el evento agrario se transformó en una competencia festiva y atrajo a miles de turistas que llegan cada 31 de agosto a las orillas del río Batang Kuantan.
En 2025, filmaciones y fotos cambiaron la vida de Rayyan Arkan Dikha. “Se lo considera la representación definitiva del ‘cultivo de aura’, una frase de internet que designa el acto de lucir genial”, decían por entonces los que intentaban explicar.
Un año después, como si la noticia hubiese viajado en canoa o tal vez en una carabela, la moda del cultivo de aura llegó a las plazas argentinas. Y hasta algunes políticos izaron sus antiquísimos velámenes tratando de subirse a esos vientos: propusieron algún día de agosto como el de “farmear aura”. Y hasta hubo municipios que convocaron a “batallas oficiales”.
Uno de los orígenes de farmear aura proviene del mundo gamer. En algunos juegos en red, como los MMORPG (Massively Multiplayer Online Role-Playing Game), donde miles de personas comparten mundos virtuales, es posible arrebatar energía y recursos a “granjeros” que caen en desgracia o están en condición de debilidad, para conseguir más poder y avanzar a un nuevo nivel.
Originariamente el término “farmer” se asociaba a la idea de producción a gran escala de alimentos y granos bajo el modelo intensivo norteamericano. En la Argentina avanzó sobre los recursos naturales con el modelo de soja transgénica. Cientos de chacareros fueron barridos del sistema por sus competidores. Después, llegaron las granjas digitales. También se llama granjas a los complejos que producen intangibles como bitcoins o energía solar, por ejemplo.
El aura y lo sagrado
Sin embargo, la idea de aura sugiere caminos más antiguos y complejos. Cuenta la mitología griega que Aura era una ninfa de Frigia, que solía cazar junto a Artemisa, diosa de la naturaleza salvaje, la virginidad y los partos. De aspecto masculino, Aura estaba orgullosa de su virginidad y de su fuerza. Las versiones dicen que un día se burló del cuerpo de su compañera de caza. Enojada, Artemisa pidió a la diosa Némesis que la castigara. Y esta le ordenó a Dionisio que violara a Aura. Fue durante un sueño. Cuando despertó, su cuerpo ya no era el mismo. Estaba embarazada de mellizos. En una ira eterna se convirtió en asesina. Iba tras el culpable. Hasta que Zeus la convirtió en brisa. El nombre suele ser espejo del destino. Aura fue brisa. Para siempre.
Esa brisa o ese soplo de divinidad estuvo presente a lo largo de la historia de la humanidad bajo la idea de aura. Muchas de las imágenes de santos cristianos de la Edad Media poseen una especie de aura con forma de almendra llamada mandorla. Los antecedentes de la mandorla pueden bucearse en Pitágoras y en sus seguidores.
Para los pitagóricos la mandorla era una figura sagrada a la que llamaban “vesica piscis” (vejiga de pez). Y surge de la superficie que resulta de la unión de dos círculos idénticos, en la intersección de sus radios. En la santidad cristiana derivó en eso parecido a una almendra que está detrás de los cuerpos de los santos.
También refiere al aura la imagen circular que se sostiene sobre las cabezas de algunas imágenes sagradas. La llaman nimbo. Una especie de luz que también utilizaron los pintores romanos para inmortalizar a algunos de sus gobernantes. Irradiaban luz, a manera de semidioses. Por entonces, Virgilio describía la aparición de las divinidades bajando del cielo “bañadas en luz y brillando a través de una nube”. Esa era la alegoría. Creencias similares sostenían sirios y egipcios.
Según Gerhard Gietmann, autor de la Enciclopedia Católica, hacia el año 600, el papa Gregorio Magno se dejó retratar con un nimbo. Pero con una particularidad: era cuadrado. Esa aura de líneas rectas indicaba al espectador que estaba ante la imagen de una persona viva, a diferencia de las figuras de los santos y ángeles que llevaban aureola circular.
La muerte de Laura
“Resulta fácil imaginar que he elegido el símbolo de L’aura y el símbolo del Aura como dos señales cómodas para indicar el posible comienzo y fin de una época”, escribe el filólogo español Juan Carlos Rodríguez. Habla de Laura de Noves, quien inspiró a Francesco Petrarca para la escritura de su Cancionero. La historia cuenta que Petrarca se enamoró de la mujer en una mañana de 1327 al salir de misa. Laura era una mujer casada. Veinte años después, una carta le avisó al poeta que Laura había muerto, en Avignon. A partir de ese día y durante diez años iba a escribir 366 poesías en su homenaje. La muerte de Laura marca el nacimiento de la modernidad, dice Rodríguez.

“¿Cómo es posible que el gran Petrarca se pasara veintiún años ardiendo y luego diez años llorando por una cuestión amorosa que jamás llegó a realizarse de modo alguno? (…) Me suelo preguntar más bien no tanto quién es Laura sino cómo fue posible que alguien se inventara sencillamente la imagen del amor como una relación de deseo vital y carnal entre lo que he llamado almas bellas y libres. Sencillamente cómo con Petrarca fue posible la invención del amor en el sentido que hemos venido arrastrando hasta nuestros días”, se pregunta Rodríguez.
La primera edición del Cancionero data de 1470. Para el tiempo en el que Colón llegaba a estas tierras, decenas de ediciones lo habían convertido en un clásico. Y ese clásico fue una referencia obligada para interpretar la ideología del Renacimiento. La idea de un amor libre era apenas una de las aristas de la sociedad naciente. A ella le cantaba Petrarca. “Con la muerte de Laura, la idea de amor perdió su pátina nímbica”, dice Rodríguez. El amor se volvió libre y terrenal. Práctico. Ese pragmatismo se iba a extender a otras formas de ver e interpretar el mundo. Las narrativas científicas comenzaban a ocupar un lugar central.
En el siglo XX, Walter Benjamin trabajó en la idea de la pérdida del aura de las obras de arte. Simplificando, el filósofo alemán afirmaba que las pinturas pierden su aura en los procesos de reproducción mecánica de la obra. La copia del cuadro no conserva el aura original, por más que sea idéntica. La narrativa mecanicista para describir el acontecer del mundo se había impuesto mucho antes. La naturaleza era dominada. Y su aura debía desaparecer.
“Aquí solo quiero precisar que no solo se trata de la pérdida del Aura de la obra de arte sino del aura de toda una forma de pensar y de sentir que se suponía nimbada y sublimada en sí misma”, dice Rodríguez en relación a Benjamin.
Narrativas científicas
A partir de esa muerte, la técnica y la ciencia como narrativas de la sociedad naciente parecen dominarlo todo ¿Acaso el aura de las cosas no se ha perdido en los inventarios que Cristóbal Colón, Alexander Von Humboldt o Charles Darwin realizan sobre la naturaleza que encuentran en el Abya Yala? ¿La voracidad les impide a los conquistadores registrar el aura de los templos de Cusco o de Tenochtitlan?
En esa modernidad naciente, en ese saqueo de siglos convertido en rito o en esa acumulación primitiva, las cosas y los hombres pierden el aura. La idea de progreso primero y de desarrollo, después, serán la piedra basal para despojar a los pueblos. Quizás la narrativa de la modernidad solo reservaba el aura para las máquinas, y esa capacidad de reproducción infinita de objetos seriados. ¿A dónde va a parar el aura del trabajador en el proceso de creación de plusvalía? ¿A la mercancía? ¿O al capitalista?
“Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos. Las ciencias, cada una avanzando en su propia dirección, nos han perjudicado poco hasta el momento; pero algún día la suma de todo ese saber disgregado abrirá una perspectiva tan aterradora sobre la realidad, y sobre el espantoso lugar que ocupamos en ella”, escribía Howard Phillips Lovecraft en “La llamada de Cthulhu”.
El fotógrafo Eric Pickersgill retrató durante largo tiempo a personas con la mirada puesta en el vacío de un teléfono celular inexistente. El aura, la luz azul de las pantallas ha desaparecido dejando lugar al vacío. No hay aura. No hay azul. Nada.
Acaso esos rostros iluminados por las nuevas auras busquen en el vacío lo que Pere Brunet llama la ilusión de poder. “La probabilidad es remota pero internet tiene el atractivo de que tal vez lleguemos a ser famosos en la red. Publicar algo en la red con objetivos de notoriedad es un claro ejemplo de amplificación ilusoria”.
“A mí se me ocurrió el baile”, le dijo a los medios Rayyan Arkan Dikha en Indonesia hace algo más de un año. Su canoa convertida en carabela ancló en plazas argentinas donde miles de adolescentes “farmean aura”.
Pero la ilusión de convertirse en viral conlleva costos ocultos para la sociedad toda: hoy una intensa sequía amenaza los campos de arroz de Indonesia, base de la alimentación de millones de niños como Rayyan Arkan Dikha. Los especialistas argumentan que todo podría extenderse por meses, con calores extremos y más sequías. La razón parecen encontrarla en el fenómeno de El Niño que, en 2026, será de una magnitud mayor debido al calentamiento global y al cambio climático. Se han perdido miles de hectáreas y todo amenaza con prolongarse.
Sin embargo, el consumo de electricidad y de agua destinadas a sostener las “granjas digitales” sigue aumentando, y por tanto la contaminación y su incidencia en el cambio. Los data centers (granja de datos) que permiten la digitalización de lo cotidiano requieren hoy unos 485 terawatts hora, por año. Esto equivale a decir que serían el décimo país del mundo en consumo de electricidad, con cifras equivalentes a las de Francia o tres veces más de lo que consume toda la Argentina. Las pantallas requieren cada vez más energía. Al punto que en apenas cuatro años se prevé que ese consumo se duplique y llegue a los mil terawatts hora, lo mismo que consume toda África en conjunto. La naturaleza habrá perdido definitivamente su aura.
Los tiempos oscuros que auguraba Lovecraft parecen estar a la vuelta de la esquina, al tiempo que las grandes corporaciones tecnológicas convierten los últimos recursos naturales en dinero de manera casi automática solo con fomentar que narrativas tales como farmear aura se vuelvan virales y mantengan millones de pantallas encendidas. Millones de auras que se desintegran para que otros moneticen. Rostros que posan. Al borde del vacío. En medio de la noche. Miradas perdidas. Oscuridad profunda a la que todo parece regresar.
