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Caras y Caretas

           

Haroldo andaba en la luz

A cien años de su nacimiento, Haroldo Conti vive en su obra. Aquí un recorrido por sus oficios terrestres, los modos del cine que marcaron su escritura y su pasión por el Delta.

Todo empezó en Chacabuco. La llanura, los atardeceres dilatados, el horizonte siempre lejano. Haroldo Conti nació el 25 de mayo de 1925 y antes de cumplir los veinte ya estaba viviendo en la gran ciudad. Pero siempre iba a volver a Chacabuco para ver el monte de frutales, para conmoverse con los durazneros y los ciruelos florecidos, para andar en silencio una vez más por el camino del álamo carolina.

En 2022, Ediciones Bonaerenses publicó En prensa (1955-1976), un libro que reúne por primera vez los textos de no ficción de Conti. El primer texto que aparece se titula “Aplaudida charla de Haroldo Conti en la Escuela N° 12” y se trata de una conferencia que el autor dio en su Chacabuco natal, en 1966. El tema: literatura y vida. Allí, confiesa: “En realidad, yo nunca salí de aquí”. Y también contesta por qué escribe, qué lo llevó a escribir: “El deseo de rescatar del olvido toda esa frágil historia”. La de su infancia, la de su pueblo, la de su gente. Afirma que escribe porque es su forma de realizarse. Vuelve a la escuela de su infancia para preguntarse, para responder esa pregunta que siempre insiste: “Por qué escribe uno”. Habla de los recuerdos del pasado y también de los escritores que lo marcaron. “Después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuese justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor.” Se mete de lleno en ese tema. Cita a Hemingway: “El talento reside en cómo uno vive la vida”. Y, por fin, termina respondiendo a la pregunta: escribir es “asumir un compromiso con la vida”.

“Perfumada noche”, uno de los cuentos que integran La balada del álamo carolina, lleva como epígrafe: “A mi tía Haydée, para que nunca se muera”. La intención, a esta altura, es evidente: mantener en vida con la literatura, rescatar del olvido su historia y la de los que lo rodean. Su tía sigue apareciendo en los ojos de cada uno de los que abrimos el libro y empezamos a leer ese cuento.

En una chacra cercana a la localidad de Warnes, entre Chacabuco y Bragado, todavía hoy se puede encontrar de pie el álamo de la balada. En el libro Haroldo Conti. Biografía de un cazador, de Néstor Restivo y Camilo Sánchez, aparece Maruca Cirigliano, dueña de la chacra, contando que Conti la visitaba con frecuencia y que se pasaban tardes enteras hablando y comiendo scones o buñuelos de flores de zapallo. “Charlábamos y me preguntaba cosas, y yo le contaba anécdotas, historias, y muchísimo de lo que yo le contaba apareció después en los libros (…) Él le daba la forma literaria, claro, y lo asociaba con otras cosas y las encajaba tan bien que salían los cuentos.”

Oficios terrestres

En la literatura están esas vidas y recuerdos que intentó mantener. Su vida fue el sueño de un tipo que duerme a la sombra de un álamo en el medio de la llanura pampeana. En ese sueño hay libros y escritores, pero sobre todo está la experiencia de los días vividos. Un naufragio. Una casa en una isla del Delta. El río conectando todo, mientras una piragua en un arroyo flota en una espera atada, raspando con insistencia la madera gastada de un muelle. Un tren, un camión, el último de los hombres. Un vago. Unos borrachos riéndose. Soñadores y fracasados. Los amigos del boliche. La caminata desesperada por una calle oscura. La belleza de la naturaleza. La riqueza en algún vínculo y las muchas tristezas humanas. Atrás de todo eso (después de todo eso) está la escritura, el trabajo. En un ensayo incluido en el libro Notas de campo, Hernán Ronsino, sobre este tema, asegura: “La vida, la experiencia de la vida, primero o por encima de todo. Y la escritura como una forma de registro, de huella de lo vivido. El oficio de la escritura se consolida entre otros oficios: fabricar soldaditos de plomo, ser navegante, albañil”.

Guillermo Boido y Heber Cardoso, en una entrevista que se publica en La Opinión, en 1975, le preguntan a Conti si se considera un trabajador: “Sí, acepto ese término (…) Mi abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario Benedetti, ‘no hay prioridades para el escritor’. El único privilegio al que puedo aspirar es que algún día mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como uno de los suyos. Y así como alguien podrá decir ‘mi orgullo es ser albañil’, yo diré ‘mi orgullo es ser escritor’, el de construir historias tal como el albañil construye casas”.

A lo largo de su vida Conti realizó variados trabajos. Con su padre recorrió chacras vendiendo ropa, fue camionero, profesor de literatura y de latín, guionista de cine.

“Me gustaría trabajar como un artesano cualquiera, un carpintero, un zapatero. Trabajar una parte del día y después olvidarse del oficio y vivir, simplemente, como un león.” Después de trabajar en un banco de Olivos, antes de “saber que las palabras eran una forma de combatir el hambre”, descubre el arte de volar, de ver todo desde arriba. En el aeródromo de Don Torcuato se recibió como piloto. ¿Qué ciudad habrá visto Conti desde el cielo? ¿Qué habrá descifrado de ese montón de formas y colores desordenados?

Sobrevolando la ciudad Conti descubrió el Delta y se enamoró de ese paisaje que terminaría siendo protagonista de gran parte de su vida y su obra. Una vez en las islas se dedicó a desentrañar “el alma del río y la de los isleños”. Hacia el final de la ya citada crónica sobre Hemingway hay una referencia al barco del autor norteamericano. “Los barcos son como las personas, entienden a su manera.” Usa palabras como “eslora” o “manga”, habla de “pies” y “millas”, para detenerse a describir con precisión el Pilar, el barco de Hemingway que “ha sido traído últimamente a la finca y varado para siempre en el jardín (…) condenado in memoriam a vivir lejos del mar, a navegar nostálgicamente entre arecas y palmeras sobre el césped bien cortado, el último trofeo de aquel insaciable cazador”. Conti reconoce el valor de ese homenaje porque comparte la pasión por la navegación y la pesca. Eso está en su vida y en su literatura. Un resumen de eso se ve en todo lo que aprende de su padre, sobre barcos y pesca (pero, sobre todo, de la vida), el narrador de “Todos los veranos”. Al final del cuento el padre muere y lo entierran junto a su perro y su barco. (El cuento apareció por primera vez en el libro Todos los veranos, publicado en 1964, diez años antes de que escribiera la crónica sobre Hemingway). Como el padre del narrador de ese relato, en sus años en el Delta Conti se construyó un navío: “Doblegué la madera para que me llevara por ahí. Tal vez eso sea más importante que escribir un libro”.

El whisky y el cine

La que fue su casa, en el arroyo Gambado, desde 2009 se convirtió en museo. Todavía conserva muchos de los objetos que pertenecieron a Conti. Pueden verse un timón, cuadros y platos colgados en las paredes, la foto del Che, algunos libros en una pequeña biblioteca, una maqueta de un barco, una tele roja de 14 pulgadas, una lámpara de botella (y varias de querosén), una boina, algunas botellas de whisky y vasos de cerveza de cerámica, la heladera (que, según reza un cartel, “sobrevivió intacta a incalculables mareas”).

En el libro de Restivo y Sánchez, también aparece la voz de una pareja vecina de la casa del Delta. Teresa Giacobone y Tito Bruzzone cuentan lo que significó ser vecinos durante tantos años y cómo Conti no desentonó con esa forma de vida que practican los isleños. “Era remacanudo como amigo y no tenía para nada la imagen de un escritor.” En un momento Teresa cuenta: “La charla de Haroldo era muy interesante. Era de las personas que cuando cuentan algo a uno lo hacen vivir (…) Una vez vimos un aviso filmado por él en TV, del whisky Old Smuggler, donde salía un buzo de abajo del agua y tomaba un whisky. ¿No se acuerda? También vimos filmaciones de él muy lindas de la Antártida”. Gracias al Museo del Cine y al Instituto Antártico Argentino, en YouTube puede verse la publicidad de Old Smuggler y las escenas en la Antártida.

Desde muy temprano Conti tuvo vínculos con el cine. “Mis novelas son concebidas en imágenes y trabajo mucho con imágenes, inclusive trabajo el color (…) Además, a las novelas no las pienso en capítulos sino en secuencias y considero que apelo a recursos cinematográficos.” Empezó en el grupo Gente de Cine (donde estaba, entre otros, David José Kohon), fue asistente de dirección de La bestia debe morir (1952), escribió el guion y colaboró con el rodaje en La Rioja de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro (1977). Además, muchas de sus obras se llevaron a la pantalla grande y se hicieron varias películas y documentales sobre su vida.

La noche del 4 de mayo de 1976 Conti fue al cine con su mujer, Marta Scavac. Habían ido a ver El padrino II y cuando llegaron a su casa de la calle Fitz Roy los estaban esperando. Esa madrugada se lo llevaron.

Ernesto Conti, el hijo de Haroldo y Marta, tenía tres meses cuando secuestraron a su padre. Muchos años después, afirmó: “El amor no desaparece. A veces, como en el caso de Conti, y de tantos otros, no estar es una forma de estar, acaso esa sea una forma muy fuerte de estar presente”. Haroldo Conti persona continúa desaparecido. Haroldo Conti escritor vive. Sus libros los escribió la vida. Haroldo Conti vivirá siempre.

Escrito por
Manuel Eiras
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