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Caras y Caretas

           

“Guillermo es el más grande de los jugadores argentinos”

Foto: Rocío M. Gonzalez

Con un relato que entrelaza memoria y análisis, la gran extenista Norma Baylon repasa la carrera de Vilas y el vínculo entrañable que los unió.

Nacida en 1942, Norma Baylon es una leyenda viviente del tenis femenino argentino y considerada pionera y precursora del deporte a nivel global. No solo rompió estereotipos: tras consagrarse campeona en múltiples torneos y ser considerada la tenista número uno del país entre 1962 y 1967, fue finalista en Roland Garros, alcanzó octavos y cuartos de final en Wimbledon en 1963 y 1964, y llegó a estar rankeada como la cuarta mejor tenista del mundo en 1966.

–¿Qué te motivó a jugar al tenis en tiempos en que no era una opción para las mujeres?

–Mis padres eran inmigrantes y no conocían a nadie en Argentina. Se hicieron amigos de unos socios del Buenos Aires Lawn Tennis. Como no tenían con quién dejarme, me llevaban todos los fines de semana. Un día, un señor me regaló una paletita de ping pong y una pelotita. Yo pasaba el día entero contra los closets de mi casa, taca taca. Hasta que, un día, mi mamá le dijo a mi papá: “Estoy harta, no la soporto más”. Entonces me com-praron una raquetita chiquita, una Sarina blanca. Llegábamos al club y yo me iba directo al frontón. No almorzaba ni comía nada, para que nadie se atreviera a quitarme el lugar. Cuando tenía siete u ocho años, mi papá jugaba dobles con tres franceses. Yo estaba atenta a cuándo terminaba el partido para pedirle que me peloteara. Un día estaba muy cansado y no quiso. Y como los chicos son peor que una mosca en la oreja, al final gané yo. En un momento les dijo a los franceses: “Le voy a tirar al revés a ver qué hace en la red”. Le hice una volea invertida de revés y mi papá se dio vuelta y dijo: “A partir de mañana va a tener un profesor”. Mi primer profesor fue el chileno Manuel Moya Gálvez, que jugaba con un solo brazo porque había perdido el derecho en un accidente de tranvía. Más adelante entrené con los hermanos Manuel y Jorge Cerdá. También con Enrique Morea, con quien jugué un partido que causó sensación. Siempre jugué con hombres.

–¿Había prejuicios de género hacia las mujeres tenistas?

–Sí, era difícil ser mujer y tenista. La gente era más anticuada, y mis padres inmigrantes más aún. La primera vez que fui a Europa tuve que ir acompañada por mi mamá. Eso fue después de ganarle el Campeonato de la República en 1962 a Vera Sukova. En la semifinal vencí a la sudafricana Renée Schuurman, que en ese momento era la número 5 del mundo. Para ese viaje recibí ayuda de Otto Hauser, vocero titular de la Asociación Argentina de Tenis; de Fred Perry, que me dio la ropa; y de Dunlop, que me suministró la raqueta. Dejé el tenis cuando me casé. No creas que no hubo veces en que me arrepentí de esa decisión. Pero ser mujer, tenista y tener una familia no parecía compatible con la época.

–¿Cuál es el partido que recordás con más emoción?

–El de Vera Sukova, porque me abrió las puertas al extranjero. Y otro que no voy a olvidar nunca fue la final del Sudamericano contra María Esther Bueno en Porto Alegre. Fue un partido espectacular. Las dos jugamos muy bien.

–¿Quién fue tu rival más potente?

–Sin dudas, la estadounidense Billie Jean King, que tanto luchó por la igualdad de género en el deporte. Fuera de la cancha era simpatiquísima, nos llevábamos muy bien, nos reíamos. Pero ella, como todo el mundo, sabía que yo tenía problemas de concentración. Por cualquier cosa me desconcentraba. No es como hoy, que los tenistas agachan la cabeza y siguen. Yo tardaba uno, dos, tres games en volver a concentrarme. La concentración fue siempre mi talón de Aquiles. En cierta ocasión jugábamos en Filadelfia, sobre césped, y le iba ganando. Entonces empezó: se acomodaba la zapatilla, preguntaba al árbitro cómo íbamos… y yo explotaba (risas).

–¿Qué personalidades te hizo conocer el mundo del tenis?

–Elsa Daniel, Graciela Borges, Antonio Prieto. Con ellos filmé la película La novia. Yo hacía de profesora de Elsa, que tenía problemas del corazón. Una vez, ya viviendo en Lima, Prieto vino a buscarme para filmar la segunda parte, que nunca se concretó.

–¿Qué diferencias ves entre el tenis de los 60 y el actual?

–Antes se apreciaban mucho más las condiciones natas del jugador. Mi entrenamiento consistía en jugar tres o cuatro horas por día con varones que me mataban a pelotazos. Después, cuando jugaba con mujeres, era como bajar de un Mercedes a un Volkswagen. Correr no existía. Hoy día los jugadores tienen un estado físico impecable, pero todos juegan igual. Se trata de ver quién le pega más fuerte a la pelota. A mí me gustaba más cuando Manuel Santana inventaba los globos con topspin o cuando Enrique Morea hacía drop shots de revés. Eso hoy prácticamente no se ve.

–¿Cuándo y en qué circunstancias conociste a Guillermo Vilas?

–Cuando gané el Campeonato de la República en 1961 contra Sukova, me hicieron subir al palco para recibir el premio del doctor Casas. Había un chico chiquito, con pantalón gris, saco azul y camisa celeste a rayas, impecablemente vestido. Me dijeron: “Este chico va a ser grande. Es de Mar del Plata y se llama Guillermo Vilas”.

–¿Cuál es la importancia de Vilas en la historia del tenis local? ¿Por qué logró ese lugar?

–Definitivamente, Guillermo fue el precursor del tenis en la Argentina. Después le siguió Gabriela Sabatini. Antes de Vilas, muy poca gente jugaba al tenis. Cuando él empezó a jugar la Copa Davis, se produjo un boom impresionante. Guillermo es el más grande de los jugadores argentinos.

–¿Cuáles eran sus principales virtudes y defectos en la cancha?

–Guillermo no era un talento natural. Llegó adonde llegó a fuerza de trabajo y más trabajo. Eso tiene un mérito increíble. Es un ejemplo de fortaleza, de espíritu de lucha, de concentración, de dejarlo todo en la cancha. El saque era su tendón de Aquiles. Una vez, estaba entrenando con Ricardo Rivera y me vio: “Hola, Norma. ¿Me hacés un favor? ¿Me enseñás a sacar?” (risas). El otro defecto es que era un poco chinchudo (risas). Él quería dirigir y mandar todo en la cancha.

–¿Qué relación te unió con Vilas y qué compartieron a lo largo del tiempo?

–Llegamos a ser grandes amigos. Lo que le pasó me parece tan injusto, tan triste. Un chico tan sano, que no bebía ni fumaba. Solo compartimos charlas sobre tenis. En eso se basó nuestra amistad. Es lo único que compartimos como dos buenos obsesos que somos: “Yo le pego así a la pelota, vos le pegás asá, vos deberías aprender a sacar…”.

Escrito por
Adrián Melo
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