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Caras y Caretas

           

Juan Manuel Fangio, el caballero del volante

Nacido en Balcarce y dotado también para el fútbol, se decidió por una pasión que se le presentaba como irrefrenable: los fierros. Triunfó en la Argentina y en el mundo. Hizo historia. A treinta años de su muerte, el Chueco sigue estando en el podio de los grandes deportistas del país.

Las sierras de picos truncados se mueren en el campo. Tierra fértil de la pampa argentina que recibe la mano de los inmigrantes. Florece. Alimenta. Ahí, en la localidad de Balcarce, Juan Manuel Fangio se debate: el fútbol o los autos. Loreto, su padre, no tiene dudas: no quiere que el Chueco –así lo apodan sus hermanos– pierda tiempo entre los fierros. Es bueno con la pelota, ya jugó con la selección de la ciudad, y no se necesita tanto dinero para poder avanzar. Para él hay algo en los fierros que lo cautiva. El fútbol también le gusta, incluso pensó en irse a Mar del Plata para ver si podía dar el salto en su carrera. Pero cada vez que puede se sube como copiloto de cualquiera que lo quiera tener en alguna carrera zonal. Las manos le pican cuando ve a los pilotos. Siente lo mismo que sintió cuando era un chico y se subió por primera vez a un auto.

Tiene vida. Eso pensó Juan Manuel Fangio cuando por primera vez manejó un Ford T. Su hermano lo había dejado en marcha en la puerta de su casa y él no pudo frenar la tentación. Necesitaba sentir ese temblor. La vibración del motor, el corazón de la máquina. No tenía más que un puñado de años, las manos apenas le alcanzaban para abrazar el volante y con la punta del pie izquierdo tocaba el freno. Tiene vida, pensó, y la sensación en el cuerpo fue infinita. Entonces supo que su destino sería estar siempre ligado a los autos.

Lo primero fue un taller mecánico. El trabajo se juntaba con la pasión. Las manos, alejadas del campo y la reparación de tractores y cosechadoras, se metían entre los fierros. El olor a grasa, el oído fino para escuchar la respiración de las máquinas. Y la tentación permanente de salir a probar todos los autos que pasaban por sus manos.

LOS COMIENZOS

Ese era su plus: conocer el motor, la mecánica viva de la máquina, aparearse con ella hasta ser uno solo le permitiría a Fangio ser un distinto. No era la velocidad lo que lo distinguía, sino conocer bien sus autos para sacarles el máximo en cada carrera. Pero eso lo aprendería con el tiempo y el error es siempre el primer aprendizaje. La primera vez que Juan Manuel Fangio se vistió de piloto tenía 25 años y lo hizo sin la bendición de sus padres. Una carrera no oficial, en el circuito de la localidad de Benito Juárez, se preparaba para el debut de la promesa de Balcarce. Su auto: un Ford A 1929, propiedad del padre de Gilberto Bianculli, uno de sus amigos, que lo utilizaba como taxi. Fangio y su barra lograron convencerlo para que se lo prestara; la carrera entregaba mil pesos en premio y eso le serviría al Chueco para pagar deudas.

La promesa era que al día siguiente el auto volvería a manos de su dueño sin ningún rasguño. No fue posible: faltando un par de vueltas, Fangio –con Gilberto de acompañante– estaba en tercer lugar. El premio se le iba de las manos, entonces aceleró. Aceleró y aceleró, tanto que se olvidó de escuchar el motor, hasta que el ruido fue inevitable. Una pérdida de aceite y una biela fundida. Corría 1936 y en honor al club de fútbol de sus amores, participó con el seudónimo de Rivadavia.

“En la carrera anduve rápido, pero con cuidado porque había mucho polvo, hasta que fundí un cojinete de biela al quedarme sin aceite. Una lástima, porque los mil pesos de premio nos hubieran venido bien para pagar algunas deudas del taller. El problema fue al día siguiente cuando le contamos lo ocurrido al señor Bianculli. Nos quería matar… Pero finalmente se lo devolvimos reparado”, dirá Fangio cada vez que recuerde esa anécdota. Dos años más tuvieron que pasar para su debut oficial como piloto. Esta vez a bordo de un Ford V8 rojo comprado con lo que consiguieron juntar sus amigos. Ellos confiaban en el Chueco, notaban su pasión, su amor por los autos, pero sobre todo notaban que era un distinto y apostaban por él. Ya llegarían los momentos de recuperar lo invertido. Aquel verano, en el circuito de Necochea, se quedó con el séptimo lugar y las ganas de seguir creciendo. El objetivo: ser piloto de Turismo Carretera. La oportunidad le llegará en el Gran Premio Argentino de 1939, otra vez con el apoyo de sus amigos y la gente de Balcarce. Esta vez a bordo de una cupé Chevrolet 1939 negra. En la butaca derecha, Héctor Tieri como acompañante.

DE BALCARCE AL PAÍS Y AL MUNDO

El gran salto le llegó en 1940. Primero con la participación en el Gran Premio Internacional del Norte: Buenos Aires-Lima-Buenos Aires. El Chueco empezaba a identificarse con el Chevrolet como marca. Ahora pintado de verde con el 26 en negro. Después, el primer campeonato argentino en TC. El trofeo para el Chueco, pero también los laureles y el amor del público de uno de los deportes más populares del país. Pero no existe superhéroe si no hay alguien de igual valía que lo ponga en jaque. Entonces, Oscar Alfredo Gálvez y su Ford. Nace una rivalidad que trasciende los nombres y se extenderá con el tiempo en las dos marcas emblemáticas del automovilismo argentino. Pero esa rivalidad ocultaba algo más: mientras Gálvez representaba “lo porteño”, Fangio se erigía como el corredor nacido en el interior. El mito tomó otra dimensión cuando el triunfo sobre Gálvez en Brasil lo pone en el podio del Gran Premio Getúlio Vargas.

El nombre de Fangio llena las páginas de los diarios y las revistas deportivas. La radio replica su historia y sus proezas al volante. La música popular le dedica lo que se merece: el bandoneón de Anselmo Aieta sobre la composición y lírica de Javier Mazzea rompe el silencio en los cafetines de Buenos Aires: “Bajan el baderín. / Fuerte ruge el motor, / se oye gritar sin fin / ¡Fangio en el pelotón! / Vibrando de emoción / te vemos perfilar / cual saeta, veloz, / seguro de triunfar”. El recitado intermedio ensalza la figura del Chueco. Habla del valor y la capacidad de llevar la bandera argentina al máximo nivel: “Luchando con valor / la meta es tu final / y nuestro pabellón / triunfante quedará. / El pueblo te aclamó / y en cada corazón / brota con emoción / el grito de ¡campeón!”.

Y cuando todo parece gloria, cuando ya América se le rinde a sus pies, la tragedia le avisa que no todo serán laureles, que algo tendrá que pagar por tanta gloria.

No la vio. A pesar de los faros que iluminaban el camino de montaña, no pudo verla. Quizá los faros mismos fueron la causa: demasiada luz en demasiada oscuridad y los paredones, inmensos, blancos de la montaña a pocos kilómetros de Huanchaco. Un reflejo cegador. Entonces Juan Manual Fangio pisó el acelerador de su Chevrolet 1939, en vez de levantar la pata y peinar el freno para tomar la curva que bordeaba la cornisa. Demasiado tarde le llegó la voz de Daniel Urrutia, su acompañante en el Gran Premio de América del Sur de 1948. Demasiado tarde porque ya el neumático mordía la arenilla y el auto se ponía de cabeza, hasta terminar dando tumbos en el fondo de un terraplén. “En ese momento –en el momento en que el auto empezó a dar tumbos, dirá el propio Fangio– tomé conciencia del desastre.” Y lo confirmará cuando junto a su eterno rival, Oscar Alfredo Gálvez, encuentren el cuerpo de Urrutia malherido. Atrás quedará la disputa deportiva, en el auto de Gálvez va Fangio lastimado y con el alma en pena, también el cuerpo moribundo de su acompañante. Días después la muerte será implacable con el copiloto y le dejará a Fangio una secuela imborrable: “Nunca pensé que iba a poder seguir corriendo en la vida –recordó tiempo después–. Ese fue mi primer gran accidente. Y la muerte de Urrutia… Yo fui el culpable”.

CABALLERO DEL DEPORTE

El horizonte parece una línea difusa, curvada, que se pierde en el mar. Los motores rugen en la línea de partida. Fangio tiene la mirada fija en el banderillero encargado de dar la señal de partida. Lo conoce, es Pancho Borgonovo, y sobre todo conoce la técnica que tiene para bajar la bandera: primero la mano en alto y dedo por dedo contando los cinco segundos previos a la largada. Ahí es donde mira Fangio, al punto fijo donde la mano de Borgonovo cuenta el tiempo en regresiva y entonces, cuando está a punto de bajar el último dedo, acelera. La Maserati 4CLT/48, azul y amarilla, pica en punta y llega primera a la curva de Cabo Corrientes. El verano del 49 en Mar del Plata explota al ritmo de las máquinas. Los que van atrás no son los de siempre, los que conoce. Atrás están Ascari, Villoresi, Farina y todos los grandes del automovilismo europeo que habían llegado a la Argentina para disputar ese gran premio internacional.

Para Fangio no era una carrera más. Sabía que podía mostrar su valía ante los mejores y que eso podría ser un pasaporte para correr en otro nivel. Quizás eso pensó cuando el escape del auto dijo basta y se rompió en plena carrera. No dudó, lo arrancó él mismo sin bajar la velocidad y pudo llegar a la meta en primer puesto.

Pocos meses después, el Automóvil Club Argentino lo eligió para una gira por Europa. Llegaba el momento de mostrar lo que valía, ahora con el apoyo de un sponsor que podía darle mucho más que la mano de sus amigos de Balcarce. En esa gira de 1949, Fangio se impuso en seis de las diez carreras en las que participó. San Remo, Pau, Marsella, Monza, Albi y Perpignan lo veían brillar. También las grandes marcas: corrió con Maserati, Simca y Ferrari. El mundo veía lo que ya todos los argentinos sentían. Fangio estaba destinado a los grandes podios.

A su vuelta, el presidente Juan Domingo Perón lo coronó con la medalla al Caballero del Deporte.

FÓRMULA 1

1950 traía una novedad para el deporte de los fierros de alto nivel. La Fórmula 1 establecía el Campeonato Mundial de Pilotos de la Federación Internacional de Automovilismo. Siete carreras, seis de ellas en Europa bajo las reglas de la F1; la otra, en Estados Unidos: las 500 millas de Indianápolis.

Alfa Romeo es la marca y el primer equipo que le da la chance a Fangio para sumarse a la elite de la elite. Junto a él, en el mismo equipo, los favoritos de todos: los italianos Giuseppe Farina y Luigi Fagioli. No es el único argentino, también están Froilán González y Alfredo Pián en la escudería Achi- lle Varzi, también de bandera nacional, que corre con Maserati.

Para Fangio el 50 fue un gran año, ganó once carreras en distintas categorías, pero no fue su gran año en la Fórmula 1. Sí hizo las cosas bien como para seguir en la escudería para la temporada del 51.

La figura del Chueco crecía a medida que pasaban las carreras. Ya no solo el tango reflejaba sus hazañas. El 27 de octubre en el Cine Ocean, el cine le rendía pleitesía con la película Fangio, el demonio de las pistas, producida por Armando Bó y dirigida por Román Viñoly Barreto.

En su segunda temporada en la Fórmula 1 consiguió su primer campeonato del mundo con Alfa Romeo. Todo era victoria y proyección, como cuando había dado sus primeros pasos en América. Entonces, otra vez, la tragedia: en 1952, después de manejar horas en un viaje entre Londres e Italia, Fangio llegó a Monza poco antes de la carrera. Incluso no participó de la clasificación. A bordo de una Maserati, desde el último puesto, largó con la intención de ser agresivo y ganar puestos para llegar, con las vueltas, a quedarse con la punta. En dos vueltas, ya había alcanzado el cuarto lugar, pero en la tercera vuelta, en la curva de Lesmo, el auto se despistó y Fangio quedó gravemente herido.

Con la tragedia, los rumores de un hombre que ya no tiene el talento, los amigos del campeón se alejan. Pero él persiste. En el 53 volverá a ese circuito, se llevará la victoria impresionante, en la última curva, imponiéndose sobre Farina y Ascari. Los puntos no le alcanzaron para quedarse con el campeonato, pero el Chueco avisaba, desde el segundo lugar, que estaba vivo.

Y así lo demostró en el 54 y el 55 repitiendo el campeonato pero con Mercedes-Benz. En el 56 fue el turno de Ferrari, él siempre al volante. El quinto y último campeonato llegó en 1957 con Maserati para marcar un récord histórico que solo pudieron romper, décadas después, Michael Schumacher y Lewis Hamilton cuando ya la Fórmula 1 era un deporte de máquinas y tecnología y no tanto de pilotos.

“Nunca consideré el riesgo del automóvil. Tampoco soy un hombre corajudo. La gente cree que todo es cuestión de coraje, y está equivocada. Los corajudos no cuentan su historia. La cuestión es tener confianza en sí mismo, y en lo que uno tiene en sus manos. Todos tenemos nuestro límite y hay que conocerlo bien para no correr el riesgo inútil”, dirá años después en una entrevista con La Nación.

EL LEGADO

En agosto de 2007 el conductor Mario Pergolini aparecía en las pantallas de la televisión argentina al mando de un programa que tenía un objetivo lúdico y cultural: encontrar al representante del Gen Argentino. El formato, basado en uno similar de la BBC, contaba con un listado de cien personajes distribuidos en cinco categorías: Historia y política del siglo XIX; Historia y política del siglo XX; Periodismo y artes populares; Artes, ciencias y humanidades, y Deportes. Para las nuevas generaciones de televidentes, la fija en Deportes era irrefutable: Diego Armando Maradona era el hombre con el gen, sin ningún lugar a dudas. La sorpresa fue mayúscula cuando las votaciones fueron dejando a Juan Manuel Fangio como ganador en la categoría compartiendo la disputa final con René Favaloro y José de San Martín. El padre de la patria fue el ganador del programa, pero Fangio volvía a ocupar el podio del deportista argentino más destacado, como en aquellas décadas cuando los fierros eran más populares que el fútbol.

El 3 de febrero de 1958 ganó su última carrera. El público argentino pudo despedirse de él en el podio del Gran Premio de Buenos Aires. Meses después, en julio, decidió retirarse en el circuito de Reims, donde había debutado una década antes. Una vez más, su cuerpo estaba fundido con una Maserati.

Hoy, con Franco Colapinto a bordo de un monoplaza en la máxima categoría del automóvil mundial, los argentinos viven un nuevo momento de pasión revitalizada. Detrás de la figura del pibe nacido en Pilar, corren el fantasma del Lole Reutemann, pero sobre todo se levanta el monumento del quíntuple campeón del mundo, Juan Manuel “el Chueco” Fangio, todavía vivo, a treinta años de su muerte.

Escrito por
Juan Carrá
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