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Caras y Caretas

           

La abuela de todos

Ilustración: Gabriel Hernán Ramírez

Estela Barnes de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, madre de una joven desaparecida, abuela de un nieto recuperado. Antes, maestra de escuela, esposa de Guido, madre de cuatro. En la parábola de esa vida se reflejan, acaso, las heridas que la dictadura dejó en una sociedad que reclama memoria, verdad y justicia.

No es fácil escribir sobre Estela. No es fácil porque el lenguaje y el espacio en el papel no tienen la capacidad como para decirlo todo. Hay que recortar. Y todo recorte es injusto. Quizás la mejor forma sea narrar un puñado de escenas que alcancen para sentirla, disfrutarla, viva. Quizás la primera sea Estela parada en el frente de un aula. Pero no como la docente que fue y que soñó ser hasta el final de sus días, sino de otra forma.

Entonces, está ahí, parada frente a una clase en una de las tantas sedes de la Universidad de Buenos Aires. El pelo armado, gris; una blusa verde agua con el prendedor de Abuelas de Plaza de Mayo en la solapa izquierda. Estela Barnes de Carlotto habla. Tiene el aplomo de sus años como maestra primaria, pero sobre todo la convicción en lo que dice:

-Yo quisiera estar en mi casa, con mi familia completa. Lamentablemente tengo una hija en el cementerio y un nietito que ya tiene ocho años, que no sé quién lo está criando y que se lo quitaron a mi hija a las cinco horas de haber nacido en un campo de concentración, donde lo tuvo con esposas y encapuchada –dice y la voz no se le entrecorta, no alcanza un tono ni dramático ni doloroso, mucho menos carga odio ni resentimiento; es más una cadencia didáctica propia de quien necesita educar sobre un tema del que pocos saben, pocos quieren saber y algunos prefieren callar.

Es 1986. Frente a ella hay estudiantes que están por entrar al primer año de alguna carrera universitaria. Uno de ellos toma la palabra y dice que lo que hicieron los militares estuvo bien, que solo se equivocaron en no publicar la lista de muertos todos los días en los diarios y duda de que los nietos estén desaparecidos.

Otro de los estudiantes toma la palabra y se pregunta:

–¿Qué hubiera sido de esos chicos si hubieran nacido en ese ambiente subversivo?

Estela, imperturbable, aunque el tono se eleva apenas para imponerse en el bullicio, responde con otra pregunta:

–¿Cómo se están criando en manos de los asesinos?

TOMAR LA POSTA

No es un mito de origen eso de que Estela no quiso ser quien es. No se trata de un relato aprendido para narrar al personaje que se impone por delante de la persona, como escudo ante el dolor. No. Es cierto. Estela se casó con Guido Carlotto y se afincaron en La Plata. Tuvieron cuatro hijos, dos varones, dos mujeres. La militancia llegó pronta a la familia de la mano del peronismo de izquierda en la universidad y en la escuela secundaria. Laura, la mayor, estudiaba en la Universidad Nacional de La Plata, donde fue parte de la Juventud Universitaria Peronista y con el tiempo se sumó a la organización Montoneros.

El golpe de Estado de 1976 los puso en alerta. Estela y su marido le pedían a Laura que se cuidara. Ella intentaba dejarlos tranquilos: que a mí no me buscan, que yo soy “un perejil”, que solo se dedicaba a tareas de prensa…

–Muchos de tus compañeros están desapareciendo y son igual que vos –advertía Estela como un mal presagio.

Lo que menos esperaban era que Guido fuera el primer blanco del terrorismo de Estado en la familia. A principios de agosto de 1977, mientras iba a buscar una camioneta a la casa de Laura, un grupo de tareas de las fuerzas armadas secuestró a Guido. Lo llevaron al centro clandestino de detención que funcionó en la Brigada de Investigaciones de La Plata. Ahí corrió el mismo destino que muchos otros: la tortura y el cautiverio inhumano. Veinticinco días de encierro que lo marcaron para siempre.

Para Estela fue su primer vínculo con la idea de buscar a un ser querido desaparecido. Muchos años después, frente al Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, que juzgaba los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Circuito Camps, relató cómo fueron aquellos días:

–Conseguí a alguien que dijo poder acercarse a un profesor de la universidad que me pedía 40 millones de pesos para conseguir la liberación de mi marido –dijo y siguió–. Junté el dinero como pude y lo entregué… El 25 de agosto regresó mi esposo; era un espectro, había perdido quince kilos, estaba físicamente destruido. Guido no paraba de hablar. Les contaba los horrores que había visto y eso fue suficiente para que Laura tomara la decisión de pasar a la clandestinidad.

LAURA

En noviembre llegó el golpe definitivo. Laura, de 22 años y un embarazo incipiente que nadie conocía, cayó en manos de la dictadura mientras estaba en una confitería de Buenos Aires junto a su compañero Walmir Oscar “Puño” Montoya. Su destino final: el centro clandestino de detención La Cacha, en las inmediaciones del penal de Olmos, ciudad de La Plata.

De la desesperación por el secuestro de su hija, nació la Estela que daría la vuelta al mundo como referente de los derechos humanos. Pero primero, de ese dolor nació el afán incansable de la búsqueda, y de esa búsqueda, la posibilidad de reconocerse en otras mujeres que también buscaban a sus hijos e hijas secuestrados.

En abril de 1978 Guido volvió a casa con una noticia: una vecina había llegado al negocio con una misión. Había sido liberada de un centro clandestino donde había estado con Laura y les llevaba un mensaje. Laura decía que estaba bien, que cursaba un embarazo de seis meses y que si el bebé nacía varón lo llamaría Guido.

Entonces la búsqueda se multiplicó. Ya no solo era su hija: Estela además buscaba a un nieto.

–Nos íbamos encontrando en la búsqueda con otras mujeres, amigas, ahora ya somos hermanas, éramos todas muy inocentes… Pensábamos que iban a volver –dirá Estela en una de las miles de entrevistas que dará hablando de su historia.

Estela empieza a transformarse, la piel de maestra y directora de escuela va quedando en el camino mientras nace una coraza que la protege de las infamias y verdades dolorosas que tiene que escuchar. En su leyenda se dice que durante aquellos años de búsqueda llegó a reunirse con el general Reynaldo Bignone, a quien le pidió por la vida de su hija, incluso diciéndole que si Laura había hecho algo que fuera juzgada con la ley pero que la dejaran vivir.

La voz del militar que presidiría años después la dictadura fue categórica: nadie sobrevive, todos mueren. Entonces Estela pidió por el cuerpo de Laura.

Las investigaciones dicen que Laura parió en cautiverio en el Hospital Militar, que su bebé estuvo con ella como mucho unas cinco horas y que se lo llevaron para entregarlo como parte del plan sistemático de robo de bebés. Con los años se sabrá que esa entrega estuvo acordada con un hombre poderoso de la ciudad de Olavarría y que él entregó el niño a sus peones como una especie de ofrenda. Pero para que Estela supiera de esto tendrían que pasar años y años.

Mientras tanto, la información oficial –siempre fraguada– llegaba con la noticia de la muerte de Laura: la Policía Bonaerense decía que había caído el 25 de agosto en un enfrentamiento. Estela recuperaba así el cuerpo de su hija. La violencia sufrida se notaba a simple vista, también el disparo en el vientre que intentaba ocultar los rastros de un parto en cautiverio.

LA BÚSQUEDA PERMANENTE

Poco antes de recuperar el cuerpo de Laura, Estela se sumó al grupo de doce Madres de Plaza de Mayo que además buscaban a sus nietos secuestrados y que desde octubre de 1977 se habían empezado a juntar bajo el nombre Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos. Poco después, cuando el periodismo internacional conoció de su existencia empezó a llamarlas Abuelas de Plaza de Mayo, bautizándolas así para siempre.

–El acontecimiento más importante fue reunirnos, comenzar a luchar juntas. Solas no hubiéramos conseguido nada. Con el tiempo nos fuimos organizando, salimos a reclamar en el país y en el exterior, logramos las primeras restituciones –cuenta Estela cada vez que le toca contarse a ella y contar cómo fue que surgió la organización de la que es presidenta desde 1989.

Alguna vez, reconoce ella misma, pensó en dejar de ir a las rondas, a las marchas, a las reuniones. Lo dijo con algo de pesar en una charla con su marido en la intimidad de su casa:

–Me parece que voy a dejar de ir…

–No, no podés dejar: las Abuelas, tus compañeras, te necesitan.

La respuesta de Guido fue un faro. Un apoyo que le sirvió a Estela como puntal para sostenerse en la actividad pública, aunque el dolor la arrasara, aunque la ausencia de su nieto dejara de ser esperanza y se volviera insoportable.

ECOS DEL TERROR

Nunca el horror queda en el pasado por completo, sobre todo si se decide alzar la voz siempre, sin importar las consecuencias. La madrugada del 20 de septiembre de 2002 trajo a la vida de Estela el eco de aquellos años cargados de noches sin dormir. Dormía ella, como una noche más, en su casa de las afueras de La Plata cuando las detonaciones la arrancaron del sueño. No supo inicialmente de qué se trataba, por eso, aún somnolienta, se levantó para ver. Los vidrios rotos, las marcas de las Itacas en las paredes. Cuatro disparos. De inmediato ella relacionó el ataque con sus denuncias por el accionar autoritario contra grupos de la Bonaerense. La fuerza negó ualquier vínculo con el hecho, pero el ministro de Seguridad, Juan Pablo Cafiero, dejó en claro que se trató de un atentado político.

–Cuando vi en el garaje una cápsula de plástico de alguno de los disparos –contó Estela a la prensa– recordé las cápsulas que sacaron del cráneo de mi hija Laura, en la exhumación. Entonces dije: “Son los mismos”.

GUIDO

Cuando ese chico al que ella llamaba Guido (y él todavía no sabía que ese era el nombre que su madre había pensado para él) cumplió 18 años, Estela, su abuela, le escribió una carta contándole apenas un resumen de su historia y el significado de su ausencia: “Lo que no se imaginan es que en tu corazón y tu mente llevas, sin saberlo, todos los arrullos y canciones que Laura, en la soledad del cautiverio, susurró para ti, cuando te movías en su vientre. Y despertarás un día sabiendo cuánto te quiso y te queremos todos. Y preguntarás un día dónde puedo hallarlos. Y buscarás en el rostro de tu madre el parecido y descubrirás que te gusta la ópera, la música clásica o el jazz (¡qué antigüedad!) como a tus abuelos. Escucharás Sui Generis o Almendra o Pappo, sintiéndolos en lo profundo de tu ser porque así lo sentía Laura. Despertarás, querido nieto, algún día de esa pesadilla, y nacerás para tu liberación. Te estoy buscando”.

Y en esas líneas, como si la pluma y la tinta revelaran verdades, Estela dejaba por escrito lo que su nieto sería: un hombre que amaba la música. Aunque ella no lo supiera todavía, aunque le fuera imposible saberlo, él era como ella lo soñaba.

El 5 de agosto de 2014 el Banco Nacional de Datos Genéticos confirmó la noticia más esperada de su vida. En junio de ese año, un pibe de ya 36 años se había acercado a las Abuelas con dudas sobre su identidad. Como en cada caso, la investigación fue exhaustiva hasta que decidieron pasar al análisis de ADN. Estela esperó como en cada uno de los casos que el resultado diera positivo para sentir que el deber permanente de la búsqueda de los nietos y nietas se iba cumpliendo. Hasta ese momento llevaban 113 casos resueltos. El 114 no sería uno más para ella, el análisis le devolvía lo que ya venía sintiendo: ese chico del interior era su nieto y ahora sí podía abrazarlo, contarle sobre su madre y su abuelo, y todo lo que no pudo vivir.

SERÁ JUSTICIA

Un mes después de que Estela recuperara a su nieto, en la ciudad de Olavarría, donde el joven que se llamaba Ignacio era un maestro de música destacado entre la sociedad cementera, empezaba el primer juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de detención Monte Peloni. El tribunal oriundo de Mar del Plata se trasladó a Olavarría y utilizó como sala de audiencias el salón de actos del campus universitario. Ahí, el día de la apertura, se aguardaba la presencia de Estela. No era una novedad que ella estuviera en alguna audiencia de las tantas que en todo el país ponían en el banquillo a los genocidas. Pero esa vez había algo especial: Estela pisaba la tierra en la que había crecido su nieto. Vestida con un saco negro con dibujos y una chalina salmón, Estela recorrió el pasillo que la llevaba a la sala improvisada. Le costaba caminar. No tanto por el bastón, que ya se había vuelto un ornamento más de su figura fuerte, sino por los abrazos de los estudiantes que le pedían una foto. También le dedicó su tiempo a la prensa:

–Este juicio, esto que vivimos, es un despertar de esta ciudad, es un despertar a la libertad, a tener su identidad. Porque no se puede vivir como si nada al lado de personas que han cometido graves delitos sin ser juzgadas. El que comete un delito debe pagarlo con la ley. Acá no hay ni venganza ni odio ni revancha, simplemente debe ser castigado.

Un rato más tarde Ignacio, ahora Montoya Carlotto, tocaba en el escenario montado en el predio para celebrar ese claro día de justicia.

LA BÚSQUEDA ETERNA

Mientras se escribe esta nota, Estela y las Abuelas –acompañadas también por muchos de los nietos y nietas que volvieron a la verdad– están buscando. 140 casos fueron resueltos, el primero en abril de 1977, el último (que no será el último porque todavía que dan muchos más) en julio de 2025. En cada conferencia de prensa en la que se anuncia la noticia, ahí, en el salón de actos de la Casa por la Memoria en el predio de la ex ESMA, Estela está sentada en el centro de la mesa, escoltada por más Abuelas y decena de nietos y nietas. Lee el comunicado, cuenta quiénes fueron el padre y la madre de ese chico que ahora ya es un hombre; cuenta también la historia de la búsqueda y la resolución, cómo esa chica que ya es una mujer volvió a su familia de origen. Siempre con cuidado. Siempre protegiendo a quien sale del anonimato para convertirse en uno más de los que gran parte de la sociedad desea hallar para el abrazo simbólico de bienvenida. Siempre, claro, con el amor de abuela, ante todo.

ABUELA

Hay fotos de Estela de Carlotto con Fidel Castro, con el Papa Francisco, con Néstor y Cristina, con Adolfo Pérez Esquivel, con Maradona, con Messi, con Mirtha Legrand, con León Gieco, con Fito y con Charly; con Santiago Maldonado, con Hebe, con Taty, con Norita, con Delia, con Buscarita y otras tantas Madres y Abuelas; con presidentes, gobernadores, intendentes, sindicalistas, cantantes; muchos de la Argentina, otros muchos más de otras partes del mundo. Siempre Estela representante de una causa. En muchas de esas fotos tiene placas, reconocimientos, diplomas de honor, algún regalo. Con todas esas fotos uno podría recorrer la historia de lucha de una mujer cualquiera a quien un día el horror del Estado puso frente a una situación extraordinaria.

Y le puso el cuerpo… y dedicó la vida, casi exclusivamente, a ser una Abuela.

Escrito por
Juan Carrá
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