El 9 de mayo de 1926, la poeta rusa Marina Tsvietáieva escribe: “Rainer Maria Rilke. ¿Puedo llamarlo así? Pues usted, poesía encarnada, debe saber que su nombre mismo es ya poesía”. Podemos completar la lectura de este texto en Cartas del verano de 1926, libro epistolar que reúne las misivas entre Boris Pasternak, Rilke y Tsvietáieva. No se trata de un intercambio ligero de pareceres e intimidades cotidianas, sino que en su sonoridad de conjunto estas cartas componen un fresco de época y, lo más fundamental, un ensayo poético a coro y en diálogo, donde brillan tres escrituras espesas y excita el amor que este entramado de cámara irá gestando página a página. Obra del azar (no es un libro que se haya planeado como tal), Cartas del verano de 1926 habilita a considerar este género como una derivación genuina del más elevado ensayo literario.
Agrego otros diálogos epistolares para mí inolvidables: Paul Celan y Nelly Sachs, el mismo Celan con Ingeborg Bachmann, Gershom Scholem y Theodor Adorno, el mismo Adorno y Walter Benjamin, Yasunari Kawabata y Yukio Mishima. Y sumo a esta pequeña pero contundente lista el libro que nos compete para este artículo: Aquí estoy, todavía, la correspondencia entre Ivonne Bordelois y Alejandra Pizarnik, entre 1963 y 1972, que publicó recientemente Las Furias Editora.
Estamos ante un dúo excelso de la más afinada pluma. Tanto Bordelois como Pizarnik escriben con soltura, precisión y belleza. “Los epistolarios constituyen ese eslabón reencontrado que une la vida personal del autor con su creación: puente efectivo que nos deja vislumbrar su día a día, sus vacilaciones y aflicciones, sus lecturas, amistades y amores”, apunta Bordelois en el prólogo.
Desde Kafka hasta Sylvia Plath, las cartas de autores encumbrados se han asegurado un lugar en la literatura. Pero en el caso de los epistolarios dialógicos, como los citados anteriormente, asistimos al cruce de dos, o más, universos interiores y al proceso de un vínculo que constituye un relato en sí mismo y que propone otra densidad. En este caso específico, se restituye, como propone la poeta y editora María Magdalena en la contratapa de esta edición, la conversación entre dos escritoras y, sobre todo, “entre dos mujeres que supieron construir una amistad sostenida en la poesía, sin más agregado que el de las palabras que se dirigieron una a la otra durante once años”.

Poeta, ensayista, doctora en Lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts con Noam Chomsky y catedrática jubilada en la Universidad de Utrecht, Holanda, Bordelois, que asume su amistad con Pizarnik como uno de los acontecimientos más relevantes e intensos de su vida entera (“ella apuntó a lo mejor y más hondo de mí misma en muchos sentidos”, revela Bordelois en Noticias de lo indecible), construyó, y aún sostiene a sus noventa impecables años, una existencia amparada en la palabra. “Hay que pensar en las palabras como esas granadas enterradas luego de una guerra que, pisadas por descuido, estallan y producen catástrofes. Las palabras son como granadas enterradas bajo el polvo de los siglos”, escribe en su ensayo “Amar las palabras”, tan breve como contundente.
–Pizarnik y vos se conocieron en los años 60 en París, en un restaurante modesto de la rue Saint Michel, cerca del parque Luxemburgo, según contás en el prólogo de Aquí estoy, todavía. ¿Quién las presentó y cómo fue ese primer encuentro?
–Nos presentó mi tía Lucía Bordelois, Lulú, una de las hermanas menores de papá, que era cantante lírica y una persona muy activa y muy vinculada al ambiente de la música, la literatura y el arte en general. Además, era mi madrina espiritual. Lulú me hizo leer, a mis diez años, Cartas de un joven poeta de Rilke. Y ese libro me abrió un mundo. Ella me fue monitoreando y vio que yo tenía aptitud para abrirme a ese mundo. En el momento en que nos presentó con Alejandra, coincidía nuestra estancia en París. Yo estaba becada y vivía en la ciudad universitaria. En nuestro grupo, me dijo Lulú, hay una chica un poco diferente y un poco rara y quisiera que la conozcas. Entonces la convocó a Alejandra al restaurante en el que estábamos. Y ella apareció vestida de linyera, muy provocativa, jugando a la marginal, en contraste con nosotras que a su lado parecíamos unas chetas porteñas a las que había que escandalizar. Llegó y empezó a putear. Y así arranca la historia. Al comienzo nos ubicamos con cierta desconfianza, porque veníamos de lugares muy diferentes, pero esa desconfianza duró poco porque finalmente ambas convergimos en lo mismo: el amor por la palabra y la búsqueda de una literatura diferente.
–El epistolario es desigual: hay treinta cartas de Alejandra contra diez de tu autoría. Se produce una elipsis considerable, baches, historias que quedan interrumpidas. Y aunque esas mismas imperfecciones aportan el color local que corresponde al género, me pregunto qué pasó, por qué faltan tantas de tus cartas.
–Alejandra era muy cuidadosa con la escritura. Se fijaba hasta en el papel además de la calidad de la tinta con la que escribía. Y cuando ves sus cartas notás que son muy especiales, porque hay dibujos, decoraciones, imprimía en ellas algo muy especial. Y yo era más descuidada, me venía el impulso y escribía en el primer papel que encontraba. Y además escribía con birome, que con el tiempo se deja de ver. Y eso es lo que sucedió: no se ve lo que está escrito, está como borrado. Yo le contestaba todas las cartas. Pero no hubo manera de reconstruir. Mis cartas se perdieron.
–Y también parece que entonces se te escabullían los poemas. Alejandra te insistía mucho: “Escribí poemas. Yo creo mucho en tus poemas. Y esto te lo digo con la única confianza que existe en mi reino de la desconfianza: la de creer saber dónde está el lugar de la poesía”. Un estímulo muy conmovedor que pudiste llevar adelante recién con la publicación de El alegre apocalipsis en 1995 y con Torcaza y delantal celeste, en 2021. Es decir, mucho tiempo después.
–Efectivamente, me llevó más de veinte años convencerme de que mi poética, por muy diferente que fuera, tenía derecho a coexistir con la de Alejandra, que me deslumbraba hasta el encandilamiento. Fue mi inseguridad la que operaba aquí. Porque Alejandra me incorporaba a sus proyectos, cosa que no hacía con todo el mundo. Tenía un poder para pescar la personalidad. Y cuáles podían ser los escollos que una se creaba en la vida para no llegar a donde se quería llegar. Ella pudo visualizar en mí que la pasión científica, esa tendencia hacia la investigación, podía nublar la parte creativa. Ella percibía que yo soslayaba un talento para la imaginación que podía ser más positivo. Hay un nivel de ciencia que demanda una potente creatividad, pero que moviliza en la mente otras zonas ajenas a las de la razón poética. El debate entre estas dos zonas es profundo y en cierto modo desgarrante y doloroso. Creo, con todo, que yo pude moverme en las dos zonas e, incluso, integrar elementos de visión poética en mis escritos lingüísticos. Y hay ejemplos de modelos científicos que no pueden ser vistos sino como poemas, como el teorema de Gödel.

–Etimología de las pasiones es quizás el libro en el que más claramente convergen estas dos vertientes: la lingüística, porque hay un trabajo de investigación exhaustivo alrededor de la palabra, y la poesía, por la mirada amorosa hacia el lenguaje además de tu escritura transparente y lírica.
–Te confieso que este libro es una especie de respuesta vengativa a ese pasado académico, porque tengo que decir que yo estudié en la Argentina, en Francia y en Estados Unidos, y en ninguno de esos lugares la etimología era respetable. Entonces, cuando terminé ese itinerario tan complicado, académico, erudito y tan fortalecido por todos los caudales científicos de los que puede enriquecerse la lingüística, encontré que ese sector descuidado que es la etimología era el que más me interesaba. Y escribí ese libro con Miguel Mascialino, un exsacerdote genial curtido en toda clase de lenguas –porque se necesita a alguien que vaya encauzando la cantidad de maniobras u operaciones que hay que hacer para que salga algo coherente e interesante en materia de etimología. Ese libro es un poco mi respuesta y mi venganza a las distintas versiones que se me dieron de la manera de ver científicamente la lengua a lo largo de mi vida. Una vez tuve una discusión con Chomsky, porque él atacaba la etimología. Decía que encubría disparates, como por ejemplo al vincular a la palabra grammar con la palabra glamour. Y yo le decía que la palabra grammar, gramática, tenía que ver en efecto con la palabra glamour, que significa el destello, la gracia, la luz de una persona, de un vestido, de una fiesta. Efectivamente, estas dos palabras están relacionadas etimológicamente. Los medievales consideraban que la gramática era algo que hacía lucir a la lengua, aquello que limpia, fija y da esplendor, y así lo dije. Pero ese enlace más bien poético les resulta ajeno a los norteamericanos en general, así que allí se terminó la discusión. Entonces escribí Etimología de las pasiones.
–Y mucho antes empezaste a escribir en la revista Sur. Tenías 18 años y apenas habías comenzado la carrera de Letras. Así que además de la relación con Victoria Ocampo, a quien años después le dedicaste una biografía (Victoria, paredón y después), te vinculaste con intelectuales destacados de la época. ¿Cómo fue esa experiencia?
–Creo que sin saberlo yo fui extremadamente afortunada al caer, sin propósito alguno, en el círculo más brillante de la literatura que se ejercía en Buenos Aires en ese momento, con el que pude interactuar, pero sobre todo aprender, de maestros tan excepcionales como José “Pepe” Bianco. Pero además de la experiencia de Sur, es cierto que la experiencia de la facultad complementó abundantemente mi formación literaria. Eran dos mundos contiguos que a veces se contradecían, pero la atmósfera era de diálogo, de reciprocidad, de inteligencia mutua. Y además conté con la ventaja de la continua compañía de Enrique Pezzoni, con quien atravesábamos juntos esos dos mundos y compartíamos las tensiones, las bromas, las ironías, las lecturas, los conflictos que los caracterizaban.
–Cuando volviste de París en 1963, seguías compartiendo espacios con Pezzoni en la Universidad de Buenos Aires, pero esta vez como investigadora en el área de lingüística y como docente dictando Introducción a la Literatura. Y entonces viviste de cerca la Noche de los Bastones Largos, luego del golpe de Onganía, hecho que te expulsó de la universidad y del país.
–Sí, yo me fui del país en el 68. Pero antes, mis últimas tareas en la facultad fueron cursos de lingüística y literatura. Daba Borges, el primer Borges, de Fervor de Buenos Aires y de Luna de enfrente. Y tuve el privilegio de tener como alumna a Beatriz Sarlo, que entregaba trabajos impecables. Creo que tengo las notas todavía de esas clases. No estábamos todavía inmersos en la iconografía francesa de Deleuze y Derrida. Todo eso no existía; hacíamos entonces un análisis al modo estructuralista, que daba grandes resultados aplicados a la época barroca en particular. Nos hemos deleitado con Pezzoni trabajando sonetos de Quevedo y de Góngora, siguiendo la huella de Levi-Strauss y Jakobson en su precioso estudio sobre “Los gatos”, de Baudelaire. Hoy día sería un enfoque totalmente arqueológico.
–Los acontecimientos políticos marcaron también tu manera de pensar el lenguaje. En La palabra amenazada decís que el lenguaje está expuesto a dos tipos de violencia. La positiva, que lo obliga a “recrearse y transformarse, ya sea por la innovación de la lengua callejera, la transgresión de los poetas, las variaciones dialectales que enriquecen sus potencialidades”. Y la negativa, que es la violencia que emana del poder, pretendiendo “monopolizar el lenguaje como instrumento exclusivo de uso, negando el acceso a las fuentes de placer, conocimiento y misterio que le son propios”. Seguramente, podrías profundizar en relación con los tiempos que nos toca vivir en este primer cuarto del siglo XXI.
–Desde que publiqué este libro, en 2003 y en 2016 una versión ampliada, hasta ahora, ha habido un paso más en la degradación del lenguaje que invita a enfrentar lo que está ocurriendo, que es un ataque feroz a la cultura. Y en el centro de ese ataque está la degradación de la palabra por la vía del insulto. Y hay una dialéctica verbal que viene de los estamentos superiores del gobierno actual, en el cual se crea un imaginario escatológico acerca de la realidad. Por ejemplo, la palabra “mandril”, que el presidente Javier Milei utiliza como una metáfora, es muy efectiva y es también muy destructiva. La palabra se ha vuelto un arma de agresión extraordinaria hacia gente que no tiene por qué recibir los atentados verbales que recibe y que son difíciles de responder con eficacia. Que un primer mandatario se exprese con palabrotas como ocurre con este gobierno fue un tremendo sacudón desde el principio. Nunca pensamos que podíamos tener a un presidente democrático que hiciera de palabrotas su lema. Y esto nos advierte que está quebrado el pacto del respeto que nos debemos en toda sociedad. Que se rompió de entrada. Y nadie le advirtió a este señor que había roto ese pacto, no solo el pacto democrático, sino el pacto de armonía central en una comunidad lingüística que está apuntalada en una tradición en la que no caben las palabrotas. Y entonces, desde allí, desde ese primer paso, se nos anunció la hecatombe que después vino, y no hubo manera enfrentar. Y creo que hay que buscar formas de acrecentar la conciencia de lo que ha ocurrido y preparar los instrumentos de reparación entre nosotros, de ver de qué manera vamos recuperando el lenguaje con el cual nos podemos oponer a las injurias, apaciguarnos e identificarnos con nuestro idioma propio.
–En el ensayo Insurrección y resurrección en la poesía de Ivonne Bordelois, la escritora María Casiraghi destaca la pasión como un gesto subversivo y motor de toda tu obra. Y dice que tu principal oficio “ha sido el de buscadora de oro en las cuevas del lenguaje”. ¿Esta síntesis te representa?
–Efectivamente pienso –o mejor dicho sé– que el lenguaje es una mina de oro inacabable, y en eso consiste la alegría y confianza que representa la empresa del estudio de la palabra. Siempre hay algo más que entender e interpretar en esas cuevas inagotables, que significan una tarea infinita y por cierto apasionada.
–Tsvietáieva, por citar un caso extraordinario dentro del mundo de los poetas, nos ofrece en sus escritos laterales –las cartas y sus memorias recopiladas en Confesiones– un universo literario asombroso. Noticias de lo indecible, tu autobiografía, y las cartas con Pizarnik ofrecen un universo literario estremecedor de este lado del mundo. Casiraghi hace referencia a una “abundante correspondencia destinada a amigos, escritores y artistas, que constituyen un corpus admirable en el género epistolar”. Y asegura que tus cartas son “pequeños ensayos sobre la vida y el arte”. ¿Existe algún proyecto a partir de todo este material?
–La verdad es que creo que el volumen de mis cartas y mis diarios supera con mucho a todo el material editado que yo he producido. No solo en cantidad sino –si se me permite la inmodestia– en calidad, originalidad y profundidad, en muchos sentidos. Cuando estoy deprimida suelo leer mis diarios y mi epistolario (guardo copias de las cartas que escribo, así como guardo las cartas que recibo) y de mis escritos muchas veces se desprende una persona con la que no alcanzo a identificarme, alguien mucho más claro, decidido que yo, y conectado con el gran mundo de la poesía y del pensamiento. Me paseo entonces por un bosque luminoso con John Berger, con Rilke, o con Juan Forn, con Simone Weil, con la Szymborska, con todos los que me han interpelado, alimentado, acompañado a lo largo de los años y con los que siento que converso, consciente o inconscientemente, todo el día, todos los días. Esta conversación, que luego se extiende y ramifica en las conversaciones con los mejores amigos –creo que es lo único junto con la música– impide que uno se derrumbe definitivamente en la nada. Dar forma total a esa parva de contenidos sería un gesto de omnipotencia de mi parte, aunque podría permitirme rasguñar todavía algunos núcleos de experiencia y lenguaje en forma de poemarios, ensayos o secuencias de un libro como Noticias de lo indecible. Pessoa decía que la literatura es una prueba de que con la vida no alcanza. El drama es cuando las circunstancias no nos permiten alcanzar la literatura; cuando el entorno se muestra tan hostil, opaco y aplastante que la inspiración se encoge y se esconde, y el poema debe pedir permiso para asomar la cabeza y respirar. Es tiempo de recordar entonces a la gran Alejandra: “La noche y yo hemos caído. Así hablo yo, cobardes. La noche ha caído y ya se ha pensado en todo”.
