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Caras y Caretas

           

Del frontón al museo

Fue cuna, refugio y ámbito de formación del joven Guillermo. Allí pegó sus primeros reveses, se ilustró con la sabiduría de Felipe Locicero y dejó huellas que hoy forman parte del Espacio Vilas.

Si hubiera que ubicar el recorrido de Guillermo Vilas en un punto del mapa, sin dudas el punto de partida estaría en el Club Náutico de Mar del Plata. La institución marcó sus primeros pasos y, con el tiempo, se convirtió en símbolo de su carrera. El mejor tenista argentino de la historia nació como jugador en esas canchas y quedó para siempre ligado al club que lo vio crecer.

“Es un orgullo, porque el amor de mi papá fue siempre el Club”, dijo alguna vez Vilas. Su padre, el escribano José Roque Vilas, llegó a ser presidente de la institución y pasaba largas horas en sus instalaciones. Fue en ese escenario donde todo comenzó: mientras los adultos jugaban en las canchas de polvo de ladrillo, Guillermo se entretenía peloteando solo en el frontón.

En 2010, durante una ceremonia en la que se colocó una placa con el nombre de su padre en el Club, Vilas recordó con nostalgia ese rincón inaugural: “Ya no existe más… fue donde nos iniciamos todos los de mi generación”. Al recuerdo del frontón se suma el de su primera raqueta: una Sarina Children, obsequio de su padre.

EN EL FRONTÓN

El Club Náutico de Mar del Plata nació en 1925. El tenis se incorporó más tarde, en 1941, cuando se construyó la primera cancha. Pero fue recién en los años 60, con la llegada de un preparador físico, cuando el deporte tomó un rumbo distinto.

Ese preparador era Felipe Locicero. Su primer acercamiento al club no fue como entrenador, sino como peluquero: ese era su oficio cuando fue contratado por Vilas padre. “En ese tiempo, Guillermo era una criatura de diez años que jugaba todo el día en el frontón del club. Este detalle no le pasó desapercibido a Locicero, quien consultó al presidente del Club por el pibe rubio, zurdo, que veía pegarle a la pelota una y otra vez. Vilas le dijo que era su hijo. Fue allí que Locicero le comentó que tenía experiencia con juveniles y le gustaría entrenarlo”, relató el periodista José Luis Ponsico a Radio Gráfica.

Locicero logró que el tenis tuviera mayor peso dentro del Club y, poco a poco, comenzaron a destacarse jóvenes jugadores. Entre ellos, los hermanos Quintín y el hijo del presidente de la institución: Guillermo.

Los entrenamientos “comenzaban a las 9 de la mañana frente al mar, en invierno, con temperaturas bajo cero. Con ese nivel de disciplina, Locicero construyó al fenómeno del tenis argentino, y vale decir que Guillermo Vilas lo amaba”, recordó Ponsico.

Fue durante una práctica que Vilas captó la atención de Juan José Vázquez, presidente de la Comisión de Menores de la Asociación Argentina de Tenis. “Había ido a Mar del Plata por la organización de un campeonato en el Club Náutico. Me llamó la atención el juego que tenía el hijo de Vilas, un pibito rubio que se desplazaba en la cancha con mucha seguridad”, contó Vázquez.

Tiempo después se convirtió en su primer padrino tenístico y lo impulsó a continuar su formación en Buenos Aires. Por eso, en 1967, Guillermo fue incorporado como socio jugador del Buenos Aires Lawn Tennis Club.

“Para el Club, haber sido el lugar donde se inició y formó Guillermo Vilas en sus primeros años nos llena de orgullo. Por eso, Guillermo se convirtió en un embajador deportivo del Náutico”, dijo a comienzos de este año el actual presidente del Club, Juan Agra.

La presencia del tenista en la institución está a la vista: la cancha principal lleva su nombre y, en 2012, se instaló la escultura Vilas, el revés argentino. La pieza –hecha en chapa y hierro con baño de zinc– permanece a la intemperie, ubicada justo en la entrada principal, para dar la bienvenida a socios y socias.

Ese mismo lugar fue testigo del vínculo de Vilas con su comunidad. Cuando los títulos comenzaban a acumularse y su nombre ya sonaba en el circuito mundial, regresaba a su club tras cada viaje importante para compartir el festejo con su gente. Así lo hizo, por ejemplo, en 1974, tras regresar de Australia con el título del Masters, ganado ante el rumano Ilie Năstase.

ESPACIO VILAS

En 2020, cuando el Club Náutico cumplía 95 años, se puso en marcha el proyecto del Espacio Vilas, un homenaje permanente al ídolo que dio sus primeros pasos en esas canchas. La iniciativa fue impulsada por Daniel La Reina, director de la escuela de tenis del club, junto al periodista e historiador Eduardo Puppo.

La muestra permanente incluye vitrinas con distintas raquetas, fotos de sus inicios y objetos emblemáticos, como los libros de teoría tenística con los que aprendía de la mano de Locicero.

En sus primeras raquetas quedó la huella de ese aprendizaje. “Felipe marcaba los grips con pedacitos de cascote de ladrillo. Nos ponía una referencia de dónde apoyar la ‘V’ de la mano entre el pulgar y el índice. Así lo hizo en mi primera raqueta, una Sarina Children”, le contó Vilas a Puppo. Esa evidencia hoy forma parte de las piezas exhibidas.

“Mi maestro fue Felipe Locicero. Me trasladó su sabiduría con un libro de Bill Tilden. Era complicado porque hablaba de la esencia y las bases del tenis. Pero la técnica es la misma siempre, lo que cambia es la aplicación”, recordó alguna vez. Y definió a su entrenador como su “único y gran maestro”.

Escrito por
Luciana Rosende
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