• Buscar

Caras y Caretas

           

Horacio Quiroga y la camiseta de Maradona

Como en una parábola fantástica, esta crónica enlaza el que acaso fue el primer cruce entre fútbol y literatura en la Argentina con la figura de Diego eterno.

En esta historia las coordenadas de tiempo y espacio se rompen de manera tal que sorprenderían al propio Erwin Schrödinger. Es que en un país como la Argentina, solo el fútbol y la literatura son capaces de lograrlo. Y no hacen falta ecuaciones complejas ni relatos con figuras atroces para afirmar que alguna vez, en un espacio-tiempo otro, Horacio Quiroga recibió en su casa una camiseta que le enviaba el propio Diego Armando Maradona.

Horacio Quiroga, ese escritor que nació en el Salto uruguayo inaugurando quizás una saga de personajes ilustres o famosos, que deriva en Luis Suárez o Edinson Cavani, por ejemplo; digo: Horacio Quiroga es el autor del que muchos consideran el primer cuento o relato de fútbol escrito en las márgenes del Río de la Plata y publicado en la Argentina.

Corría 1918 y Constancio Vigil, que aún no había fundado El Gráfico, publicó en la revista Atlántida el texto llamado “Juan Polti, half-back”. Contaba la historia de un joven jugador de Nacional de Montevideo: Abdón Porte. Su muerte conmocionó al paisito. Es que Abdón regó literalmente con su última gota de sangre la línea media de la cancha del Parque Central. Entonces, Quiroga escribió.

Horacio Quiroga.

“Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo enseguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.” Cosas del destino ese de cruzar letras con el cuero de los balones, Polti o Abdón Porte, como realmente se llamaba, jugaba en Nacional en la misma posición que seis o siete años más tarde jugaría un tal Luis Alfredo Sciutto Moncalvo, que bajo el seudónimo de Diego Lucero se convertiría en una leyenda del periodismo deportivo: fue el único, hasta 1994, en cubrir todos los mundiales.

Pero el tiempo retrocede. Y ahí está el relato de Quiroga en la revista Atlántida, y es un éxito tal que Constancio Vigil comienza a pensar que a las multitudes de obreros bien pagos les interesa leer sobre sus ídolos del fútbol. Hay algo de épica y de gloria en esas historias que tienen la capacidad de sacarlos de la maquinal alienación diaria.

Escribe Quiroga en el relato: “Y más abajo estos versos: Que siempre esté adelante / El club para nosotros anhelo / Yo doy mi sangre por todos mis compañeros, / Ahora y siempre el club gigante / ¡Viva el club Nacional!”.

El otro Quiroga

Horacio Quiroga debutó en primera división a los 13 años. El partido se volvió antológico porque no solo compartió la cancha con su papá, sino que además marcó un gol, en lo que sería el inicio de una prolífica cuenta que lo llevó a vencer a cuanto arquero tuvo por delante.

Según José “Tato” Zurita, periodista catamarqueño, Quiroguita, que así lo conocieron muchos, comenzó su carrera futbolística en Sportivo La Ramadita, en Fiambalá, Catamarca, y se destacó en el club Defensores del Norte, donde durante una década marcó cientos de goles.

“Tuvo un fugaz paso por Unión, donde anotó un gol, y por Independiente, aunque, debido a lesiones y viajes frecuentes a su tierra natal por razones familiares, prácticamente no jugó”, escribe Zurita.

El camino de Quiroga parecía quedar olvidado en los potreros de cerro dentro, pero como si ciertos duendes futboleros hubieran escuchado esa letra donde Jaime Ross dice “que el letrista no se olvide de los cracks que no llegaron”, la historia quiso que hubiera otro Quiroga, de nombre Joaquín, también catamarqueño, que durante los años de Barcelona y las primeras temporadas en el Napoli fue amigo de Diego Maradona, tanto que incluso vivió en su casa.

Horacio “Quiroguita” Quiroga.

Cuenta esa historia que Joaquín “El Cata” Quiroga solía hablarle a Diego de las proezas de Quiroguita, que por entonces quizá ya jugaba en la Liga Chacarera de las afueras de San Fernando o se sentaba en el banco de Defensores para dirigir a los pibes. Decía Joaquín, y le contaba a Diego, que valles abajo de la Cuesta del Portezuelo, Quiroguita se le había adelantado y había hecho proezas parecidas a las del propio Diego con toda pelota que le picara cerca en esos potreros pedregosos del norte profundo.

Carlos Gallo, autor del libro Fútbol nuestro de cada día, que da cuenta de la historia del fútbol catamarqueño, realza la figura de Quiroga, jugador legendario, al que además todos admiraban por su simpleza y humildad. Entonces aparece la anécdota: hubo una vez en que, al terminar un partido con Barcelona, Diego se sacó su camiseta blaugrana con la número 10 y se la dio a su amigo Joaquín Quiroga: “Tomá, mandásela a Quiroguita”, dicen que le dijo.

Lo demás es literatura no escrita: Quiroguita, que se llamaba Horacio Abdón Quiroga, recibió la camiseta. “A lo mejor su padre conocía la historia y por eso le puso ese nombre”, aventura Carlos Gallo.

Imposible saber si acaso ese nombre era un homenaje a ese half-back de Nacional. O al cuento de Quiroga. Imposible saber si ese número 10 legendario supo que su nombre resumía el inicio de la literatura futbolera de esta parte del mundo. Esa en donde todo es posible. Y donde las coincidencias llegan a ser tan extremas que juegan por la orilla: pues Abdón fue el número 11 de los jueces que gobernaron Israel. Fiel servidor de dios, dicen que significa su nombre. Y que fue el antecesor de Samson. Justo ese que, según cuenta  la leyenda, con su fuerza logró liberar a su pueblo, al menos por un momento, del yugo de otro imperio.

Escrito por
Roy Rodríguez Nazer
Ver todos los artículos
Escrito por Roy Rodríguez Nazer

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo