Acercarse a la vida y la obra del escritor argentino Ernesto Sabato (Rojas, provincia de Buenos Aires, 1911-Santos Lugares, 2011) nos obliga, como decía Walter Benjamin, a pasarle el cepillo a contrapelo a la historia. Removemos y desordenamos el pasado, intentamos resignificarlo y recrearlo a la luz de este tiempo que nos toca. “Articular históricamente el pasado –recalca y alerta Benjamin– no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa adueñarse de un recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro.” La revelación apuñala por un instante y aunque mortifica y sangra, también esclarece y renueva. La obra literaria de Sabato (tres novelas y casi una decena de ensayos), su singular persona entre lo íntimo y lo público, su tránsito por casi todo el siglo pasado nos remite, inexorablemente, a la revisión –siempre necesaria y acaso ahora más que nunca– de la historia que nos trajo hasta aquí.
HOMBRE TOTAL
Ubicarlo en algún punto geográfico del mapa de sus múltiples quehaceres resulta dificultoso, porque Sabato fue un hombre sistémico –o también podría decirse total– y acaso poco disociados sus componentes, sus partes, a pesar de lo arborescente (y por eso indomable) que fue su vida a lo largo del siglo XX. Sin embargo, la aguja de la brújula cayó con peso contundente en su obra de ficción. Aunque breve en cantidad, extensa en intensidad y prestigio: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974). Digamos que en particular sus dos primeras narraciones fueron las que lo catapultaron a una fama que se fue profundizando con su participación activa en la vida pública, asumiendo un rol representativo en la cultura en nuestro país.
Aunque la literatura ganó la pulseada, su profesión oficial se centró en la ciencia, más específicamente en la física, diseñando con fuerte impronta las primeras décadas de su vida adulta. Esta vocación había aparecido ya en el colegio nacional de la ciudad de La Plata Rafael Hernández. “Los conflictivos años de mi secundaria –relata el propio Sabato en Antes del fin (1998)–, además del tiempo de dolorosas angustias, fueron también de importantes descubrimientos. El primer día de clase aconteció una portentosa revelación. En un banco no demasiado visible, asustado y solitario chico de un pueblo pampeano, vi a don Edelmiro Calvo, aindiado caballero de provincia, alto y de porte distinguido, demostrar con pulcritud el primer teorema. Quedé deslumbrado por ese mundo perfecto y límpido. No sabía aún que había descubierto el universo platónico, ajeno a los horrores de la condición humana; pero sí intuí que esos teoremas eran como majestuosas catedrales, bellas estatuas en medio de las derruidas torres de mi adolescencia”.
Aunque leía, escribía y pintaba desde niño –la pintura y el dibujo fueron su salvación y su ancla durante los últimos años de su vida–, en ese momento la ciencia empezó a inmiscuirse hasta que se asentó y marcó tendencia a la hora de elegir un camino profesional. Pero ya desde su juventud primera, su derrotero científico se entrelazó con su derrotero político. Durante sus años de estudiante secundario, entre 1924 y 1929, Sabato se había posicionado como anarquista. “Ingresé entonces en un recinto secreto y maravilloso; nos sentíamos como elegidos, hablábamos con entusiasmo durante horas y horas, leíamos folletos que transmitían la buena nueva; participábamos de manifestaciones callejeras a favor de Sandino, Sacco y Vanzetti y generalmente terminábamos corriendo con la policía detrás de nosotros.”
El golpe del general José Félix Uriburu que sufrió el gobierno de Hipólito Yrigoyen en 1930 torció a Sabato hacia el movimiento que tanto prometía en esos tiempos, y hacia donde tantos de sus compañeros presionaban. Se sumó a las filas del Partido Comunista mientras transitaba la primera etapa de la carrera de Física Matemática en la Universidad de La Plata. Años intensos, movidos y calientes: Sabato escribía artículos científicos y también políticos. Estudiaba marxismo hasta el hartazgo. Creía fervorosamente en la revolución –hasta el final de su vida admiró al Che–, enseñó Marx en grupos de estudio y atravesó un buen período de su vida en la clandestinidad utilizando nombres falsos. En plena turbulencia, conoció a Matilde Kusminsky Richter, hija de inmigrantes judíos ortodoxos. Un amor a primera vista que alejó a Matilde de su familia por muchos años: su elección profanaba las bases de su origen. Además, tenía 17 años. Juntos escaparon y juntos enfrentaron el período de clandestinidad. Todo militante de izquierda estaba proscripto.
ENTRE LAS RADIACIONES ATÓMICAS Y EL SURREALISMO
Luego de una militancia exhaustiva y plagada de escollos de todo tipo –incluida su salud–, Sabato decidió alejarse del partido y concentrarse en terminar su carrera. “En rigor, Sabato nunca renegó de las bases del marxismo, sino que, por el contrario, eligió otros canales para cultivar su vocación de defensa del hombre ante cualquier tipo de alienación”, escriben Pablo Morosi y Sandra Di Luca en su magnífico libro Sabato. El escritor metafísico (Marea Editorial). Durante la segunda mitad de la década del 30, se casó con Matilde y obtuvo su doctorado en Física. Tenía 26 años. De ahí en más, comenzaron sus tareas como docente e investigador. Y también sus amoríos. La primera crisis conyugal se superó con la noticia del embarazo: Matilde gestaba a Jorge, primer hijo de la pareja. Y a esto se sumó otra buena nueva: una beca de un año otorgada por la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias que presidía el doctor Bernardo Houssay, futuro Nobel de Medicina. En octubre de 1938, Ernesto, Matilde y el bebé se embarcaron hacia París. Sabato se integraba, de esa manera, al equipo que llevaba adelante las investigaciones sobre radiaciones atómicas en el Laboratorio Joliot Curie de París, la meca de la ciencia.
Pero llegó el agobio. La ciencia demandaba la inteligencia de Sabato. Y, paradójicamente, su inteligencia respondía con soberbia. Pero su deseo no estaba ahí. Una puja solitaria y rabiosa se alojaba en su interior. Sabato leía y escribía a escondidas. Cuando terminaba su horario de trabajo en el laboratorio, escapaba a hurtadillas hacia los cafés de Montparnasse. Otra meca: la del arte. Conoció y trabó amistad con los pintores Óscar Manuel Domínguez Palazón, Wifredo Lam y Roberto Matta. Y luego con el poeta André Breton, fundador del movimiento surrealista. “Me apasionó el surrealismo, por lo que tenía de disparate irracional, de locura lingüística; tras haber estado embretado en las coordenadas científicas, filosóficas y lingüísticas durante toda mi vida, aquello fue como una explosión de liberación.”
Un nuevo amorío de Sabato descontrolado y dionisíaco impulsó a Matilde a regresar con su hijo pequeño a La Plata. “Solo y en París –relatan Morosi y Di Luca– Sabato acentuó su deriva. Durante el día cumplía mínimamente con sus obligaciones y por las noches se entregaba a la desmesura y los desvaríos con los surrealistas en la Ciudad de la Luz. Respondió con evasivas las cartas que Houssay le enviaba desde Buenos Aires, preguntándole, con cierta preocupación, por la marcha de sus actividades científicas.” La Segunda Guerra Mundial sacó a Sabato de Francia. Se mudó a Estados Unidos, donde continuó y finalizó su compromiso como becario. Cuando regresó a La Plata, recompuso la relación con Matilde y retomó su trabajo como docente universitario. “Si bien se esforzaba por cumplir responsablemente con sus obligaciones académicas, los días de Ernesto estaban teñidos por un dilema existencial insoluble: ni la ciencia ni la política habían resultado caminos eficaces para dar respuesta a sus preguntas esenciales acerca de la vida”, relatan Morosi y De Luca. Así que volvió a desviarse en secreto hacia la escritura. Se involucró en la creación de la revista Teseo, donde publicó una reseña literaria, la primera, sobre La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares.
SUR, OTRA VEZ PARÍS Y DESPUÉS
Teseo duró cuatro números, pero funcionó como un trampolín. El escritor y pensador dominicano Pedro Henríquez Ureña, que había sido profesor de Sabato en la escuela secundaria, leyó la crítica con entusiasmo y lo contactó con la revista Sur, en la que Henríquez Ureña participaba como asesor. La primera nota apareció en octubre de 1941: “Max Planck. ¿A dónde va la ciencia?”. De inmediato conoció a Victoria Ocampo y luego se fue integrando a las tertulias de los intelectuales que formaban parte de Sur, entre los que estaban Jorge Luis Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo y José Bianco. Podría decirse que el punto medio antes del traspaso definitivo de la física a la literatura quedó afincado en esos primeros artículos de tono científico que elaboró para Sur y que, además, le abrieron las puertas hacia otros medios, como el diario La Nación.
Siguieron días agitados y sin respiro. Y la necesidad de un lugar apacible donde concentrarse en la escritura. Entonces se mudaron los tres a la sierra cordobesa donde Sabato concibió su primer ensayo: Uno y el universo. A su regreso, se instalaron en la que sería la morada definitiva de la familia: la mítica casa de Santos Lugares. Allí nació Mario, en 1945, el segundo hijo. Y Sabato obtuvo por su libro el Primer Premio Municipal. A pesar de las críticas que recibió de la cofradía científica, incluso de quienes habían sido sus amigos, Sabato se volcó de lleno a la literatura. Houssay le retiró el saludo. Otros lo conminaron a que escribiera algo que pudiera elevarse a una categoría de genialidad, de lo contrario, su traición no habría valido la pena.
Sin embargo, las necesidades económicas lo obligaron, una vez más –acaso la última– a regresar al mundo de la física. Así fue que, a través de sólidos contactos, se candidateó para ingresar en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Su notable currículum y cartas de recomendación bastaron para obtener un cargo como asistente del director del Departamento de Ciencias Naturales del organismo. El sueldo era en dólares, pero tenía que vivir en París, precisamente en el mismo edificio en el que los intelectuales más destacados de Occidente elaboraban la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que se aprobó el 10 de diciembre de 1948. A los dos meses de su estancia en París, Sabato cerró la última puerta. Tomó un tren hacia Italia. Luego compró una máquina de escribir portátil. Y durante las dos semanas que estuvo recorriendo el país de sus ancestros, empezó a pergeñar El túnel, su primera y contundente novela, que terminó de escribir, meses más tarde, ya en Santos Lugares.
EL ESCARABAJO DE ORO
Sabato celebró la Revolución Libertadora de 1955. A Perón lo consideraba un tirano demagogo. Pero poco a poco comprendió, y admitió, que el movimiento peronista representaba y acompañaba a los más vulnerables. En ese contexto, alzó la voz contra las torturas ejercidas durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu a los militantes presos. Cuando en 1958 asumió la presidencia Arturo Frondizi, Sabato, persuadido por su histórico amigo Rogelio Frigerio, aceptó un cargo como director de Relaciones Culturales en el Ministerio de Relaciones Exteriores, al que renunció al poco tiempo por sus discrepancias políticas. Atravesaba, en esa época, el último tramo de escritura de Sobre héroes y tumbas, su gran obra. Mientras tanto, por la casa de Santos Lugares desfilaban jóvenes inquietos, artistas, intelectuales, políticos. Entre ellos, apareció un grupo de promisorios escritores que hacían una revista literaria llamada El grillo de papel. Censurada por decreto durante el gobierno de Frondizi, el grupo, integrado por Abelardo Castillo, Liliana Heker y Vicente Battista, entre otros, encaró una nueva publicación. “Ya que le gustan tanto los bichos y que ama tanto a Edgar Allan Poe, póngale El escarabajo de oro.” Así le habló Sabato a Castillo, según relata Carlos Ulanovsky en Paren las rotativas. Y con ese nombre, una de las más destacadas revistas literarias se mantuvo en la calle durante catorce años.
NUNCA MÁS
Sabato tenía 72 años cuando se puso al frente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep). Pocos días después de haber asumido la presidencia de la Nación, en diciembre de 1983, Raúl Alfonsín lo convocó para ser la cabeza de ese organismo. Sabato dirigió un equipo conformado por destacadas figuras provenientes de diferentes disciplinas, que llevaría a cabo una investigación sobre las vejaciones y los crímenes cometidos desde el Estado durante la dictadura militar que acababa de terminar. Ese informe quedó registrado en el libro Nunca Más.
En mayo de 1976, a dos meses del golpe, el presidente de facto Jorge Rafael Videla había invitado a almorzar a un grupo de escritores entre los que estaban Ernesto Sabato y Jorge Luis Borges. “Quienes siguen criticando a Sabato por haber asistido a aquel almuerzo parecen desconocer los motivos que lo impulsaron a hacerlo y el hecho que durante los oscuros años de la dictadura militar reclamó más de una vez por los desaparecidos –defiende enfática la periodista Julia Constenla en Sabato, el hombre. Una biografía–. A propósito de las denuncias sobre la desaparición de Haroldo Conti cabe agregar que, durante los años siguientes, Sabato continuó colaborando con quienes en el país hacían reclamos para conocer el destino del autor de Mascaró (…) La publicación de artículos en los que cuestionaba duramente la falta de libertades en el país, su relación con los organismos de derechos humanos, los encuentros con la comisión de la OEA que vino a la Argentina durante el régimen militar y los duros meses de trabajo como presidente de la Conadep parecen no ser suficiente descargo ni ayudan a comprender las actitudes de un hombre que, según opinión de sus detractores, ‘no dijo bastante’, ‘fue tan cómplice como complaciente’, ‘es un gorila sin redención’.” De hecho, en agosto de 1980, Sabato, Borges y Bioy Casares firmaron una solicitada en el diario Clarín en la que le reclamaban al gobierno la lista de los desaparecidos.
Tanto en el documental realizado por su hijo Mario, Ernesto Sabato. Mi padre como en Antes del fin, su testamento literario, Sabato expresa lo que significó la experiencia del Nunca Más: “El horror que día a día íbamos descubriendo dejó a todos los que integramos la Conadep la oscura sensación de que ninguno volvería a ser el mismo, como suele ocurrir cuando se desciende a los infiernos”. Pero también, hay que decirlo, se equivocó a la hora de intentar explicar lo inefable, otorgándole responsabilidad absoluta a los militantes de las organizaciones armadas ya prácticamente desintegradas: “En los años que precedieron al golpe de Estado de 1976 –escribe en Antes del fin–, hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos criminales de la más baja especie, representantes de fuerzas demoníacas desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no solo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes”.
Esta posición reduce, de alguna manera, la mirada hacia la tan refutable “teoría de los dos demonios”. Parafraseando a Rodolfo Mattarollo, abogado y miembro fundador de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu) durante su exilio en Francia, al equiparar a ambos participantes y ubicarlos en la misma línea de lucha se relativizan los crímenes del terrorismo de Estado y se diluyen las responsabilidades de “determinados actores concretos en la sociedad civil y en el plano internacional, que fueron cómplices de la dictadura militar: casi toda la cúpula de la Iglesia católica, representantes de la gran empresa, muchos dirigentes políticos y sindicales, los grandes medios, ciertas personalidades todavía en boga”.
La vida y obra de Sabato constituyen un eje imprescindible a la hora de repasar la historia argentina “a contrapelo”, desde lo literario, cultural y político. Un hombre de genio y de acción que recibió innumerables reconocimientos y premios a nivel internacional, como el Cervantes en 1984 y la posibilidad de exponer sus pinturas en el Centro Pompidou en París, en 1989. Un hombre tumultuoso por dentro y con estrella hacia afuera. También falible. Y, a veces, equivocado. También lúcido. Y sensible y cáustico: “Con qué indignación he visto, en un día de huelga nacional, con despótica soberbia, a la policía arrojando al suelo la comida que unos obreros preparaban en sus ollas populares. Y entonces me pregunto en qué clase de sociedad vivimos, qué democracia tenemos donde los corruptos viven en la impunidad, y al hambre de los pueblos se la considera subversiva”.
