En tiempos en que la paz es reemplazada por el estruendo de lo mediático y el tiempo corre detrás de la vorágine de las redes sociales, reencontrarse con canciones que alguna vez nos mostraron un horizonte de esperanza se convierte, sin dudas, en un acto revolucionario. En este contexto, a ratos desesperanzador, las obras de León Gieco se presentan como un refugio frente a la individualidad hegemónica de nuestra época.
La primera vez que lo vi, durante los festejos del Centenario de Rivadavia, la luz no solo lo iluminaba, sino que también dejaba entrever un universo completamente nuevo. Compartiendo escenario con los integrantes de Mundo Alas, León mostró un esplendor que trasciende a su propio ser.
Quince años después, en el Teatro Argentino de La Plata, durante un recital a beneficio de la Asociación Miguel Bru, que reclama justicia por el joven desaparecido, torturado y asesinado por la policía en 1993, ofreció un show más sereno. Sin embargo, hubo algo que no cambió con el tiempo: la fuerza de sus canciones y de su interpretación.
En canciones como “El país de la libertad” o “Pensar en nada” se puede escuchar en León a un ser de grandeza compartida. Habitualmente, las luces del escenario apuntan al artista principal por encima de sus acompañantes; con León, esa lógica queda desarticulada. Los reflectores lo alumbran, pero él se asegura de no ser el único iluminado, mostrando que existe un mundo que lo rodea y que merece ser visto y escuchado.
En Rivadavia, iluminó a sus acompañantes, dejando ver a personas que, por razones sociales, económicas, culturales o políticas, habían permanecido escondidas detrás del telón. En cambio, en el Teatro Argentino compartió escenario con Alejo León y Joana Gieco, su hija. Parado a un lado, en la oscuridad que suele envolver a los sonidistas y al equipo técnico, bailó las canciones de sus invitados y se mostró realmente feliz cuando Estela de Carlotto, presidenta de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, subió al escenario y bailó al ritmo de “Hoy bailaré”, para deleite y emoción del público.
Más allá de su postura en el escenario, Gieco logra visibilizar al otro a través de sus canciones. A lo largo de su carrera como cantautor popular ha logrado ampliar el horizonte de los telones.
LA MEMORIA
La violación de los derechos humanos en la última dictadura cívico-militar-eclesiástica argentina (1976-1983) sin dudas fue uno de los acontecimientos políticos que marcó la carrera del cantautor. En “La memoria”, publicada en el álbum Bandidos rurales (2001), hace un recorrido sobre hechos que conmocionaron a la sociedad desde el último gobierno de facto y los gobiernos democráticos que lo siguieron. En este marco, algunos de los sucesos que marcaron a gran parte del pueblo argentino fueron la Ley de Punto Final (1986), que buscaba frenar los juicios por crímenes cometidos durante la dictadura, y los decretos que indultaron a varios militares y civiles, incluyendo a los comandantes de las Juntas Militares. En este sentido, León recuerda: “El engaño y la complicidad de los genocidas que están sueltos, el indulto y el Punto Final a las bestias de aquel infierno”.
En esta canción también recuerda a los desaparecidos que hubo en la dictadura y cómo las políticas económicas y sociales ampliaron las diferencias y condenaron a una parte de la sociedad a la marginalidad y al hambre. Aunque la última dictadura fue uno de los momentos más resaltados de la canción, no fue el único. En su letra mencionó a los muertos por los atentados de la embajada de Israel
en Argentina (1992) y de la AMIA (1994).
La indiferencia nunca fue algo que haya caracterizado a León Gieco. En “Solo le pido a Dios”, canción del álbum 4o LP (1978), el artista inicia con un pedido: “Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente”. ¿A qué dolor se refiere? En la letra se puede sentir que habla de las heridas de la guerra, la violencia y las injusticias que atraviesan las personas.
El artista vuelve a hacer alusión a la memoria, pero esta vez desde una perspectiva diferente: habla de la memoria colectiva de un pueblo que cae en las garras de un traidor. Menciona además la presencia de un monstruo que es “grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Aunque no especifica de qué criatura se trata, puede ser escuchado como una sumatoria de males que entristecen la vida de los pueblos.
Atrás en el tiempo Gieco lanzó “Hombres de hierro”, una canción que denuncia la brutalidad del poder y la obediencia ciega de quienes lo ejercen. En esta obra no recurre a metáforas complejas para denunciar y nombrar directamente a los responsables: “Hombres de hierro que no escuchan la voz, hombres de hierro que no escuchan el grito, hombres de hierro que no escuchan el llanto”.
La canción fue escrita en los años previos a la dictadura, que derivó en un país atravesado por la censura, la represión y la violencia política. En ese contexto, Gieco alumbra la importancia de las ideas, que –a diferencia de los cuerpos– no pueden ser aniquiladas. “Gente que avanza se puede matar, pero los pensamientos quedarán. Puntas agudas ensucian el cielo como la sangre en la tierra, dile a esos hombres que traten de usar a cambio de las armas su cabeza”, canta.
Las críticas hacia el accionar de las fuerzas de seguridad también aparecen en “El ángel de la bicicleta”. En diciembre de 2001, Claudio “Pocho” Lepratti, un joven militante social, fue asesinado por el agente Esteban Velásquez en la escuela 756 del barrio Las Flores, Rosario, donde trabajaba como auxiliar del comedor. La canción –compuesta por Luis Gurevich e interpretada por Gieco– delata la crueldad de las fuerzas de seguridad y recupera en parte las últimas palabras del joven: “¡Bajen las armas, que aquí solo hay pibes comiendo!”.
Las problemáticas del trabajo infantil y de las políticas implementadas en los años 90 también fueron abordadas por Gieco. En “El imbécil”, del álbum Orozco, da cuenta del modo en que una parte de la sociedad miraba –o dejaba de mirar– a sus propios compatriotas. “Sos de los que quieren que los chicos estén pidiendo guita y comida en las calles. Cerrás las puertas de tu auto falo cuando los chicos te piden un mango”, canta.
El reclamo por los derechos de los pueblos originarios es un símbolo de lucha del cantautor.
En “Cinco siglos igual” (1991) refleja de las heridas que sufrieron y siguen sufriendo aquellos que son realmente originarios de nuestra tierra. León también menciona cómo el paso del tiempo y del hombre no han logrado subsanar todo el daño que se ha hecho. “Hijos de nadie, cinco siglos igual, muerte contra la vida. Gloria de un pueblo desaparecido”, condena.
