Mirta Acuña de Baravalle hacía tiempo que buscaba. En agosto de 1976 se habían llevado a su yerno y a su hija embarazada. Quería saber dónde estaban ellos, pero también su nieto o nieta que había nacido en cautiverio. Había llegado ese jueves a la Plaza de Mayo con otras madres que también tocaban puertas sin encontrar respuestas. Tomó coraje, sacó la voz de lo más profundo y empezó a decirles a las otras señoras: “¿Quién está buscando a su nieto o tiene a su hija o nuera embarazada?”. De esa misma ronda surgió lo que sería Abuelas de Plaza de Mayo –esas mujeres que, 48 años después, siguen encontrando a los desaparecidos con vida: los niños y las niñas robados durante el terrorismo de Estado.
Al principio fueron doce mujeres: Alicia “Licha” Zubasnabar de De la Cuadra, María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani, Mirta Baravalle, Raquel Radío Marizcurrena, Clara Jurado, María Eugenia Casinelli de García Iruretago- yena, Delia Giovanola, Haydée Vallino de Lemos, Leontina Puebla de Pérez, Beatriz Aicardi de Neuhaus, Eva Márquez de Castillo Barrios y Vilma Delinda Sesarego de Gutiérrez. Después se
sumaron muchas otras.
Se llamaron primero Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos. No tenían un manual que explicara cómo buscar a bebés nacidos en los campos de concentración o a chiquitos robados en los operativos en los que habían desaparecido sus padres. Recorrieron hospitales, casas cuna y juzgados de menores. En algunos, como el tribunal que estaba a cargo de la jueza Marta Delia Pons en Lomas de Zamora, les contestaban que nunca les iban a devolver a los chicos para que fueran criados por familias de “terroristas”.
Para planear sus acciones, se reunían en confiterías como Las Violetas y simulaban ser señoras que festejaban algún cumpleaños. Por debajo de la mesa circulaba el petitorio que debían firmar. Si alguien les acercaba algún dato, ellas mismas investigaban. Cambiaban rutinas: hacían compras en el barrio donde vivía el niño o la niña que buscaban, sacaban fotos, se hacían pasar por enfermeras o por vendedoras ambulantes. Si hacía falta, entraban a trabajar como empleadas domésticas.
NACER ABUELAS
En el mundo se hablaba de las Madres de Plaza de Mayo. Ellas, que también lo eran, entendieron que debían separarse para dedicarse de lleno a la búsqueda de sus nietos y nietas. Pasaron a llamarse Abuelas de Plaza de Mayo para mostrar que estaban hermanadas en la lucha.
En plena dictadura empezaron a encontrar a los niños robados. En 1979 hallaron en Chile a los hermanitos Anatole y Victoria Julien Grisonas.
Ambos habían sido secuestrados con su mamá, llevados al centro clandestino conocido como Automotores Orletti y después trasladados a Montevideo. Desde Uruguay fueron conducidos a Chile y abandonados en una plaza de Valparaíso. En 1980 as Abuelas encontraron a Tatiana Ruarte Britos y a su hermana Laura Jotar Britos. Las dos habían sido adoptadas de buena fe por la familia Sfiligoy.
En paralelo, las Abuelas empezaron a pensar en una forma científica de probar que determinada criatura era la que buscaban. Una nota en el diario El Día de La Plata les dio una idea: el artículo hablaba de análisis de sangre para determinar la filiación. Se preguntaron si su sangre podría servir para identificar a sus nietos.
A partir de 1982, las Abuelas contactaron a genetistas en el exterior, entre ellos Víctor Penchaszadeh y Mary-Claire King. Gracias a esos contactos se logró desarrollar un índice de abuelidad, que comprobaba el parentesco aun cuando los padres y las madres no estuvieran. En 1984 se logró la primera restitución de una niña mediante el uso de estudios genéticos. Así fue como Paula Eva Logares se reencontró con su abuela Elsa Pavón.
Ese camino desembocó en la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), sancionado por ley en 1987, que desde entonces centraliza y resguarda las muestras de familiares. Ese mismo año, las Abuelas lograron identificar a la primera nieta nacida en un campo de concentración: Elena Gallinari Abinet.
LA BÚSQUEDA SIN FIN
Bajo la presidencia de Estela Barnes de Carlotto, las Abuelas atravesaron los años de impunidad, cuando regían las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, así como los indultos. Pero ellas no cejaron en su búsqueda. Lograron que, en cumplimiento de la Convención por los Derechos del Niño, se creara la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), el organismo que desde el Poder Ejecutivo apoya la búsqueda de los bebés apropiados durante la dictadura.
Cuando se cumplieron veinte años del golpe de Estado, las Abuelas pensaron que debían cambiar la estrategia. Ya no buscaban niños, buscaban jóvenes. Y eran ellos quienes también podían acercarse a ellas. Para fomentar esos puentes, lanzaron distintas campañas destinadas a llegar a un público juvenil: recitales de rock, acercamiento con universidades y Teatro por la Identidad.
Nunca dejaron de buscar justicia. En 1996 los juristas David Baigún, Julio Maier, Alberto Pedroncini y Ramón Torres Molina presentaron una querella por el plan sistemático de robo de niños, algo que no había sido probado en el Juicio a las Juntas de 1985. La presentación llevaba las firmas de quienes seguían integrando Abuelas, como Estela de Carlotto y Rosa Roisinblit, y de Chicha Mariani, que llevaba siete años fuera de la institución. Gracias a esta denuncia, Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera volvieron a ser detenidos.
Un caso de Abuelas de Plaza de Mayo fue clave para plantear la inconstitucionalidad de las leyes que impedían el juzgamiento de los crímenes de la dictadura. Fue en la causa por la restitución de la identidad de Claudia Victoria, hija de José Liborio Poblete y Gertrudis Hlaczik. La beba había estado secuestrada con sus padres en El Olimpo y después fue apropiada por un militar que integraba el área de inteligencia del Ejército.
En 2001, el juez federal Gabriel Cavallo, a partir de una presentación del Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), declaró la inconstitucionalidad de las leyes. La decisión fue ratificada en 2005 por la Corte Suprema. Gracias a ese fallo se reabrió el proceso de juzgamiento, que tiene 1.202 condenados.
Para Abuelas, el comienzo del milenio no solo implicó la reapertura de la justicia. A partir de 2003, coincidentemente con la llegada al gobierno de Néstor Kirchner, hubo un boom de presentaciones espontáneas de quienes dudaban de su identidad. Los tiempos cambiaron. Incluso cuando el negacionismo se convirtió en política oficial, las Abuelas siguieron con su búsqueda, alumbrando el camino. Ya son 140 las identidades que restituyeron.
