Ana Castellani es doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Conicet. Su especialidad es el estudio de las élites económicas argentinas. Eso la ha llevado a explorar la relación entre Estado y el establishment desde la dictadura y particularmente durante el período menemista. Es autora, entre otros, del libro Estado, empresas y empresarios. La construcción de ámbitos privilegiados de acumulación entre 1966 y 1989 (2009) y coordinadora de Radiografía de la élite económica argentina (2016) y, junto a Alfredo Pucciarelli, de Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal (2014).
–¿Fue el menemismo una disrupción total en la historia del peronismo? ¿O hay en los orígenes, naturaleza o derrotero del movimiento antecedentes que permiten explicar el fenómeno menemista y el viraje al neoliberalismo?
–En términos doctrinarios, indudablemente el menemismo constituye una ruptura con el peronismo. Los principios doctrinarios básicos del peronismo de soberanía económica y política y justicia social no se plasmaron en la política pública que llevó adelante el período menemista. En cambio, en el estilo del liderazgo, de conducción política y de construcción de poder, el menemismo es claramente identificable con el peronismo. Yo no diría que Menem fue un presidente peronista, di- ría que renegó de los principios fundamentales de la doctrina justicialista con el argumento de que debía aggiornarlos a los nuevos tiempos históricos de fin de la Guerra Fría y auge del neoliberalismo y de la profunda crisis económica que había deja- do el gobierno de Alfonsín.
–¿En qué consistieron los cambios a la doctrina peronista?
–Fue un cambio radical, sobre todo en lo que hace al rol del Estado en la economía, que Menem trastocó por completo para adecuarlo a la impronta neoliberal. Tampoco es un neoliberalismo puro el del menemismo, porque el Plan de Convertibilidad, que fue su gran éxito en tanto permitió la estabilidad económica, era todo lo contrario de los principios neoliberales. Era neoliberal en los procesos de reforma estructural que fueron muy en línea con el Consenso de Washington: privatizaciones, apertura y desregulación de los mercados. Por eso no se puede decir que fue una orientación de política pública peronista.
–En términos estrictamente políticos, ¿cómo caracterizarías al menemismo?
–Es un gobierno que utilizó, primero, una herramienta de hegemonización al interior del partido. Menem, luego de vencer en la interna, recogió a todos los idos de esa interna y los incorporó al gobierno, articuló con los gobernadores y con la Cámara de Diputados de su propia fuerza política, que condujo hegemónicamente por lo menos en su primera presidencia. En la segunda presidencia tuvo más dificultades con otros aliados estratégicos, como el sindicalismo. Una novedad política fue haber articulado con los partidos de la derecha más tradicional neoliberal, como en ese momento era la Ucedé, hasta terminar absorbiéndolos. Algo muy similar a lo que está ocurriendo ahora entre Milei y el Pro. Tuvo una innovación social y electoral particular, que fue conjugar el apoyo de los sectores más altos y más bajos de la sociedad.
–¿Cómo caracterizás al período menemista en términos sociales y económicos?
–Hubo profundas transformaciones económicas y sociales que siguen vigentes hasta nuestros días. En términos económicos, Menem optó directamente por una alianza con las élites. Apenas ganó las elecciones, anunció al CEO de Bunge y Born como ministro de Economía. Así y todo, durante su primer año y medio de gestión, hasta el plan de Convertibilidad, no logra resolver la situación económica. Hay pautas estructurales que se construyeron en el mercado laboral, en la distribución del ingreso y en la matriz productiva con los niveles de extranjerización que después costó revertir. El retiro del Estado, la pérdida de gobernabilidad sobre servicios esenciales básicos, sigue siendo un problema hasta el día de hoy. La cuestión de las legislaciones profundas que se hicieron sobre recursos naturales, las propiedades de estos por parte de las provincias en las reformas que se introdujeron en 1994, son también de difícil reversión y dificultan un gobierno centralizado de esas riquezas. En el aspecto social, dejó a un tercio desintegrado y a dos tercios integrados en nombre de esa estabilidad tan preciada por la ciudadanía. Contrario a lo que su- cede durante el siglo XXI gracias a las políticas que se implementaron a partir de Duhalde y sobre todo con los gobiernos kirchneristas, un tercio de la población quedó desamparada, sin ninguna protección. Tenías al 40 por ciento de las personas mayo- res de sesenta años sin cobertura, incluso en salud más allá del hospital público. No tenían ingreso, no tenían acceso a ninguna jubilación y pensión. Y los que quedaban estaban desempleados, excepto casos muy puntuales que cobraban seguro por des- empleo porque estaban en blanco, no había ningún tipo de transferencia como existe hoy para las niñeces y para los trabajadores informales.
–¿Qué factores confluyen en el plano internacional y local para dar lugar al fenómeno menemista?
–En el contexto internacional, los cambios producidos por la caída del Muro de Berlín, la caída de la URSS, el ascenso de las ideas del Consenso de Washington como las únicas posibles para los países de América latina y del Este europeo. Todos estos países entraron en un proceso de reforma estructural de características similares en cuanto a la velocidad y el impacto que generaron sobre sus poblaciones. Fueron cambios muy profundos en relación con el rol regulatorio, productor y en la propia morfología del Estado. Se redujo la administración centralizada, proliferaron los descentralizados. Sin duda, la gran reforma del Estado fue en los 90. Las privatizaciones tuvieron gran impacto sobre territorios que dependían mayoritariamente de la actividad de alguna empresa pública, como YPF. En el plano local, el fracaso de la gestión económica del gobierno de Alfonsín es causa notable para explicar el menemato. El proceso disciplinador que había acarreado la hiperinflación habilitó esta idea de poder hacer reformas estructurales que el peronismo históricamente no había avalado, como las privatizaciones.
–En relación con la figura de Menem, ¿cómo caracterizarías su liderazgo? ¿Qué innovaciones trajo a la política argentina y cuáles se parecían a las de Perón?
–Hay más diferencias que similitudes. Menem no tenía pensamiento estratégico como Perón a la hora de imaginar el país del futuro. La innovación que trajo Menem en el estilo de liderazgo es la farandulización de la política. Él se convirtió rápidamente en una especie de estrella a pesar de provenir de la política tradicional y profesional. Aunque no era un outsider, enseguida fue utilizando elementos del espectáculo materializados en el episodio de la Ferrari, la participación en partidos de básquet y fútbol, los romances con las vedet- tes, la foto con los Rolling Stones. Esas actitudes más livianas, frívolas de los políticos arrancan con él. Con Menem la política se banaliza, frivoliza y faranduliza. Después la corrupción, que se volvió estructural y se materializó hasta en el contrabando de armas, una aduana manejada por una persona que era su pariente, el escándalo del frigorífico Swift por coima, el del Banco Nación. Todo eso contribuyó al deterioro y a la desafección del electorado de la política. En eso no se emparentó para nada con el peronismo. Sí tuvo construcción política peronista: juntar a todos y armar un movimiento lo más amplio posible incluso para implementar una orientación más regresiva de la política pública.
