• Buscar

Caras y Caretas

           

Los diarios y el caso de María Soledad

Ilustración: Juan José Olivieri

La cobertura inicial del asesinato despersonalizó a la víctima y ocultó a los responsables. Pero el reclamo de justicia de la sociedad catamarqueña impuso un tratamiento más profundo.

El 8 de septiembre de 1990 fue asesinada María Soledad Morales, ese mismo día su cuerpo fue hallado en un baldío de Catamarca. Por entonces el término femicidio no se encontraba contemplado en el Código Penal argentino. Sin embargo, el asesinato de la joven catamarqueña marcó un antes y un después en la búsqueda de la verdad y la justicia frente a los crímenes de género ejercidos contra las mujeres. El asesinato de María Soledad fue considerado un femicidio emblemático porque permitió, a raíz de una tragedia, la visibilización de la violencia y su impunidad. El hecho se vio atravesado por factores políticos e institucionales que removieron enclaves autoritarios: las acciones populares fueron el símbolo de la lucha contra la corrupción del Estado.

María Soledad Morales era una joven de diecisiete años, estudiante de secundaria, que fue violada y asesinada por Guillermo Luque (sobrino de un diputado nacional) en complicidad con Luis Tula, con quien tenía un enamoramiento propio de su edad. El hecho ocurrió en la capital catamarqueña, donde también estuvieron involucrados y fueron considerados presuntos cómplices del crimen, aunque no recibieron condena: Diego Jalil (sobrino del intendente de la ciudad), Arnoldito Saadi (primo del gobernador de Catamarca) y Miguel Ferreyra (hijo del jefe de la Policía). Estos jóvenes participaron indirectamente en los hechos, pero los juicios solo condenaron a Luque y Tula.

Todo fue caótico, perverso y vergonzoso. El proceso judicial fue demorado, dictándose una sentencia firme 12 años después. Además, la cobertura mediática inicial le concedió poca relevancia al hecho. Una de las razones, pero no la única, fue que se trató de un homicidio ocurrido en una provincia a la que los periódicos, como Clarín, La Nación y Página/12, en ese momento, no le daban espacio, pese a que tenían alcance nacional.

CRÓNICAS DEL HECHO

Específicamente, centrándonos en el rol de los medios de prensa escrita, las crónicas que aparecieron en septiembre de 1990 y en los meses posteriores al crimen eran de extensión limitada, enfocándose en la víctima, en cómo era la joven y sus aspiraciones, mientras los responsables eran despersonalizados. Algunos titulares fueron: “Matan a una joven en Catamarca” o “La joven candidata a reina de su colegio”. Clarín fue el diario que dedicó más notas, crónicas y recortes referidos al hecho, incluso documentando diferentes cronologías con el paso de los años y en cada aniversario.

Con el tiempo, gracias a las Marchas del Silencio que cubrieron cuadras en distintos puntos del país, los medios de prensa escrita y los programas televisivos comenzaron a darle nombre propio a la víctima. Sin importar sus aspiraciones, clase social o familia, “La Sole” se convirtió en un símbolo de lucha de toda una nación.

Fue tal el encubrimiento político sobre los culpables conocidos como “los hijos del poder”, incluso con dos juicios realizados –quedando el primero nulo–, que los medios no pudieron hacer otra cosa que evidenciar los nombres de los asesinos, aunque esto significara mencionar apellidos de jóvenes vinculados al poder y partícipes indirectos del femicidio.

Para el año 2000, otros protagonistas cobraron importancia para los medios: familiares, autoridades del colegio donde estudiaba María Soledad y amigos comenzaron a relatar lo que transitaron y seguían sufriendo tras su muerte. Sin embargo, incluso con el paso del tiempo, las menciones en los periódicos continuaron tratando a la víctima como un objeto del crimen, sustraída de su corporalidad, identidad y subjetividad, mientras la Justicia operaba de manera parcial.

ESCASEZ Y OMISIONES

Es interesante observar la escasez de publicación de crónicas durante la primera quincena posterior al femicidio, y la estrategia discursiva de evitar mencionar a las personas e instituciones implicadas (gobierno de la provincia, policía, hijo de un diputado nacional, etcétera), reforzando el discurso de la doble moral. Al omitir a los culpables, se ejerce una violencia discursiva que promueve la falta de justicia para las víctimas y sus familias. Esta situación se acentuó por la limitada difusión inicial, tanto por tratarse de una provincia lejana como por involucrar a figuras políticas relevantes.

Teniendo en cuenta los tres medios mencionados, es importante resaltar que Página/12, en 1990, tenía circulación limitada en el interior del país, lo que explica por qué le dio menos cobertura al asesinato en sus primeras publicaciones.

Analizar el rol de la prensa en casos emblemáticos que marcaron la lucha contra la violencia de género, como fue el de María Soledad, permite entender cómo se sigue naturalizando un orden social que perpetúa la violencia patriarcal, muchas veces en complicidad con el sistema político.

Escrito por
Ximena Gregorio
Ver todos los artículos
Escrito por Ximena Gregorio

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo