Un viejo libro de más de setecientas páginas aparece polvoriento y arrumbado entre muchos otros en una alta estantería de la Fundación Jesed, una ONG situada en el barrio de Once que recibe y entrega donaciones a, cada día, más miembros necesitados de la comunidad. La mitad del libro está escrita en idisch, el idioma de las aldeas judías de la Europa oriental, la otra en castellano. Su título, en letras doradas sobre tapas rígidas, y también en ambos idiomas, es aún más sugestivo: Vida y obra del Dr. Naum Yarcho. ¿Quién merecería semejante homenaje?
La respuesta en internet y la IA parece ser escueta, a juzgar por todo lo que contendrá ese volumen. Y es que, en efecto, que sea su nombre el que lleva el actual hospital municipal de la localidad de Adolfo Alsina, Entre Ríos, o que su historia ocupe uno de los capítulos, “El médico milagroso”, de la obra Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff, parece poco frente a un doctor que aparentaba ser, además, psicólogo, terapeuta, filósofo, filántropo, juez, alquimista, curandero, chamán, tzadik.
La obra, fechada en 1953, comienza haciendo referencia al año anterior, cuando en el Centro Israelita entrerriano se conforma la comisión de homenaje al cumplirse cuarenta años del fallecimiento de este médico, y donde al iniciar la reunión, el cooperativista Zenon Goldstraj señala a Yarcho como un médico al que “le preocupaba la salud del alma antes que la del cuerpo”, y que “como hombre fue un gran médico, pero como médico fue aún, más grande hombre”, anunciando luego las diversas iniciativas que se llevarán adelante para homenajearlo, entre ellas la confección del libro en cuestión, añadiendo, para despistar a actuales nostálgicos de un supuesto pasado bucólico, que para esos tiempos de inicios de los años 50, “la ciencia se ha enriquecido asombrosamente, pero el público a fuerza de leer avisos específicos o divulgaciones pseudocientíficas sabe o cree saber demasiado, discute con el médico y hasta le sugiere tratamientos. Otros tiempos, otros hombres, otra sensibilidad”, como también mencionará otro integrante, que “existen almas nobles y corazones generosos, espíritus que se conservan inmunes del contagio del egoísmo, de esa enfermedad que mata el sentimiento y que pervierte el alma de la sociedad y de los pueblos”, dando la seguridad de que Yarcho “no era el médico que especula con las enfermedades del prójimo, sino el amigo sincero, generoso e inteligente que corría a tender su mano bienhechora al desventurado que sufre, rico o pobre, católico, mahometano, budista, o israelita, niño o anciano, porque era su semejante, sufría y era un doliente que reclamaba un auxilio humanitario”.
En el libro se reunirán recortes de los diarios La Razón, Di Idische Zeitung y El Colono Cooperador, así como recuerdos y testimonios como los del exdiputado socialista Adolfo Dickman, quien lo definió como un médico que “examinaba el cuerpo en cuerpo y alma, un ángel tutelar de los enfermos”; poemas como el de Salomon Savitzky, quien escribe sobre el “terapeuta de la fe y la esperanza. Filósofo profundo y maestro sublime. Vive Noé Yarcho, tu nombre inmaculado. Con el fulgor infinito de tu gloria. El hombre, la simiente, el arado. Soberbio altar erige en tu memoria”, y obras literarias como la de Gerchunoff, dedicadas todas al “Santo de Domínguez” que por 25 años atendió a pueblos originarios, gauchos e inmigrantes judíos en diversas colonias de Entre Ríos, y Buenos Aires.
Una vida dedicada al prójimo

Contarán que nació en la ciudad de Minsk, Rusia, en 1860, y sorteando el numerus clausus, es decir, la cuota porcentual a la que podían acceder los judíos, logró estudiar en la Universidad de Kiev, de donde egresó a los 23 años con una tesis que quedó como la más premiada entre las mil que se habían presentado hasta entonces. Huyendo de la persecución zarista, recaló y trabajó en hospitales de Alemania y Londres, hasta que acudió a un llamado del barón Hirsch, financista de las colonias judías en Entre Ríos y Buenos Aires, al ver la oportunidad de cumplir su anhelo de “asistir a los humildes, los débiles, los sufrientes, y desgraciados, viendo que muchos de ellos estaban en las colonias de Argentina”. Fue así que en 1891 se radicó en Villaguay, donde vivió junto a su familia hasta su temprana muerte en julio de 1912. Se lo describe como “delgado, faz olivácea, ojos negros de terciopelo líquido, suave la expresión sonriente de la boca y los ojos, siempre húmedos, como si cada dolor humano mereciera para él el lubricante cordial de una lágrima. Fino psicólogo, tenue y sutil ironista, filósofo amable. Actuó en una época en la que la ciencia médica iniciaba su vuelo triunfal y su práctica no estaba respaldada por esclarecimientos radiológicos, bacteriológicos, electrocardiogramas y las mil y una adquisiciones que enriquecen el acervo científico. Talento, caudal de amor, extrahumana bondad”. Y allí comienzan a enumerarse sus milagros, no solo en sus curas, sino en su presencia. “En lluvias y tormentas, en fríos y borrascas, allí iba el abnegado galeno al trotecillo sanchezco de unos caballejos, leguas y más leguas, y al llegar al rancho inhospitalario y paupérrimo, la frase siempre oportuna, una sonrisa y la acariciada mirada de sus ojos que jamás miraban airados”, donde “los desgraciados le pedían consuelo, ánimo los desesperados, alivio los dolientes, los desamparados ayuda”.
Los testimonios de quienes fueron atendidos y lo conocieron iban desde aquellos que recibían recetas que, en lugar de medicamentos, eran vales para adquirir comestibles –“la enfermedad era el hambre” diría Yarcho– hasta quienes observaban cómo aceptaba ir a parajes lejanos por personas que finalmente no necesitaban más que una compañía –“prefiero hacer 99 viajes en vano antes que descuidar un caso grave”–, así como su labor de mediador entre colonos de diferentes aldeas de Europa oriental, de gauchos o de aborígenes, “malentendidos culturales que Yarcho mediaba”, bajo la idea de “comprender la psicología de las sencillas masas”.
También llamado el “médico de las almas”, Yarcho planteaba que en las aldeas rusas los judíos vivían con la preocupación de su subsistencia diaria, comían poca carne, pero no se quejaban tanto de enfermedades, mientras que en la Argentina vivían una vida apacible, con buena alimentación y sin peligro a ser perseguidos por un policía o gendarme, pero el problema, aducía, era que le faltaban el par de horas espirituales que cada judío poseía diariamente en las aldeas de Lituania, Polonia, Jerson y Besarabia. Allí cada uno de ellos sostenía, sin importar si era herrero, comerciante, almacenero o empleado, sabía que debía ir a la sinagoga y rezar, tras lo cual conversaban y retornaban al hogar con nuevas historias.
La elogiosa referencia a la Argentina era una constante en la prédica de Yarcho, que solía “curar” a los nostálgicos exiliados recordándoles el contraste de este país con los padecimientos de la pobreza y el antisemitismo en la Europa oriental: “Si las cosas andan mal al principio, ¿ya ha terminado todo? El sendero de todo judío consiste en tener valor y esperar épocas mejores”. Yarcho mismo había elegido venir a la Argentina tras llegar al convencimiento de que los judíos debían encontrar un país “para transicionar al trabajo productivo, acercándose a la naturaleza, saliendo de la muralla de los guetos, abandonando las ocupaciones precarias como el comercio o el burocratismo”. En cierta ocasión, José Benjamín Zubiaur, rector del Colegio de Concepción del Uruguay y posteriormente director de Instrucción Pública del Ministerio de Educación, fue invitado a recorrer junto a Yarcho algunas escuelas de la colonia en los alrededores de la Estación Domínguez, tras lo cual señaló que el médico tenía “un alto respeto y cariño por la patria argentina en que él y sus compatriotas, víctimas de persecuciones odiosas y seculares, habían encontrado refugio, el cual les proporcionaba posición, fortuna, libertad”, y resaltó que “contrariando una creencia general” sobre los judíos rusos que poblaban aquellas campiñas, “ellos tenían buenas escuelas en las que no descuidaban las enseñanzas del idioma y de la historia nacional”.

El combate contra el tifus
Posiblemente, su actuación más relevante haya sido su trabajo como médico del hospital San Gregorio Nuevo y de la Jewish Colonization Association al frente del combate a la epidemia de tifus que comenzó en 1894 con un caso en la colonia de Villaguay, para registrarse al poco tiempo seis en la de Sonnenfeld, quince en la de Feinberg y nueve en la de Vélez, que llegaron a totalizar 230 casos, todo lo cual Yarcho registró en el primer estudio médico de una epidemia de tifus en la Argentina. Tras el desborde de los hospitales, llevó a algunos enfermos a su propia casa, lo que provocó el contagio de su propia esposa, María Sajaroff de Yarcho. Según uno de los autores del texto, Isaac Kaplan, el rol de esta mujer tendría la misma relevancia que el de Yarcho. “Hija de una rica familia judía que abandonó sus comodidades sociales e intelectuales de la vida urbana para instalarse en un desierto, mucho se ha escrito del idealismo del Dr. Yarcho, pero no debemos olvidar a su fiel compañera, quien sufrió junto a su marido todas las dificultades e incomodidades. Yarcho no hubiera podido llevar adelante su cometido sin su esposa”, escribe, y añade: “No estoy llamado a juzgar que exige más fortaleza de carácter, más fuerza espiritual, si el humilde y tranquilo estoicismo o la lucha abierta en el ámbito social. De acuerdo a mi humilde opinión exigen más valentía y consecuencia los estoicos puesto que los francos luchadores se ven impelidos por una íntima ambición. Ellos son estimulados por una opinión pública y nunca están solos, siempre poseen un partido, un sector o una profesión que los ayuda moral y materialmente en su misión, mientras que los estoicos están solos, nadie los ve, ni los escucha, ni los estimula. Allí estaba la tolstiana María Sajaroff de Yarcho”.
La temprana despedida

Las crónicas del libro narran que, enfermo de tuberculosis a los 48 años, hasta los últimos momentos conservó toda la integridad de su entereza moral, sin abatirse por la proximidad de la muerte. Pidió a su esposa un cigarro, dio tres bocanadas y lo arrojó diciendo “el tabaco ha sido mi predilección y el humo mitigador de muchas preocupaciones, ahora ya mi organismo no lo admite, lo rechaza, no puedo fumar más y este es el síntoma, la predicción inequívoca de que la muerte me acecha y está ya muy cerca de mí”. No habló más, añaden, y sus ojos se cerraron hasta las dos de la madrugada, “hora en que volvió a reabrirlos para lanzar una mirada en que iba envuelto todo el cariño de alma noble y la despedida eterna a los que lo rodeaban en su lecho de muerte”, como su anciana madre de 88 años, su esposa e hijos, y sus amigos, tras lo cual “entró en un período agónico” que duró hasta la siete y media de la mañana del miércoles.
Para esa hora, prosigue la crónica, la gente se agolpaba en el telégrafo provincial para confirmar la noticia. Y horas después, “las herramientas de los agricultores que dan la vida se dejaron por momentos para consagrar a la muerte toda su atención”, tras lo cual se improvisaron rápidamente dos comisiones: una para organizar la ceremonia judía y otra para que lo despidiera la totalidad de la comunidad a la que había atendido, así como las delegaciones oficiales provinciales y nacionales.
Durante el cortejo, acompañado por tres mil personas y desde una tribuna improvisada, uno de los asistentes tomó la palabra: “Tenemos aquí en nuestra presencia el símbolo del amor mutuo y de la paz, porque Yarcho lo que más recomendó durante su vida fue la confraternidad y la ayuda recíproca. Si alguna vez esa confraternidad y la paz peligra, acordaos del nombre de este ilustre muerto que ha sido un modelo de virtudes y un ejemplo de amor mutuo, legándonos con ese amor y esas virtudes sus más profundas enseñanzas”.
Yarcho, añade el libro, “no pertenecía ya a una etnia y religión, sino a todas las etnias y a la religión universal basada en el amor al prójimo”, y rememora palabras que el mismo médico había proferido: “El tesoro más grande, la satisfacción más pura que a la conciencia del hombre puede serle inefable y halagarlo al descender a la tumba es la de haber sido bueno cumpliendo en la existencia con los deberes que el sentimiento de caridad y filantropía imponen. Yo no he ambicionado riquezas, no he perseguido glorias ni honores, he procurado tan solo el bienestar de mis semejantes y por eso vuelvo tranquilo y satisfecho a la insensibilidad del no ser. Sed también vosotros buenos, con el necesitado, cuidad con solicitud al pobre enfermo, trabajad sin descanso por todos vuestros progresos y por la mayor exaltación y prosperidad de este pedazo de suelo de la Argentina, donde se nos ha acogido con respeto y con cariño, donde hemos formado nuestro tranquilo hogar y donde hemos venido a tener una patria que nos ha cobijado con su generoso manto de las libertades y garantías”.
