Nassim Nicholas Taleb publicó su libro El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable en 2007. Un año más tarde, el 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers quebró. Gran parte del sistema financiero global estuvo a punto de derrumbarse. Entonces, los Estados occidentales salieron, otra vez, a salvar a los dueños del mundo. Para que el capitalismo siguiera siendo. Mientras tanto, en algún río del sur de Australia, los cisnes negros simplemente estiraban su cuello en silencio y volvían a esconderlo, como si esperaran pacientemente otro estrepitoso e impredecible crack que tiñera de rojo las pantallas de los financistas de todo mundo.
Taleb dedica su libro y deja pistas: “A Benoît Mandelbrot, un griego entre romanos”. Mandelbrot elaboró la teoría de los fractales, que muestra entre otras cosas que las formas del universo siguen un mismo patrón rugoso, independiente de las escalas. Las formas de la creación se repiten en las costas de los océanos, en la hoja de un ciprés o en la pluma de un cisne. Y esas formas siguen patrones matemáticos que descubrió estudiando las curvas de las variaciones de precios del algodón en la Bolsa de Nueva York entre 1900 y 1960.
A partir de este dato, es posible pensar que las fractalidades y las coincidencias de los eventos inesperados –esos cisnes negros– que cambian el curso de las narraciones históricas del capitalismo (o de la historia) puedan relacionarse también con elementos alejados de los vaivenes financieros y además tener, por ejemplo, la forma de la costa de un río o el plumaje de un ave negra. Utilizar estos patrones para predecir eventos financieros sería, a fin de cuentas, una forma bastante más adecuada que la que usan muchas consultoras especializadas cuando intentan año tras año predecir el futuro a cambio de cientos de miles de dólares.
Hoy las formas y los tiempos se entrelazan, como si señalaran lo inexorable: eso que Yanis Varoufakis llama tecnofeudalismo o Éric Sadin denomina tecnoliberalismo parece encaminarse hacia destinos cada vez más impredecibles. Y si todos los finales están hechos de sustancias o formas similares, y cumplen con la idea de fractalidades previstas por Mandelbrot, es posible que cientos de cisnes negros nos sobrevuelen y que solo la bondad interesada de los algoritmos nos impida verlos.
Historias
El inicio de la historia de probabilidades de las crisis financieras podría situarse en el momento en que Thomas Peel vio el primer cisne negro en 1830, a orillas de un río al que (por supuesto) llamaron Swan, en el sur occidental de Australia. Porque si bien Nassin Nicholas Taleb no registra este hecho en su libro, siete años después de aquel desembarco se produjo una de las grandes primeras depresiones del capitalismo global. Pars pro toto (Parte del todo) se llamaba ese espacio del occidente australiano donde llegaron Peel y sus hombres. Acaso como esa parte del todo estaba tan alejada y los medios de transporte y de comunicación eran aún lentos e incipientes, se puede suponer que el avistaje de Peel se tomara algún tiempo para impactar con su fractalidad sobre la Bolsa de Nueva York. Lo llamaron Pánico de 1837. Desencadenó la primera gran depresión de la historia de la economía de los Estados Unidos.

Alasdair Roberts cuenta en su libro America’s First Great Depression que en la ciudad de Chicago los negocios “se habían desvanecido como el humo” y que en Wall Street todos eran números rojos. Describe además que, en el puerto de Nueva York, los barcos se pudrían en la quietud de los muelles y que los trabajadores iban puerta por puerta ofreciendo sus manos a cambio de alojamiento y comida. El precio del algodón había bajado a la mitad y los dueños de las plantaciones huían para evitar a sus acreedores. “Me he ido a Texas”, rezaban los carteles que colgaban de puertas definitivamente cerradas.
Quien sí documentó la llegada de Thomas Peel a las costas del río Swan fue el economista y sociólogo alemán Karl Heinrich Marx. En algún pasaje de El capital rescató su figura para mostrar que, en ciertas condiciones materiales e históricas, el capitalismo suele no funcionar.
“Thomas Peel, hombre de recursos y con contactos políticos, zarpó hacia las antípodas con tres barcos que transportaban, además de a su familia, a 350 trabajadores (hombres, mujeres y niños), semillas, herramientas, otros bienes de capital y 50 mil libras en efectivo –una suma considerable en aquella época, equivalente a unos 4,6 millones de libras actuales–. La idea era establecer una colonia agrícola, pequeña pero moderna, en los mil kilómetros cuadrados de tierra que las autoridades coloniales habían expropiado a los nativos para dárselos a él. Pero poco después de llegar, sus planes se habían malogrado(…) Se arruinó cuando sucedió algo inesperado: sus trabajadores lo abandonaron en masa”, escribe Yanis Varoufakis. Había cientos de hectáreas de tierra sin dueño ni patrón. Sin mano de obra para comprar, el proyecto de Peel fracasó. En las profundidades revueltas del río Swan los cisnes negros hundían sus cuellos buscando peces.
Las fractalidades de la naturaleza pueden llevarnos también a los cracks de 1929 o de 2008. Otra vez, cisnes negros. Taleb los define: “Primero, es una rareza, pues habitan fuera del reino de las expectativas normales, porque nada del pasado puede apuntar de forma convincente a su posibilidad. Segundo, producen un impacto tremendo. Tercero, pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de sus existencias después de los hechos, con lo que se hacen explicables y predecibles”. La teoría de los fractales desarrollada por Mandelbrot mostró su capacidad predictiva. Algo parecido sucedió con la astrología, que desde el advenimiento de los algoritmos y las pantallas desarrolló predicciones financieras capaces de llamar la atención,
Algunos astrólogos de las finanzas atribuyen, por ejemplo, una sincronicidad entre el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929 y el anuncio del descubrimiento de Plutón en 1930, como si el hallazgo del planeta de los inframundos hubiera impactado en la conciencia colectiva para dejar a la vista los hilos de estafas siderales que, por supuesto, iban a ser remendadas por el Estado capitalista. Otros apuntan que la entrada de Plutón en Capricornio desencadenó la caída de Lehman Brothers y la crisis de las subprimes en 2008.
Entre coincidencias y fractalidades, David Haworth, de la Universidad Monash, cuenta que el primer avistamiento de un cisne negro registrado por un europeo se dio 1636. Antonie Caen anotó en su bitácora de viaje haber visto pájaros negros “tan grandes como cisnes” en el mar frente a la isla de Bernier, en Australia. Y como Pars pro toto, el aleteo de esos cisnes quizá pudo afectar a la monarquía española, que en ese momento dominaba el mundo. Aquejada por problemas de financiamiento, España tuvo que negociar créditos con banqueros portugueses dejando de lado a genoveses en medio de una crisis económica que se extendió por más de diez años, según documenta Carmen Sanz Ayán en Los banqueros y la crisis de la monarquía hispánica de 1640.
Futuros y predicciones
Diferentes relatos ancestrales de pueblos nativos australianos coinciden: al parecer, los cisnes negros fueron alguna vez blancos. Una fábula del pueblo Noongar, por ejemplo, cuenta que el cisne blanco era muy altivo y se jactaba de su belleza y que una deidad hecha águila le arrancó las plumas como castigo. Los Djuwin, en cambio, dicen que Guunyu era un cisne blanco, humilde y tranquilo, y que lo atacaron cuervos envidiosos de su plumaje y su cuello largo que llegaba a las mejores hierbas del fondo del lago. Como una paradoja del extractivismo capitalista, en ambos relatos, el cisne blanco pierde sus plumas y comienzan a salirle otras negras. Y su pico y cabeza rojas recuerdan la sangre vertida por los cuervos. Todo parece haber coincidido con la llegada del hombre blanco.
“El racismo colonial no difiere de los otros racismos”, escribe Frantz Fanon, luego de desmontar toda la narrativa occidental que identifica lo negro con lo malo y perverso y lo blanco con lo bueno y angelical. En octubre de 1834, Thomas Peel, junto a oficiales británicos, fue parte de la Masacre de Pinjarra. Después de su primer fracaso capitalista asesinó a decenas de nativos Binjareb para apropiarse de mejores tierras del occidente australiano.
El futuro llegó
Pero, como si la historia de los fracasos predictivos no importara, al comenzar cada año periodistas, consultores y economistas se esfuerzan por identificar la llegada de cisnes negros. Así, a la manera de los gurúes de la astrología o de los antiguos chamanes de las tribus nativas, buscan en el oscuro cielo del capitalismo aves de cuello largo y plumas negras. Y lo escriben. A manera de predicción, por ejemplo, al comenzar 2025 algún medio prestigioso vaticinó que un eventual cambio en las políticas económicas en la China podrían “desatar un rally monstruoso” que impactaría sobre la economía global; o que un acuerdo nuclear de Estados Unidos con Irán “alteraría las demandas del mercado energético”. Nada de esto pasó. Donald Trump y su necesidad de cercar el mundo hizo estallar los mercados con sus políticas arancelarias. Pero los hechos son demasiado recientes para evaluar si se trató de un cisne negro o de cimbronazo eventual.

Sin embargo, la idea de levantar nuevos cercamientos, nuevos muros, de apropiaciones violentas, aparece en el horizonte del mundo. Trump ha dicho, por ejemplo, que quiere para los Estados Unidos el territorio de Canadá y el de Groenlandia. Varoufakis nos recuerda que este tipo de cercamientos fueron esenciales para la evolución del capitalismo primitivo. Quizá fue la ausencia de muros lo que hizo fracasar los planes capitalistas del señor Peel en Australia.
David Haworth cuenta que colonias de cisnes negros fueron llevadas a Europa, a Japón e incluso a los Estados Unidos. Y aventura que esas colonias jamás crecieron posiblemente por el prejuicio occidental hacia su color. Al final de esta narrativa quizás sea necesario recordar que la región occidental de Australia se llamó Pars pro toto. Y que a orillas del río Swan los cisnes negros aún nadan. Muy a pesar de las inútiles predicciones de los consultores y periodistas especializados. Y aun cuando, releyendo a Sadin, se nos invite a pensar que el tiempo de las analogías terminó el 29 de junio de 2007, cuando la vida comenzó a volverse oscuramente digital. Y que, desde entonces, un cisne real puede confundirse con otro diseñado por una inteligencia artificial.
