Si no fuera porque el mundo parecería haberse vuelto loco, que una revista inglesa haya nombrado como pensadora del año 2025 a una mujer, brasileña y que dice llevar un pedazo de río arremolinándose en su cuerpo podría sonar muy extraño. Aunque si agregáramos que esa mujer, desde el centro del Amazonas, creó un movimiento global que busca salvar a las palabras y a los humanos y no humanos que habitan el bosque tropical más grande del mundo, a contramano de esos cuatro jinetes del apocalipsis que se lanzan a talar la vida desde sus pantallas de tierras raras con sus motosierras de plástico impreso, las cosas podrían mirarse de otro modo. Incluso con esperanza. La esperanza que genera el movimiento Yo +uno + uno +, por ejemplo.
Escribe esa mujer: “Los habitantes del Xingú llaman banzeiro a la zona donde el río se embravece, por donde, si hay suerte, se puede pasar al otro lado; si no la hay, no. Se trata de un punto peligroso entre el lugar desde el que uno viene y el lugar al que quiere ir. Quien rema espera que el banzeiro retire sus garras o se apacigüe. Y guarda silencio porque de repente el bote puede volcar o acabar arrastrado río abajo. Guarda silencio para no despertar la furia del río”. Eliane Brum, periodista, activista y escritora. El texto emerge de su libro Banzeiro òkòtó: uma viagem à Amazonia, centro do Mundo, que en castellano se publica simplemente como La Amazonia, viaje al centro del mundo. Banzeiro no tiene traducción, explica. Òkòtó, en voz yoruba, refiere a un trompo, a un remolino, a un plato. Algo gira concéntricamente. Que absorbe algo hacia el fondo del río o del mar.
Eliane Brum vive en Altamira, a orillas del Xingú. Eliane Brum decidió vivir en la ciudad más violenta de Brasil hace casi una década. Lleva años internándose en los ríos de la Amazonia para escuchar a sus habitantes, los violentados por el capitalismo salvaje. Tanto que los lugareños la definen como “escuchadora”. Y tanto escuchó a esas personas-selva que la revista inglesa Prospect la declaró hace unos meses la pensadora del año 2025. (Pensar siempre debería estar antecedido por escuchar.)
Entonces explica: “Desde que me mudé a la Amazonia, el banzeiro ha pasado del río a mi interior. No tengo hígado, ni riñones, ni estómago como las demás personas. Tengo banzeiro. Dominado por el remolino, mi corazón late en círculos concéntricos, a veces tan rápido que no me deja dormir por la noche. Y desafina, con frecuencia suena fuera de tono, como una sinfonía disonante; el médico dice que es arritmia, pero el médico no sabe de cuerpos que se mezclan. Los médicos blancos ven el mundo como los diplomáticos europeos que en Berlín en 1885 dividieron África en una mesa de negociaciones. Dame este corazón, quédate con el riñón, a cambio de esta pierna te doy el bazo y el hígado”.

Durante la escritura de Banzeiro òkòtó: uma viagem à Amazonia, Brum pedirá disculpas porque, según dice, su prosa periodística se vuelve poética al hablar del Xingú. Y pide disculpas como si acaso para denunciar la muerte y la destrucción estuviera prohibido contemplar belleza, escribirla. Contarla para salvarla.
Acaso estas aparentes contradicciones expliquen otras como las de la elección de Prospect. ¿Por qué el pensamiento de una periodista y escritora abrazada a la Amazonia se puede convertir en central para una redacción influyente de las orillas del Támesis?
El nombre de Eliane Brum encabeza una lista de 25 pensadoras y pensadores, de las que trece son mujeres. (Algo parece estar cambiando.) Sin embargo, 22 de 25 son personas de raza blanca. Y trece provienen de Europa o los Estados Unidos. Israel y Palestina están representados, en medio del dolor de las muertes, por personas que luchan por la paz. Nadie parece tener un pensamiento relevante hoy en Asia. Y solo una mujer lo hace en África y apenas dos en Latinoamérica: Eliane Brum y la venezolana María Corina Machado. Siete de esas 25 personalidades son economistas, y hay un número similar de científicos que trabajan en inteligencias artificiales, la misma cantidad que políticos. Completan la secuencia algunes escritores o periodistas, un grupo de jubiladas y un músico. Entre tanta racionalidad, el premio hace pensar que llevar un banzeiro en el cuerpo y en el alma se ha vuelto el centro, pero aún no para la mayoría.
Dice Prospect a la hora justificar el reconocimiento: “Aunque el pensamiento occidental sitúa a los humanos al margen de la naturaleza, Brum elogia a los pueblos indígenas de la Amazonia, quienes se consideran parte de la selva, una especie más dentro de la constelación de fauna, flora y hongos (…) Traza una línea indeleble entre la destrucción de la naturaleza y la explotación capitalista de la Amazonia, y argumenta que, para tener éxito (en la idea de preservar la vida en el mundo), debemos rescatar los valores y el lenguaje de quienes han permanecido como naturaleza en el centro de la acción climática”.
Fue el capitalismo y su idea de cosificación y apropiación permanente el que situó al hombre fuera de la naturaleza. “La idea de liberar el futuro no es una idea agradable, inofensiva, tierna y bonita. Es una insurrección. Hoy no conozco a la mayoría de las personas que se sumaron a la insurrección en Brasil y el extranjero. Ni siquiera estoy de acuerdo con todas las propuestas. Mi deseo de unirme a otres para urdir esta creación era situar la imaginación del futuro en el centro del debate político en torno a la guerra climática. Las ideas pertenecen a su propio movimiento de parir mundos.” Muchos de los insurrectos se unen en el Movimiento Amazonia Centro del Mundo y llevan hecho carne el lema: Yo +uno +uno +. Trabajan revalorizando la palabra y las prácticas de los pueblos-selva, esos que según Brum plantaron y convivieron durante siglos con la Amazonia, lejos de las ideas de progreso y desarrollo pregonadas por el hombre blanco occidental que es mayoría en el listado de Prospect.
Lo blanco
“Creo que debo una explicación sobre lo que significa ‘blanco’. Tomo prestada la concepción del pueblo yanomami, que utiliza la palabra napé para ‘enemigo’. Enemigo y blanco comparten la misma palabra, sus significados no son distintos sino que se confunden. Se convierten en otros que son lo mismo. ‘Blanco’, en este caso, no alude al color, sino a lo que Davi Kopenawa denomina ‘pueblo de la mercancía’ o ‘comedores de selva'”, escribe Brum.
Su biografía dice que nació en Ijuí, Río Grande do Sul, tierra gaúcha, a poco más de cien kilómetros del límite con la Argentina, pero que su cuerpo comprendió su tarea vital el día en que se radicó en Altamira. Allí ese cuerpo de mujer reconoció su río interior. Fue en el momento que comenzó a escuchar la palabra de cientos de mujeres violadas. En la ciudad, en los ríos y en la selva. Según su visión, la selva, la Amazonia, es un cuerpo de mujer. Violado. Violentado. La Amazonia es una sola, unida a esos cientos de mujeres que soportan en silencio el falo conquistador del capitalismo occidental. El ruido de la motosierra, el vacío atroz de otro árbol que cae.
“El hito de la construcción de la ruta Transamazónica, obra megalómana que simbolizó la conquista de este gigantesco mundo verde, es emblemático de la relación fálica de los generales con la selva. Emílio Garrastazu Médici fue presidente de Brasil en el período más sangriento de la dictadura, cuando más de ocho mil indígenas y cientos de opositores blancos fueron asesinados, y otros miles torturados. En 1970 el dictador viajó a Altamira a celebrar el inicio de la construcción de la carretera y proporcionar a la prensa sumisa ante los generales imágenes de la conquista de la Amazonia. El acto simbólico de Médici para celebrar el poder del hombre sobre la naturaleza, tan propio de la modernidad, fue la tala de un castaño de Brasil de más de cincuenta metros de altura.” Selva-mujer, impotencia. Silencio. Tierra arrasada. En medio de un país injusto.
“Por muy éticos que los blancos podamos ser a nivel individual, nuestra condición de blancos en un país racista nos sume en una experiencia cotidiana en la que somos violentos por el mero hecho de existir. Soy violenta por el mero hecho de haber nacido en Brasil en vez de Italia, porque las élites brasileñas decidieron blanquear el país importando hombres y mujeres blancos como mis bisabuelos (…) Creo que también en Estados Unidos y otros países estructuralmente racistas uno apenas consigue ser un buen señor de esclavos. Porque, aun nosotres, seguimos siendo señoritos y señoritas, incluso cuando pretendemos ser igualitarios. La desigualdad racial es nuestra condición cotidiana. Y la experiencia de vivir violentamente, o de ser violenta, incluso sin ser violenta es algo que siempre me ha corroído.”
Otro orden
Las palabras representan apenas una parte de la obra y el pensamiento de Brum, que ha escrito también novelas y cuentos. Banzeiro òkòtó… se sostiene en capítulos numerados de manera tal que las cifras anticipan la esencia del contenido que está por llegar. El 171 antecede al 51. Y en la página siguiente aparece el capítulo 4.0, que habla de los niños de Altamira. Los años en la selva, escuchando a los hombres y mujeres-selva, le han dado a Brum una idea profunda acerca de que los números que gobiernan occidente son apenas marcas que desaparecen el barro en el que la vida necesita regenerarse. Los números representan otra cosa en esos espacios donde aún el capitalismo no llega. Incluso la manera de contar los años. “Cuando le pregunto a alguien por su edad y me contesta cuantos años tiene, puedo intuir el grado de colonización de su pensamiento”, dice Brum.
Y mientras tanto, el río corre. Xingú, el de las aguas del banzeiro, significa “morada de los dioses”. Habita toda la prosa de Brum como un grito, ahogado en medio de una faraónica represa. Un grito que pide con sólidos argumentos que la Amazonia sea nuestro centro del mundo y se aleje del capitalismo para salvar las palabras. Para salvar la vida. La nuestra. La de todes. “La diferencia más importante de ver en vivo, en tiempo real, lo que la mayoría de la gente ve en fotografías o vídeos, es la proximidad del dolor. La selva no es un objeto, ni son solo árboles los que arden. La selva es una composición de seres vivos en constante intercambio, en ruidosa conversación. Cada árbol que muere es un mundo de personas no humanas que se incineran con él.”
