Es una figura inusual en el panorama de la literatura y la crítica literaria local. Por un lado, sus novelas Que todo se detenga (2015) y Lila (2018), narradas por un personaje femicida imaginario –respectivamente adaptada y pronta a adaptarse al cine bajo la dirección de Juan Baldana– lo elevaron a escritor emergente de la denominada nueva literatura argentina. Por el otro, hijo del histórico dirigente peronista Miguel Unamuno, autodidacta por naturaleza, estudiante de la Escuela de Letras de Madrid, en sus libros de poesía –De otra luz (2007), Distancia que nos ocupará (2011)–, sus libros de relatos –Tu jardín salvaje (Criolla, 2021) y Contactos bloqueados (Galerna, 2023), entre otros– o las mencionadas novelas se ven imbuidas de su amplio conocimiento sobre la relación entre literatura y política en la Argentina. Co-condujo el programa radial especializado en literatura Guardia con la joven, y es columnista literario en Narraciones extraordinarias, junto a Enzo Maqueira y Juli Habif en Radio Provincia (AM 1270).
–¿Qué lugar ocupa el Facundo de Sarmiento en la cultura literaria argentina?
–Borges llegó a decir que otra sería nuestra historia si el texto canónico de la literatura argentina hubiese sido el Facundo. Disiento con su diagnóstico: el texto canónico de las letras argentinas terminó siendo el Facundo de Sarmiento y no el Martín Fierro de Hernández. Ambos libros tienen los suficientes méritos como para disputarse el rótulo del libro paridor de una Argentina posible. Esa suerte de república de las letras que pretendieron Echeverría, Mármol, Mansilla, Alberdi, Sarmiento, incluso Lugones –que puede ser la misma que años después retomarán Borges, Ocampo, Bioy, Martínez Estrada, el grupo de Florida, y tantos otros–, es aquella que el Martín Fierro en buena medida confronta, y frente a la que cae inexorablemente derrotado. Sin bien son demasiadas las elucidaciones que se hicieron y pueden seguirse haciendo de uno y otro texto, creo que algunas ya no admiten discusión: el Martín Fierro puede verse, a esta altura del siglo XXI, como el libro de la Argentina sepultada, la que no quisimos o no supimos ser, la que quedó trunca. Y, el Facundo, su contraparte: el de la Argentina que aspiramos a ser, la que estamos obligados a forjar sacándonos de encima justamente a todo cuanto engloba el Martín Fierro. En definitiva, el libro más influyente de esa entelequia que damos en llamar el ser nacional, no es otro que la sombra terrible del Facundo, que aniquila mediante una impostada civilización a la entrañable barbarie de las pampas argentinas.
–¿Cómo se expresó ese triunfo cultural de Sarmiento en la relación entre literatura y política durante los siglos XX y XXI?
–El triunfo de Sarmiento se da por la continuidad que tiene en los textos que retoman un diálogo con su postura de bárbaros y de civilizados, y porque en alguna medida nunca pudimos escapar a esa dicotomía que plantea. La corriente de pensamiento nacional y popular siempre gozó de un desprestigio y de un desdén que jamás alcanzó al perfil mitrista de la historia. Así, escritores como Marechal, Scalabrini Ortiz, Urondo, los que integraron el grupo de Boedo y hasta el propio Walsh han sido desdeñados o sometidos al ostracismo por eso que entendemos por el canon. Basta con repasar el cómo y el desde dónde son abarcados los unos y los otros en la literatura del siglo XX, como hace Rodolfo Edwards en su libro Con el bombo y la palabra, para advertir hasta qué punto la línea sarmientina de la historia es la que logra imponerse. Martín Fierro es una construcción de una simbología nacional asociada a ciertas ideas del criollismo, del folklore, pero también de una barbarie que está implícita en el adn de nuestro ser nacional y que incluso a esta altura del siglo XXI resulta incompatible con los discursos hipócritas que se nos dictan desde los grandes polos del poder.
–¿Cómo repercute la dicotomía civilización y barbarie impuesta por el Facundo en la actualidad?
–Fierro es el “cabecita negra”, el “kuka”, el que tiene que ser arrasado para que el modelo argentino que plantea Sarmiento sea posible. No es ninguna novedad que la literatura argentina es en gran medida antirrosista en el siglo XIX y antiperonista en el siglo XX. Esto nos permite pensar que tanto Rosas como Perón pueden ser interpretados como géneros literarios. A ninguno es posible leerlo fuera de una clave mitológica. En esta suerte de pulseada histórica entre civilización y barbarie que juegan uno y otro libro, quien goza del prestigio es el Facundo y el gran escritor resulta ser Sarmiento. José Hernández siempre fue criticado no solo por la reivindicación del gaucho, sino porque la del Martín Fierro no es la voz del gaucho, sino la de un tipo letrado y oportunista, que se apropia de esa ajenidad y hace una obra maestra de la rima panfletaria, para encima después traicionarse en su segunda parte donde el gaucho coquetea sin éxito con cierta adaptación a la sociedad. Por el contrario, el Facundo logra su cometido inicial: se instaura no solo como la gran crítica a la tiranía de Rosas, sino también a los defectos del caudillaje, del salvajismo, del ser nacional trunco e imposible que pretende el Martín Fierro. Es tan simple como viejo: unos son los civilizados y otros son los bárbaros. Esa dicotomía que plantea Sarmiento desde el subtítulo de su obra nunca fue tan actual como por estos días en que gobierna Milei. Lo que uno llamaba barbarie, el otro ahora lo eleva al rol de casta y pueden con ello lograr las semánticas triunfadoras. En cambio, tanto Rosas como Perón se vuelven figuras que generan textos reactivos que caen en la ridiculización, en el desprestigio, a quienes se les endilga lo popular como una banalización berreta.
–¿En qué géneros encasillarías al Facundo?
–El Martín Fierro es, si se quiere, mucho más sencillo. Se lee fácil, se tararea, y se lo podría reescribir de memoria si se extinguiese hasta la última de sus ediciones. El Facundo, por el contrario, es un texto polisémico, complejo, muy difícil de encasillar en un género puntual. Por ende, dada su naturaleza díscola, por momentos daría la impresión de ser un documento histórico, por momentos una novela algo imperfecta o incompleta, policial o de intriga. Lo que es seguro es que independientemente de la multiplicidad de géneros a los que pueda circunscribirse, su parábola es una sola: la crítica al país desorganizado, bárbaro, el que no podemos permitirnos ser. El Facundo es un libro más sincero, más visceral, que no escatima en nada la megalomanía –incluso ciertos talantes de la envidia– de Sarmiento. Sarmiento plantea la construcción del enemigo en un estereotipo muy logrado para confrontar al caudillaje que empieza a tener otro tipo de potencia política y que no es otra que la confrontación directa al unitarismo porteño. El Facundo es un texto sobre qué Argentina debiéramos ser, mirando hacia Estados Unidos o a Francia por su capacidad educadora, por la reversión de la colonia, por sus roles en la geopolítica, entonces el gaucho de la payada se torna, en definitiva, el obstáculo mayor, porque es el sujeto que impide mediante su vagancia, su brutalidad y su ignorancia, la puesta en marcha de ese ideal plausible, y por tal merece la poda, la supresión, la muerte.
