Hay veces en las que una breve frase, casi podría decirse una sentencia, sintetiza con claridad largas parrafadas de explicaciones teóricas o justificaciones sobre la implementación de medidas de política económica.
“Si la actividad no levanta, la reforma laboral sola no va a generar empleo”, dijeron sobre el proyecto que debate el Congreso, casi a coro, analistas, economistas y hasta pequeños y medianos empresarios, estos últimos en off, claro, como suele ocurrir cada vez que el empresariado está en la vereda de enfrente del gobierno de turno.
Esto es lo que parece estar generando el proyecto de Ley de Modernización Laboral, un título aparentemente inocuo, y a la vez un envase edulcorado, para “vender” una reforma laboral, que tal como esgrimieron varios legisladores durante los debates en el Congreso, tiene poco de modernización y mucho de flexibilización de las condiciones de trabajo o vuelta a épocas ya superadas en el mercado laboral.
El objetivo declarado del Gobierno es la creación de empleo, siguiendo aquel meneado razonamiento según el cual nadie quiere entrar a un lugar del que le cuesta mucho salir.
Es decir, si despedir es “caro” por un cúmulo de regulaciones, entonces no hay incentivos para contratar trabajadores y, por lo tanto, el empleo se mantiene estancado. Con la reforma laboral –sostienen en despachos oficiales–, se removerá ese obstáculo y las nuevas contrataciones comenzarán a fluir.
Analistas y economistas de distintas vertientes ya están poniendo paños fríos a tanta euforia oficial. “El empresario toma crédito si tiene demanda. Si no, te dice: ‘¿Para qué quiero el crédito si no tengo demanda?’ Y el incentivo a tomar empleo es exactamente el mismo”, señaló esta semana en una entrevista radial el economista Carlos Melconian.
Y agregó: “Cualquiera que crea que con la reforma laboral llegaste a la Luna, se equivoca; el incentivo para tomar empleo es igual al de tomar crédito: si el empresario no tiene demanda, no contrata”.

Arena de combate
El proyecto casi con seguridad será sancionado este viernes 27 de febrero, justo al filo de las sesiones extraordinarias del Congreso. El voto mayoritario de la primera versión del proyecto en el Senado, incluyendo el ya famoso y polémico artículo 44 que establecía rebajas salariales a trabajadores con licencias por enfermedad, fue aprobado con cambios en Diputados. Entre las modificaciones, lo primero que voló fue justamente el artículo 44.
Entonces el proyecto volvió al Senado y en tiempo récord obtuvo dictamen favorable de las comisiones de Trabajo y Previsión Social y de Presupuesto y Hacienda, para ser votado –avalando los cambios en Diputados– por la mayoría de senadores libertarios junto a sus aliados el próximo viernes.
En la lógica del Gobierno, esta es la llave maestra que abrirá la puerta a la contratación de nuevos empleados, pero en una economía que no crea empleo privado, en blanco y con aportes a la seguridad social desde hace más de una década, el argumento suena a voluntarismo.
Algunos datos duros de la economía llevan a pensar que hoy la economía real está crujiendo y no logra encaminar un rumbo de crecimiento sostenido, que es el que verdaderamente generará la ampliación de las plantillas de las empresas. Esto más allá de que, por ejemplo, el Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) dio en diciembre –último dato difundido por Indec– un interesante 3,5 por ciento de incremento respecto del mismo mes de 2024 y 1,8 por ciento en términos desestacionalizados.
Con eso se logró que en el acumulado de los doce meses el PIB creciera en 2025 4,4 por ciento, pero ojo, eso es comparado con un año anterior en el que cayó -1,8. Es decir que parte del salto es rebote o recuperación, no crecimiento genuino.
Otro dato para evaluar es que la industria manufacturera, la construcción y el comercio mayorista y minorista son los grandes “perdedores” del modelo libertario, a manos de las industrias extractivas y la producción de materias primas como el petróleo y gas, la minería y la agroindustria, además del sector financiero, por lejos, el que más creció en los últimos dos años.
El punto central aquí es que mientras industria, construcción y comercio son los principales generadores de empleo, y están en caída, los “ganadores” son más bien capital intensivos y poco demandantes de mano de obra. Así, el empleo se resiente, los salarios no logran recuperar el terreno perdido frente a la inflación y la consecuencia natural es una demanda débil.
Por último, el uso de la capacidad instalada de la industria se ubicó en diciembre en 53,8 por ciento, menos incluso que el 56,7 por ciento de diciembre de 2024. Es decir, que casi la mitad de las máquinas en la Argentina, incluyendo todos los sectores relevados por el Indec, están apagadas.

Empleo “africanizado”
Lejos de pensar cómo dar respuestas y protección a empleados y empleadores en los nuevos empleos surgidos en el marco de economías de plataformas, o la incorporación de tecnologías como la inteligencia artificial, la digitalización de procesos o la Industria 4.0, el proyecto de reforma laboral que impulsa el Ejecutivo parece más una vuelta al pasado que un camino hacia el futuro.
“No es un proyecto de modernización. Es un proyecto de eliminación de todos los derechos establecidos por la modernidad en el último siglo y de reducción de la capacidad de negociación de los trabajadores, desprotegiendo al trabajo argentino frente al capital, que se vuelve cada vez más poderoso y arbitrario”, explica Alberto “Pepe” Robles, abogado laboralista y director de Investigaciones del Instituto del Mundo del Trabajo “Julio Godio”.
Robles sostiene que el proyecto “es un retroceso importante”, y explica que no tiene ningún artículo inspirado en los regímenes laborales más modernos del mundo como los de Noruega, Suecia, Dinamarca, Nueva Zelanda o Alemania.
Además, “el proyecto no tiene ningún artículo orientado a modernizar las relaciones de trabajo y la formación profesional, teniendo en vista el aumento de la productividad mediante la incorporación de inteligencia artificial y otras tecnologías modernas en los procesos productivos”.
Robles sostiene, sin vueltas, que se trata de un proyecto de “africanización” del trabajo argentino, que toma como modelo las antiguas prácticas del capitalismo salvaje, impuestas en los países más pobres del mundo.
Y en paralelo, dice que el proyecto va de frente en contra de la Constitución Nacional (artículo 14 bis, “El trabajo será protegido”) y la Doctrina Social de la Iglesia, que establece el principio de prioridad del trabajo frente al capital.
En el proceso de producción el trabajo es siempre la “causa eficiente primaria”, mientras que el capital, considerado como el conjunto de los medios de producción, “es solo un instrumento o la causa instrumental”.
