• Buscar

Caras y Caretas

           

Exilio, la vida entre paréntesis

Como una película de terror, huir del propio país y tener que vivir en otras culturas por la fuerza representa un acto de salvajismo que deja huellas indelebles.

Imaginen el argumento posible de una película. A partir de 1974, y especialmente desde marzo de 1976, el terror dejó de ser un género cinematográfico porque algún tenebroso director dispuso que cientos de miles de protagonistas argentinos salieran del país, perseguidos por la inseguridad y por el miedo. Se fueron a los piques, a las apuradas, por donde pudieron, a pie o en avión. Se alejaron voluntariamente o mayoritariamente por la fuerza, apretados por el salvajismo de un gobierno de facto dispuesto a todo. Partieron con lo puesto, quemando las naves de la confianza, de la esperanza, del corazón. Fueron muchos los que se salvaron en el minuto de descuento. Se trata de una película estrenada en los peores cines y que nunca más quisiéramos volver a ver.

Cifras aproximadas, tentativas, consideran que fueron entre 500 mil y dos millones de personas las que buscaron refugio en el extranjero o las que eligieron perderse en la Patagonia, en las sierras cordobesas o en el distrito bonaerense más secreto. Las cifras no ofrecen certezas, así como es doloroso e innegable –salvo para la porfía provocadora de los negacionistas– el número de los 30 mil desaparecidos y cientos de apropiados. Para ellas, para ellos, pobres, no hubo exilio que valga.

Cada tanto, el país, tan destacado en el siglo 19 y parte del 20 por sus fronteras abiertas, las cierra y empieza a mimetizarse en una Argentina violenta y expulsiva. A nuestro puerto llegaron, y se sintieron bienvenidos, millones de inmigrantes en busca de una existencia mejor y fueron mayoría los que se afianzaron y se quedaron. Ahora mismo se encuentra en marcha una política de hostigamiento a los extranjeros muy difícil de entender, porque, de la mano de procedimientos que fueron cosa de todos los días durante la dictadura, encuadra como malvenidos a trabajadores esforzados y cumplidores con las leyes.

Durante la grave crisis social, política y económica previa y posterior al 2001, la de salir desde Ezeiza se convirtió una vez más en una elección masiva. En los desdichados años en que cada ciudadano era un blanco móvil el exilio no solo significó la alternativa de seguir vivo. Para quienes tuvieron que asumirlo, también representó un profundo cambio de paradigmas: emocional, existencial, profesional, cultural y la toma permanente de desafíos nuevos y de aprendizajes inesperados.

Lejos de su lugar seguro, por necesidad y urgencia, “uno va fundando patrias interinas”, según el buen decir de Mario Benedetti, que tras salir de su Uruguay se convirtió en ciudadano del mundo. Frente a la circunstancia ineludible de tener que empezar desde cero más de una vez y de refundar y reforzar la identidad lastimada, el exilio se instala en nuestra vida como guardián de la memoria vivida. Así lo certificó el gran poeta uruguayo, cuando facilitó para los tiempos el término “desexilio”. Un enorme hallazgo poético (lo prueban numerosos textos de su autoría), pero no necesariamente una contracara del exilio. Por haberlo vivido, pienso que la situación de exilio no tiene fecha de vencimiento.

ARGENMEX

Se le atribuye al escritor y periodista Mempo Giardinelli el derecho de autor de la palabra argenmex. Le debe haber salido más de las tripas que del intelecto porque fue también uno de los tantos argentinos que llegó a México exiliado (recomiendo la lectura de su novela Esto nunca existió, de 2022). Cuando quien esto firma vivió en México soñaba con personas, lugares y olores de Buenos Aires. Ahora, en mis sueños, aparecen con frecuencia lo conceptual del “ahorita” mexicano, la Villa Olímpica en donde mis dos hijas fueron felices o el aroma de un convincente platazo de chilaquiles, que me voy comiendo de a poco.

Sentimientos similares me transmitieron amigos a quienes la situación argentina los eyectó a distintos puntos, desde San Pablo a Francia, desde Venezuela a Nueva York, para atravesar esa experiencia personal y única que es el destierro. El exilio es lo que les permitió vivirlo y también contarlo. Son muchos, demasiados. Solo por mencionar algunos: el que integró a su calendario personal los meses rigurosos con poca luz natural y nieve en Suecia; los que, aún pasado el tiempo, siguen recordando con ensoñación il tramonto en Roma o, como escribió para siempre Osvaldo Soriano, cuyos destinos fueron Bruselas y París: “El exilio no es una mala palabra, pero es algo que te pone entre paréntesis”.

Escrito por
Carlos Ulanovsky
Ver todos los artículos
Escrito por Carlos Ulanovsky

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo