La escultura de Marta Minujín en la que hay varias caras de un mismo hombre –en realidad es una cara cortada en varias rebanadas– retrata, según la autora, que los seres humanos tienen facetas diversas en cada aspecto de su vida. Juan Manuel Fangio no escapa a este rasgo de la condición humana. Una de las caras es la del deportista genial, campeón del mundo de Fórmula 1 en cinco ocasiones, rey del automovilismo mundial en la década de 1950. Otra faceta es que murió a los 84 años (1995), soltero, y sin reconocer a ninguno de los tres hijos que había tenido con mujeres distintas.
Uno de ellos es Rubén. Hoy tiene 80 años. Ahora atiende el teléfono y como si fuera una paradoja del destino lo primero que cuenta es que está manejando un auto. Se detiene al costado de la ruta para poder hablar. Luego sigue esta entrevista en la que evoca su historia, marcada por la búsqueda de la identidad y por el misterio de la intuición. Esas señales que a lo largo de años indican que hay algo por descubrir, una verdad oculta que espera ser revelada. “Yo me enteré de mi identidad a los 63 años –cuenta Rubén–. A esa edad confirmé que Fangio era mi padre. Había iniciado la causa por identidad en 2005, 10 años después de que él falleció”.
–¿Cuándo empezó a sospechar que Fangio podía ser su padre?
–Empezaron las sospechas justamente en 1995, el año en que él murió. Y estuve 10 años masticando, pensando. La verdad es que todo ese tiempo me tomó animarme. No tenía el coraje de enfrentar el tema, de hablar con mi madre, que era bastante grande ya. Fui estirando la situación hasta que un día mi hijo le preguntó a mi esposa qué me pasaba. Mi hijo me veía mal. Entonces mi esposa le dijo que no era una enfermedad del cuerpo sino del alma. Era muy difícil para mí enfrentar a mi mamá con algo así. No sé si mi mamá me lo quería contar. Yo fui a su casa. Le conté lo que me estaba pasando. Le dije que estaba casi seguro de que Pocho, así le decíamos a mi viejo, no era mi papá. Ella me salió con algunas evasivas, pero luego le dije que me haría un ADN con mi hermano y entonces ella me contó. Mi vieja murió a los 103 años.
–¿Usted llegó a tener algún tipo de vínculo con Fangio mientras él vivía?
–Lo vi una sola vez. Yo nací en Balcarce. Al año me bautizaron, en Maipú. Mi viejo Pocho trabajaba arreglado las máquinas de los trenes. Fangio fue mi padrino. Después mi viejo fue a trabajar a Mar del Plata, luego a Remedios de Escalada. Así que yo no tenía relación con el Chueco.
–¿Cómo se había conocido Fangio con su madre?
–Al galpón del ferrocarril a veces llevaban motores de auto para limpiar ciertas partes. Utilizaban el vapor de las locomotoras, que podían sacarse utilizando una manguera. Salía con una potencia tremenda el vapor. Eso limpiaba los motores y los dejaba como nuevos. Así fue como se conocieron Pocho y Fangio. Luego mi viejo Pocho le pidió al Chueco que le diera trabajo a mi hermano mayor, que en ese momento era un pibe, en su taller. Mi hermano trabajaba por la propina haciendo un poco de todo, limpiando las herramientas, esas cosas. En una oportunidad mi hermano destapó un radiador de un motor que estaba caliente, saltó vapor, agua, y se quemó el pecho. Fangio lo llevó a mi casa y ahí conoció a mi madre. Y… acá estoy yo. Cosas que pasan.
–A pesar de esta relación con su hermano mayor, que trabajaba con Fangio, usted no lo veía.
–Después, como era mi padrino, ya siendo yo más grande, lo fui a ver para que me ayudara a entrar a trabajar en la fábrica de Mercedes-Benz, acá en Cañuelas, en la que hubiera ganado más que en el ferrocarril. Fue la única vez que lo vi.
–¿Consiguió el trabajo?
–Nunca entré. Me dio una nota para un señor que trabajaba en la fábrica. Se la hice llegar, pero no entré. Él sabía que yo era su hijo cuando fui a verlo. Eso me enteré después. Mi madre había hablado con él. Yo tenía 28 años en ese momento. Luego, atando cabos, pienso que quizás hizo lo posible para que no entrara, por temor a que alguien notara el parecido y empezaran los rumores. Yo pienso que él no se asustaba manejando a 300 kilómetros, pero con esta situación sí.
–Entonces, cuando usted finalmente habló con su mamá, varias décadas después, ella le contó que Fangio sabía…
–Exacto.
–¿Hubo una especie de acuerdo entre su mamá y Fangio para dejar las cosas así?
–Yo nací en 1942. Pensemos lo que era la sociedad en esa época. Qué pasaba con una mujer, en un pueblo chico, que tenía una relación así. No es como ahora. Era muy distinto.
–¿Cómo le surgió la intuición de que podía ser hijo de Fangio?
–En la época de (Carlos) Menem yo trabajaba en el ferrocarril. Era la época de “ramal que para ramal que cierra”. Donde yo trabajaba cerró. Incursioné en la hotelería y la gastronomía. Trabajé en un hotel en Cañuelas al que venían turistas de otros países. Y cada vez que me veían decían que me parecía a Fangio. Trabajé luego en un hotel de Pinamar. Los dueños eran de Cañuelas, amigos míos. En una oportunidad una señora se descompensó. Llamamos al médico y el doctor que vino me dijo que era parecido a Fangio. Luego de atender a la señora, cuando el médico estaba saliendo del hotel, la dueña le comentó que yo había nacido en Balcarce y que mi padrino era Fangio. Entonces el médico le dijo que me haga un ADN que me iba a llevar una sorpresa. Ese día fue el quiebre.
–¿Cómo siguió todo?
–En una ocasión fui a visitar a unos primos, hijos de la hermana de mi mamá. Les conté que tenía decidido iniciar un juicio por identidad. Y ellos me dijeron que ya lo sabían. Resulta que mi tía –que lo sabía– les había contado. Es una tía que en el momento en que Fangio conoció a mi mamá vivía con ella y mi papá. Así que luego de esa conversación con mis primos ya no tuve ninguna duda.
–¿Qué pasó cuando finalmente confirmó su identidad?
–Hubo una exhumación (del cuerpo de Fangio). Se hizo en Balcarce. Fue en el 2015. Ya habían pasado 20 años de su muerte. El resultado fue una noticia mundial. La verdad que pasaron varias semanas en las que yo no quería salir. No me hacía bien que la gente me mirara buscando el parecido.
–¿Usted era admirador de Fangio antes de conocer su propia historia? ¿Le gustan las carreras?
–La verdad que las carreras nunca me gustaron mucho. Mi deporte preferido siempre fue el fútbol. También es cierto que a partir de esta situación me invitaron a muchos lugares del mundo y algo de cariño le he ido tomando a los autos.
