• Buscar

Caras y Caretas

           

“Una novela policial es un juego de ilusionismo”

Guillermo Martínez.

En Un crimen dialéctico, un científico debe asesinar a un hombre que podría entorpecer la transición a la democracia. Guillermo Martínez cuenta los detalles de su nuevo libro.

¿Cómo se construye un policial filosófico? ¿Cuáles son sus desafíos y misterios? El escritor Guillermo Martínez lo resuelve en su nueva novela, Un crimen dialéctico, con una trama múltiple: el narrador y protagonista, un científico que integra una agrupación comunista (el Partido), debe asesinar a un militar retirado que sabe secretos de un candidato político a las elecciones –tras una dictadura– y, a la vez, responde por e-mail disquisiciones sobre el libre albedrío. Para encubrirse, simula que regresó al país (un lugar indeterminado de Latinoamérica) para saber más sobre una planta alucinógena. ¿Cómo lo logra Martínez?

Un crimen dialéctico se lee con velocidad, placer intelectual e intriga policíaca a medida que se van combinando los sucesivos planos del relato. Martínez, también doctor en Matemática, fusiona el tono criminal con el debate filosófico y científico sobre el libre albedrío y mantiene el suspenso –y la riqueza de sus personajes– hasta el final. La novela se editó por Seix Barral, que este año lanzó la Biblioteca Guillermo Martínez: consiste en la reedición de quince libros de ficción y de ensayo del autor nacido en Bahía Blanca en 1962. Un dato más: Un crimen dialéctico está dedicada a su padre, Julio Martínez (1928-2002).

Así revela el escritor las motivaciones de su libro: “En general, cuando pienso en una novela de tipo policial, lo más difícil es tener alguna clase de astucia de narrativa. Que la carta guardada del autor quede a salvo de las miradas astutas de los lectores de novelas policiales, que ya vieron muchos trucos. Es casi como hacer un juego de ilusionismo delante de magos profesionales. Entonces, lo más complejo en una novela policial es encontrar algún resquicio por donde intentar algo que parezca original”. ¿Y con esta novela?

Martínez sonríe: “Hace muchos años que estoy pensando en cuestiones ligadas a la lógica dialéctica. Incluso tengo en mente escribir un ensayo para dar un fundamento matemático del método de la dialéctica: de la noción del opuesto. Entonces, es como si tuviera almacenada una gran cantidad de imágenes que se refieren a los supuestos dialécticos”. En este caso “se me ocurrió que el detalle original de la novela era que a partir de cierto momento el narrador siguiera un plan que requiriera que los personajes actuaran de una manera extremada hasta lo opuesto, que esa es un poco la idea de la dialéctica”.

La dialéctica y el libre albedrío

Allí estará el nudo del crimen y su ocultamiento. Y la serie de reflexiones y debates sobre el libre albedrío “surgió varios años antes, a partir de una discusión muy larga que tuve con un físico y músico muy competente, el tucumano Alberto Rojo –cuenta Martínez–. Él es muy riguroso en el pensamiento que tiene la física sobre el libre albedrío, y ese debate se extendió a otros físicos. Ese intercambio de opiniones me gustó mucho porque me permitió llegar a una formulación propia de la noción del libre albedrío, que es la facultad de los seres humanos de frustrar predicciones sobre sí mismos”.

Y esa facultad está ligada a otra, “que es la de poder anticipar futuros y de poder desarrollar mentalmente alternativas diferentes: es la facultad crítica de la libre elección”. ¿Cómo se las ingenió Martínez para que el tono de discusión científica no obturara el policial? “No sé si lo logré –asume–. Por eso traté de rodear ese tono de cierto drama intelectual, como también tienen las discusiones científicas. Así, busqué darle un contenido más cercano a los sentimientos. Para mí era muy importante, porque, en esa discusión, al narrador se le ocurre ser la cadena causal que va a llevar a la trama a desenvolverse como él cree.”

Así moverá las piezas a su elección, siguiendo su plan de asesinar al militar retirado en una hostería situada en una geografía afín a la del Norte argentino. “Sí, no llega a decirse nunca que sea la Argentina –dice Martínez–. Eso también me tuvo preocupado al principio, y por eso planteé la discusión por e-mail, para emplazar la época, porque ese intercambio sobre el libre albedrío no podía hacerse por carta. Aceptar que la novela no transcurre en la Argentina es el pacto de ficción que le ofrezco al lector. No me parecía mal hacer un país que se pareciera lo suficiente al nuestro, pero que no fuera exactamente la Argentina de 1983.”

Es, dice Martínez, “una especie de collage de países. Es como si fuera la Argentina, pero con un partido comunista fuerte, como se dio en Chile. Solamente me preocupé de difuminar el nombre, las fronteras y la época para que se aceptara que existía el e-mail en ese momento”. Y al militante comunista lo pone en el dilema de aceptar o no la orden del Partido. “No quería hacerle las cosas fáciles en lo ideológico al narrador –asegura Martínez–. Me interesaba buscar la complejidad de la decisión ideológica de participar en un movimiento revolucionario que tiene por definición un horizonte de revolución violenta.”

Eso también se liga con la visión de Martínez: “Para mí no hay forma de hacer algún cambio real si no hay una revolución del tipo barajar y dar de nuevo, como fue de algún modo el 2001. El militante de la novela cree en esta idea de revolución, ya la aprendió así, y de pronto tiene una misión compleja y empieza a ver todos los dilemas humanos involucrados. Eso me parecía muy interesante como problema existencial”. También es una ironía de la historia que tenga que perpetrar un crimen para ayudar a que gane las elecciones un candidato socialdemócrata. Son, como dice Martínez, “los dilemas típicos de la historia”.

¿De qué manera Un crimen dialéctico interpela al presente? “De varias maneras indirectas. Primero, un joven actual ni siquiera tiene en la cabeza que había generaciones de jóvenes que llegaron a entrenarse militarmente en otros países, como el protagonista: que estaban dispuestos a dar la vida por la revolución. Muchos jóvenes de hoy están tratando de convertirse en un criptobro –un inversor en criptomonedas–, y, antes, otros estaban pensando en la revolución socialista. Me parece que eso puede interpelar de alguna manera a la juventud, para que diga ‘¿qué vida nos proponemos?'” Y “también habla del presente mostrar que no toda la discusión pasaba por la democracia, sino por la revolución social”.

Un rol central en la novela es el de la dueña de la hostería, la rusa Irina, y el de su hija Katyusha. ¿Cómo las entiende Martínez? “Yo quería que Irina representara una forma pasional de ver la literatura y el mundo, con esa nostalgia por su vida pasada en Rusia. Ella se vuelve una presa fácil de una relación epistolar con un cura porque es una persona imaginativa acostumbrada a leer. Y Katyusha se siente contenta porque se va a casar. Pero es la única que se da cuenta de que el protagonista tiene un costado comunista y que está tramando algo. Entre las dos mujeres también se da la base dialéctica de la novela.”

¿Qué fue lo más arduo que Martínez tuvo que enfrentar al escribir esta historia? “Todas mis novelas son arduas. La verdad, no puedo decir que la paso bomba como otros escritores. Pero hay cosas muy buenas que aparecen: conexiones, citas, referencias. Para cada novela tengo algo así como una estantería de libros afines que voy leyendo o que traigo del recuerdo. También me dio mucho placer incorporar los versos de ‘Zamba para no morir’. Ahí se da otra conexión importante, porque era la zamba que cantaba el Che Guevara en Bolivia. Me parece que eso está logrado de una manera bastante natural en la narración.”

Más de uno hizo una conexión con el cuento ‘Emma Zunz’, de Jorge Luis Borges. “Para mí fue una sorpresa –reconoce Martínez–, porque yo retomo ese principio, que también está en mi novela Los crímenes de Alicia, de que lo auténtico sea el disfraz de lo falso: mentir con la verdad. Esa no es la idea de ‘Emma Zunz’, pero acepto la asociación. Mi preocupación pasaba por ese dilema del militante: tener que matar o no a una persona. Y creo que con el único que podría hablar de eso honestamente es mi padre, porque él tenía una militancia y podía entender estos dilemas. El conflicto de la novela toca lo intelectual y también lo vital.”

Escrito por
Patricio Féminis
Ver todos los artículos
Escrito por Patricio Féminis

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo