En Mar del Plata, donde el viento del Atlántico parece susurrar historias de lucha y belleza, se crió un pibe que no tardaría en desafiar al destino. Guillermo Vilas, hijo de un escribano y una madre sensible, creció entre raquetas y libros, entre el rigor de la ley y la libertad del mar. Desde pequeño, su cuerpo parecía hecho para el movimiento, pero su alma, para la contemplación. No fue un prodigio precoz, sino un artesano del esfuerzo. En las canchas del Club Náutico, donde el polvo de ladrillo se mezclaba con la brisa salada, Vilas aprendió a golpear la pelota como quien escribe un verso: con ritmo, con cadencia, con intención. Su revés a una mano no era solo una técnica, era una firma, una declaración estética. A los veinte años, ya recorría el mundo con una raqueta en la mano y una libreta en el bolsillo. En ella escribía poemas, pensamientos, fragmentos de canciones. Mientras otros tenistas hablaban de rankings y trofeos, él citaba a Rimbaud, escuchaba a Pink Floyd, leía a Borges. Era un cuerpo en competencia, pero una mente en fuga. En 1977, el mundo del tenis se rindió ante él. Roland Garros fue suyo, como si la tierra francesa reconociera en Vilas a uno de sus poetas malditos. Luego, el US Open, donde venció a Connors con una mezcla de furia y elegancia. Ese año ganó 16 torneos, 130 partidos, y batió récords que aún resuenan. Pero la gloria oficial le fue esquiva: la ATP, con sus fórmulas frías, le negó el número uno. Vilas, sin embargo, nunca reclamó con rencor. Sabía que el verdadero reconocimiento no se mide en puntos, sino en memoria.
Su figura trascendió el deporte. En la Argentina, fue más que un campeón: fue un símbolo. En plena dictadura, cuando la oscuridad se cernía sobre el país, Vilas brillaba en París, en Nueva York, en Melbourne. Era el argentino que triunfaba sin renunciar a su sensibilidad, el que hablaba de amor y de música en medio de la competencia feroz.
Vivió romances de novela, como el que lo unió fugazmente a Carolina de Mónaco. Viajó, escribió, grabó discos, uno de ellos con Spinetta en Nueva York.
Su vida fue una mezcla de cancha y escenario, de concentración y bohemia. Nunca dejó de ser un outsider, incluso cuando el mundo lo aplaudía.
Hoy, desde el silencio de Mónaco, donde vive con su familia, Vilas enfrenta la enfermedad con la misma dignidad con la que enfrentó a Borg o a McEnroe. Su cuerpo ya no corre, pero su leyenda sigue viajando. En cada niño que toma una raqueta, en cada verso que habla de lucha, en cada argentino que cree que el arte y el deporte pueden convivir. Guillermo Vilas no fue solo un tenista. Fue un artista del esfuerzo, un poeta del polvo de ladrillo, un rebelde con causa. Su vida es una novela que aún se escribe en la memoria de quienes lo vieron jugar, amar, escribir, resistir. Vaya este homenaje de Caras y Caretas a este gigante del deporte argentino que introdujo el tenis en el gusto y la práctica de los argentinos.
