Podemos hablar de un Rey sin corona, o del Toro de las Pampas, como lo bautizaron en Europa. Todo en este deportista fue yin y yang, extremo y absoluto. En 1977 batió su propio récord con 16 títulos y 134 partidos ganados. Guillermo Vilas logró que cada set fuera la bisagra que marcara un cambio de época en un deporte tan blanco, que hasta ese instante solo era apto para elites empeñadas en que no fuese popular.
Desde muy chico, ya en su querida ciudad de Mar del Plata, supo intuitivamente que, para ser un grande, había que entrenar con esfuerzo. Que para poder competir en alto nivel la cabeza tenía que estar ordenada sin distracciones absurdas y que la psicología era una ciencia que ayudaba a vencer los miedos en el momento de pararse frente a una red y solo con su alma en el polvo de ladrillo. Los ejercicios de concentración marcaron su estilo al igual que sus dietas elaboradas (la de pescado y manzanas verdes ya tiene categoría de mito a esta altura de la historia) a las que nadie, hasta ese momento, había considerado que podían mejorar el rendimiento en un deportista extremo. Vilas obligó a sus pares a entender que el cuerpo y la mente debían estar coordinados para lograr el objetivo. Que un deportista es la síntesis de un todo y que la ambición legitima hasta lo que se asoma como absurdo en el arte de vencer.
“El retiro llegó en 1989, aunque en 1992 intentó volver sin mucho éxito. Tenía 40 años y el tenis ya no era solamente un deporte de buena mano y destreza. El físico, la velocidad, empezaba a marcar la cancha. Atrás quedaban los años de gloria. Entonces vino la música, los intentos empresariales que no le fueron del todo agradables y la esperanza de alguna vez ser convocado como capitán del equipo de Copa Davis. Algo que nunca pasó: sus tensiones permanentes con los dirigentes del tenis, dicen, lo dejaron afuera de toda carrera. En 2022, por iniciativa del periodista deportivo Eduardo Puppo, Vilas fue nombrado capitán argentino honorario de Copa Davis y embajador mundial del tenis argentino. En ese entonces, a la distancia por problemas de salud, Vilas dijo: ‘Lo acepto y agradezco, no importa si llega tarde o temprano en mi vida, lo que importa es que se acuerden. Siempre traté de comportarme bien mientras representaba al país, haciendo lo mío o por la Copa Davis, una competencia que amé. No son las ironías del destino, para mí es más que simbólico y lo valoro por el respeto con el que me otorgan estas distinciones’”, cuenta Juan Carrá en la nota de tapa de esta edición de Caras y Caretas.
Y fue también Eduardo Puppo quien siguió luchando por poner la corona en la cabeza de este rey. En 2014, presentó junto a un matemático un informe en el que pudieron demostrar que entre 1973 y 1978 Vilas debería haber sido aclamado como el número 1 del ranking de ATP durante cinco semanas de 1975 y dos de 1976. No se oficializó jamás este galardón, pero cuenta para nosotros los argentinos. Y cómo. Una injusticia más para un deportista único.
Y hay otra rareza que recuerda Raúl de Kemmeter, que puede demostrar lo que significó para este país Vilas. En la Argentina, se vivió en ese US Open 1977 la accidentada primera transmisión en vivo de un partido de tenis en el país de manera irrisoria. Transcurridos los tres primeros sets del encuentro, el satélite contratado por Canal 9 debió interrumpir su transmisión tras agotársele el tiempo destinado en programación. Increíble pero cierto. El final del partido tuvo que verse en diferido e hizo 42 puntos de rating al tiempo que enseñó una valiosa lección: el tenis no entiende de tiempos, el tenis entiende de resultados. Y Vilas era sinónimo de resultados.
