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Caras y Caretas

           

La muerte en tiempos de verdades digitales

Como en un videojuego, la tecnología aplicada a la guerra y la narrativa que la sustenta construyen “bajas” justificadas en el marco de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.

Corren minutos interminables. Es una noche cualquiera de mediados de marzo de 2026. Unos 20 mil marineros están varados a bordo de más de quinientos barcos en el estrecho de Ormuz, frente a las costas de Irán. La neblina digital es un fantasma que sobrevuela las pantallas. Miedo. Engaños. Nadie sabe quién es quién. Ni dónde irá. Algunos emiten datos falsos para evitar ser bombardeados o alcanzados por un dron acuático. El mundo está aglutinado en esas pocas millas náuticas donde nada parece real. Los capitanes parecen no confiar en los sistemas de navegación satelital ni en los datos que les brindan las empresas de seguimientos de cargas globales. Menos aún en sus propios sentidos. Su barco puede ser el próximo. Se apegan a la información que envían decenas de cámaras dispuestas alrededor de cada buque, administradas por inteligencias artificiales. En medio del engaño, de la guerra electrónica, emerge una verdad digital. Y son inteligencias artificiales las que crean esa verdad digital sobre la que basarán sus decisiones los algoritmos financieros que le ponen precio al mundo. Truth digital es, expresado en un inglés global, el neologismo que gobierna a los marineros del siglo XXI. Truth digital. Tan neblinoso el término, que hasta los buscadores se confunden. Y los algoritmos devuelven como resultado una búsqueda cualquiera, en primer lugar, el término Truth Social, seguido de la cuenta de Donald Trump en su propia red. Esa desde la que, diariamente, se enuncian amenazas y se justifican bombardeos y muertes.

Fue en Truth Social, el 2 de septiembre pasado, cuando el presidente de los Estados Unidos comunicó lo siguiente: “Esta mañana temprano, por orden mía, las fuerzas militares de los Estados Unidos llevaron a cabo un ataque cinético contra narcoterroristas del Tren de Aragua identificados positivamente por el Comando Sur de los Estados Unidos. El Tren de Aragua fue nombrado como  organización terrorista extranjera, que opera bajo el control de Nicolás Maduro, responsable de asesinatos en masa, tráfico de drogas, tráfico sexual y actos de violencia y terrorismo en los Estados Unidos y el hemisferio occidental. El ataque se produjo mientras los terroristas se encontraban en el mar en aguas internacionales transportando narcóticos ilegales con destino a Estados Unidos. El ataque provocó la muerte de 11 terroristas en combate (…) Por favor, que esto sirva de aviso a cualquiera que esté pensando en introducir drogas en los Estados Unidos de América. ¡CUIDADO! ¡¡¡¡¡Gracias por su atención a este asunto!!!!!!!!!!!”. 

Después, la imagen se repite hasta el hartazgo en las pantallas: se puede ver en blanco y negro una silueta parecida a la de un bote. Una cámara cenital lo muestra navegando. Todo se parece a un juego de pésimo diseño. Un sobreimpreso avisa: “desclasificado”. Después algo explota en la imagen. El bote desaparece. “En lugar de interceptar [el barco], por orden del presidente, lo volamos. Y volverá a suceder… El presidente tiene derecho a eliminar las amenazas inmediatas a Estados Unidos”, dice Marco Rubio, el hijo de cubanos anticomunistas que oficia de secretario de Estado de la administración Trump. Su rostro permanece imperturbable.

Sin justificación

Al otro lado de las pantallas, millones de personas consumen la narrativa. La pixelización de la realidad de la que habla el sociólogo francés Éric Sadin se convierte en una simple pixelización de la muerte. En medio de esa explosión que muestra el video, el receptor intuye que alguien muere. Pero para la narrativa no mueren once personas, mueren once terroristas. Asistimos a la pérdida definitiva del derecho a la vida en pos de la seguridad del imperio. El dedo índice buscará la próxima noticia. Nada que decir. No comment.

Solo algunos periodistas norteamericanos se preocuparon ante versiones de sobrevivientes que fueron simplemente abandonados en medio del mar o bien, junto al bote ya de campana y aferrados a la supervivencia, asesinados cruelmente desde el aire. La administración Trump primero lo negó. Después, intentó justificar. Mar. Víctimas indefensas denominadas terroristas. La retórica se parece en demasía a la de la Escuela de las Américas y el Plan Cóndor.

Dos meses después del primer ataque, las Naciones Unidas emitieron un comunicado oficial: “Se informa que más de sesenta personas han muerto en la continua serie de ataques desde principios de septiembre en circunstancias que no encuentran justificación en el derecho internacional”, dijeron. Volker Türk, un abogado austríaco que se desempeña como alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos “instó a Estados Unidos a detener sus ‘inaceptables’ operaciones y tomar medidas para prevenir la ejecución extrajudicial de personas a bordo de estas embarcaciones, cualquiera que sea la conducta delictiva que se les impute”. Cuando el 2 de enero de 2026 tropas estadounidenses invadieron Caracas y secuestraron al entonces presidente Nicolás Maduro, las muertes en el Caribe ya eran más de 120. Y hacia mediados de marzo, cuando los ojos pixelados reflejaban ya las bombas sobre Irán, los ataques sumaban 46 y los muertos 159.

“Hoy quizás estemos intuyendo que el adiós anunciado al cuerpo, el adiós anunciado a las facultades de nuestro espíritu, es también un adiós anunciado a nuestro impulso vital y una insidiosa bienvenida a la muerte. Y puesto que en esta vida zombi la muerte está en todas partes, es normal que los muertos que ya no están con nosotros, lleguen desde hace algún tiempo a confundirse, por ciertas correspondencias con nuestra condición de muertos vivos”, escribe Éric Sadin en La vida espectral. No hay nombres, no hay restos, no hay memorias. 159 supuestos terroristas ya no están. Y en medio, la fijación de los cuerpos frente a pantallas, testigos de un asesinato a distancia. Como si fuera otro juego más. Game over. Y una verdad digital que ni siquiera se discute.

La otra verdad

Foto: (Xinhua/Hu Yousong)/ NA.

Mientras los reportes de las agencias internacionales omiten nombres de los cuerpos, se aferran a la narrativa de la tecnología de precisión de las muertes. Así el 1° de marzo informaban que el Gerald Ford, “el portaaviones más grande del mundo”, ya había dejado el Caribe para posicionarse sobre el Mediterráneo apuntando hacia Irán. Para entonces, una lancha dron cargada de explosivos había impactado contra un petrolero registrado bajo bandera de las islas Palau. Los informes dijeron que en el incidente murieron dos marineros, entre ellos su capitán. Sin nombres. Tampoco hubo registros del nombre del marinero hindú que murió al día siguiente a bordo del MKD Vyom.

Y en medio de la escalada de violencia, el 12 de marzo algunos portales publicaron que fuerzas norteamericanas habían atacado un barco australiano. Sonaba extraño. Tanto que horas más tarde esa versión desapareció, sin dejar rastros. Entonces dijeron: “El video dura cuarenta segundos. Una lancha motora enfoca uno de los costados del buque petrolero Safesea Vishnu, frente a la costa de Umm Qasr, en el sur de Irak. Es la medianoche del miércoles. El agua está tranquila. Una fuerte explosión, seguida de otra, probablemente generada por la primera, provoca un incendio en el buque y levanta una enorme columna de humo. Es un ataque. La pequeña embarcación que graba la escena aguarda unos segundos hasta emprender la marcha a toda velocidad hacia el noreste, en dirección a Irán. Durante ese instante, uno de los tripulantes grita: ‘Alá es el más grande. Destrucción de un petrolero estadounidense en la zona norte del golfo Pérsico. ¡A tu servicio, Jameneí!’. Cuando la cámara capta la proa en llamas del Safesea Vishnu, a su lado asoma otro carguero, el Zefyros. Las dos embarcaciones estaban haciendo un trasvase de carga de una a otra. El portavoz de la lancha se identifica como miembro de la Fuerza Naval del Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica, puntal militar del régimen iraní. Unas horas después, el precio del barril de crudo Brent superaba los 100 dólares”.

Para esas narrativas, el mundo se detiene, porque todo parece detenido alrededor del estrecho de Ormuz. Y como todo se detiene, la cotización del crudo de petróleo sube. Y los especialistas hablan de la posibilidad de una crisis energética sin precedentes. Son 540 barcos. Esperan. Su carga vale unos 30 mil millones de dólares, informa el sitio Marine Industry News. Se han convertido en fantasmas. Fantasmas que pueden ser atacados a distancia por otros fantasmas. De pronto, la realidad fantasmagórica de la que hablaba Sadin se ha materializado.

Campos minados digitales

El estrecho de Ormuz se ha convertido en un “campo minado digital” donde “la coerción y el engaño digital están transformando el comercio global en tiempo real”. Los fantasmas deben engañar ahora a otros  fantasmas. Y detrás de esos fantasmas el miedo. Y los datos de una realidad fantasmagórica que se traslada en tiempo real a los “mercados digitales”.

“La sociedad pierde su sustancia: ya no es un conjunto formado por cuerpos vivos o inertes, todos distintos e irreductibles, que nos llama a experimentar lo real por nosotros mismos, a evaluar, a actuar, a comprometernos, a articularnos infinitamente con los demás y con los azares. Se convierte en atonal, desvitalizada, fantasma, se ve sustituida por un mecanismo de relojería muy sofisticado, concebido para hacer aparecer, en cualquier instante o lugar, el mejor de los reales posibles. Un real refabricado”, escribía Sadin hace apenas un par de años. Pero, en el estrecho de Ormuz, ese real refabricado no alcanza para avanzar a tientas en medio de la neblina digital. Del engaño que los propios dispositivos inteligentes fabrican escudados bajo el miedo real de los humanos ¿Cuál es la realidad? ¿Cuál es la verdad? ¿La de los cuerpos muertos o la de los sistemas que sostienen identidades falsas para poner a salvo vidas sin nombres?

Según Saleem Khan, director de datos y análisis de Pole Star Global, “los datos sugieren que los barcos están utilizando cada vez más sus señales de seguimiento para transmitir mensajes políticos en un intento de evitar convertirse en objetivos”. Algunos barcos que salen de la región han comenzado a transmitir destinos inusuales como “Propiedad china, toda la tripulación” vía AIS, una señal que puede interpretarse como una súplica: no disparen, no somos su objetivo.

Aproximadamente uno de cada quince barcos presenta “anomalías posicionales sospechosas”. Estos incluyen embarcaciones que parecen “saltar” grandes distancias, desaparecen brevemente de los sistemas de seguimiento antes de reaparecer o muestran patrones relacionados con la interferencia de sus sistemas de navegación GPS y el AIS (Sistema de Identificación Automática, en su sigla en inglés).

Los expertos en seguridad naval afirman entonces que “la visión por computadora y la inteligencia artificial al analizar continuamente los datos visuales de las cámaras (incluidas las cámaras térmicas) permiten contar una capa adicional de datos” independiente de la información de la percepción humana, de los sonares y de los navegadores satelitales. Es que, ante las señales falsas, la verdad digital parece tener una entidad mayor. Una verdad digital, una realidad digital que se impone como narrativa frente a lo que se presenta como el fantasma de lo real.

“Estos asaltos llegan hoy en día a abolir nuestra soberanía individual y la de la comunidad social y política, como resultado del dominio, que pronto será total, de un cierto complejo técnico económico hegemónico”, escribe Sadin. La verdad digital, esa que se parece demasiado a la enunciada por Trump a través de sus redes, no tiene más base ontológica que los algoritmos diseñados para garantizar la reproducción social del capital, con una mínima intervención de los cuerpos.

El complejo tecnológico digital y financiero montado por el tecnoliberalismo define, a través de esas verdades digitales, los objetivos que las finanzas globales deberán alcanzar. No hay consultas ni debates sobre quiénes sufrirán las consecuencias. Más allá, en el anonimato del mar, espera simplemente la muerte. La degradación constante de los derechos humanos y de la justicia. Más acá de las pantallas, cuerpos abúlicos apenas permanecen consumiendo realidades fantasmagóricas. Acaso scroleando sus propias muertes.

Escrito por
Roy Rodríguez Nazer
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