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Caras y Caretas

           

“Escribo poemas que hacen libros”

María Casiraghi

La poeta María Casiraghi acaba de publicar Mercado de pulgas. En esta conversación, recorre su obra y habla de sus elecciones, la cadencia de sus textos y el trabajo sobre el lenguaje.

Si adscribimos a la literalidad, sabemos que al abrir el libro Mercado de pulgas de la poeta argentina María Casiraghi saltarán hasta el exilio de nuestra mirada infecciosos insectos que habitarán nuestra ceguera para siempre. Si, en cambio, nos dejamos seducir por la metáfora, se derrumbarán sobre nuestras cabezas toda clase de muebles, vajillas y demás artefactos en desuso que solo abonarán heridas y cicatrices. Si, finalmente, decidimos torcer el sentido hasta abdicar de la encerrona feroz a la que nos someten los discursos de la complacencia y el sometimiento, entraremos en el territorio imprudente del poema, esa región de rutilante oscuridad plagada de viscosidad y sueños.

Vendo sortijas
para los niños de esta época
maneras de ser afortunado
vueltas al mundo en carreta
vendo papel de arroz
y cuevas de manos pintadas
fósiles de árboles
y dinosaurios encarnados en la piedra
vendo sueños de otros siglos
vestidos de volados
espadas
castillos
globos de gas y veleros
vendo una mañana con música de fondo
discos de vinilo en la vereda
una botella de vino robada
una orilla sin nadie
vendo también la infancia.
Compren todo lo que fuimos
llévenselo
            pónganle cuerpo
                                        firma
                                        tiempo
y escóndanlo
bajo candado
lejos del futuro.

Este poema que encarna el título del libro que publicó recientemente la editorial Nudista nos acerca a la intención primaria: no se trata de versos que depositan trastos inservibles dentro de nuestras heridas sino de versos que valiéndose de las heridas materializan la fiesta del derrumbe y la sellan con cierto lenguaje que, como apunta Roberto Juarroz, nos trabaja por debajo, “como un zócalo saturado de imágenes”.

El poema exige siempre un recorrido que va de la letra al cuerpo y que regresa a la página transformado. No hay modo de explicar cómo el tacto de lenguaje nos desvela y nos desliga del mundo durante los segundos que dura el efecto del trazo. Es como “algo que pasa a través de los ojos como una mano pasaría a través de una reja”, en palabras de Georges Didi-Huberman.

Le pedís a esa planta
heredar una visión
otra manera de mirar las cosas
una nueva versión del mundo
que trepe por tu cuerpo
hasta cortarte en dos
y te libre del miedo a convertirte
en una mujer entera.
(Ojo de poeta)

–Tus diez poemarios podrían funcionar bajo el mismo título, como si todos tus poemas estuvieran amparados por un “mercado de pulgas” de emociones y rituales. Por ejemplo, “Los objetos perdidos”, en Loba de mar, de 2013. Cito el final: “Cada diez o quince años / hay que hurgar en los cajones / y recordar lo que hemos sido. // Después // celebrar // la ruina instintiva / de nuestra naturaleza”. O “Escombros”, en Música griega, de 2019. Cito el comienzo: “No olvides que si todo se derrumba / debe subsistir tu pérdida / tu despojo. // No olvides rezar / por los escombros”.

–Sí, acuerdo parcialmente con lo que decís. Digo parcialmente porque no sé si veo a mi libro Cóndor en esa línea, o a Décima Luna, aunque me gusta pensar al conjunto de mis poemas de ese modo. Pero no sé cómo se fue armando. Sí puedo decirte que cuando escribo dejo que hable el poema. Es algo muy espontáneo, intuitivo. Nunca digo “quiero decir esto o lo otro”. No intento adaptar un objetivo, un mensaje, una obsesión al poema sino al revés. Adaptarse una a la poesía. Además, creo que escribo poemas que hacen libros y no al revés. Mercado de pulgas, que en un principio se llamaba Cuarentena, lo escribí en cuatro meses en 2020. Llegué a reunir alrededor de 160 poemas, pero quedaron cincuenta o sesenta, no recuerdo exactamente. Entiendo que la poesía tiene un mandato que prevalece sobre lo preconcebido por quien la escribe.

–¿Cómo elegís, cómo decidís qué funciona y qué no funciona?

–Tanto cuando leo como cuando escribo necesito que el poema me desconcierte, que me corra de lugar, que me despierte, que no diga lo que espero que diga. Trabajo un poema hasta que sienta que yo no lo escribí. Ojo que esto no es racional. Me sucede. Hago ese trabajo, necesito leer mi poema como si lo hubiera escrito otra persona; y si percibo que me repito, que caigo en una especie de lugar común personal, entonces lo descarto. Pienso que la poesía tiene una potencia que incluye estados tanto visibles como invisibles y a veces en el transcurso de una aparente improvisación está la llave de entrada a esas realidades ocultas. Me animaría a decir que escribo para desconocerme.

–“Entrar por atrás a la casa sin avisar a nadie / mirar por la ventana de afuera, como una espía. // Ver así, a tus padres de espaldas / mirando la televisión a medianoche, / sus nucas siamesas / atestiguando la misma balsa / los mismos duelos de vaqueros / mientras afuera gira el mundo su ruleta rusa / ellos se resguardan / en su casa de leche y sillón de azúcar”. Es el comienzo de “Los padres” que está en Loba de mar y que a mi criterio también responde a un “mercado de pulgas”. ¿Cómo surgió?

–Es de esos poemas que entran en el cuerpo y me empujan a escribirlos de inmediato. Guarda una historia. Fui una noche a la casa de mis padres a buscar algo. No me acuerdo qué. En ese entonces yo vivía a diez cuadras. Entré por el jardín y los vi a través de la ventana y sentí como un golpe, tal cual todo lo que dice el poema. Me entró así y tuve que volverme a mi casa a escribir. Mis padres nunca supieron que yo estuve ahí. Porque me fui a escribir el poema. Y te diría que gran parte de mi poesía surge así. Y a veces el impacto es el mismo, aunque aparezca retrospectivamente como sucedió con “Pájaro en campo de concentración”. En 2006, hice un viaje por Europa del este, yo estaba embarazada y visité Auschwitz. Durante años me quedó esa imagen del pájaro que vi, solito en un galpón gigante, vacío, en ese escenario del horror, donde se sentía todo, y ahí estaba, el pajarito con su nido, solo. Y me quedó y lo escribí después de quince años. Me pueden impresionar las imágenes: escenas, vivencias, una película, un cuadro. Pero quizás lo que más me interpela son las personas, los vínculos, esa extraña red de abismos que somos.  En esa red están mis propios precipicios que son parte esencial en todo lo que escribo.

–“Pájaro en campo de concentración” está en Música griega. Y ofrece un final muy elocuente: “¿Puede sobrevivir, siendo pájaro, más arriba, menos / muerto? / Demasiado silencio / para un solo ser vivo. // Quizás algo / del aire de su aire / se parezca al que inhalamos, / los vivos, / para no morir. // A la larga / recordará la guerra. // Pero ahora es mejor que no sepa. // Que no entienda por qué / cada vez que amanece / su nido se enfría”. Otro de los rasgos de tus poemas: la potencia del final. Dice Agamben que los poetas somos conscientes de que existe en el final algo así como “una crisis decisiva”, en la que se pone en juego la consistencia del poema.

–Me gusta mucho trabajar hasta dar con los finales, las resoluciones a veces se dan solas, pero otras veces no. Estoy frente al poema y digo “acá hay algo más”. Y sigo indagando. En Mercado de pulgas me sucedió, más que otras veces, que la mayoría viniera con remate incluido. Pero cuando esto no pasaba, los volvía a trabajar hasta sacarles todo el jugo, me encanta esa parte, es como si conversara con el poema, le sigo preguntando hasta que siento que ya está, que de alguna forma me dejó acceder a su misterio. En la vida soy una persona dubitativa, y es raro porque cuando escribo poesía no dudo, quiero decir, cuando finalmente cierro un poema, tampoco dudo; algo me dice ya está, y le creo. La poesía me permite afirmar cosas que no tienen lógica, claro, pero dentro del poema sí, y en este campo me muevo con impunidad, puedo decir una cosa en un poema y la contraria en otro, y los dos tienen su lógica interna. Adscribo a la frase de Shelley, si no la recuerdo mal, decía que los poetas somos los legisladores ignorados de la humanidad.

María Casiraghi.

–Profusa, intensa, en derrame constante tu escritura, infringiendo los límites, como dice la gran Chantal Maillard. De hecho, El tao de las palabras, de 2021, lo escribiste de un tirón.

–En veinte días o un mes. Fue como un refucilo. Como armar un mandala. Cada campo era distinto al otro e iban coincidiendo en una suerte de laberinto abierto. El disparador fue una clase de Tai Chi en la que las frases aisladas que escuchaba iban imprevisiblemente armando un concierto en mi cabeza. Intenté, no sé con qué suerte, llegar a esos trasfondos secretos que tienen las palabras. Muy repentino. Pero después trabajé mucho. Me gusta el proceso de corrección. Lo disfruto. Los poemas merecen que les demos hasta la última oportunidad de decir lo que quieren decir.

–En La alianza de la poesía y de la música, Yves Bonnefoy refuerza la idea del acontecer de lo sonoro por encima del sentido: “Leer no era nada, se trataba de oír y repetir a media voz esos acontecimientos del sonido en las palabras”. Es notable esta alianza en tu escritura. Sin pasar por alto “Piano”, un poema de Albanegra, de 2015.

–Yo escribo con piano de fondo. Erik Satie me ha acompañado en muchos libros. Me viene de golpe una frase y los dedos se mueven sobre el teclado. No miro ni pienso. Lo extraño es que sale con un cierto orden, como si estuviera todo ya organizado en mi mente. No es un rejunte de palabras. Como si me inundara una velocidad que tiene más que ver con el ritmo de la música que con el del lenguaje. Ahora que lo pienso, a veces cuando escribo sobre el teclado siento que estoy tocando un piano vertical.

Escrito por
María Malusardi
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