Fijemos el año 1971 como punto de partida. En ese año Haroldo Conti publica En vida y gana el premio Barral. A partir de ese hecho podemos resaltar dos momentos, uno más o menos íntimo y otro público, en los que, ante la mirada de los demás, Conti aparece como protagonista.
En la entrada del jueves 10 de junio de Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia cuenta que se encontró al mediodía con Haroldo Conti, que “vive lo del premio Barral en España ‘como si le pasara a otro’, igualmente depresivo e inseguro”. Después cuenta que almorzaron en un “bar grasiento” de la calle Lavalle, junto al director de cine Nicolás Sarquís.
También en 1971, Conti aparece en la revista Gente como uno de los personajes del año. En la foto que suele publicar la revista aparece alrededor de tan diversas personalidades como Roberto De Vicenzo, Graciela Borges, Landrú, Roberto Rimoldi Fraga, Carlos Bianchi y Fernando Bravo.
Para ese entonces, Conti ya había publicado tres novelas y dos libros de cuentos y era un autor completamente reconocido dentro del ámbito literario local. Sin embargo, en un reportaje que le hacen en La Opinión en octubre de 1973, le preguntan por qué es un “escritor poco conocido” (citando textualmente lo que había declarado hacía unos meses Juan Carlos Onetti). “En parte es mía la culpa”, contesta Conti, “necesito vivir en cierto silencio”. Y después nombra a otros escritores a los que, a su juicio, les pasa algo parecido: Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano, Héctor Tizón. Todos comparten “un modo de entender la literatura y el trabajo del escritor”.
La vida y la literatura
Lo que Conti declara sobre el trabajo del escritor es una clave fundamental para seguir pensando hoy, a cien años de su nacimiento, su figura. Podemos comenzar tirando de ese hilo a partir de la fórmula “como si le pasara a otro” que propone Piglia en la intimidad de sus diarios. Puede deducirse una presunta incomodidad, un corrimiento que tal vez diga mucho de cómo Conti contemplaba la figura del escritor. Desde ese rechazo a la figuración social de ciertos autores que se vanaglorian y ostentan más de lo que escriben se puede empezar a observar el vínculo entre la vida y la literatura, algo que aparece como una constante en las reflexiones públicas de Conti y que acá nos interesa desmenuzar. Resulta pertinente, entonces, para seguir leyéndolo, contemplar la figura de escritor que construye por fuera de su literatura. Rastrear a Conti en sus crónicas, cartas, conferencias, en las entrevistas que le hicieron y en lo que dijeron sobre él los que lo conocieron y los que lo leyeron, los que lo recuerdan y los que buscan en las memorias ajenas eso que puede ser determinante. Volver a Conti, a su vida, a sus ideas, entrometernos en ese silencio (ese “vivir en cierto silencio” que él mismo se adjudica como necesidad) para preguntarnos por una forma de posicionarse, de edificar la imagen de escritor (“poco conocido”, según Onetti). En ese sentido, Juan Bautista Duizeide habla del vitalismo de Conti. “Más cercano a Kordon, Manauta, Wernicke. Gente del camino y de la calle, ajena a cátedras. Escritores, no literatos.”
Pero volvamos a 1971. Ese además es el año en que Conti viaja por primera vez a Cuba. “Por ese entonces, en 1971, me sucedió algo cuya trascendencia iba a vislumbrar más tarde. Me nombraron jurado de Casa de las Américas, en La Habana. Esta experiencia me marcó profundamente (…) Cuba es una especie de colina de América desde donde se divisa todo el continente. Desde La Habana tomé conciencia de América Latina.” En un homenaje que le hicieron a Conti en 1984 (en el Centro Cultural San Martín), David Viñas, que había estado con él en ese viaje a Cuba (con paso por Europa), recuerda las charlas que tuvieron sobre la Revolución Cubana y el franquismo mientras caminaban por La Habana y Madrid. También afirma que Conti contaba con una manera generacional de vivir, para nada elitista: “Su quehacer no se limitaba (ni se privilegiaba) en la faena de escribir… nada de gueto literario ni fuero excepcional ni espacios de extraterritorialidad (…) Persona entre personas. Ese era su parámetro; su sistema métrico decimal, sin autoritarismo ni verticalidad ni órdenes; pero tampoco complacencia en sumisión ni en antesala”. Esa “fraternidad” que encuentra en Conti para Viñas se encarna en una manera de vivir y una manera de escribir y, agrega, se presenta como lo contrario a Galtieri: “Todo lo opuesto a Haroldo Conti: triunfalista, gritón, y en ramplonería miserable…”. Una manera de vivir y una manera de escribir, que definen a quien, a pesar de los reconocimientos y la trayectoria, decide asumir una posición excéntrica dentro del mundillo de las letras. Ese corrimiento que percibe Piglia (“como si le pasara a otro”) aparece como un valor porque no niega el compromiso con su tiempo ni con su escritura; por el contrario, prioriza el trabajo de escribir por sobre el verse/exhibirse como escritor. De ahí viene la frase más citada (y muchas veces mal interpretada) del Conti de las entrevistas: “Yo soy escritor nada más que cuando escribo”. Más adelante es ese mismo corrimiento el que se va a traducir en actitudes concretas como el rechazo a la Beca Guggenheim (en 1972) o cuando declina su participación en el IV Congreso de la Nueva Narrativa Hispanoamericana (Colombia, 1974). Se trata entonces de un desplazamiento muy acorde con la época, que tiene mucho de “generacional” (tal como lo piensa Viñas) y que, para trazar un diálogo, aunque en otro registro, podría asociarse con el rechazo que siente Rodolfo Walsh por esos mismos años a la novela burguesa.
Son numerosas las intervenciones públicas en las que Conti insistió en demostrar su interés por el vínculo entre literatura y vida. En una conferencia en su escuela primaria, en 1966, dijo: “Y así, a través de mis personajes soy yo el que me vivo”. En una charla en el Instituto Superior de Periodismo, en 1968, dijo: “Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo”. En una entrevista para Gente y la actualidad, en 1971, dijo: “La vida siempre le gana a la literatura, no hay nada que hacerle”. En una entrevista para La Opinión, en 1973, dijo: “Siempre digo que no escribo novelas sino que las vivo”. En otra entrevista para La Opinión, en 1975, dijo: “La novela es como una vida que tengo que vivir”.
Cuba y Hemingway
Después de viajar a Cuba por segunda vez, en julio de 1974 Haroldo Conti va a publicar en la revista Crisis una crónica sobre Hemingway. Conti recorre los lugares por los que estuvo y vivió el autor admirado. Viaja en el tiempo y escribe en el presente el que tal vez sea su más destacado texto periodístico. Como buen cronista, va al lugar de los hechos, conversa con la gente, observa y anota. “La breve vida feliz de Míster Pa” es un retrato que hace foco, sobre todo, en los años que el escritor norteamericano estuvo en la isla del Caribe. Hacia el final del texto Conti construye una descripción minuciosa de la finca Vigía, en San Francisco de Paula. Cuenta todo lo que ve. Enumera todo lo que hay en la casa: desde “una impresionante colección de cabezas de ciervos y búfalos abatidos por el propio Pa” hasta obras de Picasso y Miró; desde carteles de corridas de toros hasta jarritos robados, fotos, ramas secas, caracoles y sacapuntas. “El viejo coleccionaba de todo y en eso se ve su firme adherencia a la vida, que la prolongaba en minúsculos y cifrados recuerdos”.
Una vez más, demuestra su interés por la vida, en este caso, al hablar de Hemingway.

La admiración excede la literatura, se nota en la forma de ir tras los pasos, de preguntarse sobre todo por las actividades cotidianas (es decir, los quehaceres y las preocupaciones) del escritor. Conti recorre, consulta y se sorprende con una curiosidad que tiene más de fanático que de periodista. De todos modos (o tal vez por eso mismo), se trata de uno de sus textos periodísticos más valiosos (el otro es sin duda “Tristezas del vino de la costa o la parva muerte de la isla Paulino”, esa narración sobre la fantasmagórica isla, en la que Conti se lamenta de haber aprendido latín en la facultad, “como tantas otras cosas que aprendí al cohete, en lugar de aprender el código de señales y el manejo de un generador Trenton”). Esta es una crónica que podría ser leída como perfil biográfico de Hemingway pero también como un ensayo. De alguna manera, ahí Conti desliza sus ideas respecto del oficio del escritor. Para eso va hasta la finca Vigía y dentro de esa casa indaga, por supuesto, en los libros. Encuentra bibliotecas en todos los ambientes (“inclusive en el baño, junto al inodoro”), destaca los libros de pesca y de caza y los “libros sobre maquinarias y otras rarezas que sin duda utilizaba para lograr las minuciosas precisiones de sus relatos”. Algo similar (según cuenta Ángela Pradelli en un artículo publicado en la revista Haroldo) dice Pedro Orgambide de Conti: “Tenía una biblioteca muy heterodoxa. Por ejemplo, había muchos libros de mecánica, carpintería, mezclados con libros de teología”. La biblioteca como síntesis (vida/literatura). La diversidad temática de los libros, sumada a la experiencia vivida, suponen el material predilecto para nutrir la escritura.
En una entrevista realizada por Roberto Cuervo, en 1975, Conti afirmaba: “Para mí la literatura deja algo cuando me enseña algo, me da pautas, me da modos de vida. Por ejemplo, un autor que influyó en mí en su momento, literaria y moralmente, fue Allan Sillitoe, con La soledad del corredor de fondo. Es decir, no solo me enseñó a escribir, sino también a vivir. Me dio una serie de pautas y una moral para afrontar la vida (…) A veces hay autores que literariamente pueden ser inferiores a otros, pero que vitalmente para mí representan mucho más. Y ese es el mérito y la influencia fundamental que le reconozco a Hemingway, o a otros”. En este testimonio se deja leer la forma en que Conti construye su propia figura de escritor. Se deja influenciar, más que por la escritura, por la trascendencia vital de algunos escritores.
Ricardo Piglia escribió que Hemingway eligió “un modo de vivir probándose, peleando contra el miedo”. Y, en este punto, no podemos asegurar lo mismo de Conti. Aunque los escenarios y los protagonistas varían y se desplazan, en su literatura no aparece ese tipo de aventura. Hernán Ronsino resolvió este dilema corriendo (una vez más, el corrimiento) a Conti del escritor aventurero: “Es un aventuroso en la mirada y en la exploración de la condición humana más que un vitalista a lo Hemingway”.
