Michel Foucault murió en 1984 y dejó una vasta obra publicada que marcó una época y sigue marcando el pensamiento político y filosófico, pero también dejó el mandato de que no se publicara ningún inédito tras su muerte. Más allá de esa orden póstuma, legó 37 mil páginas de apuntes, ideas acabadas, otras en proceso, gracias a las que los guardianes de su vasto archivo pudieron editar y publicar un libro completo. Como obra de la magia (o la alquimia), o como un rescate prohibido en ese tiempo tan pensado por la filosofía, a 41 años de su muerte, el autor francés revive en las páginas de El discurso filosófico, publicada para Hispanoamérica por Siglo Veintiuno. Compuesto enteramente de puño y letra, retrata un momento intelectual histórico, pero de igual manera y como toda obra trascendente, se lee con una vigencia abrumadora. En él, Foucault sostiene la idea de la filosofía como diagnóstico de la actualidad y presenta tres tipos de discursos: el científico, el literario y el cotidiano, al que compara con el filosófico. ¿Dónde acomodar esta obra en la biblioteca foucaultiana? “El discurso filosófico es el manuscrito, muy avanzado, de un libro que Foucault escribió entre junio y noviembre de 1966. Es decir, entre Las palabras y las cosas y La arqueología del saber, con un estilo bastante bastante condensado”, apunta Edgardo Castro, profesor universitario e investigador, doctor en Filosofía de la Universidad de Friburgo (Suiza), y responsable del cuidado de la edición en español.
“Hay tres etapas de los textos de Foucault. Una, de los textos que publicó en vida. El estilo de esos textos es distinto, pero en general es un lenguaje escrito, literariamente cuidado. Después vino otra etapa marcada por la oralidad, que son los cursos en el Colegio de Francia. No digo que sean fáciles de leer, pero tienen un registro que remite a una exposición oral. Y ahora tenemos otra etapa, la de los inéditos. A veces son más fragmentarios, a veces menos, pero es un estilo diferente. Alguien que viene de la filosofía no se va a sorprender con eso porque muchos textos de Aristóteles son así. Y hay otros volúmenes que son más bien ensayos o algo parecido. Por ejemplo, Fenomenología y psicología, que todavía no está traducido al español, es el borrador muy avanzado de una tesis”, relata Castro, autor entre otros del Diccionario Foucault e Introducción a Foucault, momentos antes de iniciar su clase de seminario sobre el 50º aniversario de Vigilar y castigar para la licenciatura en Filosofía de la Unsam, donde es también profesor titular de la cátedra de Historia de la Filosofía Contemporánea.

–¿Podría clasificarse entre los títulos de esa época, o él por alguna razón no lo publicó porque estaba hablando en un tono diferente?
–No, Foucault escribió muchas cosas que no publicó. Fenomenología y psicología también es un libro que nunca publicó. ¿Por qué? No hay una respuesta única: porque se interesó en otros temas, porque entre lo que escribía y lo que publicaba hay una diferencia… Uno no publica todo lo que escribe. Incluso de La historia de la sexualidad hay dos proyectos, uno de 1976 y otro que Foucault reformula más adelante. Se publicó el segundo.
–Este libro tiene una algo impresionante que es la referencia de las tachaduras, hay un acceso a la mente del creador.
–Es un manuscrito. Entonces uno ve un camino recorrido, no solo el punto de llegada.
–¿Es lícito eso? ¿Legítimo?
–Sí. Es legítimo. Incluso, si tomás a Heidegger, de Ser y tiempo se publicó el hütten exemplar. Es decir, el ejemplar que Heidegger tenía en su cabaña. Con notas y todo. Sí, es lícito. Para mí es lícito publicar todo.
–Cuando Foucault habla de “diagnóstico” hay dos registros, uno que se puede traer a la actualidad y otro que se debatiría en esos tiempos, ¿no?
–El debate en esos tiempos era cuál era la tarea de la filosofía. Y había dos debates que confluyen en esta idea. Qué es la filosofía y ¿cuál es su tarea. Dos debates muy vinculados. Y en Francia –no solo en Francia– había sido muy influyente la conferencia de Heidegger de 1956, “Qué es eso de la filosofía”. Foucault retoma esos temas diez años después y de alguna manera es como una contrapropuesta. Para Heidegger esto comienza con los griegos, para Foucault el discurso filosófico comienza en el siglo XVII. Para uno es una meditación sobre el ser y para el otro un diagnóstico sobre el presente. Este es un poco de contexto. Y es una respuesta que Foucault da aplicando lo que él llama arqueología a la filosofía, porque en Las palabras y las cosas, que es un texto arqueológico, el método está aplicado a las ciencias humanas. Acá está aplicado al propio discurso filosófico.
–Usa la frase “profetizar el instante”, como una tarea que se le asigna a la filosofía. ¿Él está de acuerdo con eso?
–Él está de acuerdo. Al menos en este texto de 1966. Pero si uno va a los últimos textos de Foucault, de 1983-84, que son textos breves sobre Kant porque era el aniversario de ¿Qué es la ilustración?, uno encuentra esta idea. No vinculado al diagnóstico, acá no es del instante, sino del presente. Pero es la idea de que la filosofía es una tarea de diagnóstico. Un diagnóstico sin terapia. O sea, sin propuestas, sin bajada de líneas, es un discurso humano. No un discurso que está anclado en una temporalidad eterna de lo que las cosas deberían ser. La tarea de la filosofía es decir qué es lo que está sucediendo. ¿Por qué eso es tarea de la filosofía? Esa también sería una buena pregunta. Igual, Foucault establece un nexo con el periodismo, le da como un estatuto filosófico. Y toma en consideración esos textos de Kant. Uno podría decir que es un Kant periodista porque “Qué es la ilustración” es un artículo para una publicación mensual de Berlín, la Berlinische Monatsschrift. No es un libro ni un ensayo. Es un artículo periodístico.
–Cuando plantea el discurso cotidiano no parece referirse específicamente a lo periodístico.
–No, el discurso cotidiano no es el problema del periodismo. Es otro tipo de discurso.
–¿Pero el periodismo está dentro de eso?
–No. No, yo vuelvo sobre esta idea. Creo que Foucault le da cierta dignidad filosófica al periodismo. No es discurso cotidiano.
–¿Y el discurso cotidiano qué es? ¿Dónde se mueve?
–El discurso cotidiano no es un diagnóstico.
–Pero Foucault lo emparenta al discurso filosófico.
–Sí, porque remiten al aquí y al ahora. Pero el hecho de remitir al aquí y al ahora no significa que esa remisión sea la misma.
–Parece más clara la distinción que hace con la literatura. Acá parece más ambiguo, ¿no?
–Más ambiguo no lo diría yo: menos neto. Porque el aquí y el ahora del discurso cotidiano y el de la filosofía de algún modo están del mismo lado, si uno lo compara con la literatura, que es ficción. O sea, el aquí y el ahora literario es una ficción. El cotidiano o el filosófico en principio no.
–¿Piensa Foucault que la filosofía o el discurso filosófico pueden transformar la actualidad?
–No va en esa dirección. Tampoco la excluye, pero si Foucault quisiera hacer eso diría que la filosofía es una actividad terapéutica. Pero dice que es diagnóstica. Incluso aclara, distinguiendo con el lenguaje teológico, que no se apela a ningún tipo de discurso terapéutico. No porque no lo puede hacer, sino porque no lo debe hacer.
–¿Pero el diagnóstico en sí no es un camino hacia una posible transformación?
–No en este texto. Podría serlo, pero no lo es.
–¿Cómo es la relación que hace Foucault entre el archivo y el discurso?
–El libro de algún modo son como dos libros. La primera parte trata del discurso. La segunda del discurso filosófico y su historia, y la tercera del archivo. Pero las dos nociones clave son discurso y archivo. Incluso aparece en la parte final algo así como el archivo discurso. En la temporalidad, el discurso filosófico y el archivo no coinciden. Porque la idea que propone Foucault es que el discurso filosófico, o la filosofía como discurso, comienza en el siglo XVII, en la época de Descartes. Y hay una historia de este discurso filosófico de Descartes a Husserl. Y Nietzsche sería el momento disruptivo. Ahora, la historia del archivo es distinta. Coincide más bien con la historia que se suele atribuir clásicamente a la filosofía: los griegos, los latinos, el cristianismo. Y sin embargo, más allá de esta diferencia, que no es menor, las dos nociones están vinculadas porque el discurso “funciona” en un archivo. El archivo entendido foucaultianamente es lo que define las condiciones de lo que pudo ser dicho. No es simplemente una acumulación de enunciados, sino esos enunciados organizados en sus condiciones de posibilidad.

–¿El libro se halló tal como está publicado?
–Está editado, pero la edición es poca. Hay alguna diferencia, por ejemplo, entre la edición española y la francesa. Nosotros dividimos el índice en tres partes para que al lector le fuese más fácil. El índice es de los editores franceses, no de Foucault.
–Pero sí los capítulos.
–Sí, sí los capítulos. Y ahí completamos algunas cosas, porque son quince capítulos. Nos parecía más amable para el lector dividirlos por bloques temáticos.
–¿Por qué no es una traición a su voluntad? ¿O sí lo es y no importa?
–Es que la voluntad de Foucault es ambigua. Una cosa es lo que él dijo y otra cosa es lo que hizo. Él dice “ninguna publicación póstuma”, pero dejó 37.000 páginas. Entonces, ¿para qué las dejó? Incluso libros completos. Él no lo quemó ni pidió que se quemara.
–Kafka lo pidió y tampoco le hicieron caso tampoco.
–Claro, porque el derecho del lector está por encima del derecho del autor.
–¿Qué hay en este libro que un lector de Foucault pueda encontrar sorprendente, o planteado anteriormente?
–La idea de un archivo integral. Sin ninguna duda, esa noción está solo acá. Y también la lectura de la temporalidad de la filosofía, de Descartes a Husserl, el modo en que eso está planteado.
–En la introducción hay citado un comentario suyo acerca de que esto propone una vuelta a la discursividad anónima y lo relaciona con la inteligencia artificial. Eso es de pura actualidad…
–Sí, porque la idea del archivo integral es la idea de un archivo en la que los enunciados se independizan del acto de enunciación. En el archivo integral no están los enunciados simplemente para que sean reactualizados. Digámoslo así: ellos mismos son sus condiciones de enunciación. Y eso es la inteligencia artificial: un enunciado en el que el mismo enunciado es sus condiciones de actualización. No tiene ninguna subjetividad. Hay un decir sin sujeto.
