“Mientras Inglaterra se esfuerza por curar la podredumbre de la patata (papa), ¿nadie se esforzará por curar la podredumbre del cerebro, que se extiende de forma mucho más extensa y fatal?”, se preguntaba Henry David Thoreau en su libro Walden o La vida en los bosques, publicado en 1854. Casi dos siglos más tarde el término podredumbre mental regresó. Mientras los Estados Unidos elegían a Donald Trump como presidente y Javier Milei se convertía en la estrella pop del fundamentalismo de derechas global, el diccionario de Oxford declaró al concepto brain-rot (podredumbre mental) como la palabra del año 2024.
Thoreau, acaso un verdadero libertario, un día decidió irse a vivir al bosque, sobre un pedazo de tierra que le prestó su amigo escritor Ralph Waldo Emerson. Junto a una laguna construyó con palos una cabaña. Se quedó dos años, dos meses y dos días observando la naturaleza y elaborando una crítica a la sociedad de su tiempo, desde lo que entonces se llamó trascendentalismo. Consideraba que gran parte de sus contemporáneos tenía una podredumbre cerebral por elegir producir y vender su vida en pos del capital.
En el ensayo Life Without Principle (Vida sin principios), lo describe: “Este mundo es un lugar de negocios.¡Qué bullicio tan infinito! Me despierto casi todas las noches con el jadeo de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay sabbath. Sería glorioso ver a la humanidad tranquila por una vez. No es más que trabajo, trabajo, trabajo. No puedo comprar fácilmente un libro en blanco para escribir pensamientos; comúnmente se escriben por dólares y centavos. Un irlandés, al verme pasar un minuto en el campo, dio por sentado que estaba calculando mi salario. Si un hombre fue arrojado por una ventana cuando era un bebé, y así quedó lisiado de por vida, o asustado hasta la muerte por los indios, ¡se lamenta principalmente porque quedó así incapacitado para los negocios! Pienso que no hay nada, ni siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, sí, a la vida misma, que este negocio incesante”.
Sin embargo, la razón por la que los catedráticos de Oxford eligieron a brain-rot como palabra del año 2024 parece tener que ver con algo mucho más inquietante. La definieron como “el supuesto deterioro del estado mental o intelectual de una persona” por el “consumo excesivo de material online, considerado trivial o poco desafiante”, y que tiene, a su vez la capacidad, de conducir o profundizar ese deterioro.
Es posible pensar entonces que el deterioro mental producido por los consumos digitales sea parte del mismo proceso donde, mediante algoritmos que direccionan las miradas, se favoreció el ascenso de los discursos de extrema derecha y sus banales figuras tan brainsrot.
Una investigación publicada por el Multidisciplinary Digital Publishing Institute (MDPI) cuenta que la gratificación instantánea proporcionada por plataformas digitales como TikTok anima a los usuarios a buscar más y más contenido basura para lograr el mismo nivel de satisfacción. Argumentan los investigadores que el algoritmo de “For You Page”, por ejemplo, fomenta un bucle sin fin de consumo que “puede promover la desensibilización y la reducción de la capacidad de atención”.
Según el informe de Oxford, “podredumbre mental” comenzó a aparecer con más frecuencia en 2023. Y al año siguiente había aumentado un 230 por ciento. Personas alrededor del mundo, sobre todo los jóvenes, utilizan la palabra para materializar sus preocupaciones “sobre el impacto de consumir cantidades excesivas de contenido en línea de baja calidad, especialmente en las redes sociales”.
Lo trivial y la noticia
“No sin un leve temblor de miedo, a menudo me doy cuenta de la facilidad con la que mi mente admite los detalles de cualquier asunto trivial, las noticias de la calle; y me asusta observar con qué facilidad la gente abarrota sus mentes con tales basuras y deja que rumores e incidentes ociosos e insignificantes se introduzcan en un terreno que debiera ser sagrado para el pensamiento (…) ¡Hacéis de lo más íntimo del apartamento de vuestra mente una sala de los tribunales, como si todo este tiempo el polvo de la calle nos hubiera cubierto, como si la calle misma con todo su tráfico, su ajetreo y suciedad hubieran atravesado el santuario de nuestros pensamientos! ¿No sería ese un suicidio intelectual y moral?”, escribe Thoreau en Desobediencia civil. Esa desobediencia civil a la que incitaba apuntaba a oponerse a los designios infundados de la vida en el capitalismo. Y estaba en las antípodas del falaz derecho que se autoatribuyen los ricos de hoy para no pagar impuestos.
Al parecer, naturalizamos estas contradicciones justamente por el consumo de información innecesaria, que en los últimos años encontró su canal preferido en los algoritmos de las redes sociales y sus inteligencias artificiales capaces de crear realidades a medida. Así, goblin mode (modo duende) fue la palabra Oxford de 2022. Su significado se acerca a la idea seres perezosos que permanecen estáticos, estáticos a manera de duendes delante de las pantallas, como si la vida fuese apenas autocomplacencia y consumo permanente.
Según el estudio “Demystifying the New Dilemma of Brain Rot in the Digital Era“, los síntomas de la podredumbre cerebral incluyen pasar horas frente a la pantalla, ansiedad al estar lejos de los dispositivos móviles y una capacidad debilitada para prestar la atención adecuada a actividades importantes. La investigación sugiere que, si bien la podredumbre cerebral no es una condición médica formalmente reconocida, es muy real, particularmente entre las generaciones más jóvenes. “Más de la mitad de los adultos del planeta pasa hoy más de 6,5 horas diarias frente a pantallas, muchos de los cuales miran pasivamente contenido de bajo valor en las redes sociales.”

Dejar hacer, dejar pasar
Thoreau adaptó la idea de podredumbre mental inspirado en la crisis de la patata. Hacia 1845, Irlanda del Norte, Escocia y gran parte de Inglaterra sufrieron la pérdida de varias cosechas del monocultivo que era la base de la alimentación de las mayorías más pobres. La roya de la patata, causada por un hongo denominado phytophthora infestans, causaba la podredumbre de las hojas, primero, y de los bulbos, después. Por años no hubo alimentos que recoger. Alrededor de dos millones de personas murieron en Irlanda por inanición ante la mirada indiferente de Londres. Y otros cientos de miles de irlandeses alcanzaron a migrar hacia América, por lo que es posible que ese irlandés del relato de Thoreau no sea otro que alguien obligado a marcharse a los Estados Unidos huyendo de una muerte segura.
La crisis de la patata fue tal que derivó en la renuncia del primer ministro británico Robert Peel. Un tal Charles Trevelyan tomó el control de las políticas económicas en medio de la hambruna. Trevelyan era un fundamentalista del libre mercado. Por eso negó toda ayuda a los irlandeses bajo el pretexto de que, al brindarla, se corría “el riesgo de paralizar toda empresa privada”. El pragmatismo del mercado dejó que millones de personas murieran de hambre, mientras la roya arrasaba los cultivos. Un hongo invisible era capaz de terminar con la vida: el libre mercado perduró.
Hoy, a la manera de la roya de la patata en el siglo pasado, no se visualiza una discusión o medidas que intenten mitigar el efecto del consumo de contenido basura en redes sociales, a fin de limitar las podredumbres cerebrales. Más bien, ese consumo parece fomentarse deliberadamente. Lo invisible perdura.
Una encuesta cuantitativa aplicada sobre una muestra 913 estudiantes de los primeros ciclos de la Universidad Autónoma del Estado de México indica que el 28,8 por ciento de los estudiantes se informa a través de X, el 25 por ciento en Facebook, el 16,6 a través de TikTok y el 8 por ciento con YouTube. Las cifras en otros lugares del mundo, incluida la Argentina, son similares. Es decir, son las grandes tecnológicas y no ya los diarios, las radios o la televisión las que construyen realidad a través de la información parcializada.
Son ahora los Zuckerberg o los Musk esos hombres de los que hablaba Thoreau hace casi dos siglos: “Me hago eco del testimonio de muchos extranjeros inteligentes y también de mis propias convicciones, cuando digo que probablemente ningún país se gobernó jamás por una clase tan mezquina de tiranos, con unas pocas excepciones, como los directores de la prensa periódica de este país. Y cómo viven y mandan solo por servilismo, y apelando a la peor y no a la mejor naturaleza del hombre, la gente que los lee se iguala al perro que come su propio vómito”.
Hoy la idea de podredumbre mental se ha extendido tanto en las redes sociales que el concepto se relaciona con un espacio de consumo lúdico. Se utilizan inteligencias artificiales para crear contenido basura como canciones, memes o pequeñas historias sin sentido, que millones de usuarios replican bajo hashtag “brain rot”.
Pero la situación puede derivar en algo más complejo aún, ya que gran parte de esos contenidos se desarrollan para el consumo de los niños. No importa el daño. Importan las cantidades de likes y reproducciones. Pudrir la cabeza de los niños parecería ser el objetivo de los “Italian Brainrot Animals”, una serie de imágenes y videos virales que carecen de un significado lógico, pero que se hicieron populares por lo absurdo y violento de sus mensajes y lo pegadizo de la música que los acompaña. Tralalero Tralala, un tiburón con patas de paloma y zapatillas Nike; Bombardiro Crocodilo (que en una voz italiana suena casi a buen padrino) es un avión militar con cara de cocodrilo; Lirili Larila, un elefante-cactus con aletas que camina por el desierto. O Brr Brr Patapim, que bien podría asimilarse con una papa podrida de nariz y pies inmensos, escupe palabras ininteligibles y al mismo tiempo pegadizas.
Así, personas que hace apenas un par de décadas hubiesen buscado un horizonte esperanzador lejos de las pantallas, hoy solo permanecen. Indolentes.
Quizás, siguiendo a Thoreau, en este mismo momento, millones de niños sean arrojados por ventanas digitales hacia una nada que los dejará definitivamente inválidos, ya no para los negocios, sino para la vida, mientras los tiranos del libre mercado y las comunicaciones miran deliberadamente para otro lado. Entonces en las pantallas aparecen mastines ingleses hablando de economía y de política, junto a sus intérpretes de turno. Que en ese devenir de bufones acaso tengan el descaro de aconsejarnos sobre cómo capear esta hambruna existencial, un minuto antes de que nos asole la podredumbre definitiva.
