Sin ellos, la historia de nuestro continente se hubiese escrito con otras palabras. Distintos serían los ecos de aquellas contiendas que regaron de abismo la vida de tribus e imperios. Los tiempos y los modos de la campaña, el color atroz de las crónicas, aquel primer impacto emocional de la conquista, demoledor en muchos casos, no hubiera sido el que fue sin los frenéticos relinchos de los primeros caballos que hollaron América, trotando como el viento por las playas, dejando el punzante sonido de los cascabeles.
Y bien distinta hubiera sido aquella cacería sin esos perros de ojos furiosos, dientes enormes y diabólicas cabezas, que ladraban su sed de sangre con la boca rebosante de espumarajos grises.
Sin entrar en disquisiciones morfológicas, que existen, claro, debe decirse que los europeos cuidaban más a sus equinos que a su propia vida, y en la repartija de los saqueos, los jinetes cobraban más del doble que los de pie. En rigor, para muchos de ellos, primero estaba Dios y luego su caballo.
Asombro, pánico, sorpresa, curiosidad, cautela: todo se manifestó en los ojos de una población autóctona que, hace más de cinco siglos, observó cómo desembarcaba de sus “casas flotantes” toda la desopilante parafernalia de la Europa del siglo XV. La magnitud de aquella primera escena ya revela dosis de vulnerabilidad entre los obligados anfitriones ante la potencia de un mundo desigual.
Hombres rubios y castaños, ataviados con corazas de un metal resistente, con sus barbas crecidas y desprolijas, y sus cascos, y sus filos mortales. A la contundencia emotiva de esa primera imagen, se sumarían de inmediato el andar de los caballos –en su mayoría, se cree, andaluces– y el ansia de aquellos perros, adiestrados para despedazar todo lo que se les señale, binomio que sería decisivo en el complejo entramado de la historia.
Sobre todo a comienzos del siglo XVI, ambos serán provistos de “armaduras” que cubrirán partes sensibles de sus cuerpos. Desde la Edad Media, sobre todo, el incentivo tecnológico de pequeñas industrias del hierro permitió dotar a ambos cuadrúpedos de “bardas de pecho”, armaduras que cubrían el cuerpo y la cabeza de los caballos, así como el porte de los perros. Por supuesto, estribos, espuelas, herraduras, eran parte clave de esta producción siderúrgica.

II
Si bien los paleontólogos señalan la existencia de un tipo prehistórico de caballo americano, se especula que la entrada en escena del hombre en el continente fue provocando su paulatina desaparición. Los caballos, tal como los conocemos y admiramos hoy, fueron traídos a América por Cristóbal Colón en su segundo viaje, allá por noviembre de 1493. Alrededor de 1.400 personas llegaron entonces, en una escuadra de diecisiete naves, repletas de semillas, pequeños animales de granja, herramientas de todo tipo, sacerdotes con sus biblias, unos quince caballos y otros tantos perros de inusitado tamaño y colosales lenguas colgantes.
En un comienzo, los caballos son percibidos como verdaderos monstruos, centauros. Jinete y animal son una sola entidad, y se los llega a interpretar como divinidades carnívoras o bien devoradoras de metales, por el freno de hierro añadido a sus a veces ensangrentadas bocas. Las primeras refriegas de la caballería española contra los nativos antillanos –caribes y taínos– evidencian el abismo existente entre ambos bandos: los corceles, excitados al límite, generan pánico, pisando y arrastrando cuerpos semidesnudos, atravesados por el filo atroz de las lanzas.
Se trata de verdaderas carnicerías, que generan horrores en la imaginación de los dueños de estas tierras. Truenan los arcabuces, pero el caballo es un arma esencial, distinta de todas las otras por su carácter práctico y sobrenatural. Si durante la batalla un caballo resulta herido o muerto, se intenta retirarlo de la contienda con el objetivo de que el animal no pierda su aureola inmortal.
Caballos y españoles arrasan todo. Y esa música insufrible de relinchos y cascabeles anuncia el vendaval de la sangre que se precipita. Todo es parte de un castigo divino venido de no se sabe dónde. Y así fue, hasta que la noción sobrenatural del caballo fue perdiendo compostura con el paso del tiempo, y el animal comenzó a ser blanco de flechazos y cerbatanas emponzoñadas. Ante esta nueva realidad, los caballos volvieron a ser lo que eran, animales, aunque sin perder en nada su enorme potencial guerrero.
Esta percepción mágica del poderío de los caballos se da tanto entre las tribus antillanas, como en Centroamérica y la zona norte de América del Sur –primeros testigos de la conquista–, como en los enormes imperios azteca e inca. Hernán Cortés comienza su periplo en febrero de 1519, con unos quinientos hombres, diez cañones de bronce, 17 caballos y unos diez perros. Por su parte, Francisco Pizarro inicia su invasión del Perú en enero de 1531, con 164 hombres, 62 de ellos a caballo, además de un número indeterminado de canes.
En México, los embajadores del emperador Moctezuma describen al soberano aquellos “ciervos” que al ser montados alcanzan “la altura de los techos”. Casi lo mismo sucede con las descripciones de los mensajeros de Atahualpa en tierras peruanas. En las afueras de Cuzco, Pizarro, ante la falta de hierro, manda incrustar en los cascos de sus caballos herraduras de plata, cobre u oro. (Allí mismo, en el “ombligo del mundo” inca, casi dos siglos después, las cinchas de cuatro caballos pugnarían por despedazar el cuerpo de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru).
En tierras imperiales, las refriegas son tan dramáticas que dejan “lagunas de sangre” en el terreno, según las crónicas. El cronista Bernal Díaz del Castillo, en tierras mexicanas, describe la estupefacción de los jinetes europeos ante la “ofrenda” de esos cuerpos nativos que concluyen deshechos. Los caballos –también los perros– son los oídos del conquistador: cualquier intento de ataque nocturno puede ser prevenido por los bramidos y el nerviosismo de los animales.

III
Ya desatada la conquista en tierra firme, los pueblos americanos implementan tácticas de lucha más sofisticadas contra los invasores. Se cavan fosas, grandes y pequeñas, con lanzas venenosas en la superficie y paja que disimula el artilugio. Los hoyos más estrechos buscan la probable quebradura de una de las patas del equino y el posterior desbande del jinete.
Los caballos, en fin, juegan un papel decisivo, siempre dentro de una estrategia militar aceitada. Bernal Díaz confiesa: “El éxito de la conquista, después de a Dios, se debe a los caballos”. En la repartija del saqueo, el jinete cobra lo que dos o más soldados de infantería. En un comienzo, ante su escasez, su costo lo hace casi inaccesible y su valor muy superior al de cualquier otro tipo de armamento. Se realizan trueques de esclavos por un caballo.
Avanzado el siglo XVI, llegan más y más ejemplares, y en las Antillas se desarrolla con éxito la cría de equinos, ya americanos, listos para ser incorporados en las nuevas expediciones. En tanto, los avatares de la conquista dejan cientos de caballos abandonados en distintas regiones del continente y, en la segunda parte del siglo XVI e inicios del XVII, decenas de tropillas salvajes trotan por llanuras abiertas, reproduciéndose de manera acelerada.
En ese contexto, varios pueblos nativos comienzan a relacionarse con estos solitarios caballos sin dueño, que son domados con increíble destreza por futuros jinetes de excepción, desde Canadá hasta Tierra del Fuego.

IV
Los caballos que apuntalan la conquista tienen nombres que, a través de los años, quedan muy asociados a sus dueños. Buena parte de los cronistas no se esmeran demasiado en anotar estos detalles, aunque muy pocos, como Garcilaso de la Vega y Bernal Díaz, le birlan al olvido estas señales. Hoy podemos saber que Hernán Cortés tuvo ciertos inconvenientes en definir cuál sería su montura. Debido a la muerte de su primer caballo, muy bueno, de pelaje zaino, consiguió otro oscuro, llamado “Arriero”, que combinaba con otro bautizado “Molinero”. Más adelante, ya en plena campaña, concluyó montando su silla en otro escultural caballo castaño oscuro, “Romo”, muerto más tarde en combate.
El capitán Juan Velázquez de León, también en tierras mexicanas, monta una yegua muy envidiada, “La Rabona”. El propio capitán Garcilaso debe recurrir a un préstamo para adquirir su caballo “Salinillas”. También, “Pajarillo”, apodado así por su extrema rapidez, es la montura de Hernández Girón en Perú; “Ocón”, con dueño poco claro, es famoso por su ferocidad y llega a cumplir el papel del perro al mordisquear en las refriegas a su eventual enemigo. En Mesoamérica, solo los venados pueden compararse a la anatomía de los caballos. En tierras peruanas, Gonzalo Pizarro anda con dos caballos: uno castaño, “El Villano”; otro, “El Zainillo”, corcel negro de buen porte. Y “Roldanillo”, cuyo amo es el jinete Francisco Cofré, también hace de las suyas en la campaña contra los aguerridos araucanos en territorio chileno.
Así como es un arma sofisticada, el caballo cumple también el ingrato destino de calmar la hambruna. Se mata caballos, al igual que perros, cuando la situación se torna drástica para la continuidad de la vida y la campaña. Por lo general, las órdenes llegan de las altas jefaturas, y los propietarios de los caballos deben asentir, sí o sí.
Matar un caballo para ser devorado sin previa autorización tiene como destino inevitable la horca o el garrote. Basta observar con atención la iconografía del fuerte levantado durante la primera fundación de Buenos Aires (Pedro de Mendoza) en 1536, a orillas del Río de la Plata, atribuida al ilustrador y cronista alemán Ulrich Schmidl, en la que se puede apreciar, fuera de los límites de la fortificación, a tres españoles ahorcados en el patíbulo, por haber robado un caballo para alimentarse (véase el primer texto de Misteriosa Buenos Aires, de Mujica Láinez, titulado “El hambre”, y su memorable descripción).
Y aún se conservan el Códice Florentino o el Lienzo de Tlaxcala, en los que se representa la dura derrota española sufrida por las huestes de Cortés al huir de la zona perimetral de Tenochtitlan, actual Ciudad de México, en junio de 1520, bautizada “La noche triste” por el cronista López de Gómara, donde un nutrido grupo de caballos murieron ahogados en el amplio entramado de zanjas y canales, junto con al menos 250 españoles. Los prisioneros, incluidos indígenas aliados, junto con las cabezas de numerosos caballos fueron parte de los sacrificios posteriores. Actualmente, se conmemora este episodio como “Noche Victoriosa”.
V
No fue sencillo para la población nativa admitir que esas moles en movimiento fuesen perros. En el continente existían perros, pero muy pequeños, inofensivos, lo que hoy llamaríamos perros “gozque”, domésticos, que apenas si ladraban; “perros mudos”, así definidos por los españoles, considerados también alimento.
En cambio, los perros depositados en suelo americano, medianos o inmensos, más que animales son verdaderos “soldados” adiestrados para matar, rápidos y vigorosos, con un olfato que todo lo descubre. Comúnmente se los denomina “alanos”, en referencia a un perro que vivió en épocas remotas en el Oriente europeo y luego se expandió por todo el continente. Se estima que por sus rasgos y contextura, la raza que desembarca inicialmente en las Antillas se asemeja bastante a lo que hoy es un gran danés o un dogo.
Nada nuevo es esto para los europeos: a través de la historia podemos ver a este tipo de perros en regiones asiáticas o en la antigua Grecia, así como en algunas batallas de expansión del Imperio romano y en la conquista de la Gran Canaria, a fines del siglo XV. También son un arma de guerra en el largo proceso de reconquista española del dominio musulmán en la Península: hay registros tremendos de las desbandadas que provocan estos gigantes en las formaciones musulmanas.
Si sus habilidades son terribles, su aspecto genera pavor. Tal vez la descripción más cruda la da el cura Bernandino de Sahagún, cronista de agudeza asombrosa: “Perros enormes con orejas cortadas, ojos de fiera de color amarillo inyectados en sangre, enormes bocas, lenguas colgantes y dientes en forma de cuchillos, siempre jadeantes, salvajes como el demonio y manchados como jaguares”.
Entre quince y veinte de esos canes trae Colón en su segundo viaje. En las primeras acciones de combate, la estampida de perros corriendo delante de la caballería y de los hombres –en ese orden– genera intenso espanto entre los nativos, quienes, más allá de acciones de heroicidad, son lacerados, despedazados por punzantes dientes.
Algunos nativos condenados a muerte sucumben bajo la furia de los alanos. A esta acción se la conocerá como “aperrear”, es decir, “hacer justicia”. Y las órdenes se cumplen a rajatabla: cuando hay que destrozar “rebeldes”, los perros lo hacen. Son utilizados también como método de tortura, para amedrentar prisioneros y escuchar angustiantes confesiones.
Su olfato señala sin mayores equívocos la presencia de nativos en montes y árboles ubicados a mediana distancia. Con sus hocicos en alerta permanente, provistos de “escaupiles” (especie de “coraza” de algodón resistente para defenderse de los flechazos), los alanos se convierten en los mejores guardianes: cumplen funciones de ataque y defensa. En los embates militares contra grandes imperios, los canes también tienen una actuación decisiva. En parte del territorio chileno suplen las posibilidades del caballo: araucanos y mapuches plantean estrategias de defensa y contraataque en zonas cordilleranas, de casi imposible andar para la caballería, mientras los perros no dejan de escalar.
En tierras mexicanas Cortés utiliza unos pocos perros en su camino hacia la majestuosa Tenochtitlán, y en los documentos se describe a los “alanos” con las narices “contra el suelo, siguiendo las huellas y jadeando”. Los nativos son obligados a fabricar punzantes cadenas de oro como collares para los canes. En 1513, en Panamá, los perros “bravos” de Vasco Núñez de Balboa destrozan cincuenta miembros de una tribu que, según las confusas explicaciones de entonces, son “viciosos” que mantienen relaciones homosexuales y aparente travestismo, “por lo que tantos pecadores deben ser ajusticiados”.
El horror comporta –por si no bastase– la posibilidad de que grupos de nativos “aperreados” terminen siendo alimento de los canes. En etapas de escasez, o bien en formato de “premios”, los peninsulares dan vía libre para que a la carnicería humana se sume la patética comilona. El dominico fray Bartolomé de las Casas describe estos episodios en México, Pascual de Andagoya en Panamá. Sebastián de Belalcázar, en Colombia, autoriza “ir a cazar indios con ellos –los perros–, para cebarlos y darles de comer”. Y también hay escritos en los que se señala a un “encomendero” por tener “cuartos de indios para alimentar a los perros”. Por supuesto, no todos los “aperreamientos” concluyen en alimento, aunque estos hechos son parte visible –y aceptada– en numerosos puntos del continente.
En el periplo de Balboa hacia el Pacífico –el “Mar del Sur”– se observan con claridad al menos dos “aperreos” de nativos ordenados por el conquistador. En uno de los casos, al arribar los europeos a un poblado en el que varios de sus habitantes tienen prácticas “sin decoro”. La carnicería es un infierno que impacta a la tropa. A propósito: muchas son las situaciones que ponen de pésimo humor a los españoles, tres de ellas “imperdonables”: la homosexualidad, el travestismo y la antropofagia.
VI
Ya en las dos últimas décadas del XVI, se puede ir dibujando el cambio de escenario en la estrategia europea: la acción estrictamente conquistadora se va transformando en colonizadora y se requieren nuevas formas organizativas. En este nuevo contexto, al igual que los caballos, son cientos los canes que se lanzan a la vida salvaje. Varias décadas después del arribo a la isla de Cuba, cientos de “alanos” cimarrones se instalan en montes, donde generan graves dificultades, toda vez que los perros vagabundos asolan pueblos y destrozaban importantes partidas de ganado. Los sufren también los vecinos de distintos asentamientos, algunos dedicados a la cría de perros.
Quedan unos pocos registros al respecto. Por caso, Juan de Garay, meses antes de fundar por segunda vez Buenos Aires (1580), como alguacil de Asunción emite un bando alertando a los vecinos de “que no los lleven sueltos a cualquier parte que vayan o vengan, sino atados, de manera que no puedan hacer daño”, todo bajo severas penas. Hay otros “llamados de atención” registrados, como en Guayaquil, donde un bando “ordena y manda que ninguna persona pueda tener más de un perro, pretexto de ayuda o de caza, que los demás se maten”.
En el sur americano, los animales comienzan a vagar por las praderas, y en muchos casos son acogidos por los originarios. Previsiblemente, comienzan su “proceso de mestización” con otras razas. Y los que eran “perros asesinos” se integran sin mayores dificultades a la vida cotidiana de los nativos, amigos fieles.
A algunos perros se les asigna una parte extra del botín saqueado, que pasa a manos del dueño. Tal es el caso de “Becerrillo”, cuyo amo es el conquistador Juan Ponce de León: el perro más famoso de toda la conquista, admirado por casi todos en la isla de Puerto Rico.
Es tan inmensa la fama que se gana este can, que llega a admitirse que “valen más diez españoles con ‘Becerrillo’ que un centenar sin él”. Igual que otros, este perro tiene la capacidad de distinguir claramente entre un nativo “bravo” y otro “manso”; esquiva nubes de flechas para contratacar luego. “Becerrillo” es herido de muerte de un certero flechazo envenenado cuando se apresta a perseguir a un fugitivo. Impacta en los registros la profunda congoja que produce la muerte de este animal entre los españoles, mucho mayor que la muerte de cualquier soldado.
Hay otros perros conocidos por sus dotes y apodos. Tal el caso de “Leoncillo” –uno de los tantos hijos que “Becerrillo” deja desparramados por estas tierras–, cuyo propietario es Balboa. En la Florida, “Bruto” es el gigantesco can salvaje de Hernando de Soto, que debió ser ensartado con decenas de flechas para que sucumba, cuando atravesaba el cauce de un arroyo. José de Oviedo y Baños, relator de la conquista de Venezuela, da cuenta de los desmanes del perro “Amigo”, que destroza con sus “garras de cuchillo” a un cacique que lo enfrenta con enorme fiereza provisto de su macana.
También en Venezuela, en el período de los gobernadores alemanes, el soldado y cronista Nicolás Federmann se nutre de varios canes. Y Nuño Beltrán de Guzmán, conquistador dedicado a la trata de esclavos a gran escala, es famoso en tierras mexicanas por sus numerosos actos de “aperreos” desenfrenados, lo mismo que hará en Nicaragua Pedrarias Dávila con cerca de veinte caciques “descubiertos” en actitudes “viciosas”, contrarias a la “moral cristiana”.
VII
Un episodio prácticamente desconocido da la pauta de la importancia decisiva del binomio descripto. Como se dijo, en su primer periplo Colón no cargó con caballos ni perros, algo comprensible por la naturaleza del viaje. Antes de su regreso a España para informar a la Corona lo hallado, en marzo de 1493, dejó un contingente de 39 hombres en lo que se bautizó como el primer asentamiento europeo: el fuerte “Navidad”, en la costa noroeste de La Española (Haití-República Dominicana), construcción al extremo precaria, utilizando los restos de la nao “Santa María”, que había quedado encallada y casi destruida. Las órdenes son evitar choques con los nativos, intentar, a través del intercambio de baratijas por elementos útiles, acopiar lo que sea necesario; realizar pequeñas incursiones por la zona, eludiendo toda ofensa hacia las mujeres; organizar el sitio para el arribo de un gran contingente.
Ahora bien: cuando las naves del segundo viaje regresan en noviembre de 1493 –tras siete meses de ausencia– lo que encuentran los europeos es la destrucción total del fuerte “Navidad” y la muerte de los 39 colonos. Poco de las órdenes del genovés son cumplidas: los abusos son moneda corriente y reciben como respuesta prolongados ataques de los nativos taínos, liderados por el cacique Caonabo. Conviene ver en este episodio la primera gran derrota militar española en América, que luego Colón usará como justificativo para realizar sangrientas represalias.
Esta historia brinda una señal indubitable y contundente: 39 hombres –una cifra de tropa elevadísima en ciertas circunstancias–, todos armados con su conocido arsenal, aunque sin un solo caballo ni un solo perro, no consiguen por varios meses sostener el lugar. Todo coincidente con lo dicho por el militar español Bernardo de Vargas Machuca (1557-1622), quien en referencia solo a una de las patas del binomio –los perros– valora su accionar “porque con ellos se han hallado muchas provincias, más de lo que se hubiera tardado y costado con más vidas de los nuestros como la de los suyos”.
